martes, 25 de enero de 2011

Mi galleguidad

A mis abuelos

Han pasado muchos años. Siento que debo confesar lo íntimo, trasmitir aquello que tal vez otros sientan o imaginen. Entender o intentar entender nuestras raíces, nuestros dioses ocultos. Comenzaremos entonces, de la manera más sencilla, más sincera. Nunca me atreví a decirles ciertas cosas a mis padres o a mis hermanos. Tal vez temía un rechazo. Ahora creo que era la imposibilidad de franquear una barrera invisible detrás de la cual cada uno de ellos estaba parapetado. Decirles que eran buenos y nobles, que los quería. Comentarle a mi madre que le quedaba muy bien ese sombrero pequeño con medio tul sobre el rostro, que la hacía una mujer fina, delicada. Todos eran corteses, conciliadores a veces, pasivos en ciertas circunstancias, pero también aislados, guardando una distancia que marcaba un universo. Por momentos capaces de cóleras inmediatas y absolutas, como en mis padres y hermanos. Sospeché que ciertas cosas venían de mis abuelos y de los padres de mis padres. Esas cóleras eran muy parecidas a un fenómeno natural.

El trabajo en el campo, el morral de provisiones, un queso, media hogaza de pan con una tortilla de papas preparada por sus mujeres. La dureza de sus días, la escasez del guardarropa, los hijos por criar y los hijos muertos en la infancia. O nacidos muertos. Siempre miserables o pobres. Jornaleros, analfabetos, sin otro destino que la primitiva fuerza de sus brazos. Orinaban sus manos en el frío, se curaban sus heridas con las telas de araña. Me imagino que tenían un aire temeroso y sumiso. Pero distante. Inhibidos por la fatiga, por la incapacidad de expresión, por la dura jornada de trabajo al servicio de un mandato divino. Los días de caza con la escopeta de dos caños era una fiesta, como la de los grandes señores. Los suelos lavados de rodillas, los suecos en la puerta, los hombres acumulando existencia y soledad.

Nunca oí quejarse a mis progenitores. Salvo para decir que estaban cansados o criticar a los señoritos, a los dueños de horca y cuchilla, pero esto último era un discurso de don Manuel, mi padre. No hablaban mal de nadie o lo hacían diciendo que fulano era vanidoso o mengano avaro. Tampoco los escuche reírse a carcajadas.

De niño me gustaba abrir los cajones del trinchante, el tocador de mi madre - doña María Manuela - el aparador de la cocina. En esta última buscaba chocolate de taza. El trinchante o el tocador era para encontrar huellas, secretos, cosas que suponía podían revelarme algo misterioso. Arriba del ropero de luna sabía que no debía mirar ni tocar. Estaba el revólver de mi padre, el Smith & Wesson lustrado, envuelto en una franela.

Con el tiempo descubrí otras casas más ricas, cuadros que atiborraban las habitaciones, muebles de estilo. En casa también los había pero en menor cantidad. Teníamos algo que en pocos hogares había visto: una biblioteca de pared a pared. Y otras más pequeñas en cada habitación de mis hermanos.

Mis abuelos habían crecido en una pobreza desnuda como la muerte. Los hijos debían tratarlos de usted. Los veo en una fotografía, en un patio con parra, en Piñeiro. Serios, con cuello limpio y corbata, marcados por el destierro, por las bolsas portuarias de Ingeniero White. Tenían aire de pastores endomingados. Vestidas de negro, en las tardes soleadas, las mujeres se sentaban en círculo en una habitación pobremente amueblada, con sus muros encalados de lloviznas, escuchaban una gaita, el ulular del monte, el llamado de un lobo. Inocentes, ingenuos, con un apetito de vida devorador, tratando de asimilar, de comprender ese mundo desconocido.

De mi infancia me quedó el placer de echar baldes de agua sobre las baldosas del patio. El olor a alcanfor, la lejía, el almidón. La lavanda, los canarios, el moño azul. El guardapolvo blanco recién lavado y planchado, la panadería del barrio, el fútbol. La generosidad infatigable de mis padres, las razones para envejecer y morir en rebeldía, sus razones para vivir y compartir el corazón con otros seres.

Usaban sustantivos comunes. En casa de sus patrones conocieron los sustantivos propios. Habían trabajado toda su vida. Un día los enviaron con uniforme. Algo decían en los papeles que un servil les ordenó cumplir. Uno a Marruecos; como guardia y cañonero del rey al otro. No sabían leer ni escribir pero estuvieron defendiendo el honor y la dignidad de una patria que ignoraban. Casi ocho años de soldados. Sin un céntimo, humillados por otras voces, por otras tierras. Una de mis tías estaba orgullosa de su padre por haber servido a Alfonso XIII. Mi pobre tía que nació en estas tierras y debió trabajar desde los diez años.

La pobreza no se elige, se conserva, pasa de generación en generación. A través del silencio, de la mirada, del recuerdo. De los remiendos, del rubor, de los abrigos dados vuelta. En los muelles, en el llanto oculto, en los pañuelos blancos despidiéndose, en el abrazo a la mujer y a sus hijos antes de embarcarse. No tenían idea de la historia ni de la geografía. Sabían del mar, de otras tierras, de países que les sorprendían sus nombres. Eran gallegos, de la Galicia interior, campesina. Desconocían el castellano, no sabían que era un archipiélago, no imaginaban la belleza de un endecasílabo. Casi no había diversiones en sus vidas. Nadie había pensado nunca que hubiera otras vías fuera del esfuerzo bruto para obtener el dinero necesario para vivir. Y esas eran lecciones de coraje, no de moral. Por nuestros antepasados nos definimos ante los ojos del mundo.

Apenas conocían un poco sus historias y la de aquellos que querían, sus vecinos. No podían respirar la noche del mundo. Sólo la noche de la aldea. Una vez mi abuela escuchó “hay que rezar”. Y ella respondió, “sí, señor cura”. Y lo hizo por el resto de sus días. Aprendieron a vivir sin lección y sin patrimonio. En la oscuridad o a la luz de un candil miraban la desgracia que no entendían.

A veces olían a sombra fresca y a anís. Eran seres fuertes pero inválidos. Aceptaban todo lo que no se podía evitar, pero en el fondo conservaban una negativa, algo inquebrantable. Ahora, adulto, comprendo que me legaron una herencia evidente y segura. Ellos, que apenas dispusieron del tiempo necesario para tener hijos y enterrarlos, educados en la sumisión, uncidos a un trabajo extenuante, me ofrendaron la poesía. Me hicieron rebelde. Cada uno de ellos, a su manera, era un maestro “délfico y solar”, abrían caminos. Desde el poema he intentado dignificar sus vidas, el calor de los mitos, el saber de la tierra. Ahora siento que la biblioteca es un espacio robado al bosque, al mar, a la invisibilidad. La imaginación convierte el lenguaje de los sentidos en lenguaje de la memoria. Cada sueño es un emblema cargado de significación como aquellos talismanes que guardamos en nuestra alcoba, en nuestro escritorio. El poema recoge la fuerza emanada por los astros.

Carlos Penelas
Buenos Aires, enero de 2011

jueves, 20 de enero de 2011

"Calle de la memoria alta" en el Diario del Viajero

En su edición Nº 1238 del 19 de enero, Diario del Viajero hizo una reseña de Calle de la memoria alta, la plaqueta de Carlos Penelas editada por el Centro Cultural y Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte a fines de 2010.

La plaqueta consta de cuatro artículos relacionados al último viaje del escritor por Galicia, Asturias y Madrid. Además, la obra cierra con el poema "Calle de la flor alta".

lunes, 10 de enero de 2011

Evocaciones

Existe solamente la realidad y la luz.
Arseni Tarkovski


Mi abuelo, con cautela, limpiando la guadaña.

Mi abuelo afeitándose con una navaja y el torso desnudo.

Mi abuela, de luto, abonando los surcos en el campo.

Mi abuela bordando hasta el anochecer.

Padre, de niño, caminando en el bosque.

Mi padre apretando los dientes ante una sociedad infame.

Madre injertando frutales en la huerta.

Mi madre haciendo cantar a los pájaros con una botella.

Mi hermano escuchando Tannhauser.

Mi hermana hablando de Kandinsky.

Otra hermana leyendo a Tennessee Williams.

Otro hermano con una crónica sobre Harold Lloyd.

Una noche cargada de estrellas y silencios.

Una mujer desnuda, unos ojos bellísimos, un destino.

Un poema escrito en una madrugada de julio.

La natación, el café de la esquina, una pipa italiana.

Furias contenidas, mitos y leyendas del pudor o del odio.

La mesa familiar, una tarde, donde todos cantaban y reían.

La biblioteca, el amigo desaparecido, una manifestación.

El entierro del tío y el primer insomnio de mi infancia.

El idioma de la infancia en una aldea.

Un reloj que destrocé con mi puño.

La enfermedad de don Manuel, las curtiembres, Piñeiro.

Una fotografía de Carloncho junto a un perro, en la playa.

Otra fotografía, más cercana, en Plaza San Martín.

Rostros, cartas, manuscritos, retratos, talismanes.

Una casa amparada por la imaginación.

Un hotel, una panadería, un ramo de jazmines.

Un museo en Edimburgo y una habitación en Colonia del Sacramento.

Mis hijos, adolescentes, escuchando a Robyn Hitchcock.

Mis hijos, con voces hermosas, inaugurando cielos.

La muerte no existe en el mundo, todos son inmortales.


Carlos Penelas
Buenos Aires, enero de 2011

Apostilla
Evocaciones reconoce el pasado pero de una manera íntima, de una manera que invita ser visitado. Es un poema sobre la identidad. En tono medido nos habla de un viaje acerca del mundo que nos rodea. El mundo contemporáneo perdió todo contacto con lo mítico. El mundo del pasado es una presencia permanente, invisible. Las voces no expresan sólo un deseo de ser, son también portadoras de lo arcano, de aquella edad en la cual los hombres convivían con los dioses. Evocaciones es simbología, hibridación cultural, un pasaje donde convivimos en el silencio y la tradición; la posibilidad de buscar un destino a partir del origen.

Carlos Penelas
Buenos Aires, 10 de enero de 2011

sábado, 1 de enero de 2011

Mi anarquismo

Yo llamo individualista al que con mayor frecuencia se aparta del rebaño. Saludo como individualista a cualquiera que en una época religiosa se muestra impío, en un ambiente ortodoxo se manifiesta herético, en un periodo de civismo sabe reír de la ciudad o maldecir los crímenes de la patria.

Han Ryner

Siempre me acongojaron los cumpleaños de quince, las bodas, las comuniones. Odio a los empleados públicos y las maestrías internacionales. Odio – no desapego, no desamor, no desencanto - las despedidas de soltero, las fiestas navideñas, las recetas de cocina, la beatería laica o religiosa, el mal gusto, los lugares comunes, la sonrisa de los políticos y los homenajes. Los póstumos y los otros.

Nunca compartí secretos, nunca conté una aventura del lecho o del alma. Un secreto entre dos no es un secreto, decía mi padre. Sé que nada es impune. Sé también que nuestros antepasados históricos están honrados por latrocinios, estupros, mistificaciones, oprobios y rezos. Crueldad, sadismo, perversión, malignidad. La falsa conciencia se elabora a través de adoctrinamientos en las propias estructuras deshumanizadas. Vemos aliados y enemigos, cómplices y gestos de una cultura de fachada. Teatralidad, mutaciones y mutilaciones. La perversión idiomática posee sus figurones, sus parnasos, sus carraspeos hipócritas, sus pactos. Vocaciones admonitorias nos hablan de revolucionarios, de víctimas, de vigorosas hazañas. Un maccarthismo de izquierda. Debo enfatizar: generaciones traicionadas. Cada uno es un precursor del doble discurso. Degradación, agotamiento; un engranaje de engaño y fraude. Una vez más: escarapelas melancólicas y teorías reivindicativas.

Confieso mi perplejidad ante las masas imbéciles y ante el individuo imbécil. Asco, aburrimiento, mal humor. Creo en el poema, en la búsqueda estética y ética de cada línea, de cada silencio. La creación tiene sus raíces en la fugacidad del amor, en el compromiso y entrega por el otro, en el misterio que inaugura el enigma. Se une talento y disciplina, se advierte la palabra como acto, la obra provista de humanidad nos eleva. Sólo a partir de la creación el hombre se pone de pie, se siente libre. Cambia la mirada, cambia el tono de voz, la manera de caminar. La belleza nos ilumina, convoca lo íntimo y lo insurgente, la pasión, la evaluación del alma.

Jamás he sentido simpatía alguna por la épica de los caudillos. Ni líderes ni santos. Ni revolucionarios o héroes. Ni víctimas ni verdugos, una vez más. Descreo de los hombres providenciales, de las conmemoraciones, del idilio entre el pueblo y su líder, de las manifestaciones con bombos y redoblantes, del populismo hegemónico al compás de cumbias y latas de cerveza. De lo pintoresco y de lo anecdótico. De lo folklórico, de los mausoleos, de lo grosero, de lo demagógico.

Los modelos son siempre autoritarios y verticales, con alambradas visibles o no. Corrupción, aquelarre sanguinario en nombre de la nación o el internacionalismo, combatiendo la explotación y la injusticia social. Triste, lamentable. Con muertes, persecuciones, cárceles. Infamia y chovinismo en la voz del supremo. Ocultamiento y mito.

La historia es una gran enciclopedia de despojos, de codicia y ferocidad. Se diezman pueblos, se exterminan conciencias. Ya casi no se tiene necesidad de prohibir libros ni obras ni voces. Muy pocos leen, muy pocos entienden, muy pocos sienten. Recordemos - por favor recordemos - que los dogmas libertarios son tan despóticos como cualquier otro. Problemas de latitudes, veneración o estadísticas. Me importa poco.

Soy enemigo de los nacionalismos. Generaron guerras, carnicerías, banderas y torpezas sin límites. Es lo más parecido a la religión, al atraso del pensamiento y de la libertad. De eso estamos hablando: compromiso, belleza, dignidad, armonía, solidaridad. El vuelo del pájaro y lo vital del cielo.

Odio los matrimonios, los registros civiles, las promesas de felicidad. Odio los discursos apodícticos y los otros, las bienaventuranzas, las palmadas en la espalda, los teléfonos celulares. Odio que me hablen de enfermedades, del mal de ojo, de los sueños y del horóscopo, de los juegos de mesa, de los motores de los automóviles. Odio las máscaras cotidianas, a los que comulgan, a los neuróticos y a las histéricas. Odio las medallas de reconocimiento y las placas ilustres, los aplausos y las proclamas redentoras. Odio los héroes emblemáticos y los retratos de los virreyes. A los imperialistas tanto como a los alcahuetes. A los alcahuetes tanto como a los señores formales. A los señores formales como a obispos, generales, empresarios y jueces. A los académicos y a los poetas con barbijo. A los profesionales, a los estudiantes de marketing, a los agentes de bolsa. Y a las convicciones victorianas.

El poema introduce inconformidad y rebeldía. Resiste la adversidad, lucha contra lo intolerable, contra el desprecio y el desasosiego, contra lo execrable del ser humano. Y puebla nuestras utopías, nuestros recuerdos, nuestro compromiso con los afectos, con los desheredados. Es una experiencia emocionante y aleccionadora. El poema derrumba templos, proclamas, instituciones, contubernios. El resto nos ahoga, nos domestica, nos hace mediocres, cobardes. En el poema aceptamos la vida íntima, el instante que vibra entre el espacio y el tiempo. Pero también es conexión con lo social, con lo imaginario, con lo sensible: una educación del sentimiento y una búsqueda con el otro, una resonancia del estallido más intenso. La lectura del cuerpo, lo escuchado por nuestros mayores; la metamorfosis de la pureza y lo absoluto.

Amo a los vagabundos, a los amantes, a los perros callejeros, a los nadadores, a las burguesas, a las banderas rojas. A los que despiertan mirando las estrellas, a las viejas fotografías, a los insumisos, a los actores tanto como a los escultores, a los plásticos como a los poetas, a los artesanos y a los volatineros, a los que necesitan suicidarse en una plaza otoñal. Amo lo irracional y lo racional, lo mágico y lo científico, lo absurdo y el misterio del más allá, los senos de una adolescente y los muslos de su madre, las calles de los barrios y las montañas nevadas, los cafés de las grandes ciudades y las huelgas insurrectas. Amo los mitos griegos, las leyendas de los celtas, las canciones infantiles, los viejos puertos con sus muelles y el lamento de los buques. Los repiques furiosos de las campanas y las sirenas de las fábricas. Amo las pizarras de las escuelas y los muros de las iglesias románicas, los tableros de ajedrez y los guantes de box, los museos del mundo y los platos humildes, los hoteles perdidos entre lágrimas y confesiones. Amo conmoverme ante la puesta de sol en la orilla del mar y el viento del bosque. Amo una copa de vino y el agua fresca del manantial. El tedio es humillante.

Carlos Penelas
Buenos Aires, 1 de enero de 2011

Taller literario