miércoles, 1 de mayo de 2019

Calas en una novela de Italo Calvino

No hay lenguaje sin engaño
(Las ciudades invisibles, 1972)


Todo libro de Italo Calvino se sostiene en la exquisitez formal. Calvino es uno de los mayores intelectuales, uno de los grandes escritores del siglo pasado. Ossola, renombrado especialista en su obra nos dice: “Calvino convierte en moral el acto de expresarse, que da fisicidad al sujeto desde la impersonalidad del lenguaje”.

En estas breves líneas intentaremos señalar algunos aspectos de su novela Si una noche de invierno un viajero (1979). Siguiendo ciertos rumbos marcados por Aby Warburg debemos mencionar a Richard Wagner, más precisamente Tristán e Isolda, en la cual el compositor – siguiendo algunas referencias ya realizadas en Chopin y en Beethoven – reitera melodías sin finalizar, una suerte de suspensión sucesiva. De igual manera podemos hacer una lectura en Mate en 11 del compositor y escritor de ajedrez alemán Herbert Grasemann. En este célebre problema de ajedrez la suspensión del final también es sucesiva.

La obra trascendente de Michel Butor, La modificación (1957), escritor que pertenece a la nouveau roman, escribe su novela en segunda persona. Son pequeñas claves o fuentes que nos ayudan a comprender esta relevante novela de Calvino. También encontramos la conciencia del lenguaje – no olvidemos que nuestro autor era admirador de Roland Barthes – las fuentes del significado, la pluralidad de significados. Hay pues en estas páginas una mirada simbólica e introspectiva.

En Si una noche de invierno un viajero descubriremos la ironía intertextual, la meta-narración, los cruzamientos de planos, Lector-Lectora, autor-obra. Y ciertos pactos de la ficción: autor-lector. Veremos también la fragmentación de la historia, la novela dentro de la novela, la sociedad dentro de la sociedad.

Calvino presenta una inédita concepción de la novela, metafóricamente un cambio en la concepción del mundo, una crítica de la historia, del sujeto. Pero sobre todo una supremacía de lo literario. El autor manifiesta: “es una novela sobre el placer de leer novelas; el protagonista es el lector, que empieza diez veces a leer un libro que por vicisitudes ajenas a su voluntad no consigue acabar”.

También advierte que “…algún lector de paladar fino sostienen que no: opinan que son cuentos completos, que dicen todo lo que debían decir y a los que no cabe añadir nada”. Y algo fundamental: “Mejor decir que no se trata aquí de lo “no acabado” sino de lo “acabado interrumpido”, de lo que “acabado cuyo fin está oculto o es ilegible”, tanto en sentido literal como en sentido metafórico”. Y más: “Vivimos en un mundo de historias que empiezan y no acaban”.

Su obra tiene diferente fuentes, dos a la vista: Borges y Poe. Y una carga irónica, intelectual, burlona, ética, literaria, cuando nos presenta al profesor Uzai-Tuzii, a Tazio Bazakbal, al falso traductor Emer Marana, a la literatura cimeria, en donde hace un guiño y nos retrotrae – sin decirlo, claro - a Cymeria, a Homero, a Odiseo, a la antesala de Hades, el inframundo.

No podemos dejar de mencionar al grupo literario Oulipo, Ouvoir de Littétratue Potentielle o Taller de Literatura Potencial, fundado en 1960 en Francia por Raymond Queneau y Francois Le Lionnais. Este grupo – del cual nuestro autor forma parte - fijó como objetivo explorar lo que llamaron “literatura potencial”, es decir, producir formas y estructuras a partir de conceptos e ideas relacionadas con el lenguaje y sobre todo con la matemática. El principal hallazgo es su innegable contribución a la literatura, descubrir ese particular silencio del lenguaje que ocurre cuando la literatura está a punto de irrumpir.

Es importante recalcar que el Oulipo no establece una normativa, ofrece un procedimiento de creación. El ejemplo recordado es el de Queneu (Ejercicios de Estilo, 1947) en el cual se presentan noventa y nueve formas diferentes de contar un mismo y trivial episodio ocurrido en un autobús.

Calvino se pregunta, y nos pregunta, quién es el lector de hoy en día, cómo se lee, qué ocurre en la universidad, en los institutos, en las cátedras. Todo esto y mucho más encontramos en una novela irrepetible, impar. Advertimos senderos, laberintos, humor, sospechas, sensaciones, emblemas que nos hablan de estilo, de filosofía personal, intertextualidades, de formación cultural, de los trucos del oficio, del espíritu de los tiempos, del escritor artesano, del escritor productivo, del gusto del público, de la industria cultural, del ghost-writer, de los detalles íntimos, de lo telúrico y lo alegórico.

Calvino nos enseña a pensar y a sentir. Desnuda, en esta obra, los mecanismos de la narrativa, ejemplifica modelos y estilos (neo-vanguardia, neo-realista, existencial, fantástico, surrealismo), como dijo Georges Perec la literatura es un juego que se practica entre dos sujetos, el escritor y el lector. Otro dato primordial: el esquema de la obra es el mismo de Las mil y una noches. Calvino se interesa por la semiología, disciplina que, a través del estudio del signo, aborda la interpretación y producción de sentido. Se vuelve sumamente preciso. Carlos Gumpert, traductor de varios de sus libros, describe su meticulosidad estilística: “Con pocos escritores se tiene tanta conciencia de que cada palabra está colocada en su sitio por una razón específica, casi por necesidad”. La necesidad responde a un nuevo impulso creativo, más geométrico, simétrico, introspectivo.

Recordemos unas palabras de Calvino: “Sin la técnica del oficio no hay sabiduría artística posible". Leamos su comienzo memorable, icónico.

Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Recógete. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo en seguida, a los demás: «¡No, no quiero ver la televisión!» Alza la voz, si no te oyen: «¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!»

Para finalizar: el autor nos muestra la relación entre el yo y el universo. Pero también la imposibilidad de comprender la realidad.

Carlos Penelas
Buenos Aires, mayo de 2019

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