Finisterre

by - martes, junio 09, 2009

Buenos Aires, 1985. 
Francisco Courbet / Ediciones de Poesía. 
Ilustración de Ricardo Carpani. 
Poesía.



 Stabat Mater

Quis non posset contristari 
Piam matrem contemplari 
Dolentem cum filio?


Señor, ten piedad de esta voz 
que ya no está protegida por el Hijo, 
de esta voz confusa y humillada, 
que recorre cárceles y asilos, 
intentando la plegaria de la lucidez, 
la irremediable infancia 
que vela en los cuartos y en las fotografías. 
Así el tiempo modela la ternura 
de los días recobrados, 
las tardes hermosas que se alzaban 
sobre las terrazas y los árboles imaginarios. 
Ahora la demencia o la misericordia 
recorre las fosas 
que golpean expedientes y cartas 
mientras los pies se hinchan 
en rondas interminables bajo el sol o la lluvia. 

El corazón desolado nos llama por las noches. 
Sube escaleras donde el miedo canturrea 
con la vigilia de los pájaros. 
Ella no sabe, Señor, de las furtivas sombras, 
ni de los muertos inauditos 
suspendidos en las criptas o en los mares. 
Ella es un sueño devastado 
que sorprende la ropa en arcones, 
que se inclina sobre tejidos 
y en las ollas proféticas de sus antepasados. 
No tiene odio ni resignación. 
Su morada es un párpado fijo, 
un recinto donde la sangre 
lleva los dedos del desconcierto y la desgracia. 
Ya no invoca el castigo ni los nombres malditos 
que destruyeron el contorno de los castillos. 
Nos desborda sobre el humo y la niebla. 
Como el adiós que convoca a un blanco pañuelo 
bajo el sagrado templo de la tierra. 

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Homenaje a Kurt Gustav Wilckens

En un país falso 
contaminado por decapitadas imágenes, 
desde el rezo y las supersticiones, 
con inmensos abismos 
junto a la ferocidad de nocturnos llantos, 
asesinos arrastraban las primeras víctimas 
sobre los campos de los ojos eternos. 
La hipócrita pureza de los himnos 
castró la alegría y el misterio 
en sucesivas muertes. 
Sin ceremonias, sin asombro, 
el implacable rostro del Ángel 
quiso purgar la culpa de la sangre. 
Trágicamente, para vencer la vida. 
Y confundirse en el fuego de los Inmortales.

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Ora pro nobis

Padre: otra vez esta memoria te habla del exilio. 
Tangible y dolorosa es esta tierra, 
aquí las almas gimen despidiendo las sombras. 
Otra vez regreso por las habitaciones, 
con los pasos errantes del castigo, 
falsificando alas y palabras de mi niñez, 
imaginando puertos con pañuelos de albahaca, 
aserraderos rojos como tigres dormidos. 
Se cuecen alimentos en la cocina pródiga, 
las hembras de amaranto me sumergen profundo 
en los tronos ausentes. Padre: 
languidecen mis fuerzas en el regazo de mi madre 
fatigado del horror y de la profecía. 

Sombrero en mano, sonriente, 
te vi con la piedad de los gestos afables. 
En medio de una calle sofocada de muerte.

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Acracia

Ante ídolos terribles y dioses eternos, 
escuchando campanas 
en las alas de un fuego invisible, 
sus sandalias marcaron una huella inexplorada 
en los altos jardines 
donde los ojos infernales no llegaron. 
La vida los protegió de las ambiguas manos, 
de la dudosa farsa del sollozo. 
Soñaron la desmesurada memoria 
que los niños escuchan 
en la intimidad de sus alcobas. 
Nobles como la rústica mesa de un campesino 
hacen inscripciones en la arena. 
La belleza y la dicha 
como una pasión entregada al olvido 
protegen el silencio del hombre solitario.

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