domingo, 24 de marzo de 2013

Nocturno

Cierro mi mano y siento la tierra que el campesino arrojó, sombrío, en el mar.
La belleza del pájaro bogador perdido entre las nubes. Ausencia; tiempo callado o distraído. Aún en estos días de destrucción y de ceniza.

Carlos Penelas
Buenos Aires, 20 de marzo de 2013



lunes, 18 de marzo de 2013

"Poemas de Trieste" en la Feria del Libro

El nuevo poemario de Carlos Penelas -que Dunken publicará en breve- se podrá adquirir en el stand de la editorial en la 39a. Feria Internacional del Libro de Buenos Aires -El Libro del Autor al Lector-,  la más concurrida en el mundo de habla hispana. La Feria estará abierta desde el 25 de abril hasta el 13 de mayo de 2013.


Poemas de Trieste marca un hito en la trayectoria de Carlos Penelas. En sus versos, el poeta anhela captar la mítica belleza. Su tono cambia y abre las puertas a una atmósfera con un lenguaje de lo arcano y lo profundo. En esta obra hay lejanía y soledad, plenitud y abandono. Pero desde otra mirada: desde el cansancio de la palabra.

Trieste es para el poeta un escenario de identificación amorosa, misterio épico y pagano, capacidad de sentir desde el exilio. El poeta, según Penelas, lleva una vigilia tolstoiana, una ausencia radical. Lo trágico y lo moral es parte de la fábula, de una actitud ética; una pietà. Lo esencial reside en lo no dicho, en la poética del iceberg.

Poemas de Trieste desnuda la precariedad del destino, lo ambivalente y complejo, la construcción de un reino que presupone el desarraigo, la levedad de la existencia.

El lector encontrará una estética vinculada a la propia formación del poeta, una cultura centroeuropea y una idiosincrasia natural e intransferible. En esta obra, Carlos Penelas condensa su simbología buscando complicidad en un cierto estado de encantamiento con los recuerdos, la belleza del mar, una ciudad lírica e intensa, un caleidoscopio en el espacio del hombre. El silencio, la música, los muros, los objetos cotidianos.

Poética de la palabra dentro del clasicismo formal; sensualidad del paisaje y de la vida desde la sagrada simplicidad. El poeta siente el goce, el escepticismo, la nostalgia de un mundo devastado.

jueves, 14 de marzo de 2013

Un extraño país

Hace décadas que digo, que reitero, que no es fácil ser argentino. Soy hijo del exilio, de una familia gallega que se vio obligada a partir por el hambre, por la injusticia, por el oprobio. Me formé rodeado de seres cálidos pero enérgicos, hombres y mujeres de trabajo pero también plenos de ensoñaciones. Junto a ellos, desde ellos, recorrí el honor, lo ético, el compromiso, la solidaridad, el esfuerzo, la cultura del trabajo y la superación. Normas elementales de convivencia, miradas interiores, silencios, discreción, humildad. Crecer en el estudio y en lo laboral. Ser cumplidor con la palabra, con la acción, con lo cotidiano.

En la escuela primaria, al salir del hogar, comencé a descubrir otro mundo. La demagogia, la persecución, el fraude, la politiquería. Un país donde me llegaron nombres inimaginables para otros lugares. Éramos, de pronto, el ombligo del mundo. Allí estaba Juan Manuel Fangio, cinco veces campeón del mundo. Y Carlitos Gardel -el único, el que cada día canta mejor - que era argentino, porteño y ganador. Y que supo retirarse a tiempo, como escribió un viejo amigo. Y los mejores hombres: Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi. Y la lista se fue ampliando con Leopoldo Lugones, Ché Guevara, Diego Armando Maradona, Lionel Messi, Nicolino Locche, Sergio “Maravilla” Martínez. Y Jorge Luis Borges, Daniel Barenboim o Martha Argerich. Y nuestro recordado y amado doctor René Favaloro, creador del bay-pass aorto-coronario. El hombre que cambió la cardiología en el mundo y que no pudo con este desdichado territorio. Y otros hombres que llevaron el nombre de Argentina por el cosmos representando las artes, la ciencia, el espíritu de libertad, de dignidad, de talento. Seres como Julio Bocca o Astor Piazzolla, Tato Bores o Niní Marshall. Estrellas de cine, bellas mujeres que dieron la vuelta al mundo como Mirtha Legrand, Libertad Lamarque o Mecha Ortiz. O actores como Pedro López Lagar, Arturo García Buhr, Héctor Alterio o Ricardo Darín. Y podemos recordar a Ernesto de la Cárcova, Lino Spilimbergo, Antonio Berni, Emilio Pettoruti…

Y cómo no evocar a Bernardo Houssay, Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1947, Luis Federico Leloir, Premio Nobel de Química en 1970, Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz en 1980, a César Milstein Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1984.

Todo esto y más en un territorio de montoneras, populismos, grosería, decadencia y bombos. De comités y aplausos y chorizan y barrabravas. En un territorio cargado de corrupción, de monólogos, de mutaciones y de mutilaciones. De diálogos belicosos, de complicidades, de gestos y fachadas, de conversos y folclore trasnochado. De entremeses, alfombras y paternalismos, de actuaciones execrables, de bomberos plutarquianos y damas con alusiones surrealistas, de escenografías y teorías redentoras.

Y ahora, Jorge Mario Bergoglio, a los 76 años, deja de ser arzobispo de Buenos Aires para transformarse en Francisco, en el primer papa de América. Un argentino dirigirá la Iglesia Católica, un hombre que llegó desde una ciudad marginal para ser papa. No salgo del asombro: un argentino es papa. Empezarán a cambiar – temblaron ventanales en el Vaticano y en estos lares en el momento de saludar – historias y mausoleos con su llegada. Algo más. Tuve de la fortuna de ver viajar como un ciudadano de a pie, hace tres meses, al argentino más importante de toda nuestra historia, el argentino más importante de todos los argentinos. Para ser más preciso: subte de la línea D, Catedral-Congreso de Tucumán.

No salgo de mi asombro. Muchos otros tampoco. No saben si buscar el rosario o algo para el insomnio.

Carlos Penelas
Buenos Aires, 14 de marzo de 2013

viernes, 8 de marzo de 2013

Nuncios, favela y carnaval

Estamos con el populismo hasta la coronilla. Es la fe, la irracionalidad, la pata de conejo. En el desayuno, en el tren, en el baño, entre las sábanas, en las plazas, en los asesinatos, en los robos, junto a la silla de ruedas de la abuela, en los museos, debajo del pan, en el escalafón de los oficinistas públicos, en la popular y nacional mirada del comentarista de fútbol. Todo es interminable y confuso. Y allí, en esos fragmentos, en esos intersticios, el latrocinio, el engaño, la mentira, la tercera posición, el alineamiento, la enajenación, el embuste desembozado, lo desconcertante, el bonapartismo. Y dale con el bombo, con el llanto, con el chori chori pan. Idiosincrasia, cepas, virus, contagios, borrachera. Guiso y dale otra vuelta. Y puede ser un porro y puede ser la birra. Prebendas, banderines, gorros, vinchas. Se recrea la historia, las fotos, las inundaciones, las villas, las proclamas, los barra bravas. Departamentos en Puerto Madero, no en Recoleta. Bueno, a veces sí. Y llegan los que mandan, los que obedecen, los héroes, los mártires, los apósteles. Iras y resentimiento. Y los intelectuales que explican lo inexplicable balbuceando, citando a Marx, a Chayanne o a Angelus Silesius. Huelen a lumpen, a racistas. En el fondo odian el conocimiento, odian a los judíos, a los europeos, a los filatelistas, a los rubios y a los senegaleses. Y dale que te dale y dale que te doy. Y llega la eternidad, la visión, lo infinito. Nos embalsamamos, nos amamos, nos hablamos para siempre. Y somos burros y viva la Santa Federación. Y el chori chori chori y el chori chori pan. Y dale con la Revolución cubana.


Lo vengo advirtiendo desde hace décadas. Llegó la hora de desconfiar del hombre que se lustra los zapatos antes de ir al Parlamento o a la Casa de Gobierno o a Tribunales. Desconfiar de la señora que va a la peluquería, a la iglesia o al camposanto. Desconfiar de ministros, de diputados, de senadores. Y del presidente del consorcio. (Y, si fuera poco, el Santo Padre renunció al llamado del Espíritu Santo). Desconfiar del secretario que es oficialista y ahora tiene dos automóviles, un country, tres casas, un avión y una avioneta, tres amantes y dos sobrinos. Que se separó de su mujer que tiene un velero, un yate y un ovejero alemán a su nombre. Desconfiar de aquellos que no vieron Buenas noches, y buena suerte de George Clooney, desconfiar de los que la vieron.

Desconfiar de los ex guerrilleros, de los ex obispos, de los ex amantes, de los ex gobernadores, de los ex militantes que decían carajo y de los ex militantes que decían patria si, colonia no. De los leones herbívoros y de los otros. De los populistas de derecha y de los populistas de izquierda. De los que dicen que “el tránsito es anárquico” y no dicen que “el tránsito es liberal o neo liberal o conservador o marxista-leninista”. Desconfiar de los manifestantes que hablan de revolución. De academias, de médicos que se vinculan con laboratorios, de científicos que investigan en centros privados, de los privados que educan a hijos subnormales, de los que niegan las dictaduras, las torturas, los crímenes, los robos de niños, los fusilamientos, las vejaciones. De los que vieron y callaron, de los que se hicieron los distraídos, de los distraídos, de los muditos, de los cieguitos. De los que robaron en nombre de los derechos humanos y de los otros. De aquellos que se hicieron revolucionarios de la noche a la mañana. De los pederastas de la Santísima Iglesia del Aborto de los Siete Suspiros y de los militantes de la vida. Un apotegma: todos los argentinos son peronistas.

Desconfiar de mí, de los abogados, de los jueces, de los medios. De aquellos que los defienden y de aquellos que los atacan. Debe desconfiar de la chiquita de la mini falda y del papá de la chiquita. Debe desconfiar de la modelo top y de la mamita de la modelito. De la actriz porno y de la otra, de los supuestos intelectuales y de los barrenderos, de los honorables caballeros del club y de las putas de barrio norte. De las putas finas y de las otras.

Todo se ha mezclado: populistas y liberales, estalinistas y pedófilos, víctimas y verdugos, retratos, mausoleos, frentes y contrafrentes. Todos viven juntos en el mismo country. Hay un banquero que es comunista y un comunista que se hizo empresario. Forman parte de este caldero. Desconfiar de la comedia gringa y de la tragedia, del hambre y de la comercialización del hambre, de los sindicalistas y de los empresarios, de la contraofensiva nacional y popular y de los verdugos del ejército sanmartiniano, de las honras fúnebres y de las otras. En fin, damas y caballeros de la corte, hombres de buenas costumbres, profesionales correctos, usureros desvergonzados y burócratas, esta suerte de Armada Brancaleone, digo. De bombos para el lumpen de la plaza, de los dueños de media Patagonia y los mitos de la patria liberada. Y recuerde, además, la frase que Thomas Jefferson escribió a John Adams: "…Creo sinceramente, como usted, que los establecimientos bancarios son más peligrosos que los ejércitos tradicionales…” Desconfíe, querido lector, desconfíe. Mi padre -un gallego que cursó hasta segundo grado en su aldea, que leyó al príncipe Kropotkin y a Stirner- me lo advirtió cuando era niño.

Carlos Penelas
Buenos Aires, marzo 2013

Taller literario