sábado, 28 de abril de 2012

Aquí nos vemos otra vez

Emiliano, mi hijo mayor, lee con pasión a John Berger. Entre otros autores y entre otras actividades. Uno de sus libros, Aquí nos vemos, es un libro nómada, con historias aparentemente descolocadas. Pero se encuentran. Se encuentran los vivos y los muertos, los sueños y las utopías, la complicidad del amor y el arte. Se lo recomiendo, desconcertante lector. Es infinitamente mejor que leer o ver cómo actúan los políticos, los negociados inmundos que recorren entre pasillos y bastidores, el humor de una plebe sin salida y  enferma. Demagogia, estupidez, trampas.
 
 
Es terrible cómo a lo largo de los siglos el Poder, las castas, los dogmas, el autoritarismo, los templos laicos o sagrados, han intentado destruir lo mejor del hombre. Velos y más velos sobre su sensibilidad, sobre su posibilidad de imaginar, de pensar, de amar.
 
Wallace Stevens,  poeta estadounidense, señaló: “…la maravilla y el misterio del arte, como por cierto de la religión, consisten en la revelación de algo absolutamente otro, gracias a lo cual la inexpresable soledad del pensamiento se quiebra o se enriquece. El poeta, el hombre religioso, ni siquiera sueñan con dictar las reglas del juego: se limitan a andar por el mundo con el amor de lo real (de esa realidad otra) en sus corazones.”
 
“Hay algo más importante que la lógica: la imaginación” dijo en una ocasión nuestro amado Sir Alfred  Hitchcock. Giacometti, suizo y escultor, señaló algo que siempre se supo: “el arte es un medio de ver”. “La pasión del amor es amar sin medida”, escribió San Agustín en sus Confesiones. Y dijo más: “La pasión del amor no puede comprenderla quien no la sienta.”
 
Vivimos una promiscuidad mental, una promiscuidad física. Tal vez desde siempre. Uno sospechó que en el siglo XXI ciertos temas no existirían. Todo se ha vuelto vulgar y obsceno, banalidad que invade de manera corriente cada gesto, cada nuevo hábito. El deseo no existe, existe el poder, el discurso político, la afectación, la fachada; simulacro, parodia. Sobre eso se montan mitos, leyendas, delirio, saturación, desvergüenza. Vivimos el espejismo de la pasión, de lo otro, charlatanerías prolijas y hasta correctas, pornografía en el arte, en la información, en las estadísticas, en referencias de la vacuidad. Teatralidad y simulación.
 
“La pregunta sobre el origen del Estado debe precisarse así: ¿en qué condiciones una sociedad deja de ser primitiva?” También reflexiona el autor de La sociedad contra el Estado y  Arqueología de la violencia: “…quizás la solución sobre el momento del nacimiento del Estado permita esclarecer  las condiciones de posibilidad (realizables o no) de su muerte”. Las investigaciones e ideas del renombrado antropólogo y etnólogo Pierre Clastres (1934-1977) sobre las poblaciones primitivas dan una antropología de alternativa. En esas sociedades se trabajaba sólo cinco horas, lo necesario. Ahora todo debe ser explotado. Por supuesto Clastres es un teórico no siempre recordado.
 
Podemos hablar de polarización crispada, de una cultura oficial materializada en manifiestos, premios o arquitecturas de poses, celestiales. Pero también del esfuerzo desesperado de soñadores, del pensamiento utópico, de una vida plena de  poesía, de realidad caótica pero vital.
 
“La historia corre mientras el espíritu medita. Pero este retraso inevitable crece hoy en proporción a la aceleración histórica”, escribió Albert Camus en 1954. El sentir, el pensar, parecería que no es parte de la ética, de la imaginación, del otro, del diferente. De lo auténticamente humano. La poesía fue comparada en muchas ocasiones con la mística y con el erotismo. Pero el poeta nombra a las palabras más que a los objetos, la experiencia poética es una tonalidad verbal, un clima interior. La palabra es el reverso de la historia, es el reverso de lo cotidiano. Exige, como la mística y el amor, una entrega. Por eso la insensatez del creador, del amante o del místico; lo imaginativo del soñador en un pujante querer decir, un balbuceo permanente de  libertad.
 
"…Pues el encuentro de todos los seres en uno engendra la cesación de ellos y acaba con su nacimiento, pero al desunirse los seres el nacimiento vuelve y se desvanece la cesación. Y este perpetuo movimiento alternante nunca tiene fin, unas veces reuniéndose todos los seres en uno por el Amor, otras separándose todas las cosas arrastradas por la repulsión del Odio. Esta lucha la manifiesta el conjunto del cuerpo humano tan pronto todos los miembros reunidos por Amor en uno se obtuvo un cuerpo, floreciendo la vida en su plenitud; tan pronto separados nuevamente por funestas discordias andan errantes cada uno por su lado en las rompientes del oleaje de la vida". Esta es la mirada de Empédocles.
 
El poeta no sabe nunca qué es lo que va a ocurrir. “Lo único que tienes que saber es si mientes o tratas de decir la verdad, ya no te puedes permitir equivocarte en esta distinción…” nos dejó escrito este hombre sin fronteras ni dogmas. De John Berger, hablamos, confundido leedor.
 
Carlos Penelas
Buenos Aires, abril de 2012

martes, 3 de abril de 2012

Pantaleones, polichinelas y arlequines

“Nunca antes ha recibido la estupidez tan triunfal galardón a pesar de haberlo merecido muy a menudo… Porque la estupidez, como el genio eximio, son de pareja utilidad en la configuración del destino humano”.
Fedor Dostoievski (Los endemoniados)

No sé cómo llamarlos, cómo clasificarlos. Nos hablan de progresismo, pero no sé cómo llamarlos. ¿Nacionalistas, populistas, moda hegemónica, falta de ilustración y de lucidez? No lo dude, querido y populista lector, en algunos de estos tres nombres están comprendidos. Son, a veces, sinceros y sensibles, hacen piruetas y acrobacias. Servidores, siempre se enamoran de una Colombina. Son personajes de la comedia burlesca. Los miro y quedo estupefacto. La voz, por lo general, es nasal. Tienen barbilla prominente y suelen ser astutos: donde huelen poder allí están. Donde sienten el calor oficial levantan la mano. Se presentan como sociólogos, como bibliotecarios, como comandantes, como militantes, como escritores. Son serios, ladinos, huidizos. Igual que los otros. (Los otros, los que usted vota con pasión o con desconocimiento). Levantan la bandera que sea: siempre revolucionarios, nunca menos. En todo. En los bombos, en las carambolas, en las sonrisas, en las bellaquerías. En el fondo son bellacos, diría mi padre. (Recuerde: Corominas. Bellaco, monicaco, pajarraco. Monicaco: hipócrita beato y santurrón. Y basta). Pero, el pobre hombre era un gallego anarquista, tenía segundo grado, trabajó el campo desde los seis. A los veinte empezó con Bakunin, Hugo, Tolstoi. Y usted, sabe acomodado lector, usted sabe…

Mienten, mienten hasta el hartazgo. Roban, engañan; construyen mausoleos, fachadas, banderas y proclamas. Son mediocres (y lo saben) y dialogan con el desatino, la improvisación y el disparate. Y roban. Y las masas los siguen. Y están los gerentes de bancos con mirada taimada, burda, que planea revoluciones, sinagogas y bautizos. Vivimos una sociedad donde el mercado impone su brutalidad y su ignorancia. En todo. La cultura no es ajena. La industria cultural no se diferencia de los otros mercados. Observamos con estupor el avance de la banalidad, la corrupción y la estupidez. El vacío, lo decadente, lo snob. Y la falta de raíces, de valores. Improvisación y facilismo. Ejemplos sobran. No son preocupaciones superfluas en el contexto de una sociedad con necesidades básicas insatisfechas. Hay una desintegración moral y parece que nadie es responsable. Desintegración, decadencia e injusticia. Y más. O lo que es peor: nadie la ve. Se convive con ella desde la felicidad, la esperanza o el tedio. Simétricamente; financiar desde lo demagógico una fiesta rave o electrónica rinde más. Es simple: falta educación en la sociedad del relato. Esto genera mediocridad, configura miradas anacrónicas, dolorosos fracasos. Indefectiblemente generaciones enteras se sostienen con un promedio televisivo que va desde cuatro hasta cinco horas diarias. Y unas trescientas palabras como promedio en el cerebelo. Epopeya concisa, mito y desasosiego.

¿Pero que importancia tiene todo esto ante la muerte, ante la soledad, ante el negocio partidista, ante lo grosero de los discursos, de las bandas prostibularias? ¿Qué importancia tiene esto ante la hipocresía, la falsedad? Ante la vileza cotidiana, ante la vulgaridad. ¿Qué importancia tiene?

Me interesa hablar de los intelectuales criollos, de los oportunistas, de los que levantan en pleno siglo XXI los chiripás y las boleadoras. (Si, ya sé en Europa tienen problemas, pero problemas capitalistas, diferentes, diferentes). Y tiran papelitos, se ríen, se sonríen, se abrazan y aplauden. En notable como aplauden y como se ponen talco para escuchar horas y horas estadísticas, modulaciones, llantos, epifanías, bautizos y gemidos. Y los otros, los señoritos de voz aterciopelada que dicen patria, dicen banco, dicen empresa, empresario, obrero. Son serenos, distorsionan papeles, monumentos, sables. En fin, desleal lector, la cosa viene a los tumbos. Todo se fragmenta y se multiplica, hay una representación notable. Y son brutos, necios, torpes. Mentalmente torpes, quiero decir. Se demoniza, se banaliza, la escena se completa en un teatro de súbditos. Bueno, quedo atónito. Lo efímero y las conductas hacen el resto. Ocultamiento, engaño, impostación. De miradas, de aplausos, de moral.

Veamos los grabados de Goya, los Proverbios, Disparates o Sueños (1819-1823) y nos enseñarán a desenmascarar tanta vergüenza, tanto engaño, tanta estupidez mezclada con resentimiento, odio y pobreza de espíritu. Usted se los buscó, usted quiso desconocer la Commedia dell´Arte. Se lo señalé hace siglos: Vote a Nadie. Nadie cumple. Un abrazo, salgo a caminar y a fumar una pipa. Y vaya usted con Dios. Y con la Virgen.

Carlos Penelas
Buenos Aires, abril de 2012

Taller literario