jueves, 23 de mayo de 2019

A nova obra de Penelas verá a luz este agosto

Carlos Penelas
“Ofrenda de la luz”, o último poemario do colaborador de Xornal de Betanzos Carlos Penelas, será editado por Editorial Dunken en agosto deste ano. O poeta agradece á editorial -e moi especialmente ao seu xerente Guillermo de Urquiza- o denuedo, a confianza e o patrocinio que lle vén outorgando.

O poemario levará ilustracións orixinais da artista plástica Eugenia Limeses quen achegou o seu talento e sensibilidade a outras obras de Penelas.

Fuente: Xornal de Betanzos 

lunes, 20 de mayo de 2019

"Ofrenda de la luz", de Carlos Penelas, se editará en agosto

Ofrenda de la luz será editado por Editorial Dunken en agosto del corriente año. El poeta agradece a la editorial -y muy especialmente a su gerente Guillermo de Urquiza- el denuedo, la confianza y el patrocinio que le viene otorgando.


El poemario llevará ilustraciones originales de la artista plástica Eugenia Limeses quien aportó su talento y sensibilidad a otras obras de Penelas.

Libros publicados del autor por Editorial Dunken:

Fotomontajes, 2009.
Antología personal, 2010.
Cánticos paternales, 2015 (plaquette).
Homenaje a Vermeer, 2015.
El huésped y el olvido, 2017.
El mar en un espejo de otoño, 2018.

Estos libros fueron ilustrados por Juan Manuel Sánchez, Alfredo Plank, Carlos Scannapieco y Eugenia Limeses. Calle de la flor alta lleva dibujos del poeta. Poesía reunida, en tapa, fotografía del autor de Emiliano Penelas.

jueves, 9 de mayo de 2019

Ponciano Cárdenas, poesía y silencio

Ayer, 8 de mayo, falleció Ponciano Cárdenas Canedo a los 91 años. Fue uno de mis grandes amigos, compartimos años duros y muchas alegrías. Hombre vital, artista generoso, amigo sin dobleces. Me ilustró varios libros. Estará en mi recuerdo y en mi silencio. En noviembre de 2009 me pidió un prólogo para un libro que iba a editarse sobre su obra plástica y escultórica. El libro, por razones inescrutables, nunca se publicó. Aquí las palabras sobre su obra.


Prólogo
Ponciano Cárdenas, poesía y silencio

Conocí a Ponciano Cárdenas en 1970. Había publicado mi primer poemario. Concurría a Sala Taller donde estaban Rubén Rey y María Elena Lopardo. Ellos, y Oliva, me hablaron de Cárdenas. Lo vi por vez primera en esa galería y centro cultural. Lo acompañaba Mariana, su compañera de toda la vida; una pintora de territorios y lenguajes. Cárdenas llevaba un poncho de su tierra, la mirada soñadora y el destino dramático en la frente. Desde ese día compartimos momentos felices y momentos trágicos. Vimos crecer el horror de las dictaduras, vimos desaparecer amigos, vimos el exilio. Pero también la belleza, la insurrección, el amor de la mujer, la desnudez, el misterio. Una amistad fraternal, de percepción soterrada.

Ponciano Cárdenas ofrenda amistad. Ofrenda silencio. Es bondadoso, convoca lo entrañable del ser humano. Junto a él fui recorriendo voces, encuentros. Podría decir Antonio Pujía, podría evocar a Adolfo De Ferrari o a Héctor Cartier. Como símbolos, sólo como símbolos de muchos otros. Junto a Cárdenas fui descubriendo la textura de América. Junto a Luis Franco y junto a él. Ponciano me enseñó a ver. Me enseñó a ver lo mágico, lo dramático, lo sagrado. En cada obra suya (recuerdo aquellos años juveniles en su estudio de la calle Tucumán cuando le leía poemas y lo veía pintar, lo sentía crear) aparece lo milenario, el mundo ancestral, los orígenes.


Le hablaba de Galicia, de mis antepasados campesinos, de los sueños libertarios. Lo escuchaba hablar de su Bolivia, de doña Casta Canedo – su madre – de su lengua quechua, de su poder curativo con hierbas milagrosas. De la oca, de la papa, del durazno. De la arcilla. Eso, si sabemos ver, están en sus obras. En sus cuadros, en sus murales, es sus esculturas, en sus cerámicas. Su pintura lleva los genes de una raza. Se siente orgulloso, se siente libre, se siente rebelde. Todo esto me fue enseñando Ponciano Cárdenas desde que lo conocí, aquella tarde en la galería. Y más, mucho más.

Nos encontrábamos en casas de amigos, en exposiciones, en talleres. Juntos palpitábamos libros, poemas y figuras. Una sola mirada bastaba para comprendernos, para entender al otro. Fraternal, Ponciano. Fraternal y de talento. En su obra descubrimos toros, riñas de gallos, mulatas. En su obra la sensualidad, la metamorfósis, lo viril. Me gustan las tintas de Ponciano. Me gustan sus cerámicas. Sus hembras alzadas, rebeldes, seductoras. Me apasiona lo telúrico y lo fatal de su obra.

“Bolivia es un país bien favorecido por la naturaleza y nosotros podríamos ser un país muy rico en el mundo; sin embargo, a pesar de que somos tan poquitos habitantes, esta riqueza no nos pertenece”. Eso dice Domitila Barrios. Eso dice cuando habla de la mina, cuando habla de los campesinos. Ya no se trata de una realidad, ya no se trata de una construcción social olvidada. Ahora, ante un cuadro de Cárdenas descubrimos la verdad revelada, la intuición del creador. El racismo sutil o descarnado, la celebración de identidades, la salud y la vivienda. En cada escultura de Ponciano advertimos la geografía de un pueblo, la desazón, la angustia. Lucidez y resistencia, pues. La tristeza y la rabia de pie. Calladamente, contra viento y marea.

¿Qué más, vemos? Un día, Ponciano le pidió a su madre que le comprara arcilla para hacer modelados. (Me lo contó hace muchos años, se oculta en sus cuadros la anécdota, en sus tintas, en sus esculturas.) Era una arcilla especial, de la zona de San Pedro. Al día siguiente doña Casta hizo descargar en el patio de su casa una camionada. Ponciano necesitaba un cuenco. La simbología, la tradición ética, emociones profundas que nos hacen recordar a nuestro César Vallejo. “¡Hay golpes en la vida, tan fuertes…Yo no sé!”

Las imágenes de Ponciano parecen gravitar en una tarea de rescate de la condición humana. Ve y nos muestra lo que ve. La realidad que lo circunda la expone desde la emoción pero con la creatividad que sólo unos pocos pueden lograrlo. Devela misterio, color, paisaje. Atrapa la luz y la sombra. El dolor y el silencio; lo poético. Recordamos a Rilke cuando enaltece el verso: “Tú, tú tienes que cambiar la vida”. Cárdenas compone inmerso en un tiempo no medido por relojes ni calendarios. Refleja una experiencia latinoamericana única. Sin desbordes, sin demagogía, sin filiación política. Su obra es insurrecta siempre, desde la belleza, desde el combate interior, desde la realidad épica. Crea y recrea un lenguaje específico: la pintura. Pero, insistimos, también los murales, las esculturas, las cerámicas. Elude efectos y encantos superficiales. Genera una atmósfera propia, hace visible lo que no se quiere ver, genera un diálogo con lo visual. Pero también con el que observa. Su obra exhibe coherencia y personalidad. Nos propone siempre un múltiple itinerario, una diversidad de matices, de vuelos, de culturas.

Ponciano esta siempre afuera. Su paleta es exterior. Así como su carácter es íntimo y sereno, su obra subraya el paisaje, las mujeres, los hombres, los dioses, los soles azules o naranjas. La fuerza – de eso estamos hablando – de su color lleva la tradición clásica, el estudio analítico, la técnica del maestro. No hay improvisación; jamás. Lo austero de su conducta lo sentimos en esos territorios que nos muestra: el altiplano, la permanencia, los símbolos telúricos y populares, la ternura de los pueblos americanos. Es un creador existencial, un humanista que brinda una estética directa; en lo erótico o en lo social. Y confiesa algo fundamental: “Para el artista el tema es un pretexto, porque en definitiva lo que importa es el cuadro”.

Las obras de este artista nos ayudan a reencontrar el sendero hollado de la utopía posible. El centro de gravedad de la indagación plástica de Cárdenas es la representación de la figura, la figura en una densidad humana que le otorga el trabajo, el dolor, el contacto con la tierra. Estos seres se ven transportados a una dimensión arquetípica. Implica, además, un reencuentro con una humanidad sencilla, primordial. Por medio de los animales, Ponciano deriva hacia un descubrimiento de la naturaleza incontaminada, anterior y superior al hombre. Rebelde, arcaico, díscolo. Hay un planteo sólido, austero y, entiendo, sólidamente arquitectónico. Recupera la tradición clásica desde la mirada de América. Y algo no menor: la actividad docente es parte de su vida. Me fascina su taller de la calle Pringles, con sus plantas, sus rincones, sus techos. Me fascina cuando por las tardes lo habita la soledad. Y me fascina cuando se llena de voces, de alumnos incondicionales, de hijos, de nietos, de música, de vida. Y cuando baila la cueca con Mariana.


Está ajeno a toda tentación propuesta por los estrépitos de la moda. Su obra plástica se sostiene en el color. Su pintura se puede asociar con la literatura latinoamericana, pues vemos una suerte de realismo mágico. Todo lo que refiere a la construcción del espacio también hace referencia a la justeza del color. La figura humana – reiteramos – constituye un punto central en sus preocupaciones. Hay una estética fina y cálida; en sus óleos, en sus esculturas, en sus cerámicas, en sus tintas. La obra de Cárdenas lleva la pulsión del pasado, vive una atmósfera real e irreal, cotidiana y fantástica. Su obra lo representa y nos representa. Eso también fui aprendiendo de su amistad.

Junto a Ponciano Cárdenas comprendemos una mirada estética y ética. Nos permite asumir nuestra identidad, comprender que ser latinoamericano es sentirse hijo de esta tierra y también de la otra. Hay una convergencia que acontece en la interioridad de cada uno de nosotros, que expresa una condición única, que no se da en lo europeos ni en los otros continentes, como señaló con agudeza Octavio Paz. Por más raíces europeas que tengamos sería una insensatez sostener una visión eurocentrista. Dijimos que Cárdenas ofrenda amistad, que ofrenda generosidad. Creador nato, de poderosa imaginación, acentúa desde una paleta sobria y de extremada intensidad tonal o desde sus esculturas, un mundo personal e inconfundible. Cárdenas suscita reflexiones y sentimientos profundos. De allí la poética de su obra, de allí su callado oficio.

Carlos Penelas
Buenos Aires, noviembre de 2009

martes, 7 de mayo de 2019

Presencia en la Feria del Libro

El mar en un espejo de otoño, último poemario de Carlos Penelas, y otros trabajos del autor, pueden conseguirse en la Feria del Libro. Eugenia Limeses, responsable de las ilustraciones, visitó el stand 1123 de Editorial Dunken, en el Pabellón Verde.

La 45° Feria Internacional de Libro de Buenos Aires puede visitarse hasta el 13 de mayo en el Predio Ferial La Rural, de lunes a viernes de 14 a 22 horas, sábados y domingos de 13 a 22 horas.



miércoles, 1 de mayo de 2019

Calas en una novela de Italo Calvino

No hay lenguaje sin engaño
(Las ciudades invisibles, 1972)


Todo libro de Italo Calvino se sostiene en la exquisitez formal. Calvino es uno de los mayores intelectuales, uno de los grandes escritores del siglo pasado. Ossola, renombrado especialista en su obra nos dice: “Calvino convierte en moral el acto de expresarse, que da fisicidad al sujeto desde la impersonalidad del lenguaje”.

En estas breves líneas intentaremos señalar algunos aspectos de su novela Si una noche de invierno un viajero (1979). Siguiendo ciertos rumbos marcados por Aby Warburg debemos mencionar a Richard Wagner, más precisamente Tristán e Isolda, en la cual el compositor – siguiendo algunas referencias ya realizadas en Chopin y en Beethoven – reitera melodías sin finalizar, una suerte de suspensión sucesiva. De igual manera podemos hacer una lectura en Mate en 11 del compositor y escritor de ajedrez alemán Herbert Grasemann. En este célebre problema de ajedrez la suspensión del final también es sucesiva.

La obra trascendente de Michel Butor, La modificación (1957), escritor que pertenece a la nouveau roman, escribe su novela en segunda persona. Son pequeñas claves o fuentes que nos ayudan a comprender esta relevante novela de Calvino. También encontramos la conciencia del lenguaje – no olvidemos que nuestro autor era admirador de Roland Barthes – las fuentes del significado, la pluralidad de significados. Hay pues en estas páginas una mirada simbólica e introspectiva.

En Si una noche de invierno un viajero descubriremos la ironía intertextual, la meta-narración, los cruzamientos de planos, Lector-Lectora, autor-obra. Y ciertos pactos de la ficción: autor-lector. Veremos también la fragmentación de la historia, la novela dentro de la novela, la sociedad dentro de la sociedad.

Calvino presenta una inédita concepción de la novela, metafóricamente un cambio en la concepción del mundo, una crítica de la historia, del sujeto. Pero sobre todo una supremacía de lo literario. El autor manifiesta: “es una novela sobre el placer de leer novelas; el protagonista es el lector, que empieza diez veces a leer un libro que por vicisitudes ajenas a su voluntad no consigue acabar”.

También advierte que “…algún lector de paladar fino sostienen que no: opinan que son cuentos completos, que dicen todo lo que debían decir y a los que no cabe añadir nada”. Y algo fundamental: “Mejor decir que no se trata aquí de lo “no acabado” sino de lo “acabado interrumpido”, de lo que “acabado cuyo fin está oculto o es ilegible”, tanto en sentido literal como en sentido metafórico”. Y más: “Vivimos en un mundo de historias que empiezan y no acaban”.

Su obra tiene diferente fuentes, dos a la vista: Borges y Poe. Y una carga irónica, intelectual, burlona, ética, literaria, cuando nos presenta al profesor Uzai-Tuzii, a Tazio Bazakbal, al falso traductor Emer Marana, a la literatura cimeria, en donde hace un guiño y nos retrotrae – sin decirlo, claro - a Cymeria, a Homero, a Odiseo, a la antesala de Hades, el inframundo.

No podemos dejar de mencionar al grupo literario Oulipo, Ouvoir de Littétratue Potentielle o Taller de Literatura Potencial, fundado en 1960 en Francia por Raymond Queneau y Francois Le Lionnais. Este grupo – del cual nuestro autor forma parte - fijó como objetivo explorar lo que llamaron “literatura potencial”, es decir, producir formas y estructuras a partir de conceptos e ideas relacionadas con el lenguaje y sobre todo con la matemática. El principal hallazgo es su innegable contribución a la literatura, descubrir ese particular silencio del lenguaje que ocurre cuando la literatura está a punto de irrumpir.

Es importante recalcar que el Oulipo no establece una normativa, ofrece un procedimiento de creación. El ejemplo recordado es el de Queneu (Ejercicios de Estilo, 1947) en el cual se presentan noventa y nueve formas diferentes de contar un mismo y trivial episodio ocurrido en un autobús.

Calvino se pregunta, y nos pregunta, quién es el lector de hoy en día, cómo se lee, qué ocurre en la universidad, en los institutos, en las cátedras. Todo esto y mucho más encontramos en una novela irrepetible, impar. Advertimos senderos, laberintos, humor, sospechas, sensaciones, emblemas que nos hablan de estilo, de filosofía personal, intertextualidades, de formación cultural, de los trucos del oficio, del espíritu de los tiempos, del escritor artesano, del escritor productivo, del gusto del público, de la industria cultural, del ghost-writer, de los detalles íntimos, de lo telúrico y lo alegórico.

Calvino nos enseña a pensar y a sentir. Desnuda, en esta obra, los mecanismos de la narrativa, ejemplifica modelos y estilos (neo-vanguardia, neo-realista, existencial, fantástico, surrealismo), como dijo Georges Perec la literatura es un juego que se practica entre dos sujetos, el escritor y el lector. Otro dato primordial: el esquema de la obra es el mismo de Las mil y una noches. Calvino se interesa por la semiología, disciplina que, a través del estudio del signo, aborda la interpretación y producción de sentido. Se vuelve sumamente preciso. Carlos Gumpert, traductor de varios de sus libros, describe su meticulosidad estilística: “Con pocos escritores se tiene tanta conciencia de que cada palabra está colocada en su sitio por una razón específica, casi por necesidad”. La necesidad responde a un nuevo impulso creativo, más geométrico, simétrico, introspectivo.

Recordemos unas palabras de Calvino: “Sin la técnica del oficio no hay sabiduría artística posible". Leamos su comienzo memorable, icónico.

Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Recógete. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo en seguida, a los demás: «¡No, no quiero ver la televisión!» Alza la voz, si no te oyen: «¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!»

Para finalizar: el autor nos muestra la relación entre el yo y el universo. Pero también la imposibilidad de comprender la realidad.

Carlos Penelas
Buenos Aires, mayo de 2019

Taller literario