sábado, 19 de septiembre de 2020

Poema de la ausencia

vos sola lo escribisteis, yo lo leo
Garcilaso de la Vega



Imagino el sombrero azul

y tu sonrisa. La mirada, el secreto.

Te suspendo sin sombra

en la deseada voz revelando una calle.

Descubro tu cadera, las magnolias.

Entonces, mis ojos

muestran un cielo desvalido,

el desasosiego del insomnio,

un vestido negro entre mis manos.



Sé que es un sueño

para no ahuyentarte definitivamente.



Carlos Penelas

Buenos Aires, septiembre de 2020


Foto: Robert Doisneau

domingo, 13 de septiembre de 2020

Falsificaciones, fábulas y leyendas


Los peronistas debieran probar que son honestos
Mario Bunge


Recalcitrantes. Así solía nombrarlos mi padre. También decía inciviles. Mi padre, que sólo acudió dos años a la escuela, que trabajó en el campo desde los seis cuidando cabras en el monte, fue desde joven un gran lector. También fue amante de la música, del cine mudo, además del fútbol y del boxeo. Había nacido en Galicia, en Espenuca, una aldea olvidada del planeta. A veces los llamaba incurables, contumaces. Decía que eran irremediables, impenitentes. Cuando el fastidio, la irritación o la indignación eran extremos solía blasfemar en galego y en castellano.

Del otro lado las cosas no eran mucho mejores, pero había nombres respetables, seres significativos. No muchos, pero los había. Hombres y mujeres honestos, laboriosos, rectos, íntegros. En mi hogar escuchaba sus actos, sus vivencias. Y los había de distintas ideologías, con matices; conductas probas.

Hoy, después de tantos años debo confesar que cuando mi padre opinaba del peronismo no se equivocó. Es una pesadilla que se universaliza. El conflicto estructural que generó el peronismo en el cual vivimos – con sus distintas nomenclaturas - lo construyó a partir de un imaginario social. Los mismos burócratas sindicales, las mismas patotas, los mismos discursos envejecidos; conceptos demenciales. Diez, veinte, treinta, setenta años en una poltrona. Además de los ilícitos. Y todo vale. Valen los bombos, las vinchas, el choripán. Eso sí, cada día más degradada una sociedad. Pero siempre voluble en una suerte de hipnosis nacional y popular, con alianzas, relatos heroicos, complicidades, consignas al borde del extravío. Según los tiempos son de derecha o de izquierda, no siendo en el fondo ni lo uno ni lo otro. La corrupción es un pensamiento pequeño burgués, entonces. Perpetuación enfermiza, pragmatismo que marcha de la mano con la barbarie. A esto la simbología, la apropiación de una épica, contaminación de la historia. Una mezcla de patriotismo rancio con una suerte de izquierda acomplejada, iletrada. Algunos escapan a este circo mafioso, pero son tan pocos que no significan nada ante aplausos, vítores y pancartas. En los últimos tiempos el delirio hace que sean progres. Se suman a lo que sea, construyen un rito. Y siga el baile.

Siempre fieles a las consignas. Las del general o las del secretario del general. Y las lecturas llevan la demonización de la atmósfera, de los estados de ánimo, de la toga inmaculada del líder circunstancial. Pueden estar con los movimientos guerrilleros y al mismo tiempo contra ellos. Adhieren a jerarcas hasta que descubren que son traidores, que esos que elevaron al trono no son parte de la patria, de lo nacional y popular. No existe autocrítica ni arrepentimiento: los corruptos son otros. Entonces entrecruzamientos, apelaciones, juego dialéctico, eterno retorno. No sólo la falsificación sistemática de la realidad, la inversión de toda la realidad. El mito dando en la cabeza: la alegría es peronista, el amor es peronista, la madre es peronista, la patria es peronista. Final de partida.

El peronismo es un sentimiento; es parte de la fe, del contubernio. Así sucesivamente, sin piedad, con una continuidad sin escrúpulos. Luego justificaciones, proezas, victimización (siempre suma), promesas, demagogia, medallas. Pobrismo y obsecuencia. El tiempo circular. En estos días de decadencia lingüística, donde los jóvenes y no tan jóvenes conocen trescientas palabras, donde ignoran historia, matemática, ideología, geografía, nociones elementales de arte, es natural que sean parte de esa masa que terminan derrumbando la escultura de Cervantes en Boston y le escriban genocida o destruyendo el busto de Ortega y Gasset en Buenos Aires . En esto estamos, en un mundo caótico.

Así funciona el populismo, es la esencia de una mentalidad, de una conducta. Hay tal vez, como afirma Loris Zanatta, “una cultura del fracaso” donde necesariamente debe confirmarse con el tono, el método y el espíritu el accionar vertical, clientelista. Entonces surge rencor, odio, envidia, desatino. Y otra vez la idea del pueblo elegido, el espejismo, la promesa de salvación, el milagro de la verdad revelada. Es una droga que regresa y regresa y regresa. En la comparsa bailan intelectuales, empresarios, estudiantes, lúmpenes, prestamistas, sacerdotes, sectas, funcionarios, profesionales, escruchantes, borrachos, perros callejeros… Cambian líderes, ismos, banderas.

Estamos victoriosos lanzando hurras ante la Armada Brancaleone; muerta y renacida cien veces, rechazada y ungida, glorificada y martirizada. Porque modifican historia, fechas, batallas, espectros. Renace por vigésima vez Tarquino el Soberbio, Lucrecia, Aristodermo de Cumas o Publio Valerio Publícola. Alguien me dijo una vez que los justicialistas eran deshonestos, que carecían de autocrítica, que viven enajenados por el síndrome de hubris. Tal vez recalcitrante no era la palabra, quizá debió decir desmesura. O ambas, pero ya no sé. Memento mori.

Carlos Penelas
Buenos Aires, septiembre de 2020

martes, 8 de septiembre de 2020

Felicitaciones del Centro Galicia

El Presidente del Centro Galicia, José María Vila Alén, y el Secretario General, Cristian Moares Echazú, enviaron una carta de felicitación a Carlos Penelas por su artículo sobre Betanzos.

Buenos Aires, 7 de septiembre de 2020

Sr. Carlos Penelas

Estimado Carlos,

Hemos leído la excelente nota que ha publicado en su blog personal sobre la ciudad de Betanzos y que amablemente nos compartió. Queremos felicitarlo por esta extraordinaria semblanza de una localidad tan querida para los gallegos. Sin lugar a dudas que la literatura es una forma de viajar y es así que con su pluma magistral nos ha trasladado por un rato a las calles empedradas de la Cidade dos Cabaleiros. Gracias por este paseo emocional que no abunda en la morriña sino que se esmera en la descripción objetiva y en la merecida alabanza por su historia y su belleza.

Reciba un afectuoso saludo,

        Cristian Moares Echazú                                       José María Vila Alén
        Secretario General                                               Presidente

        Centro Galicia de Buenos Aires

Puede leer el artículo "Flavium Brigantium" en este enlace.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Presentación de "El corazón del bosque"

Publicado en 1992 por Torres Agüero Editor, El corazón del bosque se presentó ese mismo año en el Palacio Pizzurno de la Biblioteca Nacional de Maestros y el Ministerio de Educación de la Nación, con las presencia de la entonces directora de la Biblioteca, Graciela Maturo, junto a Héctor Ciocchini y Luis Alberto Quesada. Leyó poemas Dora Prince.

martes, 1 de septiembre de 2020

Flavium Brigantium

Confieso que es una ciudad en la que hubiese deseado nacer. No vale describir sus calles adoquinadas, sus iglesias, sus bares, sus balcones, sus museos. Hablo de la esencia de la ciudad. En esta ciudad conviven caballeros medievales, fineza, tortillas, patatas, meigas. También judíos, portales, artistas, seres primitivos, una elegancia en el mirar. Por las noches he sentido cierta solemnidad en los pasos. Hay elementos paganos, cristianos, celtas. Evoco a griegos, romanos, ciervos, jabalíes, sefes, mámoas, cistas. Evoco la pluralidad de las aguas, druidas, alusiones y sobreentendidos, la suavidad de las sombras, desveladas.


Una estación aguarda mi llegada, cerca del río. Veo barcas, dólmenes, la nostalgia en un café frente a una iglesia románica. De pronto siento que se mezcla lo medieval, lo contemporáneo, lo liberal, lo aristocrático. Veo los fantasmas en la claridad de la mañana, esas voces que están en un contorno no definido de la luz, en el aire que acaricia las quintas, en esa brisa que flota entre muros, galerías y soportales.

El habitante es amable, se toma su tiempo, mira a los ojos. Suele sonreír y suele recordar. Nos invita a una copa de vino blanco, una copa de vino del país. Lo tomamos de pie, en una antigua taberna, junto a unas escalinatas. Hay chorizo, hay pan, hay pulpo. Y hay tortilla. El lenguaje es llano, nos dejamos llevar por emociones, por escritos, por una cordialidad inmediata. Surge el nombre de John Berger, un libro de Claudio Magris, el logógrafo Hecateo de Mileto. Digo que es una pena que no la conoció Joseph Roth, la hubiera retratado con hechizo.

Hace poco que dejó de llover. Una llovizna nos habla de viajes, de hoteles, de huéspedes. Siento la monotonía del cosmos, una imaginación ambigua. Siento lo campesino, el olor de esa garúa. No hay espacio para el sentimentalismo, me basta una mirada fugaz para intuir sus emblemas, sus símbolos, todo aquello que nos hace palpitar belleza, ensoñación. Cierro los ojos y descubro el globo de San Roque, único sobre el cielo. Sin aliento palpo lo mágico, lo fantástico.

Podemos hablar del Castrum de Vnctia, del Convento de las Madres Agustinas, de la Iglesia de San Francisco, de Santa María de Azogue, del Mandeo, del Mendo. Del estudio iconográfico, fundamental, de Alfredo Erias, mi amigo. Del tojo y del brezal como sotobosque, de las casas góticas. De la crema de patatas, pulpo y huevo. Visitamos el Museo das Mariñas, el Museo del Grabado. Y vemos a Picasso, a Gravino, a Seoane, a Jesús Nuñez…

Hay una textura en el lenguaje, una suerte de ritual que nos llama. Una elegancia moral, un caminar sensual en sus mujeres, en el movimiento de caderas. La han visitado ingleses, alemanes, italianos, portugueses. La leyenda nos dice que la fundó Breogán; los susurros de la Batalla das Figueiras nos indican que es así. Percibo torneos medievales, carreras de barriles de vino, danzas gremiales. Veo los comercios, las mercerías, los sombreros, el aroma de los almendros, la tarta de mil hojas, ajuares de lactantes en las vidrieras.

Creo contemplar mujeres arrodilladas ante el agua lavando sábanas y luego tendiéndolas para secar. Tal vez relato una historia de ilusión, la búsqueda de mis orígenes, un topo de la cultura gallega. Seguramente es un viaje que reconstruye certezas, inquietudes. No puedo contener las lágrimas ante la bandera republicana, la que cubrió a Antonio Machado en su lecho. Cada lugar es visitado e interrogado, el ojo que percibe puede escribir para embellecer lo imaginario. Pero no hay adulaciones sentimentales. Ahora el aire es dulce y fresco, desmitifica prejuicios, disuelve toda ilusión escénica. Siento que la libertad acaricia mi pecho. Estoy sentado en un banco de piedra.

Sólo la voz suspensa, el encantamiento, la distancia de los tonos, el áurea de la noche junto a la torre del reloj. Subo como un náufrago entre escudos y pájaros silvestres. Sólo ciertas señales sutiles, lejanías de morosas distancias. Pienso que tengo la mirada de Ulises (soy un nómade en La luna del candil de la memoria), hay un secreto que hace crecer plantas y brumas.

Ahora, luego de beber una cunca de vino, la abstracción. Me acerco y me alejo de cada ser, de cada casona. Dialogo, frente a su sepulcro, con Fernán Pérez de Andrade, o Bó. Ahora no hay tiempo ni espacio, explico de una manera nueva o diferente el mundo que me rodea. El misterio nos hace detenernos. Vivo la historia de los jornaleros, de los inmigrantes, de los desplazados. Hay una intuición poética que me guía, que hace conmover cada evocación. Soy un solitario que deambula, un flâneur que intenta descubrir el significado de lo visible.

Carlos Penelas
Buenos Aires, septiembre de 2020

viernes, 21 de agosto de 2020

El poeta descubre a la amada


Veo subir su cabellera en la noche,

entre voces, espejos y recuerdos.

Susurro tu nombre en silencio

mientras las manos buscan

el tacto de la tarde, en la beatitud

infinita que asoma sutilísimo.

Hay un edén, un eco en la avidez

inalcanzable, desnudo.

Entonces surge el lecho,

el vino, la cebolla, el ajo.

Me veo cautivo en ese cielo

de moradas y barcas.

Te poseo secreta en el aliento

de la rosa y del ardor sensible.



Sin saberlo, empujas la memoria

en el instante que late tu vestido.

Hacia el viento,

hacia el presagio del viento.




Carlos Penelas

Buenos Aires, agosto de 2020


Foto: Nahui Olin, por Edward Weston (1923)

lunes, 17 de agosto de 2020

martes, 11 de agosto de 2020

Salmo al Manco Paz


Fue uno de los pocos que anheló una patria.

No la tuvo, no la tenemos. Sarmiento, Alberdi y otros

sufrieron el desvelo de una tierra ladina.

De niño conocí al chozno de este hombre

que en su sala tenía un retrato

de doña Tiburcia Haedo Roldán.

Carlos Di Fulvio me recitó una tarde,

en aquel patio de Valentín Alsina, fragmentos de su obra.

Luis Franco escribió la mejor biografía.

En 1887, un francés - Alexandre-Joseph Falguière -

inmortalizó su imagen en una escultura ecuestre.

Fue un hombre moral, luchó contra los caudillajes.

Lo recuerdo en la batalla de Salta,

en el combate La Herradura,

en las lides de Ituzaingó y Oncativo. En Entre Ríos.

Conoció el destierro en Paraguay, en Río de Janeiro, en Colonia.

Conoció befas, escarnio, anatema.

En la cárcel fabricó jaulas, trabajó la horma de zapatero.

Su amada, Margarita Weild,

llevó flores silvestres a esa celda,

rasuró su barba, compuso su ropa.

Sobre el final, José María Paz trabajó la granja

para darle de comer a sus hijos.

En la vigilia de la pasión errante

el general escribió páginas perdurables, únicas.

Fue el táctico, el estratega más elevado.

Dispuso un destino que hoy es derrota.



Carlos Penelas

Buenos Aires, agosto de 2020

lunes, 10 de agosto de 2020

"Diario interior de René Favaloro" en Bahía Blanca

El 30 de septiembre de 2005 Carlos Penelas presentó Diario interior de René Favaloro en el Teatro Municipal de Bahía Blanca. Aquí, los reportajes para el noticiero de Canal 9 y el el programa "Fila 1".



sábado, 8 de agosto de 2020

Premio a la mejor cobertura radial de la Feria del Libro

Rescatamos el video en el que Carlos Penelas recibe el premio a la Mejor Cobertura Radial de la 14° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 1988, por su labor en Radio Nacional.

martes, 4 de agosto de 2020

La infancia y el ajedrez

Aprendí a jugar al ajedrez antes que a leer
José Raúl Capablanca

José Raúl Capablanca, de cuatro años, juega con su padre José María Capablanca (1892)

Una de las pasiones en mi infancia fue el ajedrez. Nombres como los de Ruy López de Segura, Philidor o Anderssen brotaron por aquellos días de mis labios. Y el de Sissa Ben Dahir, un brahmán quien aparentemente lo inventó para distraer el aburrimiento de un monarca soberbio. Lo jugué cotidianamente desde los cinco hasta los veinte años. Hasta ahora sigo pendiente de partidas, de problemas, de lecturas. El Libro de los juegos, del rey Alfonso X es un tesoro de la humanidad. Representa una síntesis de dos mundos en guerra, un momento crucial para la historia de la civilización. Cristianos y moros, dejan centenarias disputas para sentarse frente a un tablero y bucear en el universo fascinante de treinta y dos trebejos y sesenta y cuatro escaques.

Debemos recordar que en la Escuela de Traductores de Toledo – centro de irradiación de la cultura arábigo-helénica – las obras clásicas pasaban del árabe al latín y de este a las lenguas romances. La tarea del rey Sabio fue gigantesca. De todos los juegos por él estudiados el ajedrez era el más noble. Establece la diferencia en piezas mayores y menores, la ubicación en el tablero y la descripción de cada pieza en particular. Pone un modelo de sociedad. El rey señor de la hueste; el alferza, los elefantes preparados para el combate; los roques que son los lanceros; los caballos, la caballería; los peones, la infantería. Se adelanta, además, a la creación de un modelo de piezas comunes para bajar costos y difundirlo. Esto se concretará en el siglo XIX con los juegos Staunton, de procedencia inglesa.

Ahora miro el tablero sobre mi escritorio. Las piezas están serenas, aguardando mi sueño. Hay silencio y siento mi respiración. Ahora muevo mi mano. El peón despierta la batalla.

Carlos Penelas
Buenos Aires, agosto de 2020

miércoles, 29 de julio de 2020

Presentación de "El jardín de Acracia"

Publicado por Editorial Reconstruir en 1990, El jardín de Acracia se presentó en la Federación Libertaria Argentina (FLA), el 6 de julio de 1991.


Presentó el libro el profesor Hugo Cowes, y leyó poemas Armando Equiza. Moderó Dardo Batuecas.

jueves, 23 de julio de 2020

domingo, 19 de julio de 2020

Transido de distancia


Amigos, observad estas palabras
que se alzan en la noche. Apenas rozan la luz
de un candil silencioso, desvelado.
Vienen de aquellos campesinos del exilio,
llegan de agonías, de mujeres humildes,
de caricias que sobreviven
en talismanes o miradas melancólicas.
Observad un momento cómo llaman,
cómo acarician frente y memoria,
de qué manera nombran la ternura.
Son palabras de un designio
que la amada no supo comprender,
palabras extraviadas en el aire, en el mar,
que están aquí, en este cuarto,
sobre esta mesa con papeles y libros.

Nos cuesta sentir tanta soledad y tanta urgencia.
¿E ti de quen vés sendo?

Carlos Penelas

Foto: Ruth Matilda Anderson

miércoles, 15 de julio de 2020

Nuevo apunte sobre lo poético

Ascensión furiosa es el poema; la poesía, juego de las orillas áridas
René Char

Foto: Annemarie Heinrich

En su ensayo Misticismo épico Vicente Fatone escribe: “El lenguaje es divino. Nosotros hemos desvirtuado su naturaleza, tornándolo pragmático y empobreciéndolo hasta convertirlo en un simple vehículo de las comunicaciones conceptuales. Hemos despojado a la palabra de su potencia mágica, restringiendo sus posibilidades en la adjetivación discursiva y renegando del verbo creador”.

A partir de las palabras de este hombre superior intentaremos dar una visión de lo poético. Lo hemos sugerido en varios artículos y en conferencias en torno a la creación. Por cierto, otros lo manifestaron con mayor belleza y claridad: el poema debe conmovernos, suscitar una lectura demorada e inteligente sobre los temas trascendentes: el amor, la muerte, la belleza, el destino. Es entonces cuando comenzamos a comprender, a percibir el lenguaje, la probidad, lo melancólico o lo sincero, la soledad. Descubrimos la eufonía de la creación, vale decir, lo agradable de la creación, la esencialidad de la palabra poética, su valor simbólico, su capacidad connotativa, que remiten a una consideración artística del hombre, del mundo, de las cosas. Hablamos de una particular visión del mundo que nos ofrece el poeta en su experiencia, en sus vivencias, en su creación; son los temas de una teoría del lenguaje poético, de lo lírico en particular. Hablamos siempre del lector digno, del poeta digno. Creo en la dignidad de la literatura, de la obra de arte. Algo que en nuestros días parece una insensatez.

Una anécdota que escribe George Steiner sobre Robert Schumann. Todos conocemos que en la historia de la música occidental es reconocido por su trayectoria, su genio. Se le preguntó al célebre compositor, pianista y crítico musical alemán – considerado uno de los importantes y representativos del Romanticismo musical – acerca del significado de una de sus composiciones después de haberla interpretado. En lugar de responder, el maestro se sentó de nuevo al piano y la interpretó por segunda vez. Las palabras no traducen lo semántico de una obra musical. El sonido es su respuesta. De igual forma sucede con la obra poética. La palabra poética reúne un amplio y heterogéneo campo simbólico, muchas son variadas imágenes que los seres humanos han construido de sí mismos.

Desde hace tiempo se especula con poses absurdas, con cierta petulancia, postulando un arte carente de valores, justificando lo injustificable. Se intenta definir o se intenta comprender el hecho poético desde la impostura. Seguimos escuchando a Pío Baroja: “La gente goza de tan poca fantasía que tiene que recoger con ansia unos de otros esos pequeños adornos de la conversación. Son como traperos o colilleros de frases hechas”. El arte contemporáneo, es como es, en parte por la industria cultural, en parte por el populismo, en parte por una ignorancia patológica. Por todo esto coincido con lo denunciado por Avelina Lésper cuando explica el “dogma de la transubstanciación”.

Uno de los mayores líricos románticos, Percy Shelley, escribió que la poesía es una profecía e intuición de la realidad última. Para Hölderlin - precursor del romanticismo alemán - la poesía fue el único designio de su vida. En él una alucinada búsqueda de lo divino y de la pureza en lo humano; el poema es una revelación, una propedéutica. En estos poetas, como en los grandes creadores, encontraremos los silencios rítmicos, la interioridad del tono, la calidad del sentido, la conciencia profunda de una poética.

Una vez más recurriremos a Johannes Pfeiffer: “Es verdad que tanto la poesía como la filosofía se contraponen a la conciencia idiomática de lo común y cotidiano, al no desentenderse como lo hace éste, de la oculta profundidad de la palabra". Más adelante: “En la poesía, por el contrario, lo esencial es vivir la palabras en toda su virginal plenitud de sentido y plasticidad: la intuición se eleva sobre la comprensión, la imagen sobre el concepto”.

El poema no argumenta, es la esencia de lo simbólico. Hay un tiempo interior y no todo lector está capacitado para vibrar en él. La experiencia poética es inefable. Heidegger nos aclaró hace tiempo: “El poeta, si es poeta, no describe el mero aparecer del cielo y de la tierra”. Y luego “…llama lo extraño como aquello a lo que se destina lo invisible para seguir siendo aquello que es: desconocido”. Y la voz de María Zambrano: “La poesía es la verdadera historia”.

Hay una artesanía de la palabra. En Introducción a la poética (Edición Domingo Tavarone, 2013) el profesor Julio Balderrama nos guía en un universo brindándonos ejemplos del misterio, del enigma, de lo inaccesible y lo simbólico. Ejemplifica su tesis a partir de Rainer María Rilke, Fray Luis de León, Giacomo Leopardi y Salvatore Quasimodo. También habla de lo poético como sentido filosófico, la poesía como una forma del conocimiento. La emoción recordada en el poema.

Al sentarnos en el sillón bajo la lámpara el poema nos dice que estamos una vez más ante el instante, ante lo fugitivo, aquello que es inaccesible. Perdura en una suerte de oquedad, de misterio, de inanidad: nacer y verlo todo. Plenitud. Recordemos – imprescindible - a Gastón Bachelard : “La primera tarea del poeta es desanclar en nosotros una materia que quiere soñar.” “…se diría que la imagen poética, en su novedad, abre un futuro del lenguaje...” Y una más “La imagen, en su simplicidad, no necesita un saber”.

El poema aspira a la condición de la música, forma y contenido son inseparables. La melodía es la estructura, a allí la emoción. Hay un carácter mimético en el lenguaje, una experiencia estética. En el poema el lector siente una visión del mundo pero al mismo tiempo una visión de sí mismo, una suerte de amor que inspira y envuelve. El poema es entonces un itinerario; conciencia e imagen. Asedia la trascendencia, la revelación, lo hondamente personal. Otra vez: plenitud.

Oh voz, única voz: todo el hueco del mar
Gonzalo Rojas

Carlos Penelas
Buenos Aires, julio de 2020

jueves, 9 de julio de 2020

Cumpleaños



Aún no sé quién habita en mí.

Hay algo en el silencio, pero no sé.

Miradas, fotografías, relojes

amparando sombras o recuerdos.

También avatares, nombres

que están huecos, ausentes,

una cierta insumisión que me interpela.

Afronto el misterio, la voz de una mujer,

cierta melancolía en el cielo y en los pájaros,

el amor de los hijos en un parque.

Hay un lugar donde el padre sueña

una desazón, una alegría que roza

el mar, la libertad, el viento.

También algo insomne en esa plenitud

que teje alquimia, deseo, devaneo.



Carlos Penelas

Buenos Aires, 9 de julio de 2020

miércoles, 1 de julio de 2020

Presencia de Walt Whitman

“…Vago e invito a vagar a mi alma. Vago y me tumbo a mi antojo 
sobre la tierra para ver cómo crece la hierba del estío…” 
W. Whitman


Comencé a leer su poesía a los dieciséis años. Fue Canto a mí mismo en una edición de Losada. La traducción era de León Felipe, una traducción magistral. A lo largo de los años descubrí lo sagrado del cuerpo humano, el gozo de los cuerpos, la negación a los predicadores. Para León Felipe estos versos representan el momento más luminoso del poeta. En él están contenidos su doctrina y su mensaje y, de alguna manera, su autobiografía, aunque luego matiza afirmando que los grandes poetas no tienen biografía, tienen destino.

A partir de ese momento continué leyendo y releyendo su obra. El deslumbramiento hizo en esos años que descreyera de cualquier otro autor. Leí biografías, críticas, diferentes traducciones. Ahora observo un libro que está apoyado sobre un atril al costado de la biblioteca. Es la versión de Hojas de Hierba con traducción de Jorge Luis Borges e ilustraciones de Antonio Berni. Una edición en rama; Juárez Editor, 1969. En el estudio crítico dice Borges: “Innumerables son los que han imitado, con éxito diverso, la entonación de Whitman: Sandbourg, Lee Masters, Maiakovski, Neruda…Nadie, salvo el autor del inextricable y ciertamente ilegible Finnegans Wake, ha vuelto a acometer la creación de un personaje múltiple. Whitman, insisto, es el modesto hombre que fue desde 1819 hasta 1892 y el que hubiera querido ser y no acabó de ser y también cada uno de nosotros y de quienes poblarán el planeta”.

Luis Franco fue quien me introdujo definitivamente en su obra. Comentándola, leyéndola, descubriendo su tejido, su vida, su respiración. Él me obsequió – retiró el ejemplar único de su biblioteca - la exquisita biografía de Henry Sidel Canby. Franco también me regaló Perspectivas democráticas, un ejemplar poco reconocido del poeta. Tal vez la obra en prosa más importante del autor, escrito en plena Guerra de Secesión, donde Whitman ejerció de voluntario y enfermero. No olvidemos que el célebre poeta catamarqueño escribió un libro inolvidable sobre la vida y la poética de Whitman. En El arco y la lira, Octavio Paz afirma que “la poesía de Walt Whitman es como la sístole y la diástole de un pecho poderoso”.

La visión de Whitman rompe los cánones de la forma poética y es generalmente cercano a la prosa. Utilizó imágenes y símbolos inusuales en poesía. También escribía abiertamente sobre la muerte y la sexualidad, incluyendo la prostitución. Whitman sentenció en el prefacio de 1855 de Hojas de hierba: “La prueba de un poeta es que su país lo absorba sentimentalmente de la misma forma que él absorbió a su país”.

La figura de este poeta inmenso va de la mano con hombres que fueron arquetipos de una nación, de una conducta, de una ética: Ralph Waldo Emerson, Abraham Lincoln, Henry David Thoreau y Herman Melville. Ellos representan un ideal, una fuerza cósmica, una mirada total del ser. Dijo Whitman: “Me he dado cuenta de que me basta estar con los que uno quiere, me basta demorarme al atardecer con aquellos que quiero, me basta sentir la hermosa carne, la carne que es curiosa, que respira y que ama”.

Tal vez unas líneas nos hacen comprender una época y un destino. En una carta de Henry David Thoreau a Ralph W. Emerson, otros dos trascendentalistas, leemos: “La muerte es hermosa cuando se la ve como una ley y no como un accidente”. Esa es la ley natural, que entre otras cosas, nos enseña Whitman. Su vida revive en su obra y nos hace sentir su universo al mismo tiempo que nos enseña ver, gozar, soñar junto a su vivencia. Su poética nos conmueve y transporta, es un autor clásico. “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, aprendimos de Italo Calvino.

“Ese lenguaje ha parecido lascivo a los que son incapaces de entender su grandeza” (José Martí, 1887) “…cuya voz empieza a resonar por todas partes porque él es hoy el primer poeta del mundo, y ama a la humanidad con amor inmenso…” (Rubén Darío, 1888) “Sólo Nietzsche en algunas páginas alcanza su magnitud y vuelo lírico…” (Armando Vasseur, 1912) “Whitman, el único que abrió camino. Whitman, el único pionero. Y solamente Whitman. Ningún poeta inglés, ningún francés. Ningún europeo.” (D.H. Lawence, 1923) “…este poeta del amor, de la fe y de la rebeldía”. (León Felipe, 1941) “Son la inocencia y la magnificencia de un mundo nuevo donde las cosas aparecen en su rudeza o en su gracia inmaculada, maravilla de la humanidad…” (Luis Franco, 1945) “Los tres padres fundadores de la poesía moderna son Baudelaire, Gerard Manley Hopkins y Walt Whitman. El verdadero inaugurador fue Walt Whitman” (Erich Kahler, 1957)

Su poética es moderna, cree en lo fragmentario como en el todo, es cosmopolita, es ecologista y bucea en lo tecnológico. Nos habla “de los países contemporáneos”, del musgo y de los animales, de los barcos de vapor y las redes telegráficas. Atacó la esclavitud y defendió la igualdad. Su obra nos interroga permanentemente. Como manifiesta el poeta Eduardo Moga (1962) – traductor de Hojas de Hierba - “Whitman abre su léxico al lenguaje arcaico y al técnico, a los barbarismos y a lo coloquial, y también a las malas palabras, sin miedo al excremento ni al sexo ni a la basura ni al semen”.

No sería erróneo afirmar que es un poeta homérico, convoca al lector a ensalzar la conciencia del vivir. Es el primer poeta de la democracia norteamericana, sueña con una América que se hizo a sí misma con un espíritu torrencial, auténticamente emblemático y liberal. Su relectura nos lo muestra contemporáneo; el verso libre respira desde su yo trascendente.

La trayectoria de Whitman representa lo vital, la vida que se expande y nos expande, la libertad, la libertad interior; es un abismo pero también es la expresión del vivir, de la alegría. De la insubordinación, de la fraternidad. Su poesía, su voz, nos dice de la libertad política y del erotismo, de un erotismo universal que nos muestra el don del misterio y de la pasión. Es un hombre que habla de la felicidad, de la necesidad de ser felices. Su canto nos libera de la religión, de la política, de los dogmas y de la hipocresía de una sociedad. Whitman es un hombre libre y empuja a buscar en cada uno de nosotros esa libertad, ese principio que nos hace únicos en el universo. Señala la infinitud, el sentimiento; deja un legado inagotable a partir de su mito, de su utopía. Su voz provocadora es libertaria, como libertario es su tensión sexual.

Carlos Penelas
Buenos Aires, 1 de julio de 2020

domingo, 28 de junio de 2020

Fílida

No, no soy como esos ñatos que hoy dicen una cosa y mañana otra. No soy un farabute, esos tipos que con la misma cara, el mismo bigote y la misma energía afirman o niegan a la vez. No, ya se lo dije antes: no soy hipócrita ni peronista. Tengo defectos, pero no soy mala persona. Por favor, respéteme.

Horacio Coppola: Avenida de Santa Fe. Plaza San Martín, 1936

Lo cierto es -como le iba contando- la miraba con pasión, una locura de hembra. Se desnudaba a eso de las ocho de la noche, dos o tres veces por semana. La veía de espaldas, frente al espejo de su habitación. Se iba desnudando de una manera particular, me fascinaba. Al despertarme cerraba los ojos y la volvía a ver. Luego me di cuenta de su sensualidad; no, de entrada no. ¿Me sigue, entiende? Recuerdo el corpiño verde, lo arrojaba por el aire y caía sobre la cómoda. Descubrí que la cuarentena me había cambiado la vida, lo descubrí con ella; observándola, encontrando sus hombros, su cuello, su cabellera moviéndose al compás de su cabeza. Sus nalgas, sus caderas. ¿Me sigue? Seguro que escuchaba música. Quiero imaginarme que escuchaba a Ray Charles, un soul tocado en piano. O a Nat King Cole. Por cómo se movía no era Andrea Boccelli, qué joder. Lo cierto es que la había observado mucho tiempo antes de llegar a la cuarentena, una cuarentena interminable por otra parte. La primera vez la descubrí de casualidad. En el cuarto había un hombre grandote, desprolijo, de bigotes finitos y pelada incipiente. De unos cincuenta años. Lo pude ver bien, era una tarde húmeda, de sol. Desde la ventana observé los toldos bajos de ventanas vecinas. No le di mucha importancia, no soy un voyeur. Miré la escena dos o tres veces en un mes, al regresar de la oficina. Luego la olvidé. Sí, a ella y al fulano.

Hasta la cuarentena, allí cambió mi vida. Mi familia ni se enteró, hablaban de contagios, de hospitales, de barrios carenciados. Bueno, sigo con la historia. Estaba en ropa interior - la sorprendí una noche de mayo -, la iluminaba un velador de la mesa de luz. No dudé, fui a buscar al ropero el binocular que mi padre solía llevar a San Isidro o a Palermo. Por suerte los pude encontrar. Mi mujer - parece que lo hace ex profeso sabiendo mi problema -cambia a cada rato las cosas de lugar. Lo cierto es que desde esa noche la miro. ¿Qué por qué le puse ese nombre? Bueno, estudié clásicas, son taras que uno tiene. No, nunca le saqué fotos. Me enloquece cuando se pone un vestido negro, se viste para salir, como para ir a cenar o a un encuentro importante. Luego comienza a desvestirse, a quitarse una pulsera, una media, un zapato, un collar, una calza bordó. Es allí donde enfoco el prismático con respiración entrecortada. Me tiemblan las manos al ver sus ojos blancos, cuando parece desplomarse sobre la colcha azul. Créame, es algo inimaginable el silencio de la calle, el silencio de los departamentos… Le dije, vive en el edificio de enfrente, un tercer piso. La miro desde el cuarto piso, en diagonal. ¿No me cree? ¿Y qué piensa si le digo que soy ciego? Eh, ¿qué me dice, ahora? ¿Me cree o no me cree?

Carlos Penelas
Buenos Aires, 23 de junio de 2020

miércoles, 17 de junio de 2020

"Diario de un poeta" en la Biblioteca Virtual de Galicia

La Biblioteca Virtual de Galicia ha publicado Diario de un poeta, de Carlos Penelas. Lleva prólogo de Manuel Gayol Mecías y fotografías de Emiliano Penelas. 


Recordemos que la Biblioteca editó anteriormente Ofrenda de la luz (2019) y El mar en un espejo de otoño (2018). El poemario está catalogado por obra, autor, categoría y año.

Se encuentran en la Biblioteca obras de Ricardo Carballo Calero, María Francisca Rodríguez Cabanas, Rosa Cal, Xulio Xiz, Xosé Lois Carballo Ferreiro, Manuel Regueiro Tenreiro , Xavier Alcalá, entre otros autores.

Puede accederse a Diario de un poeta a través de este enlace: http://bibliotecavirtual.galiciadigital.com/content/diario-de-un-poeta-carlos-penelas

martes, 9 de junio de 2020

Carlos Penelas nuevamente en Anuario Brigantino

Anuario Brigantino -revista de investigación histórica, antropológica y cultural - es una de las publicaciones municipales más importantes de Europa. Fue creada en 1948 y su actual maestre es el Director del Museo das Mariñas, Prof. Dr. Alfredo Erias Martínez. En esta oportunidad Anuario contará con poemas de Carlos Penelas. Es importante destacar que Betanzos de los Caballeros celebra sus ochochientos años de vida por lo cual se trata de una edición única en su historia.


Hace 800 años, los habitantes de Betanzos O Vello, situado en la actual parroquia de Tiobre, trasladaban sus enseres para instalarse en el Castro de Untía. En 1212 los propios vecinos le habían escrito al rey Alfonso IX pidiendo que les concediese fuero y el traslado de la población. El 13 de febrero de 1219, el monarca atendía su petición y expedía un privilegio rodado que se conserva en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Nacía así el actual Betanzos de los Caballeros, que llegó a ser capital de una de las siete provincias del Antiguo Reino de Galicia, entre los siglos XVI a XVIII.

viernes, 5 de junio de 2020

De cómo nació la palabra cronopio

He mencionado en más de una oportunidad mi paso por el Profesorado en Letras, uno de los mejores institutos pedagógicos que tuvo el país, que tuvo Hispanoamérica. Hombres de prestigio pasaron por sus aulas. Intelectuales, escritores, científicos, pedagogos, políticos fueron educados en ese claustro. Recordemos que la Escuela Normal Superior de Profesores Mariano Acosta fue fundado el 16 de junio de 1874. De sus cátedras egresaron Marcelo T. de Alvear, Julio A. Roca, Américo Ghioldi, José Luis Romero, Manuel Sadosky, Pablo Pizzurno, Alfrerdo Van Gelderen, Luis Zanotti, Julio Cortázar, Leopoldo Marechal, Fermín Estrella Gutiérrez, Arturo Marasso, Enrique Santos Discepolo, Felipe Boero, Pio Collivadino…


El profesorado era una elite cultural, humanista. Allí veíamos las disciplinas lingüísticas, las sustancias y las formas, los morfos y los morfemas. Un discurrir asombroso, un itinerario afectivo, una traducción permanente del amor hacia las artes. Tuve la fortuna de asistir a clases, entre otros, con profesores de nivel internacional, seres irrepetibles. Algunos de ellos fueron Germán Orduna, Lorenzo Mascialino, Julio Balderrama, Rodolfo Modern, Lidia Siffredi, Juan Sibermahart, Ángel Mazzei, Ricardo Ayabar, Reynaldo Carlos Ocerín… La personalidad de Julio Balderrama descollaba. Como afirma el profesor Domingo Tavarone era de “una generosidad intelectual ilimitada”. Todos honraron la educación argentina pero Balderrama fue un ser de una erudición inimaginable. El rigor y la sabiduría de su palabra ofrecían un cosmos, nos alejaba de la niebla de un mundo que se volvía dogmático, autoritario.

Fueron estos docentes quienes - desde la pasión, la ética, la generosidad - ocasionaron en mí la búsqueda del estudio en cada acto, el placer y la admiración del hecho estético. En ellos no sólo habitaba el conocimiento, también el humor y la modestia eran condiciones indispensables de la coherencia. Nos concentrábamos en la literatura comparada, en el análisis, en las obras de teatro clásico y en los grandes hombres de las artes plásticas o la filosofía. Todo se unía con una suerte de facilidad. También el juicio crítico era implacable. Jóvenes estudiantes comenzábamos a descubrir la aureola sagrada de cada época, de cada autor, de cada historia. Nos sumergíamos en un universo de interminables lecturas, de viajes, de imágenes, de silencios, de evocaciones, de disquisiciones etimológicas. Fue entonces cuando la sensibilidad fue parte del significado: la leyenda y el mito de la creación se fusionaban en lo mágico.

Días pasados tuve la oportunidad de descubrir un artículo de Marcelo Zapata publicado en un diario. Nos trae el recuerdo de otro de los profesores que tuvimos en Latín y Griego. Lorenzo Mascialino nos hablaba permanentemente en latín, nos hablaba de Cicerón como si viviera en la casa de al lado, nos recitaba Dante o Virgilio antes de entrar al aula, desde la puerta. Ovidio o Píndaro eran nuestros vecinos. Nos relata Marcelo Zapata.

…en uno de esos encuentros, contó años después Mascialino a algunos de sus discípulos, se habían puesto a imaginar, junto con Cortázar, un mundo fantástico en el que existieran criaturas que pudieran ver, físicamente, las dos dimensiones: no sólo el espacio, sino también el tiempo.

--¿Y cómo llamaríamos, para usar una palabra griega, a ese ser capaz de percibir el tiempo con sus propios ojos? –desafió Cortázar a Mascialino.

Éste lo pensó un momento, y respondió sin titubear:

--Cronopio. Se llamaría cronopio, por supuesto.

La síntesis era perfecta. Como explica otro testigo del relato de Mascialino, Luis Ángel Castello, titular de la cátedra de griego en la UBA: "'Cronos', como es bien sabido, es 'tiempo', y la desinencia '-opios' viene del verbo 'horao' (que significa 'ver', 'mirar con atención', de cuyo futuro 'hopsomai' (sale 'opsis' (de la que nacen tantas palabras como 'óptica', 'autopsia', etcétera. Cronopio, entonces, es el que ve el tiempo".

No hay testimonios de que Cortázar después de su festejada
Historias de cronopios y de famas, le haya reconocido a Mascialino la creación de la que en el futuro de la literatura argentina sería palabra tan célebre.

Pero a él tampoco le preocupaba. “Seguramente le gustó y se acordó de ella cuando escribió el libro”, lo disculpaba Mascialino, quien nunca demostró otra preocupación que la de incorporar, a lo largo de su vida, el conocimiento de la mayor cantidad posible de las lenguas llamadas "falsamente" muertas. “La gente sigue hablando latín, y no se da cuenta”, como decía en tantas de sus clases.


Ahora, mi confesión. Nuestro profesor de Latín solía compartir cada tanto con algunos de sus alumnos – entre los que me encontraba – una suerte de velada en una pizzería próxima. Unas porciones acompañadas con un vaso de vino tinto. “Vamos a hablar de la vida, de la vida. Dejemos la literatura, lo importante es la vida”. En una de esas noches nos contó este hecho que hoy recordamos gracias a Marcelo Zapata. Obnubilados por la literatura y el hechizo de Cortázar, no le creímos. Mis disculpas caro profesor. Mis disculpas. In vino veritas.

Carlos Penelas
Buenos Aires, junio de 2020

viernes, 29 de mayo de 2020

Diario de un poeta

Eastvale, California, Estados Unidos, 2020.
Palabra abierta, Revista y Casa Editora de Cultura Universal.
Antología. Poesía.
Estudio preliminar de Manuel Gayol Mecías.
Fotografía de Emiliano Penelas.


Puede leer la edición digital del libro en este enlace

domingo, 24 de mayo de 2020

Prólogo de "Diario de un poeta", de Carlos Penelas

Palabra abierta, Revista y Casa Editora de Cultura Universal, ha publicado recientemente Diario de un poeta, de Carlos Penelas. El poemario lleva un estudio previo de Manuel Gayol Mecías, escritor, director y editor de Palabra abierta.


Recordamos que Gayol Mecías posee una importante trayectoria como narrador y ensayista en Cuba primero y luego en EEUU. En la actualidad es, además de Director de la publicación mencionada, Miembro del Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio y Presidente de la Academía de la Historia de Cuba en el Exilio (California).

Preludio 


Del Poeta, de la belleza y de profundis


Hace ya tiempo manifesté que en los poemas homéricos o en 
Hesíodo – gracias a Mondolfo – pude advertir el tránsito 
del juico moral desde la exterioridad divina hasta la 
interioridad humana que determina conciencia 
moral. La responsabilidad y la conciencia 
ética encontraron en el pensamiento 
antiguo el universalismo de la 
norma ética. La individualidad 
es auténtica por su apertura 
al ser de los otros y a la 
realidad de lo social. 
El poeta perdura 
en el fervor de 
la belleza y 
la utopía. 

Carlos Penelas 


Carlos Penelas está vivo, bulle, y no obstante es Historia del presente. Con él revivimos la pasión del mundo, y también la inteligencia del corazón, como Pascal. Encontramos el camino así de la rebeldía contra viento y marea, contra este mundo desquiciado por la entropía de las almas torcidas. Penelas es, además, el reservorio activo de grandes pensadores anteriores, y aun de nuestro inconsciente presente. Quizás Platón con su idealismo y su alma de corte parmenidiana, y asimismo con la materia y la forma (anímica) de Aristóteles el Estagirita, con Pitágoras y su diapason matemático, su música y las esferas sonoras; con Heráclito de Efeso y su interés obsesivo por el cambio. Todo cambia, decía, nada es igual que la primera vez ni tampoco su anterior. Y todo esto es mi amigo Penelas.

En este sentido, y hasta este momento de ahora, Penelas ha sido un reservorio de conocimientos que se proyecta constantemente. Con acierto podemos decir que su taller literario cuenta con el espírtitu de la Academia pitagórica, con la platónica y la aristotélica. Es una dialéctica de amor y de belleza. Es su ensoñación por hacer pensar a los demás. Es su arte de voz y palabra, de pensamientos y letras transfiriéndose a otros como gran Maestro. Es quizás uno de los últimos humanistas de este milenio, y creador esmerado, donde la literatura no es nada más, para él, un manantial de creación humana, sino que también es la vida misma desde una perspectiva ética y en la que la libertad es la lux que el hombre logra en su interior a modo de cosmovisión cuando la entrega a otros.

Este Poeta nunca se cansa de observar nuestro mundo, porque sabe que —a pesar de los seres y las cosas superfluas— en el orbe se acumula —como descubriera Teilhard de Chardin— la energía espiritual del universo. Y para él la poesía es imagen de la belleza, de la profundidad auténtica de cada quien. Es el creador que desde la soledad argentina deshace la incertidumbre del planeta. Sirva ahora de esta gran visión su Diario del poeta, conjunto con versos de oro que reconstruyen el amor de Hypatia por atesorar el conocimiento, por la fascinación de la podia ser en aquellos tiempos la magia científica, por los misterios de la rotación de los astros y la redondez de los planetas. Pero sus poemas y versos, en este cotidiano acontecer, hacen justicia para las almas que en las épocas remotas solo veían las sombras del amanecer, aun cuando hoy en día estamos rodeados de espejismos, de exilios./ Intentamos recobrar arquetipos,/ ciertas hechicerías, manos filiales,/ la aureola en la palabra del padre. (“Del aire y de la rama”).

De muchas maneras, la lírica de Penelas sabe no solo figurar historias, sino además reinventar las imágenes del mundo, a modo de un mago merlinés que siempre busca trazar los caminos hacia el Grial de Imago.

Nos realza el mérito del viaje en un tren imaginario que nos lleva hacia la misma Imago de Lezama Lima, de Eliseo Diego, de Rilke, de palabras y de imágenes que desembocan en playas de utopía, en excelsas estaciones del poniente. Es la cierta, la verdadera filosofía de la imagen que contiene al ser, más que al ser el Ser de la emoción, de las posibilidades al atravesar el esplendor del bosque. /Son moradas de pájaros que abanican /los cuartos irreales del sueño. (”Invocación”).

Junto a una lírica a veces melancólica, y en otras exultante de gozo y satisfacción, los poemas de Penelas crean la atmósfera de un sueño. Hay en ellos senderos oníricos que conducen al Ser, a su realización como admirador de la Belleza por ser la Belleza misma a la hora de las palabras, por ser el sentido del amor en la mujer amada.

Otra de las cosas que se alza en suave voz como sistema identificativo de su estilo es la metáfora constante, la particularidad imaginativa de transferir una escena o una imagen corpóreamente real a la dimensión imaginaria. Con ello, Penelas nos hace sentir más que entender. Es mi preferencia también, que la poesía sea más sentimiento que aprendizaje o racionalidad. A mi modo de ver estas dos últimas categorías funcionan mejor y más ampliamente en la narrativa. Independientemente de que Penelas pueda ser narrador, crítico y ensayista, su lenguaje innato es poético, esa es su naturaleza. De ahí su cuidada sistematización metafórica ya directamente en la poesía. Y es esta metaforización constante en sus poemas la sustentación de su belleza.

La belleza es la forma de la vida. Nuestra conciencia misma es la fuerza y el valor humano más capacitado para obtenerla, cuando es la conciencia —como representación anímica—la que otorga las formas debidas a los seres y las cosas a nuestro entorno. Para ello podriamos consultar el libro Biocentrismo*, y tendríamos una explicación cabal, científica, de cómo es la conciencia el misterioso ente que le da vida y forma a toda la materia y también, ¿por qué no?, a los sueños, a las ilusiones y a los anhelos del porvenir.

Su belleza radica en una mezcla de ensueños con la naturaleza del mundo, pero lo fundamental que resalta en esta última categoría es la impronta de la amada, de la mujer formada en su interior, en su más honda intimidad. Muchos de sus poemas son un canto, una búsqueda de una beldad, perdida o tenida alguna vez, pero que quedó grabada en el fondo recóndito de su memoria histórica. Historia de sí mismo, de su alma, incluso de su más intenso deseo de ser mejor:
Entonces, despertamos.

Entonces llama en la vigilia.

Dice que no la olvide,

que la recuerde en la ausencia.

La escuché desde la hondura del ensueño.

Y era una mujer sin túnica.

Inefable, desvelada.

(“Casida de la madrugada”)
Es indiscutible que en la poesía de Carlos Penelas la belleza vibra como un deseo constante por revivir a su amada, porque el mundo reconozca sus metáforas a la mujer. Penelas es un exacto poeta occidental, se alimenta de las aureolas y los crepúsculos griegos. Ahora recuerdo el mito de Pigmaleón, el rey escultor que tanto deseaba la belleza de su mujer esculpida, hasta que Afrodita se le apareció en sueños y le concedió la dicha de que cuando despertara, su escultura de Galatea también recobrara vida y así aquel rey-creador disfrutara para toda la vida a la mujer que representaba —para él— la belleza y la perfección del mundo.

De este modo, Carlos Penelas es uno de los tantos Pigmaleón que —desde Goethe, pasando por Shakespeare, hasta George Bernard Shaw, y otros actuales ya en nuestra modernidad— entran, repito, en un agradecimiento creativo y cultural a los helenos, a los consabidos griegos de nuestra Historia. En distintos poemas su amada entra en los sueños del poeta y aun sale de esa dimension onírica para quedar en un horizonte de su realidad. Es el caso de “Poema de la musa fugitiva”:
Veo cómo el sol estremece el instinto.

La amante juega con una blusa negra,

se desnuda deslumbrando cielo.

Es entonces cuando me ausento en su cuerpo,

cuando mis labios velan una voz abisal.

Sobre su vientre el humo de mi pipa

Navega el aire y besa su pubis.

(Fragmento).
Es cierto, como me ha dicho él alguna vez, que su “’yo lírico’está en su producción poética y viene de otras fuentes también”. Que sus “poemas han formado un mundo interior, un mundo con simbologías”. Y es que si no fuera así, mi amigo no fuera entonces el gran lírico que es. Cuando se habla del “yo interior”, de la intimidad, quedamos en presencia de nuestro tiempo presente, de nuestro Ahora, donde todo recuerdo, todo pasado, logra retornar al presente y el futuro se convierte en quimera o sueño actual. Y todo deviene un aspecto filosóficamente creativo, que va de la belleza a la profundidad de la memoria y a las remotas raíces del inconsciente.

El símbolo es la imagen también. Quizás en mucho la perfección del deseo. La trémula luz que va saliendo del Espejo, y que se había creado detrás de la imagen. El símbolo persiste siempre y queda porque es el presente ineludible de lo que se quiere, de lo que se ama y se pretende perpetuar. El símbolo es la profundidad sagrada del “yo lírico” del autor, del que dice su verdad a modo de confesión, aun cuando sin tapujos, pero de otra manera, de la manera imaginaria en que se es poeta. Es la vestidura del sueño que viene de la noche profunda. Y es con el símbolo cuando el poeta se revela no solo como el sacrificio, sino además como la imagen de una misma y única redención. Una última cosa más, Carlos Penelas es uno de los grandes poetas de la libertad porque su compromiso ha sido, además de con el ser humano, con todo aquello que ha sentido y siente en su intimidad. No hay ningún poema en él que esté transido por lo artificioso, por lo banal o cursi, por la pasión partidista y política. Contrariamente, sus versos constituyen un canto —un canto pleno de crepúsculos y de soles— a la belleza y a la profundidad del ser humano.

Manuel Gayol Mecías
Palabra abierta, mayo 2020

* Libro Biocentrismo (La vida y la conciencia como claves para comprender la naturaleza del universo), escrito por el Dr. en Biología Robert Lanza y el astrónomo, el Dr. Bob Berman, [2a. edición; traducida del inglés por Elsa Gómez Belastegui], publicado en Málaga, España, México y Buenos Aires, por Editorial Sirio S.A., 2009.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Poesía, ética, compromiso

Es indudable que ser honesto en esta sociedad corrupta tiene su precio. 
A la corta o a la larga te lo hacen pagar.
René G. Favaloro


Mi padre, lo he reiterado en más de una oportunidad, fue buen lector. Pero fue, además, un hombre con talento; sensible, honesto. Había nacido en una pequeña y casi olvidada aldea de Galicia, Espenuca, en 1898. Trabajó la tierra desde los seis años, cuidó cabras en el monte, fue el mayor de siete hermanos. Y mis abuelos - jornaleros, analfabetos - lucharon contra viento y marea en la indigencia. Mi padre padeció la pobreza, pero también desde su infancia padeció la epilepsia. Una enfermedad en aquellos tiempos que todavía olía a hoguera inquisitorial, brujería, creencia demoníaca. Ignorancia, rechazo, obscurantismo. Ora pro nobis.

Con los años, al conocer en Buenos Aires a unos obreros anarquistas y socialistas, descubrió las primeras letras. Luego la literatura. El naturalismo francés, la novelística rusa, los grandes pensadores del siglo XIX. En su tierra padeció el caciquismo, el carlismo, el franquismo. Luego padeció en nuestro suelo el peronismo. Lo irritaba profundamente la demagogia, el engaño, el cinismo. Y la vulgaridad, la obsecuencia, que todo eso representa. Lo recuerdo discutir enfervorizado contra nuestra picaresca, nuestro nacionalismo criollo o el estalinismo, el fascismo, el nazismo. También recuerdo su ternura, su sentido del humor, su mirada.

Era gran lector de Valle-Inclán, Pardo Bazán, Pirandello, Curros Enríquez, Baroja, Galdós, Cervantes… Pero también de don Gregorio Marañón. De éste evocaremos una frase: “La multitud ha sido en todas las épocas de la historia arrastrada por gestos más que por ideas. La muchedumbre no razona jamás”.

Mi padre le enseñó a leer a mi madre. Ella fue analfabeta hasta pasados los veinte años. Recuerdo un libro que protegía con amor, un libro encuadernado, con letras doradas. Un libro de cuentos, un papel bellísimo e ilustraciones en blanco y negro. Era de la Colección Calleja, Biblioteca Enciclopédica. La alegría de los niños, ilustraciones de Ángel, Picolo, Alberti y Díaz-Huerta. Una edición de 1910. Lo leía en casa a los seis o siete años. Aun lo conservo. Mi madre, además de cocinar, planchar, lavar, educar a sus hijos, protegerlos y guiarlos comenzó a amar el cine. Llegó a ver las cintas de Bergman y de Fellini. Poco antes de morir, yo tenía trece años, había terminado de leer Los Thibault de Roger Martin du Gard.

Con el célebre aforismo del médico alemán Johann Georg Zimmermann según el cual "quien no sea capaz de observar al hombre moral, jamás conocerá las enfermedades del cuerpo" intentaremos señalar algunos temas. Desde joven – Camus, mediante – comprendí que la división entre los seres humanos no es política sino ética. Creo en la dimensión moral de una persona más que en una división política. Eso no implica que existan excepciones. Y que las obras de muchos artistas tengan poca relación con su conducta. Ejemplos sobran, no perderemos tiempo en recordarlas. La lista sería casi interminable.

El ideólogo Jean-Louis Alibert, jefe del Hópital Saint-Louis de París, uno de los médicos más influyentes de la Restauración, entregó en 1825 a la imprenta un libro que imprimió un giro sustancial al discurso de los médicos franceses. La Fisiología de las pasiones o nueva doctrina de los sentimientos morales -prontamente traducida al castellano y con reediciones en 1831 y 1840. Se abría, de hecho, con una declaración que no podía pasar desapercibida: "Para conocer al hombre, escribió, es preciso estudiar el espíritu que le anima, y no los órganos materiales de su estructura corporal".

Lo poético nos trasmite un mundo interior, un universo que en líneas generales, precisa del silencio, de la búsqueda secreta y a veces incoherente. La ficción literaria es parte del sueño, de la utopía, del idealismo. Ante una obra de arte el hombre ennoblece su espíritu, la conciencia forma su visión del cosmos, el sendero que une al ser con el tiempo. El creador va en busca de la Belleza – inalcanzable – en cada línea, en cada instante que conmueve su ser. La lectura - sobre todo la lectura de los clásicos - el no hablar de las circunstancias personales, al decir de Flaubert, y el trabajo diario. Eso nos transporta. Por supuesto lo poético nos habla del “yo lírico”, ese “yo” que está fuera de lo narrativo.

Juan Rulfo nos aclara ciertos aspectos al confesar que “uno de los principios de la creación literaria es la invención, la imaginación. Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación”.

Cuando nos referimos a los griegos sabemos de su actualidad porque Homero nos habla de los hombres. Ese hombre que hoy vemos lo plasmaron los griegos. Cervantes, lector de los clásicos helenos, hace una burla de la sabiduría libresca y abstracta. Otra vez su genio, su visión que muchos no terminan de ver. Cervantes es la encarnación del espíritu del Renacimiento, la insurrección del espíritu helénico en una España de tinieblas. El otro es Shakespeare, el poeta que representa la concreción de una humanidad real y esencial. Es también el poeta de la piedad y la revelación. La poesía es entonces - como nos reveló Luis Franco - significación no sólo de la exploración y exaltación del ser, sino de su ennoblecimiento.

En Argentina la decadencia es imparable. No solamente es imparable sino que parece que gran parte de la sociedad no entiende que el mundo tiene otros conceptos, otra realidad, otra visión del futuro. Vivimos atados a estructuras básicas de pensamiento. Desde hace setenta años la corrupción, la impunidad, el latrocinio, lo genuflexo y una suerte de pandemia populista, irracional, nos viene acosando. No tenemos que comparar nuestra situación con otros países, sean de Latinoamérica o de Europa. Debemos comparar nuestro presente con ese pasado de hace setenta años. Para aquellos que no entienden, o no quieren entender, vemos desconcertados como hoy en día cierto progresismo tiene pensamientos psicodélicos, un sistema de clientelismo, una juventud que sacraliza personajes caricaturescos, repitiendo falsedades históricas, revoluciones y canibalismo intelectual. Y actitudes camaleónicas, batallas imaginarias, proclamas delirantes. Así estamos en el populismo del siglo XXI. Con telefonía celular, espejos, Zoom App, modas y la cabeza con un termo en el cerebelo. Un claro ejemplo en Europa es España. Un claro ejemplo del delirio en América es Argentina. Para no hablar de Nicaragua, Venezuela o Cuba. Sobre todo si comparamos esta Argentina con otro país; la Argentina de setenta años atrás.

Por supuesto, siempre hay islas, excepciones, gente que siente y piensa con un grado de sensatez y honestidad. Pero en la mayoría se mezclan mitos, relatos, tergiversaciones, despotismo. Golpes militares, líderes populacheros, sindicalistas enriquecidos, caballeros normandos y una runfla de votantes fueron construyendo esto que somos. Todo se evangeliza y todo tiende a la burocratización. Crecen los “socialismos nacionales” que es una forma del fascismo histórico. La juventud, al desconocer la historia, la filosofía o la cultura clásica, toma como revolucionaria las ideologías de derecha no tradicional. Y crece una pasividad que se disfraza de activismo. Los gritos de entusiasmo, la euforia enfermiza en grandes manifestaciones, el delirio colectivo que se parece a la rebeldía, a una suerte de lucha social. Todo se convirtió – va de suyo - en una suerte de guiso nacional y popular donde entran carteristas, bonos, pensamiento único, planes sociales, alcahuetes, lenguaje inclusivo, plegarias, miserables, bombos, pancartas antediluvianas, crucifijos, payadas, vinchas, bancos, especuladores, escritorzuelos, estudiantinas, dogmas, barras bravas, informática, defraudadores, grosería, choripán y lo que usted - querido lector - pueda imaginar. Una anécdota breve: cuando Luis Bonaparte instauró la primera dictadura moderna con un sufragio universal. Como vemos no siempre el sufragio universal es el camino a la democracia. En aquella oportunidad Marx calificó a las masas populares de “ignorantes y estúpidas”. Marx no era populista. Marx describió en el Capítulo V de El 18 brumario de Luis Bonaparte al lumpen proletariado.

Hace ya tiempo manifesté que en los poemas homéricos o en Hesíodo – gracias a Mondolfo – pude advertir el tránsito del juico moral desde la exterioridad divina hasta la interioridad humana que determina conciencia moral. La responsabilidad y la conciencia ética encontraron en el pensamiento antiguo el universalismo de la norma ética. La individualidad es auténtica por su apertura al ser de los otros y a la realidad de lo social. El poeta perdura en el fervor de la belleza y la utopía.

Una nación que olvida su pasado no tiene futuro
Winston Churchill

Carlos Penelas
Buenos Aires, 20 de mayo de 2020

jueves, 14 de mayo de 2020

Reabrieron las librerías

Tras casi dos meses de confinamiento, con horarios especiales y los controles del caso, reabrieron las librerías en la Ciudad de Buenos Aires, como es el caso de la de Editorial Dunken, Ayacucho 357, donde puede verse en vidriera el último poemario de Carlos Penelas, Ofrenda de la luz, con ilustraciones de Eugenia Limeses.


Los libros de Carlos Penelas pueden adquirirse en Librería Hernández (Corrientes 1436 y 1311), Antígona (Callao 737 y sucursales).


Además, de manera on line en las páginas de Editorial DunkenHernándezCúspide LibrosMercado Libre ArgentinaAmazon Estados UnidosAmazon España y Ebay.


sábado, 9 de mayo de 2020

Homenaje a Kraftwerk


La música viene a descubrir mi abismo,

la eternidad de una fuga ausente.

He aquí lo profético, la celebración, el futuro.

Urbano, complejo, controvertido.

Trans Europe Express.

Voces electrónicas, idiomas, ecos, teclados.

Rojo, blanco, negro. Rojo, blanco, negro.

Duendes que descubren líneas,

rutas, bicicletas, una fragancia de la luz

sobre la vigilia y lo lúdico. Imágenes,

sincretismo entre paisajes grises, inquietantes.

Cibervisiones de un mundo que se agota

y otro que nace entre amplificadores.

Radioactivity.

Hay leyendas, lo clásico y el minimalismo

en busca la ribera azul. Bello e infausto

como una tarde infinita entre árboles y pájaros.

Un torbellino consume sueños, números,

palabras de robots sobre fábricas abandonadas.

Es el desvelo de una voz tenue, esencial

asomando en cielos desgarrados.

Computer World. The man machine. Metropolis.



Carlos Penelas

Buenos Aires, mayo de 2020

sábado, 2 de mayo de 2020

El sentido lúdico en Paul Auster

Siempre hay ante una obra, una ciudad mítica o un paisaje mágico, la evocación de una experiencia emocional, sensible. Por lo general este hecho se enfatiza con imágenes. Y a partir de ese momento -las palabras, las voces- pasan a leerse en íconos, en figuras, en emblemas. 


Durante muchos años se entendió por novela “una epopeya en prosa”. Estamos hablando de la novela caballeresca o de la novela realista. Podemos dar diversas definiciones. Una: Albert Thibaudet llama a la novela “antología de lo posible”. Obviamente esta definición excluía a las fantásticas. Otra: André Maurois escribió acerca de la novela: “Nosotros pedimos a la novela un universo de socorros, en el cual pudiéramos buscar emociones verdaderas y encontrar personajes inteligibles y un destino a la medida del hombre”. Maurois nos dice simplemente que la novela aborda un conjunto de sucesos posibles y verosímiles, pero que no siempre son exactos.

Al leer La música del azar de Paul Auster nos encontramos con casi todos estos signos con fluidez de lenguaje, cierta temporalidad expuesta en paralelismos, hechos cotidianos que nos envuelven con la magia del destino o del azar. Lleva, además, desde las primeras páginas, el tópico de las novelas americanas clásicas: un individuo que deja una vida atrás y emprende un viaje sin destino fijo. En esa carretera (donde el ex bombero de Boston escucha a Mozart y a Bach) el camino es la soledad, la existencia hacia lo incierto. Toda obra -lo hemos repetido hasta el cansancio- es un viaje. La Odisea, El Quijote, La Divina Comedia, Veinte mil leguas de viaje submarino, Ulises, La invención de Morel, Pinocchio, Caperucita Roja, El conde de Montecristo, Las mil y una noches, Bola de sebo

En toda la novela vemos las limitaciones de la libertad, el asedio de un mundo, lo aleatorio y la causalidad, el sueño americano, una narrativa que elude las expectativas del lector, una búsqueda incesante donde predomina la espontaneidad y no lo deliberado.

Wallace Stevens, poeta estadounidense, señaló: “…la maravilla y el misterio del arte, como por cierto de la religión, consisten en la revelación de algo absolutamente otro, gracias a lo cual la inexpresable soledad del pensamiento se quiebra o se enriquece. El poeta, el hombre religioso, ni siquiera sueñan con dictar las reglas del juego: se limitan a andar por el mundo con el amor de lo real (de esa realidad otra) en sus corazones.”

Podemos observar ciertas fuentes fundamentales: Kafka, Beckett, Ionesco, London, y en alguna medida Flaubert (Bouvard y Pecuchet) y por supuesto la propia trayectoria de Auster. Es imposible no mencionar -por el clima, por la atmósfera, por el desaliento- a Raymond Carver y a Cormac McCarthy.

Jim Nashe y Jack Pozzi son individuos que se complementan, que se necesitan; ambos llevan la fantasía y la sensibilidad más allá de la razón. Imposible la realidad de uno sin el otro, el destino de uno sin el otro. El lector experimenta también desconcierto al no hallar relaciones directas o lógicas. Pero las hay, están en el medio social, en la actitud psicológica de ellos pero ocultas en alguna medida en una estructura social. Esa carrera nocturna, esa velocidad por el vacío, ese juego de cartas, ese trabajo alucinante de levantar un muro, esos dos millonarios que conocen, genera ansiedad, urgencia, un volver a empezar. Todo esto con ironía, crueldad, poética parquedad, virtuosismo de expresión.

Esta significativa y trascendente novela contemporánea nos lleva a analizar lo subjetivo, el auge de la arbitrariedad, la hegemonía del subconsciente. Detrás, sospechamos, las vigilias armadas, la agonía, las guerras, las crisis económicas. Una literatura de esta magnitud posee lirismo pero también una simbología que obliga al ser humano a mirar su mundo interior con la misma avidez que observa y analiza el exterior.

Esta angustia no paraliza la acción, la promueve. La angustia es parte del camino, de la elección. No hay amor en sí, los otros son parte de mi existir. Tal vez debamos retomar a Sartre: “Sin libertad no hay responsabilidad; sin responsabilidad no hay literatura”.

Julio Cortázar, en Clases de Literatura, Brekeley, 1980, señaló: "Para empezar, un escritor juega con palabras, pero juega en serio; juega en la medida en que tiene a su disposición las posibilidades interminables e infinitas de un idioma..."

Lo hemos afirmado reiteradas veces: la urdimbre de un texto no siempre depende del objeto sino del lector. Lo esencial es descubrir una realidad imaginable.

Carlos Penelas
Buenos Aires, abril de 2020

jueves, 16 de abril de 2020

El coronavirus nos desnuda

La historia se repite. Es uno de los errores de la historia.
Charles Darwin


Giovanni Boccaccio da comienzo al Decamerón con estas palabras: “Con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las madres a los hijos, como si no fuesen suyos evitaban visitar y atender”.

El Decamerón, escrita entre 1351 y 1353, es sin duda la obra más famosa surgida de la pandemia, la peste negra de mediados del siglo XIV.

Toda crisis trae en sí un conflicto. Toda crisis es producto de una historia. Mejor: una crisis producida por una peste pone sobre el tapete a una sociedad. Lo peor y lo mejor. Nos muestra lo indigno, lo humillante, la falta de moral. Y también la solidaridad, el esfuerzo, la abnegación.

Vamos a tomar un ejemplo para intentar ver ciertos paralelos, ciertas formas de entender y de entendernos en esta tragedia que nos confunde, nos preocupa y nos atemoriza. Podemos hablar de la Biblia, de Camus o de Kafka. Podemos recordar a Tucídides o Samuel Pepys. A Sófocles o a Daniel Defoe. A Manzoni y la peste bubónica. Entre nosotros Manuel Mujica Láinez abordó la fiebre amarilla desde sus cuentos. Pero tomaremos un ejemplo histórico -apenas una reseña - de la denominada plaga italiana que llegó a Florencia y a Toscana en 1630. Soldados alemanes atravesaron el norte de Italia con la pulga asesina, transmisora de la peste bubónica.

La peste avanzó sobre Milán, luego sobre Venecia y fue ensañándose con otras ciudades cercanas. Poco a poco – se habían cerrado los pasos de los Apeninos – la peste invadió la región al pasar una campesina burlando los controles. Y llegó a la ciudad. Hubo cientos de muertos en la zona, luego más de mil. Se ordenó en 1631 la cuarentena general. Se crearon lazaretos, los muertos fueron rociados con cal, se los enterraban en las afueras de la ciudad. Las casas de los enfermos fueron clausuradas. Luego se ordenó cerrar las puertas de la ciudad. Los extranjeros sólo podían transitar con permisos. Los guardias entraban en conventos e iglesias. Se suspendió la educación comunitaria, los juegos del pallo en las plazas, los bailes. Teatros y tabernas fueron cerradas. No hubo procesiones ni misas.

Aquellos que violaban las normas eran multados y llevados a prisión. Comenzaron las culpas: era obra del demonio, de los extranjeros, de los judíos. Luego se sospechó de las prostitutas. Por temor la Sanità daba de comer a los pobres, unos treinta y dos mil. Recibían hogazas de pan, una pinta de vino, un salchichón, arroz con queso, ensalada. También se les daba medicina. La peste se prolongó hasta 1633. En Toscana hubo ochenta mil muertos, en Florencia ocho mil. En 1657 hubo otras epidemias, sobre todo en Florencia. Esta vez otros nombres feroces: la escarlatina y el sarampión.

Veamos que nos ocurre en estos días. Veámoslo desde la perspectiva social, desde antecedentes históricos, desde el conocimiento de las pandemias anteriores. Es claro que el fascismo, el populismo, el chavismo tienen un universo para penetrar en estas circunstancias. Hay una casta política que utilizará todos los medios posibles para llegar a una irracionalidad sin límite. Algo similar pasa en el primer mundo al desaparecer esa suerte de equilibrio que siempre ejercieron los anglosajones. Estamos con una pandemia que significa también colapso económico, despidos masivos, radicalización, demonización. Pobreza, enajenación, hambre, desamparo.

Un sistema populista nos llevará a letrinas, al pensamiento único, a alternativas tecnológicas y encierro compulsivo. El confinamiento es parte del juego. Un juego en países con una base de corrupción inimaginable. Pero también, desde otro ángulo lo vemos en los EEUU, Italia, España, Inglaterra o Francia. Sin duda Alemania – recordemos que la canciller Angela Merkel es la única personalidad desde hace años – con una mentalidad distinta lleva a cabo un plan y una estrategia. El otro país es Suecia. El resto es improvisación, profetas anunciando el fin o el nuevo comienzo. La pandemia forma parte de lo social, de lo ideológico y de la economía. Entre nosotros, del otro lado de la puerta, está la muerte, la miseria, la violación, la toxicomanía, el alcoholismo, los dilemas morales, los prejuicios raciales, la intolerancia religiosa, los distanciamientos socio-económicos, la corrupción, la violencia contra la mujer… Esta pandemia en particular desnuda un sistema, un sistema global y las miserias de los países del Tercer Mundo con sus deseos imaginables y los brotes caudillistas. Debemos tener presente que los pueblos o las multitudes no siempre defienden causas nobles, muchas veces son la expresión de delirios colectivos. Recordemos también que las pasiones de los amontonamientos masivos suelen ser muy intensos pero efímeros. Otra vez: están y estarán más presentes el desempleo, la inseguridad, la carencia alimentaria, la salud, la ecología. Comenzarán las sectas, los pactos de mafiosos, las democracias sucias, el derrumbe de la utopía democrática. La crueldad se repite a lo largo de los tiempos lo mismo que la violencia. Una vez más amenaza el planeta el autoritarismo y la discriminación. Desde la tragedia griega, el sangriento teatro isabelino o la novela negra contemporánea. Tal vez debamos hablar una vez más de Primo Levi y de la “banalidad del mal”. Tal vez es el momento de releer a H.G.Wells y a George Orwell. Entre nosotros, Diario de la guerra del cerdo de Adolfo Bioy Casares.

En meses abriremos la puerta de casa. Es probable que el mundo de Luis Buñuel, John Huston, Archie Mayo o los hermanos Coen nos espere. Pero recordemos: la realidad siempre es más dura. Y desde los comienzos de la historia la realidad humana siempre fue incierta.

La ignorancia genera confianza más frecuentemente que el conocimiento
Charles Darwin

Carlos Penelas
Buenos Aires, abril de 2020

Taller literario