domingo, 31 de marzo de 2019

Una historia sobre la epilepsia

Hoy deseo tener un tono coloquial, una serie de reflexiones y emociones que componen, tal vez, una contemplación subjetiva. "Echar unos párrafos" era lo que solía escuchar en mi infancia cuando mi hermano mayor se encontraba en un café con un amigo.


Mi padre fue epiléptico. Según sus recuerdos, y los míos, a los cinco o seis años sufrió su primer ataque, en la aldea de su pueblo, Espenuca. Fue a raíz de un susto. Un hombre, demente o borracho, amenazó con matarlo. Mi padre nació el 7 de mayo de 1898. Se llamaba Manuel. Se hizo solo, todo lo logró solo. Tenacidad de hierro, trabajo, lectura. Y una envidiable capacidad intelectual. Me llamo Carlos Tomás Penelas Abad. Nací en estas tierras el 5 de julio de 1946. Me anotó el 9 para no hacer el servicio militar. No se casó por iglesia. Mi madre, María Manuela Abad, nació en Orense, el 31 de julio de 1899. Mi abuela materna era Adelaida Perdiz y la paterna Manuela Pérez. Mi abuelo paterno se llamaba Pedro y el materno, Tomás. De allí mi segundo nombre. Escribo, una vez más, una pequeña historia que nos remite a la antigüedad, a Suetonio. Una forma literaria que nos permite deslizarnos en la minucia.

Morbus sacer, la enfermedad sagrada, el gran mal. El saber epiteptológico era menor en la Edad Media cristiana que en la época de Hipócrates. La enfermedad de los mil nombres: innombrable calamidad, enfermedad lunar, azote de Christo. Se los recluyó en cárceles, en manicomios, en leproserías. La enfermedad perseguida por la Biblia , por las religiones, por el poder de curanderos y médicos, por la ignorancia, por la sociología de la imbecilidad. En el medioevo se los solía quemar. Se sospechaba que Satanás se había introducido en el cuerpo. Una crisis de epilepsia era, para los ciudadanos de la antigua Roma, un mal augurio. La voz popular denominaba la enfermedad como mal comicial o comicialismo. Aun hoy la epilepsia está marcada por el estigma de la historia. Se la oculta, se la intenta definir con otros nombres, es una enfermedad vergonzante. Crisis espontáneas y reiteradas. Mi padre tenía crisis generalizada tónico-clónica. Se le priva de oxígeno al cerebro; la mente en blanco. Por esa razón me hablaba de Sócrates, Petrarca, Julio César, Fedor Dostoievski, William Shakespeare, Napoleón Bonaparte, entre otros.

A los catorce años conoció a hombres que lo salvaron de la iniquidad, de la humillación, de la pobreza espiritual. Socialistas y anarquistas le hicieron ver la vida en otra dimensión. Le hablaron de solidaridad, de injusticia social, de hipocresía. Comenzó a leer a Arthur Shopenahuer, al príncipe Pierre Kropotkine, a Friedrich Nietzsche, a Émile Zola. Descubrió a Cervantes y a Pérez Galdós. A Calderón, a Beethoven, a Goya. Y sobre todo, la verdadera historia de Galicia: Manuel Curros Enríquez, Manuel Murguía, Eduardo Pondal, Alfonso R. Castelao… La dignidad, la libertad individualista, el decoro, lo acompañaron toda su vida. Una conducta, una mirada, una utopía íntima.

Las autoridades prohíben casi todo; no tanto en nombre de la salud pública como de la moral social. Los actos de un hombre embriagado o de una prostituta y su cliente ponen en duda las reglas que quebrantan. Sus actos son un disturbio, no una crítica. La autoridad manifiesta un celo ideológico: persigue herejías, no los crímenes del sistema. Se repite así actitudes de otros siglos: la lepra y la demencia también fueron vistas como encarnaciones del mal. No falta el temor supersticioso y ambivalente. Como el leproso de la Edad Media, el alucinado es víctima de un mal sagrado, sus palabras o gestos son revelaciones de otro mundo. Los persecutores de las enfermedades no son menos crédulos que los enfermos. Dickens nos ha dejado descripciones terribles de lo que fue la vida de la clase obrera en las grandes ciudades. Y cine del neorrealismo italiano o las novelas de Blasco Ibáñez. La sociedad de nuestros días ha terminado de vaciar de todo contenido los ritos tradicionales y no ha logrado crear otros. El mundo eleva como valor supremo la eficacia. Y la tecnología, no la ciencia. Por un lado vemos el cristianismo evangélico, por otro sus deformaciones eclesiásticas e históricas. Lo mismo sucede con las ideologías redentoras, con el pensamiento de los teóricos del siglo XIX. Hoy, el extravío desplegó sus alas.

Era un hombre ejemplar, en el buen sentido de la palabra. Mi madre lo acompañó siempre, lo protegió. De niño me hizo ver el desvanecimiento de la ilusión de la divinidad y el descubrimiento de la realidad del hombre. Me hizo desconfiar de las instituciones bancarias y de las otras. El hombre es sus instintos, nuestra moral una codificación de la agresión y de la humillación. Hay un vidrio deformante que no nos deja ver al hombre tal cual es. (De niño me leía a Ramón de Campoamor y a Emilio Salgari.) Se genera en todo momento la ilusión de la finalidad, lo revolucionario o el cambio en libertad. Como señaló Octavio Paz en un artículo publicado en la década del 60: “¿Quién juzga sobre la legitimidad del terror: las víctimas o los teólogos del poder?”

Desde siempre se niega a distinguir entre medios y fines; unos y otros corresponden a situaciones históricas determinadas. Los medios son fines y éstos aquellos. La solución siempre es dudosa cuando proviene del socialismo burocrático o estatal. De la economía mixta mejor no hablemos. Hay un diálogo de máscaras, un doble monólogo del ofensor y del ofendido.

Desde las lecturas de Pierre-Joseph Proudhon y los clásicos del Siglo de Oro Español formó una familia, nos ofrendó una biblioteca y una conducta. Nos hizo entender el profundo significado del estudio, de la ética, del compromiso. Una manera de contemplar, una coherencia interior, una conciencia de la soledad. No una negación de la vida sino una exaltación de sus virtudes. La pasión y la negación del mundo abyecto que nos rodea. Nos enseñó, además, que tradición no es continuidad sino ruptura. Espontaneidad y reflexión. Y algo más, lo que en español llamamos temple: arrojo, dureza, flexibilidad, ternura. Revelar lo que somos para el otro, por el otro. La moral de la responsabilidad personal en una sociedad corrupta.

Tal vez, caro lector, estas líneas no sean más que un aspecto fragmentario, una apariencia inconexa de lo fugitivo, de lo transitorio. Tómelo como una fragmentación romántica de un hijo que evoca a su padre al visitarlo en un sueño.

Carlos Penelas
Buenos Aires, marzo de 2019

sábado, 30 de marzo de 2019

Breves líneas a las acémilas y a los ignorantes

Venimos escribiendo desde hace mucho, mucho tiempo, que la imbecilidad no tiene límite. O como señalaba nuestro gran Domingo Faustino Sarmiento: “la ignorancia es atrevida”.


Harto de discursos, proclamas, bombos, santificaciones, inscripciones y declaraciones banales, aconsejo a aquellos que están discutiendo géneros, innovaciones absurdas, explicaciones extraviadas o teorías lamentables sobre la lengua castellana y todas las lenguas, las diversas conquistas, los personajes de novelas, los autores machistas y los otros, sobre la modificación del idioma o la historia de la humanidad, de las guerras mundiales – obra de nacionalismos, populismos y el capitalismo -, que vuelvan al taparrabos. Que regresen a la condición nómada, a las voces originarias, a sus tribus ancestrales. Que devuelvan el idioma, los apellidos, las creencias, las instituciones, las banderas, las pinturas. Que recuperen sus chozas, sus esquemas, sus instrumentos musicales, sus cubiertos, sus platos, sus comidas, incluyendo manteles y diccionarios. Que se queden con sus vacunas y sus medicamentos, con sus cirugías, sus modales, sus teatros, sus óperas, sus palacios, su cinematografía. Que desprecien la tecnología, que busquen su literatura, que mantengan sus ceremonias sociales, sus conductas, su sociología, su patriarcado. Que aborrezcan de Cervantes, de Dante, de Miguel Ángel, de Quevedo, de Galdós, de Bakunin, de Marx, de Trosky, de Goethe, de Shakespeare, de Homero, de Leonardo, de Montesquieu, de Galileo, de Darwin, de Copérnico, de Fleming, de Mendeléyev, de Loewi, de Fellini, de Chopin, de Buster Keaton, de Chaplin… Que sus dioses sean restaurados, que vuelvan a ser cazadores-recolectores, agricultores itinerantes, que tengan caciques y hechiceros, que regresen a los troncos ahuecados.

Mientras tanto yo le pediré perdón a los sumerios. En especial a Berosus Caldeus, que escribió en griego. No siéndolo. Ora pro nobis.

Carlos Penelas
Buenos Aires, 30 de marzo de 2019

miércoles, 20 de marzo de 2019

Mito, poesía y realidad

El tiempo está fuera de quicio. 
¡Maldita suerte la mía, haber nacido para ponerlo en orden! 
Hamlet


Muchas veces afirmamos, y no sin razón, que el tiempo todo lo destruye, deslíe y mitiga. La lectura intensa de los autores clásicos otorga una mirada trascendente. Horacio, Cervantes, Shakespeare, los novelistas rusos del siglo XIX, Baudelaire o Giambatista Vico, Pavese o León Felipe, nos conducen al descubrimiento de la imagen poética: su principal recurso. En esos textos, como lo hace Vico, el valor ontológico en la mentalidad primitiva a partir de la imagen. Desde allí comprendemos los universales fantásticos: se da sentido a la realidad, nombrándola. La literatura adquiere una lectura simbólica y catártica. ¿Es la única lectura? No, por supuesto que no, pero es una de real importancia.

Ha partir de entonces podemos interpretar los mitos, el retorno a la esencia del creador, lo mágico, la soledad, el valor de la unicidad absoluta que lo eleva fuera del tiempo y lo consagra como verdadera revelación, que lo instaura como si cada vez que leemos un verso fuera la primera.

En toda obra sentimos la inmersión en el mundo de los orígenes, , el retorno a la tierra, las esencias del pasado y las experiencias infantiles, un nuevo modo de explorar la realidad, lo sensual y lo existencial.

Deberíamos comenzar recordando a Don Francisco de Quevedo y Villegas, a sus Sátiras Políticas, aquellos versos inmortales: “No he de callar, por mas que con el dedo, / ya tocando la boca o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo.” Y aquel célebre y conmovedor Memorial dedicado a S.M. El Rey Don Felipe IV, por el cual fue encarcelado en su vejez, en San Marcos de León, durante cinco años. El poema, según la leyenda, apareció debajo de la servilleta de Felipe IV los primeros días de diciembre de 1639.

Vivimos en una sociedad que se desintegra, con hipócritas e inescrupulosas vejaciones. Un desdichado territorio poblado de expedientes, de infamia, de desolación. Sospecho que en estos últimos tiempos algo comienza a fisurarse. La estructura social está llena de porosidades, de fachadas folclóricas, de próceres, de deslizamientos. La sociedad –quiero imaginar- se percata de humillaciones cotidianas, de jerarquías prostibularias. Ineficacias y miradas esconden la complicidad de un sistema ilegítimo.

Ya lo dijeron: la patria es la infancia. La infancia y la lengua materna nos sirven para la evocación, para descubrir el mundo a partir de la memoria que al vivir recobramos. Descubrí que el poeta tiene en su hogar la intensidad del mundo íntimo que lo une a lo universal. Por eso sólo puedo escribir a mano sobre una hoja blanca. Desde allí recreo el sentido profundo del idioma. Medito la palabra que se expande, intento realizar la proeza de plasmar –una artesanía depurada- la experiencia del ser. El destino del poeta es esa percepción inexpresable.

La poesía, el teatro, la escultura -el arte- atraviesan la crisis o la degradación que cotidianamente palpitamos en la sociedad. Algo que en mayor o menor medida irrumpe desde las grandes capitales del mundo, una confusión que ahoga, distrae, distorsiona. El mal gusto (alguien preguntará con sorna ¿lo suyo es emblema de buen gusto?) es todo un símbolo. Presenciamos atónitos discursos enfermos o dementes, patrioteros, planteos irresponsables sin que nadie se detenga a reflexionar sobre la permisividad de teorías que desconciertan o provocan. En el fondo es hojarasca. No es casual que todos los movimientos totalitarios, populistas o demagógicos insistieron siempre en el espíritu de sacrificio nacional, en mitologías ancestrales, en espectáculos con “características románticas”, realzando ceremonias en donde el simbolismo y la carga de espacio imaginario cobraban un papel protagónico. Provocaciones solapadas. Ya Georges Sorel afirmaba que la imagen antes que la palabra era el instrumento adecuado para movilizar a las masas. De ahí el delirio colectivo, la megalomanía, la técnica óptica, la arquitectura luminosa.Todo y cada cosa es una amenaza de eternidad. El poeta siempre anima una dialéctica sutil, por momentos incomprensible. Anhela la solidaridad entre forma y existencia, sufre la imperiosa necesidad del instante, esa fugacidad que emerge y se define por sí misma. Hay plenitud en lo dramático, éxtasis y continuidad que le dan fuerzas para enfrentar un mundo absurdo.

Umberto Eco define los procesos de mitificación como “productos de la simbolización inconsciente”. La mitificación de las imágenes, caracterizadas como sagradas no sólo fue un hecho inducido desde los cenáculos del poder religioso medieval. Freud ya había enseñado que es posible la existencia de una masa de dos: en el enamoramiento; un estado donde se mitifica la imagen del otro. La imagen idealizada fascina. Y toda idealización, afirma Freud, es un afán que falsea el juicio.

La sociedad del espectáculo es una sociedad sin política, en la que los individuos se han visto desposeídos brutalmente de sus posibilidades y de los riesgos de la acción. Sufren las fluctuaciones ingobernables de un sistema absurdo y criminal. Los espectadores viven en la seguridad de una existencia tranquila, pacífica y administrada, o bien víctimas de la exclusión y de la precariedad, viven en la monotonía, el aburrimiento. El espectáculo es el nuevo opio del pueblo, nos dice, nos induce a pensar. Es la despolitización de la vida.

El espectáculo crea un presente perpetuo apoyado en el espejismo de la tecnología, en el que es posible la ocultación, el simulacro y la mentira. La ficción y la apariencia pasan por delante de la realidad.

Nunca es la misma realidad sino la versión de la realidad… Éste es el verso inicial de un poema en el que Wallace Stevens desnombra cada vez más lo que llamamos “realidad”. Evidencia su construcción merced al lenguaje. “El cielo en palabras y las palabras en sonidos de sonidos”. Aristóteles había señalado: “Las palabras proferidas son símbolos o signos de las impresiones del alma, mientras que las palabras escritas son signos de las palabras proferidas”.

Según Alain Bosquet, el poema inventa al poema. Podemos suponer que el poema que inventa al poema es creado por la poesía, cuando se manifiesta de manera verbal, una de sus formas de manifestación. “Hacer un poema como la naturaleza hace un árbol”, exhortó Vicente Huidobro. En ese sentido hacemos referencia a Raúl Gustavo Aguirre: “En cada poema hay una poética y en cada poética una concepción del mundo.”

En toda obra poética siempre hay desposesión, siempre existe la alusión. Borges señaló que “en el centro de toda obra artística nunca se encuentra lo que se imagina, ni siquiera los materiales que se supone evidente encontrar. En el núcleo del poema quizá no está la palabra, ni la nota en la melodía, ni el color en la pintura.”

Desde esta mirada en torno a la poesía es necesario citar a Albert Camus: “la libertad no está hecha de privilegios, sino que está hecha sobre todo de deberes.” En esta línea de pensamiento alguien muy querido por los libertarios, Gandhi. “La verdadera libertad no vendrá de la toma del poder por parte de algunos, sino del poder que todos tendrán algún día de oponerse a los abusos de la autoridad. La libertad personal llegará inculcando a las multitudes la convicción de que tienen la posibilidad de controlar el ejercicio de la autoridad y hacerse respetar.” La poesía es reconocimiento de lo más íntimo de cada uno, pero también creación de realidad y límite, canto y espacio que genera el hombre, en unidad secreta, en presencia invisible del otro. “Cada uno de nosotros es culpable ante todos, por todos y por todo”, escribió para siempre Dostoievski.

El menosprecio de la sensibilidad es estigma de nuestra época, pero fundamentalmente del Poder. Desde el Estado se piensa en el hombre masa, en el menestral, en los delirios del cielo y del infierno, en los mercados. El menosprecio de la inteligencia también es otro de los estigmas. La grandeza de España, de Inglaterra o de Italia la hicieron a través de los siglos sus artistas, sus soñadores. No sus soldados, sus coronas o sus latrocinios. Tiene más hechizo Roma, Londres o Madrid que Nueva York.

Recoger aquello que está en el borde de la mirada, en el umbral de lo no visto. Descubrir la vena profética. Todo ha sido reemplazado por la servidumbre, por la vorágine del caos. Los poetas retroceden ante las multitudes, se embalsaman en un lenguaje críptico, cada vez más incomprensible. Vivimos nutridos de pensamientos muertos, de credos muertos. La mirada del sistema se vuelve corrosiva, el hombre va aprendiendo a someterse a las reglas del mundo. El poeta, paria por naturaleza, es también una anomalía. Aun no hemos arrojado el cadáver al mar.

Decía Alain Badiou: “…la verdad contra las opiniones, la intensidad de la vida contra la supervivencia, la rebelión contra la historia, la ciencia contra la técnica, el arte contra la cultura, la política contra la administración, el amor contra la familia.”

En la poesía hay exilio, persecución, violencia. En épocas de desafíos los poetas se volcaron a un compromiso con los más necesitados, con los desprotegidos, con los hambrientos. Algunos se convirtieron en hombres de acción. El poeta y el combatiente constituyen un todo vital y armónico. La poesía es siempre una acción libertaria.

A medida que la contradicción del sistema se agudiza nacen rasgos distintivos, subterráneos, en el campo de la cultura. La creación como reflejo de una sociedad (a veces o casi siempre) independiente de la cultura dominante. El poeta debe estar contra el poder, debe luchar contra lo burocrático, lo malsano, lo establecido.

Nos conmueve la poesía y el sueño de la libertad. Nos conmueve la dignidad, lo solidario, lo fraternal. La desnudez de la mujer, el mar, los bosques. La utopía de ser en otra sociedad, en otra relación humana. No renunciar al hedonismo, expandirse en la generosidad. Descreer de la infalibilidad del Papa y de la infalibilidad de la ciencia. Desde la voluntad del hombre libre contra la burocracia. Saber, por ejemplo, que un abeto de Noruega es el árbol más viejo de la Tierra; tiene 9950 años. Nos llena de esplendor, de felicidad, de milagro terrenal. Como los ojos de un niño o la evocación de una aldea. Crecemos desde la insurrección del poema hasta la pasión por el cosmos. Somos parte del universo, somos partículas libres, complejas. Rebeldes.

Hay una mirada social y una mirada estetizante. La poesía se integra al hombre. A veces el lenguaje es directo, transparente. Nace la búsqueda de otra identidad desde el lenguaje. “Ser radical, decía Martí, no es más que esto: ir a la raíz”. La poesía es humanista, solidaria. La emoción poética genera otra realidad, una utopía cierta. A veces es testimonio, entreteje lo íntimo del ser: su libertad. Al callar despierta el eco de la soledad dispersa, la cadencia del cuerpo en la palabra, la rosa azul de Novalis. Los límites de mi lenguaje son los límites del mundo. Y saber que la palabra es una mirada perdida en el infinito. Una mirada que siente lo fugaz y lo rebelde. Sin esperanza alguna; una utopía que recupera imágenes y visiones. Ya lo escribió nuestro admirado Herbert Read: “Nuestra civilización es un escándalo, y hasta tanto ella no sea reconstruida, todas nuestra actividades intelectuales serán vanas”.

Carlos Penelas
Buenos Aires, marzo de 2019

lunes, 18 de marzo de 2019

Taller literario en la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte

En abril Carlos Penelas retomará el Taller Literario en la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte, con clases grupales los jueves a las 20 horas, en Austria 2154.


Les recordamos que además Penelas dicta Talleres Literarios individuales, con días y horarios a combinar con los asistentes.

domingo, 10 de marzo de 2019

Autobiografía II


No es la distancia ni el vacío.
Estamos solos en la memoria del instante.
En este amar que llega,
en este cielo errante sobre el mar.
Sin embargo la ternura es continua.
Y el viento me despierta.

Carlos Penelas
Buenos Aires, marzo de 2019

Taller literario