domingo, 13 de septiembre de 2020

Falsificaciones, fábulas y leyendas


Los peronistas debieran probar que son honestos
Mario Bunge


Recalcitrantes. Así solía nombrarlos mi padre. También decía inciviles. Mi padre, que sólo acudió dos años a la escuela, que trabajó en el campo desde los seis cuidando cabras en el monte, fue desde joven un gran lector. También fue amante de la música, del cine mudo, además del fútbol y del boxeo. Había nacido en Galicia, en Espenuca, una aldea olvidada del planeta. A veces los llamaba incurables, contumaces. Decía que eran irremediables, impenitentes. Cuando el fastidio, la irritación o la indignación eran extremos solía blasfemar en galego y en castellano.

Del otro lado las cosas no eran mucho mejores, pero había nombres respetables, seres significativos. No muchos, pero los había. Hombres y mujeres honestos, laboriosos, rectos, íntegros. En mi hogar escuchaba sus actos, sus vivencias. Y los había de distintas ideologías, con matices; conductas probas.

Hoy, después de tantos años debo confesar que cuando mi padre opinaba del peronismo no se equivocó. Es una pesadilla que se universaliza. El conflicto estructural que generó el peronismo en el cual vivimos – con sus distintas nomenclaturas - lo construyó a partir de un imaginario social. Los mismos burócratas sindicales, las mismas patotas, los mismos discursos envejecidos; conceptos demenciales. Diez, veinte, treinta, setenta años en una poltrona. Además de los ilícitos. Y todo vale. Valen los bombos, las vinchas, el choripán. Eso sí, cada día más degradada una sociedad. Pero siempre voluble en una suerte de hipnosis nacional y popular, con alianzas, relatos heroicos, complicidades, consignas al borde del extravío. Según los tiempos son de derecha o de izquierda, no siendo en el fondo ni lo uno ni lo otro. La corrupción es un pensamiento pequeño burgués, entonces. Perpetuación enfermiza, pragmatismo que marcha de la mano con la barbarie. A esto la simbología, la apropiación de una épica, contaminación de la historia. Una mezcla de patriotismo rancio con una suerte de izquierda acomplejada, iletrada. Algunos escapan a este circo mafioso, pero son tan pocos que no significan nada ante aplausos, vítores y pancartas. En los últimos tiempos el delirio hace que sean progres. Se suman a lo que sea, construyen un rito. Y siga el baile.

Siempre fieles a las consignas. Las del general o las del secretario del general. Y las lecturas llevan la demonización de la atmósfera, de los estados de ánimo, de la toga inmaculada del líder circunstancial. Pueden estar con los movimientos guerrilleros y al mismo tiempo contra ellos. Adhieren a jerarcas hasta que descubren que son traidores, que esos que elevaron al trono no son parte de la patria, de lo nacional y popular. No existe autocrítica ni arrepentimiento: los corruptos son otros. Entonces entrecruzamientos, apelaciones, juego dialéctico, eterno retorno. No sólo la falsificación sistemática de la realidad, la inversión de toda la realidad. El mito dando en la cabeza: la alegría es peronista, el amor es peronista, la madre es peronista, la patria es peronista. Final de partida.

El peronismo es un sentimiento; es parte de la fe, del contubernio. Así sucesivamente, sin piedad, con una continuidad sin escrúpulos. Luego justificaciones, proezas, victimización (siempre suma), promesas, demagogia, medallas. Pobrismo y obsecuencia. El tiempo circular. En estos días de decadencia lingüística, donde los jóvenes y no tan jóvenes conocen trescientas palabras, donde ignoran historia, matemática, ideología, geografía, nociones elementales de arte, es natural que sean parte de esa masa que terminan derrumbando la escultura de Cervantes en Boston y le escriban genocida o destruyendo el busto de Ortega y Gasset en Buenos Aires . En esto estamos, en un mundo caótico.

Así funciona el populismo, es la esencia de una mentalidad, de una conducta. Hay tal vez, como afirma Loris Zanatta, “una cultura del fracaso” donde necesariamente debe confirmarse con el tono, el método y el espíritu el accionar vertical, clientelista. Entonces surge rencor, odio, envidia, desatino. Y otra vez la idea del pueblo elegido, el espejismo, la promesa de salvación, el milagro de la verdad revelada. Es una droga que regresa y regresa y regresa. En la comparsa bailan intelectuales, empresarios, estudiantes, lúmpenes, prestamistas, sacerdotes, sectas, funcionarios, profesionales, escruchantes, borrachos, perros callejeros… Cambian líderes, ismos, banderas.

Estamos victoriosos lanzando hurras ante la Armada Brancaleone; muerta y renacida cien veces, rechazada y ungida, glorificada y martirizada. Porque modifican historia, fechas, batallas, espectros. Renace por vigésima vez Tarquino el Soberbio, Lucrecia, Aristodermo de Cumas o Publio Valerio Publícola. Alguien me dijo una vez que los justicialistas eran deshonestos, que carecían de autocrítica, que viven enajenados por el síndrome de hubris. Tal vez recalcitrante no era la palabra, quizá debió decir desmesura. O ambas, pero ya no sé. Memento mori.

Carlos Penelas
Buenos Aires, septiembre de 2020

martes, 8 de septiembre de 2020

Felicitaciones del Centro Galicia

El Presidente del Centro Galicia, José María Vila Alén, y el Secretario General, Cristian Moares Echazú, enviaron una carta de felicitación a Carlos Penelas por su artículo sobre Betanzos.

Buenos Aires, 7 de septiembre de 2020

Sr. Carlos Penelas

Estimado Carlos,

Hemos leído la excelente nota que ha publicado en su blog personal sobre la ciudad de Betanzos y que amablemente nos compartió. Queremos felicitarlo por esta extraordinaria semblanza de una localidad tan querida para los gallegos. Sin lugar a dudas que la literatura es una forma de viajar y es así que con su pluma magistral nos ha trasladado por un rato a las calles empedradas de la Cidade dos Cabaleiros. Gracias por este paseo emocional que no abunda en la morriña sino que se esmera en la descripción objetiva y en la merecida alabanza por su historia y su belleza.

Reciba un afectuoso saludo,

        Cristian Moares Echazú                                       José María Vila Alén
        Secretario General                                               Presidente

        Centro Galicia de Buenos Aires

Puede leer el artículo "Flavium Brigantium" en este enlace.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Presentación de "El corazón del bosque"

Publicado en 1992 por Torres Agüero Editor, El corazón del bosque se presentó ese mismo año en el Palacio Pizzurno de la Biblioteca Nacional de Maestros y el Ministerio de Educación de la Nación, con las presencia de la entonces directora de la Biblioteca, Graciela Maturo, junto a Héctor Ciocchini y Luis Alberto Quesada. Leyó poemas Dora Prince.

martes, 1 de septiembre de 2020

Flavium Brigantium

Confieso que es una ciudad en la que hubiese deseado nacer. No vale describir sus calles adoquinadas, sus iglesias, sus bares, sus balcones, sus museos. Hablo de la esencia de la ciudad. En esta ciudad conviven caballeros medievales, fineza, tortillas, patatas, meigas. También judíos, portales, artistas, seres primitivos, una elegancia en el mirar. Por las noches he sentido cierta solemnidad en los pasos. Hay elementos paganos, cristianos, celtas. Evoco a griegos, romanos, ciervos, jabalíes, sefes, mámoas, cistas. Evoco la pluralidad de las aguas, druidas, alusiones y sobreentendidos, la suavidad de las sombras, desveladas.


Una estación aguarda mi llegada, cerca del río. Veo barcas, dólmenes, la nostalgia en un café frente a una iglesia románica. De pronto siento que se mezcla lo medieval, lo contemporáneo, lo liberal, lo aristocrático. Veo los fantasmas en la claridad de la mañana, esas voces que están en un contorno no definido de la luz, en el aire que acaricia las quintas, en esa brisa que flota entre muros, galerías y soportales.

El habitante es amable, se toma su tiempo, mira a los ojos. Suele sonreír y suele recordar. Nos invita a una copa de vino blanco, una copa de vino del país. Lo tomamos de pie, en una antigua taberna, junto a unas escalinatas. Hay chorizo, hay pan, hay pulpo. Y hay tortilla. El lenguaje es llano, nos dejamos llevar por emociones, por escritos, por una cordialidad inmediata. Surge el nombre de John Berger, un libro de Claudio Magris, el logógrafo Hecateo de Mileto. Digo que es una pena que no la conoció Joseph Roth, la hubiera retratado con hechizo.

Hace poco que dejó de llover. Una llovizna nos habla de viajes, de hoteles, de huéspedes. Siento la monotonía del cosmos, una imaginación ambigua. Siento lo campesino, el olor de esa garúa. No hay espacio para el sentimentalismo, me basta una mirada fugaz para intuir sus emblemas, sus símbolos, todo aquello que nos hace palpitar belleza, ensoñación. Cierro los ojos y descubro el globo de San Roque, único sobre el cielo. Sin aliento palpo lo mágico, lo fantástico.

Podemos hablar del Castrum de Vnctia, del Convento de las Madres Agustinas, de la Iglesia de San Francisco, de Santa María de Azogue, del Mandeo, del Mendo. Del estudio iconográfico, fundamental, de Alfredo Erias, mi amigo. Del tojo y del brezal como sotobosque, de las casas góticas. De la crema de patatas, pulpo y huevo. Visitamos el Museo das Mariñas, el Museo del Grabado. Y vemos a Picasso, a Gravino, a Seoane, a Jesús Nuñez…

Hay una textura en el lenguaje, una suerte de ritual que nos llama. Una elegancia moral, un caminar sensual en sus mujeres, en el movimiento de caderas. La han visitado ingleses, alemanes, italianos, portugueses. La leyenda nos dice que la fundó Breogán; los susurros de la Batalla das Figueiras nos indican que es así. Percibo torneos medievales, carreras de barriles de vino, danzas gremiales. Veo los comercios, las mercerías, los sombreros, el aroma de los almendros, la tarta de mil hojas, ajuares de lactantes en las vidrieras.

Creo contemplar mujeres arrodilladas ante el agua lavando sábanas y luego tendiéndolas para secar. Tal vez relato una historia de ilusión, la búsqueda de mis orígenes, un topo de la cultura gallega. Seguramente es un viaje que reconstruye certezas, inquietudes. No puedo contener las lágrimas ante la bandera republicana, la que cubrió a Antonio Machado en su lecho. Cada lugar es visitado e interrogado, el ojo que percibe puede escribir para embellecer lo imaginario. Pero no hay adulaciones sentimentales. Ahora el aire es dulce y fresco, desmitifica prejuicios, disuelve toda ilusión escénica. Siento que la libertad acaricia mi pecho. Estoy sentado en un banco de piedra.

Sólo la voz suspensa, el encantamiento, la distancia de los tonos, el áurea de la noche junto a la torre del reloj. Subo como un náufrago entre escudos y pájaros silvestres. Sólo ciertas señales sutiles, lejanías de morosas distancias. Pienso que tengo la mirada de Ulises (soy un nómade en La luna del candil de la memoria), hay un secreto que hace crecer plantas y brumas.

Ahora, luego de beber una cunca de vino, la abstracción. Me acerco y me alejo de cada ser, de cada casona. Dialogo, frente a su sepulcro, con Fernán Pérez de Andrade, o Bó. Ahora no hay tiempo ni espacio, explico de una manera nueva o diferente el mundo que me rodea. El misterio nos hace detenernos. Vivo la historia de los jornaleros, de los inmigrantes, de los desplazados. Hay una intuición poética que me guía, que hace conmover cada evocación. Soy un solitario que deambula, un flâneur que intenta descubrir el significado de lo visible.

Carlos Penelas
Buenos Aires, septiembre de 2020

Taller literario