sábado, 29 de agosto de 2009

"Fotomontajes", a la venta

Desde la próxima semana estará a la venta Fotomontajes, libro que recopila los últimos trabajos periodísticos de Carlos Penelas.

Con mirada libertaria, incluye la leyenda y el fervor de sus contemporáneos, la perseverancia del rebelde contra la mediocridad y el dogmatismo.

Su estilo incluye ironía, mordacidad y, por momentos, nostalgia, utopía y solidaridad.

La contratapa lleva palabras de Ricardo Monner Sans.

Fue editado por Dunken, y puede comprarse on line siguiendo este enlace.

sábado, 22 de agosto de 2009

Viajero con una soledad

  • Buenos Aires, 2009.
    Centro Betanzos Ediciones / Xunta de Galicia.
    Con dibujos del autor.
    Poesía.


Cala poética

Dejaron la aldea cincuenta y tres Penelas.
El 18 de octubre de 1908 arribó al puerto de Buenos Aires el buque Arcadia.
Había partido de A Coruña. Dejaron Espenuca, Coirós, Betanzos de los Caballeros.
Llegaron:
Pedro Penelas, 36 años, jornalero.
Manuela Pérez, 34 años, jornalera.
Isabel Penelas, 13 años, jornalera.
Silvestra Penelas, 10 años, jornalera.
Manuel Penelas, 9 años, jornalero.
María, Elena y Leonor, hijas de Pedro Penelas y de Manuela Pérez, nacerán en Argentina.
Mi padre, Manuel Penelas Pérez, se casará sólo por civil con María Manuela Abad Perdiz, nacida en Ourense. Era hija de Tomás Abad y de Adelaida Perdiz. Esa unión dio cinco hijos: Roberto Marón, Raquel María, Nilda Marta, Fernando Abel y Carlos Tomás.

Arcadia o Arkadia, región montañosa de la Grecia antigua, en la parte central del Peloponeso, habitada por los arcadios o árcades, pueblo de pastores y que las ficciones de los poetas convirtieron en la mansión de la inocencia y la felicidad.
Pausaníes dice que el nombre de Arcadia procede de Arcas, hijo de Calixto. Sus habitantes confesaban que eran anteriores al nacimiento de Júpiter y se llamaban procelenos, es decir, anteriores a la luna. Eran agricultores, amaban el baile y la música.

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Madrigal del huésped distraído

A mi lado el amanecer y el sueño.
La curva de su pubis, a mi lado.
Y la desmemoria en el clamor del silencio.
Así vienen los juncos, el río, la solitaria patria entre nieblas y arenas.
Nadie sabe hasta dónde llega el viento, la soledad, los cabellos melancólicos del día.
Nadie sabe. Ni de la inmovilidad o del atardecer que abre olvidos y naufragios.
¿Qué fue de vos, amada? ¿Qué fueron de ustedes, amigos?
Padre, ¿qué del amparo, de las historias replegadas?
Madre, ¿desde cuál jardín amas la hoja del mirto?
¿Dónde arrojaron la transparencia, hermanos perezosos?
¿Dónde el cielo con tanta soledad y huella e izamiento?
Decid, ahora, quién es el citarista,
quién el hombre que sueña en voces enaltecidas,
siempre desnudo en esta ausencia, en esta orilla,
en este espejo sosegado que nos mira.
Los ojos, tras los días, cambia el reino de la infancia.
Vuelve, a veces, por mi en esta vanidad que despierta la memoria.
Entonces, a veces pienso que estoy muerto,
que todo es un río de sutiles penumbras,
de insurrecciones, de destierros inútiles.
Preguntas, hastío y labios enterrando laúdes.
¿Por qué son insomnes estas rosas?
Y éste viento extranjero, ¿por qué sacude
melancolía en pastizales o en pesebres cimarrones?
¡Ah! Los hijos sin sumisión nos aman con sus brazos abiertos.
Ahora, entre las manos, ella me dice del aliento del cosmos,
recuerda aldeas, ofrendas, lejanías lluviosas.
A mi lado la vastedad del arrabal como leyenda,
sobre el suspirante murmullo de las olas.
Nadie sabe hasta dónde llega el viento.

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Casida de una tarde en el parque

Nadie regresa a la espaciosa y abandonada soledad
ni la palabra evocará la noche con los ojos abiertos.
En el parque dirán al ver sus sombras
que la tarde excede la monótona rosa
o que el verdor antiguo de los cedros
no logró cubrir su luz y su ternura.
Días perdidos, transparentes,
bajo las ramas de los jacarandáes.
Desde el aire dirán la nostalgia, la impaciencia
de la muerte que habitará el vacío.
Una calle del sur y el resplandor último
como un ciprés olvidado.
Y tú allí, en el vagar disperso de las nubes
imposible y callada,
morada ansiosa, levísima,
cuando la mirada es un dormir deshabitado
en la vigilia que desnuda pudor.
Tal vez alguien pregunte, ¿cómo fue?
Y el desgano desapacible acompañe el lecho,
unicornios cautivos por el rumor del mar.
Irán desdeñosos empujando la hierba
recogiendo la ceguedad del amor,
el desnudo y encendido ensueño de la nostalgia
que crece en la morada como un destello.
Se mece la noche
mojándome los ojos distraídos.

lunes, 10 de agosto de 2009

Presencias literarias

Sería cuestión de preguntarse qué es lo que le causa
un mayor daño al alma de la humanidad:
si la codicia enceguecedora o el apuro devastador.
Konrad Lorenz


Las palabras pueden inspirar al silencio, al diálogo del silencio. Hay un registro en la expresión de una obra que deparan otros mundos, otras circunstancias. Es cuando llegan las voces fraternales, las voces que ignoran distancias. De ese pasado nos nutrimos, nos vamos guiando a la habitualidad de nuestros mayores.

Desde lo cotidiano vamos viendo una simbología que nos acerca a zonas íntimas, a zonas interiores. El hombre actual, escribió Orson Welles, sólo está reelaborando todo el patrimonio cultural anterior. Eso lo dijo en un momento determinado, en una circunstancia cultural y social donde se pensaba que era así. Y en el fondo es una realidad, es una verdad. Sucede que en estos tiempos todo pasa por la industria cultural, una degradación aguda de lo ideológico, de lo formativo.

Si alguien desea saber que representa en mi Piñeiro de inmediato contestaría: el arrabal, el suburbio, las calesitas en los terrenos baldíos, la cancha de Independiente, el rango en el veredón. Y una esquina donde los muchachos eran mito. Nosotros, niños, los admirábamos y les teníamos recelo.

Si me preguntan que significa para mí Boedo, respondería: una parte de la cultura en la cual me formé. Por supuesto que con el tiempo el profesorado en Letras Mariano Acosta, la búsqueda y el encuentro con otros textos fueron recreando una mirada, una visión más amplia. Pero Boedo representó en mi juventud el descubrimiento de lo social. Se descubría en ese apellido (de origen gallego) la expresión del mundo del trabajo. Las reivindicaciones sociales que tanto deseábamos, que tanto soñábamos. La revista Los pensadores y luego Claridad fueron testimonios en los primeros años de la década del veinte. Se hablaba de luchas sociales, se leían textos comunistas, socialistas o anarquistas. Con el tiempo descubrimos fisuras y hasta cierta cuota de simplificación en ellos. Pero el instinto de rebeldía, de insurrección siempre siguió firme. Ese es el espíritu que me sigue entusiasmando. Era una literatura de signo social. Como lo eran sus pintores y sus artistas plásticos. Dos nombres: Adolfo Bellocq y Abraham Vigo.

Tuve la suerte de conocer a varios de ellos. Y la emoción, por los años setenta, fue mayúscula. Con la aparición de mi primer libro me escribió Elías Castelnuovo. Luego Leónidas Barletta, Raúl González Tuñón, Álvaro Yunque, César Tiempo. Esos eran los escritores que marcaban un camino, los que anhelaba conocer. Junto a ellos leía los poemas de Gustavo Riccio y Nicolás Olivari –me introdujo en sus obras Aristóbulo Echegaray– y los inolvidables cuentos de Roberto Mariani.

Hoy se ha perdido esa intensidad literaria, ese espíritu donde lo literario y lo ético, donde el poema y la revolución, iban de la mano. Y se perdió, además, la devoción por conocer a escritores de prestigio, seres alejados del sensacionalismo, de la promoción, fe la frivolidad. Porque automáticamente al leer, al vincularse con estos autores, con estos hombres, la referencia era clara. Aparecían Gorki y Dostoiesvsky. El universo era inmenso, formidable. Nuestra imaginación crecía de la mano de estos seres, que nos llevaban al cine de Eisentein y al neorrealismo italiano. Y por supuesto a la Guerra Civil Española, a León Felipe, a Miguel Hernández, a Federico García Lorca, a Pablo Neruda, a César Vallejo…

Ese era el camino, el sendero que Boedo nos indicaba. Quien no lo entienda así no termina de comprender un movimiento, una actitud, una forma de combatir al capitalismo. Aparecían Barbusse, France, Rolland. Y sin duda el teatro de Ibsen, de Pirandello, de Miller. Uno se cansa de comentar en conferencias o en clases la importancia vital de Boedo, su significado profundo. No se trata de abrir una nueva e inútil polémica entre dos grupos literarios o dos corrientes. Intento decir lo que representaba para muchos de nosotros esa forma de ver la creación, esa manera de militancia cultural. Porque junto a ellos venían Payró, Ghiraldo, Barret. Muchos jóvenes de mi generación a partir de estos seres descubrieron el teatro independiente: Pedro Asquini, Alejandra Boero, Onofre Lovero. Muchos pudieron saber de Diderot, Voltaire, Mirabeau, Rousseau, Condorcet. Una lectura crítica de la sociedad, una lectura política, una lectura comprometida con los desheredados. Sin populismo, con sentido pedagógico si se quiere. La función del escritor era la profundización de la lucha de clases, el compromiso con la clase trabajadora. Una visión internacionalista, solidaria, fraternal. Eran los años en que hablábamos de la burguesía y del proletariado.

Tal vez resulte utópico o infantil ciertas declaraciones o determinadas obras. Es posible que muchas de ellas no tuvieran una verdadera mirada estética. Y que muchas fueron producto de una burocracia literaria. Es muy posible. Pero el espíritu, el clima, el tono en contra de la opresión, la injusticia y la desigualdad fue un ejemplo. Porque más allá de ciertas proclamas o manifiestos, generaron pasión y sueño. El grupo de Boedo produjo una vindicación y una mística. Lucharon contra lo infame, contra la humillación. Buscaban, además, en cada página, sinceridad. No hay que olvidar que estaban rodeados de polvo, de callejones, de conventillos. De comités, de compadritos, de pesquisas. De doctorcitos iletrados. En esa época no se veían otras posibilidades que el catecismo, la policía brava y la jerarquía militar. En el fondo fueron místicos sin Dios. No creían en el soborno del cielo ni en el soborno de las elecciones.

En ninguno de ellos rigió la retórica. Sostenían el fervor y la convicción de la esperanza. Fueron artífices de una decisión, no de una necesidad como podría estar en muchos de ciertos saltimbanquis contemporáneos. Finalmente. Conocí a Lubrano Zas, uno de nuestros cuentistas evangélicos. Se formó con ellos. Cabe imaginar que las arcanas redenciones siguen vigentes.
Ahora vivimos el aislamiento, cada uno proyecta su neurosis. El aislamiento -valer recordarlo- se transforma en locura, en imbecilidad, en egoísmo.

Carlos Penelas
Buenos Aires, agosto de 2009

Taller literario