domingo, 21 de junio de 2009

Retratos

Buenos Aires, 2008.
Centro Betanzos Ediciones / Xunta de Galicia.
Ilustración de Juan Manuel Sánchez.
Prosa poética.


Hombre con cicatriz en la calva

Moncho me fue contando su vida en una cena. Era una mesa de ocho personas, él estaba a mi lado. Una paella nos brindaba la felicidad que otorgan el vino y el afecto. Cerca de cien personas comíamos esa noche en el salón. Un ambiente cargado de voces, de gaitas, de risas. Los niños corrían entre las mesas. Compartíamos platos de madera con pulpo, lo acompañábamos con pan. Había pequeños cuencos blancos donde bebíamos un vino muy similar al de la región, según Bernardo. En cada uno de los comensales un pequeño secreto guardado, un secreto que tenía relación con el exilio, con fusilamientos, con el hambre, con la vida que debieron recomenzar en estas tierras. Detrás de cada uno el esfuerzo, el sacrificio, la honra. Sin ir más lejos estaba el ejemplo de José. De niño nunca tuvo calzado. Descalzo a la feria, descalzo al bosque, descalzo cruzando el puente romano. En invierno apenas unas zocas rotas o un par de medias que se humedecían de inmediato. Por eso, cuando regresó a la aldea luego de treinta años, lo hizo con zapatos nuevos, de Guante, la mejor zapatería de Buenos Aires. Todos habían nacido en Betanzos, en Betanzos de los Caballeros. Ahora vivían aquí. Avellaneda, Sarandí, Remedios de Escalada, Lomas de Zamora… Los miraba en silencio y me sentía junto a mi familia, en la cocina de mis tíos, en el patio cargado de uvas de los primos.
Él me dijo que me sentara a su lado. Moncho me lleva dos décadas. Lo conocí poco tiempo después que edité mi primer poemario. Hace treinta y cinco años, en el semanario Galicia, se publicó un artículo de dos columnas sobre mi libro. Lo firmaba Arturo Cuadrado. Me abrió puertas, conocí gente vinculada desde siempre con instituciones gallegas, viejos republicanos, hombres honestos y de los otros. La mayoría gente de bien. Empezamos picando unos quesos y conversando de la galleguidad. Recuerdo que hice mención de Yunque, de Álvaro Yunque. En una oportunidad estaba con el poeta Lucas Moreno esperando a Yunque en un café de Corrientes y Maipú, un sábado por la mañana. Hablaron de poesía, de literatura, de política. Yo sólo escuchaba, era apenas un muchacho de veinte años. Entonces Yunque cuenta que de joven, con un grupo de amigos de Boedo, decidieron formar un equipo de fútbol. No sabían cómo llamarlo. Después de largas deliberaciones lo bautizaron Dostoievsky Football Club. Y fueron más lejos: las casacas serían negras, necesitaban transmitir la desigualdad social de la época de lo cual los escritores rusos daban ejemplo. Siempre me pareció maravillosa la anécdota, fantasmagórica.
Moncho se rió bastante. Le observé la cicatriz de la calvicie, recuerdo de un enfrentamiento policial en Buenos Aires. Bajo, vital, fornido, rubio, de ojos claros, sonriente. Un hombre noble, transparente. De joven bailaba en los centros gallegos hasta la madrugada y aún lo hace hoy con Lola, su eterna compañera de baile. Cumplió ochenta años y su esposa es una mujer inteligente y serena: Marta. Conozco a sus hijos, a su hermano.
- Conocí a tu padre. Moncho, le dije, cada día que pasa te parecés más a él.
Sus manos son ásperas, encallecidas, y al mismo tiempo sensibles. Habíamos terminado de comer nuestro segundo plato de paella cuando me preguntó si sabía que por culpa de la religión no tuvo padre ni madre. Me sonreí y quedé en silencio mirándolo. No te rías, no te rías. Te voy a traer los documentos. De esto tengo que escribir algo, le respondí. Había sido marinero, conoció océanos y vidas prodigiosas. Vivió con intensidad, con pasión. Ha pasado largamente la medianoche. Abrazo a Moncho y me despido.
Ayer me acercó la Certificación Literal de Inscripción de Nacimiento de Cambados, provincia de Pontevedra. En ese escrito -amarillento, ajado- leo con emoción: a las ocho horas del diecinueve de noviembre de mil novecientos veintiocho nace un varón “hijo de padres desconocidos”. Lo inscriben con el nombre de Ramón Fuentes Torres. En diciembre de ese año el niño es reconocido “como hijo natural” por su madre, Carmen Fuentes Torres, de diecinueve años, soltera, labradora, natural y vecina de Vilariño. El 28 de febrero de 1952, en Buenos Aires, será reconocido “como natural” por su padre, don Evaristo Portas Núñez. A partir de ese momento se llamará Ramón Portas Fuentes.
¿Cuántas historias similares tenemos cada uno de nosotros? No sé dónde comienza la literatura ni dónde la naturaleza. Unimos sentimiento y lucha contra la opresión y el dogmatismo. Los sonidos de los cencerros invaden la memoria genética, los abrazos, los recuerdos. Miro la calvicie de Moncho con su cicatriz, ahora ligeramente burlona. Transmitimos de generación en generación la ironía, una socarrona mirada, un andar que nos caracteriza. Todos somos hijos naturales.

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Mujer con niño en el regazo

El rey suevo Witerici o Vitirico fundó una villa en el siglo VI. Con los siglos se transformó en Guitiriz, una localidad conocida por el balneario de aguas termales. Pertenece a la comarca de Terra Chá, Lugo, Galicia. Guitiriz procede de Witirici, en latín genitivo de Witiricus. Significa el lugar de Witiricus, en referencia al señor de la guerra, al rey suevo. Aquí se encuentra el Castillo de Parga, un castillo medieval. Las tierras de Guitiriz eran la antigua Trasparga. En el siglo XIV estas tierras pertenecieron a Fernán Pérez de Andrade, O Bó, caballero de Betanzos.
Ella me hablaba de O pozo da Campá, de la leyenda de la ciudad inundada de Boedo, en San Xoán de Lagostella. Me hablaba de Mesón de Cabra, su lugar natal, de las numerosas fuentes y manantiales, del clima oceánico. De toxos, de uces, de xestas. De carballos, de salgueiros, de ameneiros. Del hambre, de la Guerra Civil, de los fusilados.
Era pequeña, breve, inquieta. No se sentaba nunca. En su tierra había sido labradora. Pastora desde muy pequeña y bracera del campo en cuanto pudieron sostener la azada y manejar la hoz aquellas manos infantiles que en seguida crecieron. Sus manos, como las de mi madre.
Aquí trabajó como obrera en las bodegas Tomba, en Paternal. Llegó a la Argentina con veintisiete años, en 1949. Su mirada reflejaba ternura pero también nerviosismo. La recuerdo con su delantal azul, de flores, con una fuerza que ignoré siempre de dónde la sacaba.
Era toda energía, comía por lo general de pie. La ansiedad la devoraba. Se casó con un buen hombre, de Corrientes. Alto, grueso, callado. Daniel Sánchez se llamaba. Tuvieron una hija, Graciela Leonor Sánchez. La educaron como sólo ellos podían hacerlo. Con amor, con respeto, con decencia. Y con trabajo. Así es ella. Una mujer luchadora, sencilla, con generosidad.
Doña Pilar Freire era dueña de la casa. Todo lo ordenaba, todo lo controlaba, lo vigilaba. Había en su hogar olor a sopa, a lejía, a sobriedad. Los muebles declaman inocencia, la vulnerabilidad de la vida. Creía en Dios, en los mitos de redención y condenación. No en los curas. Cuando reía se echaba hacia atrás, de manera primitiva, inocente. Como si remolinos y turbulencias provocaran la avidez de esa risa. Despreciaba, naturalmente, la malicia y la imbecilidad. Apenas sabía leer y escribir. Pocas personas conocí con ese sentido vital, con una inteligencia intuitiva, con una rapidez mental como la de ella.
Cuando el hombre llegó a la Luna no lo creyó. Me vino a preguntar cómo era posible que engañaran así a la gente. Le expliqué, le dije que era cierto, le hablé de algunas novelas, le nombré científicos, experiencias en el espacio. “Pero, Carlitos, ¿tú también crees eso?” No volvimos a tocar el tema nunca más.
Pilar era la encargada del edificio en el cual vivíamos. En el que aún vivo. Era hospitalaria con todo el mundo, atenta en el trato. Dicharachera, filosófica. Su voz resonaba desde la algarabía. Sin prejuicios, tal cual era. Tenía sentimientos fatales: blanco o negro. Y no entraba en razones.
Con los años fuimos intimando. Al poco tiempo de nacer Emiliano se convirtió en su abuela. Pasaba el día en su casa, lo llevaba a la plaza, le preparaba caldos gallegos. Disfrutaban de caminatas juntos. La calesita, las hamacas, los helados. Se transformaron en dos seres que flotaban independientemente del resto. Fue un amor idílico; por parte del nieto, por parte de la abuela. Ante ellos uno quedaba fuera, observando cariño, emoción, complicidad. Para ella, Emiliano era la perfección.
Lo llamaba Milianito. Y ahí quedó. “Pilar, le decía Rocío, se llama Emiliano, Emilianito”. “Sí, Milianito”. Se volvió obsesiva con su cuidado, con su amor desbordante, con su protección. Los observaba desde lejos maravillado, viendo crecer a mi hijo bajo su tutela, bajo sus principios. Le hablaba de Galicia, de su tierra, de su infancia. “Si alguien quiere lastimarte o insulta a tus padres, bájale los dientes de una trompada.” Así de precisa, de exacta.
Transmitía la ética del terruño, la moral de siglos. Jamás le habló de religión, comprendía nuestra manera de ver el mundo. Su andar ligero no daba respiro. Emiliano la amaba y sabía que en ella podía confiar. Fue creciendo con esa abuela. Cuando se mudaron a Córboba y Pueyrredón, continuó viéndolo. Iba a buscarlo al colegio y le preparaba una taza de leche con pan y manteca. Le enseñó canciones gallegas, le enseñó a jugar al mus. Las cartas y las anécdotas eran todo. Y un poco la televisión. El patio de esta nueva casa se llenaba de chicos, de gritos, de juguetes. Pilar miraba y soñaba por los ojos de ese niño que protegía. Lo sentaba en su regazo contra la iniquidad. Había en cada acto una sensación de triunfo sereno, no exuberante, casi contenido. Envuelto en ese calor, en ese afecto, paseaba la vista mirando el agua humeante de la cocina. Allí se compartía todo: devenir, origen, dibujos. Lo visceral y lo inmediato. Esta mujer de cabello entrecano, rizado, pómulos salientes, nariz afilada, de manos pálidas y huesudas hablaba con entonación sentimental. A veces tenía expresión de tristeza, pero con un matiz fundamental: pena para llevarla dentro de sí misma, no para mostrarla a los demás.
La recuerdo pelando papas en la pequeña cocina, hablando con su hija, girando con rapidez sobre uno de sus talones y darse vuelta para dejar el mundo. Luego regresaba y se ponía a hacer otra tarea. Con los años también cuidó de Lisandro y de sus nietos verdaderos. Pero Emiliano generaba otro sentir. Estaba por encima de lo impensable. A veces le leía un poema y asentía con la cabeza como si su reconocimiento se estuviera transformando en gratitud. Le gustaba escuchar conversaciones, anécdotas, historias. La radio o la televisión le eran casi ajenas. Le gustaba enterarse de lo que pasaba por el cielo de cada uno.
Una vez la encontré llorando en soledad. Ante mi estupor y mi angustia me contaba que tenía miedo que “le quitásemos a Milianito”. La preocupación era arbitraria. Pero la simple duda, la sola idea, la perturbaba.
Cuando me decía “Carlos, debo hablar contigo”, era porque algo serio pasaba. Seguramente me debía recriminar algún proceder o pensaba que era su obligación aconsejarme en la educación de mis hijos. Todo, allí, lo decía con calma, con sensatez. Se ponía feliz cuando aparecía en televisión junto al doctor René Favaloro. A veces le comentaba que estaba por publicar un poemario o que esa semana había tomado el té con Manuel Sadosky o que había conversado con César Milstein. Y le explicaba quiénes eran. Ella parecía escucharme desde lejos. Afirmaba con la cabeza pero de inmediato me hablaba de Milianito, de cómo se tiraba por el tobogán, de la hamaca, de lo rápido que hacía las tareas, del helado que tomaron juntos sentados en un banco de la plaza Rodríguez Peña. Solía hablarme de historias del terruño, de aquel hombre que viajaba con su hijo desde un pueblo hasta el vecino para vender un burro, de las cosas que le ocurrían en la feria. Hablaba de la Santa Campaña, de la hilera de candiles, de San Andrés de Teixido, donde va de muerto quien no fue de vivo.
La veo cruzando la calle Viamonte con el niño de la mano. Ella le lleva la mochila. Él de delantal blanco. La veo soplando la torta de cumpleaños. Le brillaban los ojos, vibraba en inocencia. “La vista llega antes que las palabras. La vista es la que establece nuestro lugar en el mundo circundante”, escribió John Berger en Puerca tierra.
Los campesinos crean sus propios rituales. El campesino está continuamente improvisando. Mantiene una tradición como mejor garantía de éxito con el trabajo. Se otorga una continuidad, experimenta su propia supervivencia. La ingenuidad lo hace abierto a los cambios, su imaginación le exige continuidad. El campesino tiene una capacidad de observación, su actividad de observador no cesa nunca. El campesino trabaja la tierra para producir el alimento necesario para sustentarse. A menudo pasa hambre. Imagina un mundo justo en sus comienzos, un mundo igualitario. Para ellos el trabajo es la condición de la igualdad. Admira el saber pero jamás supone que el avance del conocimiento reduzca la extensión de lo desconocido. Siente la superstición y la magia. Las transmite.
Al final de sus días perdió la memoria. Ya no nos conocía. En ese estado no quise volver a verla. Me producía mucho dolor. Doña Pilar lleva un manantial de cariño y de entrega. Brota espontáneo de su corazón, lleno de impaciencia. Sólo los niños se percatan de ello. Flota constantemente el dolor de su ausencia.
La lloré como a mi madre el 5 de noviembre de 2003.



Doña Pilar

La puerta de su casa nos invita a pasar.
La virtud y las manos son formas de Breogán.



La elemental cocina y el banco familiar
nos muestran el secreto de la cordialidad.



En ella hay siempre tiempo para estar y pensar.
Y una taza de caldo y un pedazo de pan.

Pilar nos comunica su alegría al contar
las cosas de la feria o el recuerdo del mar.



Nos acompaña el dulce, la galleta, la sal.
Y el rápido susurro, ardiente, de su andar.



(Desde el patio yo evoco a mi madre al soñar.
Es límpido el silencio de la voz al callar.)



Aquí no existen libros ni cuadros que mirar.
Sólo la sabia vida que discurre. No más.



Por la tarde la Virgen tiene forma de hogar.
Con su sagrada sombra es vulgar la Piedad.


Yo quiero que mi verso así sea al cantar.
Profundo y transparente como su voz, Pilar.

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Gala

El tiempo y el olvido la han cubierto y nosotros seguimos
viviendo sobre su recuerdo, que es la base de toda vida.
Thomas Mann

La toco y mis dedos descubren el latido de la existencia. Resume el sentido puro, me sostiene en la idea y en el sueño. Comprendo la vida inocente cuando miro saltar su alegría. Hay una trascendencia melancólica, algo flotando en el ambiente que es ausencia y adivinación, se identifica con todo lo que fluye, con la unidad primitiva del mundo. Descubro un idilio de finísima sensibilidad. Me refugio en esa serena armonía, en la atención observadora del animal que evoca la íntima unción. Penetración y medida, verdad y belleza.
Expresa dignidad sobre el cráneo así como en las frescas orejas. Posee una expresión de comprensiva probidad en los fuertes pies y bien conformados. En su ser asoma el cosmos, lo ilusorio, la viviente plenitud. Me contempla agitada y en ese contemplar el acecho que nos trasciende, la incidencia de lo poético, de la fatalidad, una extraña sensación de totalidad y límite. Su red de nervios mide el destino, la angustia, una metafísica del instinto.
Es dorada. Tiene pelaje corto y suave, buena musculatura. No es rolliza ni pesada. Se le notan las costillas apenas respira con profundidad. Se mueve con energía, con paso firme y determinado. La cabeza en alto, orgullosa de su arrogancia. Sus ojos son marrones oscuros, no hundidos. Vivos, brillantes, no tristes. Las orejas pequeñas y delgadas, la boca ancha con los seis dientes incisivos en línea recta. Tiene seis lunares. El maxilar inferior, recto, sobresale del nivel superior. El cuello poderoso y arqueado, el pecho profundo. Los pies pequeños, redondeados, con los dedos apretados y arqueados sobre los cuales se apoya suavemente. El lomo ancho y fuerte, no hundido. Es ruda y revoltosa. El ruido de su respiración es causa de su hocico corto. Para ella todo el mundo es bueno.
Intento traducir lo que sus ojos palpitan en mí, el clima que ahonda en aquello que muestra nobleza. Lo siento en el desmedido menear de su rabo, en el ladrido expresivo, cuando va apretándose contra mi pantorrilla. Desde su inmovilidad, estática, respira concentración, indignación o placer. Se muestra alegre al ver que hoy estoy dispuesto a compartir el día con ella. Tiende convulsivamente las patas mientras se revuelca en el pasto. Tumulto de excitación y contentamiento. Pega mordiscos en el aire, se sumerge en lo hermético de la tarde, se rebela en la epopeya del saber, en la dimensión del instante. Acosa el destiempo, el aire sutil que es enigma y soledad.
La contemplo, generó plenitud. Fragmentos de trivialidad embisten contra mi sentido. Son seres grotescos que giran en la banalidad, en la monotonía. Su caminar me salva de la sofisticada cultura de los hombres, de la hipocresía. De pronto pierdo la conciencia nítida de que existo, el ruido transitorio de los vehículos, el hastío y la vacuidad que se mezclan en frases exaltadas, consumiendo una vida que no quieren. Veo en lo que me rodea la incapacidad de sentir. Creo estar despierto, pero no sé. Gala me mira y se estremece.
Me acompaña al almacén, a la ferretería, a la feria. Los vecinos me identifican con ella. Dialogo con ella, le confieso mis dudas. Su mirada –ebria de luz– responde al príncipe del exilio. Aún le ladra a la niebla, a las bestias heráldicas de los templos. Mis hijos la abrazan con piedad en el juego. Ahora está a mi lado, al costado del sillón, cerca de la lámpara de pie. Mientras leo me protege, entre imágenes fugaces y cielos de otras naves.
Lanza un ladrido y vuelvo en mí. ¡El arroz con leche, la canela! Evoco a mis padres, a mis hermanos. ¿En dónde estoy? Me quedo inmóvil, olvidado, viendo como corre y se libera. Los movimientos de la sensibilidad son interrupciones de un estado que no sé en qué consiste. Ella tal vez lo sepa; la vida es una perpetua dispersión. Gala muestra sinceridad, no está educada por los años y las cosas que la rodean. Por momentos siento que mi vida, mi imaginación, mis recuerdos, se evaporan. Desde esta plaza resisto las rejas de los hombres, mis propias rejas. No quiero someterme al Estado, a sus códigos, a sus mandamientos. Gala disfruta con la sinceridad de los sentidos a la que la inteligencia se abandona. “El hombre es un animal enfermo”, escribió Rosseau.
Su olfato finísimo me identifica. Sus ojos consuelan este degradado territorio. Sin palabras, protegida de la metafísica de las sombras, de la desilusión, de la falsedad. Sabe y quiere demostrarme que entre lo fugitivo y yo hay una empecinada búsqueda. Era tan niño, me repito. Creo que Gala quiere decirme algo. Tal vez sobre mi instinto de perfección o sobre la blanda agitación de los árboles de la ciudad. Hay momentos en los que la vacuidad de vivir me marea y entonces lanzo palabras en poemas, al viento, sobre las hojas secas que dispersa este animal que simula dormir. Horacio nos habla del varón justo, que seguirá impávido aun cuando a su alrededor se derrumbe el mundo. Sin duda una imagen bella, aunque absurda. Como este deambular con Gala, una suerte de sueño o de fuga que reniega de toda confrontación, de todo espectáculo. Nos entretenemos con intervalos intentando liberarnos de la ley fatal de ser como somos. Le hablo de Pirandello, de Godot, de Ionesco. ¡Oh, era tan niño!
Se aventura para socavar infinitud, enzarza la alta noche en su deambular. La acaricio repitiendo una ceremonia. Hostiliza espejos, el hábito de la siesta, la fatal ironía de lo real. Estamos solos, intento decirle, estamos solos. Su vida es un desandar mudado. Todo hace que sea impulsada a la oscuridad de los cuartos, al patio. De cachorra, con escandalosos ladridos, solía abrir la puerta de mi biblioteca. A veces se quedaba suspensa, perdiendo el aliento en el vivir. Jugábamos a vivir sin pensar en ello. El sol era una certeza y una exactitud. Huíamos hacia lo desconocido y sutilmente nos envolvía el aire, la luz, la luna que regresa y lo ignora. Supimos ver la monotonía y la estupidez de los hombres, la inteligencia que hay en el hastío. Siento su hocico feliz en mi mano. Fulguración y gozo.


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