miércoles, 28 de febrero de 2018

Lugones y Borges: un homenaje ineludible

Carlos Penelas visitó en dos oportunidades las muestras de estos escritores que ayudaron a su formación. Penelas estudió desde la escuela primaria en la Biblioteca Nacional de Maestros. En ella transcurrió el secundario y el profesorado en Letras. En su madurez, consultó libros para sus artículos y para diversos ensayos. En ella descubrió los grandes textos de la literatura argentina y universal. Luis Franco, admirador de Lugones, le hizo descubrir su universo. Franco y Samuel Glusberg fueron bibliotecarios y discípulos del autor de Lunario sentimental. Penelas sugiere, una vez más,  la lectura Cartas de una hermandad de Horacio Tarcus.
 

Dos muestras rinden homenaje a la memoria de Leopoldo Lugones (1874-1938), uno de los mayores creadores de la literatura argentina. Aquí podremos observar sus innovaciones literarias y pedagógicas con una marca indeleble de Sarmiento. El hacedor, tal el título de la muestra en la Biblioteca Nacional de Maestros explora las facetas intelectuales y públicas del poeta, las propuestas educativas. Lugones conformó el Tesoro de la Biblioteca; obras completas de Platón con traducción y comentarios de Marsilio Ficino, editadas en París en 1522, la primera edición completa de la Enciclopedia dirigida por Diderot y D´Alambert, París 1751, son algunos ejemplos de las ediciones renacentistas de libros científicos y filosóficos donde el creador de Las fuerzas extrañas proyectó la cultura de un país. Cabe recordar que durante su gestión la Biblioteca Nacional de Maestros estaba entre las más modernas del mundo. 
 

En el antiguo edificio de la Biblioteca Nacional podemos descubrir en la muestra El falso discípulo la vinculación de Jorge Luis Borges con la obra lugoniana. Una compleja relación une documentos, esquelas, ediciones y manuscritos de la biblioteca personal de Lugones. Veremos además sus escritorios, su sillones, fotografías. Veremos como el discípulo - luego del parricidio - se ha apropiado del maestro. Un cosmos donde se habla de una patria soñada, de un cosmos pleno de sabiduría y estética. Responsables de la muestra son por Alberto Manguel, Director de la Biblioteca Nacional, y Graciela Perrone, Directora de la Biblioteca Nacional de Maestros.




Fotos: Rocío Danussi.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Una historia de película

La natación ha sido registrada desde los tiempos prehistóricos. Los expedientes más antiguos son pinturas realizadas en la Edad de Piedra. Hay referencias en la Ilíada y en la Odisea. Hay referencias en Rabelais. En 1538, Nicolaus Wynmann, un profesor alemán de idiomas, escribió el primer libro de natación, un incunable de nuestro deporte: El nadador o un diálogo en el arte de nadar. El título original fue el de “Colymbetes, sive de arte natandi, dialogus & feftiuus & iucundus lectu”, es decir, “Colymbetes, o el arte de nadar. Dialogo divertido y de amena lectura”.

El nadador o un diálogo en el arte de nadar
Dibujo del libro de Nicolaus Wynmann de época, 1538

He contado, en más de una oportunidad y en diversos lugares, que junto a la literatura, la pintura, el cine, el teatro y las artes en general, amé el deporte, lo practiqué y lo sigo haciendo. Pelota a paleta, box, fútbol y natación fueron acompañándome a lo largo de la vida.

Raquel, mi hermana mayor, me hizo socio a los diez años de Gimnasia y Esgrima. Evoco su Sala de Armas, el trinquete, el hammam o baño turco, su pista de hielo, el gusto y la elegancia de sus socios, los vestuarios, su biblioteca, el salón de lectura, los bailes en la sede de Palermo, la leyenda de don Ricardo C. Aldao. Presencié demostraciones de box, competencias en pesa, lucha libre, torneos de ping-pong, patinaje artístico. Allí nadé a los once años, por primera vez, representado al club. No puedo olvidar las clases de ajedrez del maestro internacional Jacobo Bolbochán. Y su eterno cigarrillo.

Voy dos veces por semana a nadar. Me zambullo -hasta hoy hago los veinticinco metros por debajo del agua- y converso con algunos amigos. Hace unos días, luego de la rutina, en la parte baja, la veo a Gabriela Fazio, afectuosa y atenta guardavida. Le pregunto cómo me había visto esa mañana. Con afecto responde: “Como Johnny Weissmüller”. Miro a una señora que estaba en el otro andarivel y le digo con ironía: “Lo escuchó, ¿verdad?” Ella sonríe y comenta: “Nunca me gusto Johnny Weissmüller y mucho menos los otros tarzanes. Mi tipo de hombre siempre fue Fernando Lamas”.

No solamente me causó gracia, no pude evitar una sonrisa, sino que me resultó extraño que alguien lo recordara. En una sociedad donde la degradación está a la orden del día casi todo se desprecia, se malinterpreta o se torna burdo. Con un gesto de felicidad me confiesa: “Yo nací en una pileta, Fernando Lamas fue mi partero.”

He conocido nadadores y conversado a lo largo de la vida con algunos de ellos: Luis Alberto Nicolao, que obtuvo dos veces el record mundial en mariposa a los 17 años en 1962; el profesor de waterpolo de mi hijo Emiliano, Gentile, que participó en los Juegos Olímpicos de Londres de 1948; Alfredo Camarero, nadador de Capri-Nápoles, el Canal de la Mancha, campeón mundial de aguas abiertas. El profesor Pico, inolvidable pechista, fue el hombre que me enseñó a nadar, a los once años, en cuatro días. Recordando siempre a Alberto Zorrilla, Pedro Candiotti, Jeanette Campbell. Y en estas horas Damián Blaum con un record mundial. También tuve la fortuna de crecer admirando a grandes deportistas del club en tenis, fútbol, boxeo, baloncesto o rugby. Y la presencia mágica de Vito Dumas. Desde mi juventud la literatura, los museos, el teatro y el cine se complementaban con el deporte.


Pero volvamos a Martha, nuestra nueva amiga. Su madre era nadadora y concurría diariamente al Hindú Club. Su padre, luego aviador, jugaba al tenis. Su madre tenía dieciocho años y estaba embarazada. Una mañana en plena brazada siente que está por parir. Pide ayuda, no hay tiempo. Pero allí hay un joven nadador, musculatura corporal perfecta, buen mozo, varonil, mirada romántica – un metro ochenta y cuatro, cabello castaño, ojos serenos, piel clara de origen europeo - poco mayor que ella. La lleva a la parte baja de la pileta, la toma de los brazos, la sienta en el borde frente a él, le quita la malla y recibe a la recién nacida. Sí, no se equivoca querido lector, hablamos de Fernando Lamas.

Fernando Lamas fue actor y director argentino que hizo casi toda su carrera en Estados Unidos. Había nacido el 9 de enero de 1915 y fue un gran deportista: hizo hípica, natación y boxeo. En 1951 firma un contrato de exclusividad con la compañía Metro-Goldwyn- Mayer. En Hollywood es el auténtico latin-lover. El galán que filma con Lana Turner, Esther Williams, Denise Darcel y Raquel Welch. Fue esposo de Perla Mux (cantante y actriz argentina), Lydia Babacci, Arlene Dahl y con la nadadora y actriz Esther Williams.

Ayer volví al club, a la pileta. Casi todos saben que estoy entusiasmado con la historia de Martha, mi nueva amiga Martha Elsa Gazcón, ahijada de Fernando Lamas. Nada más ni nada menos. Me contó sucesos de su madre, Dolores Elsa Larriera, nadadora y luego amiga de Fernando y de Perla Mux. También recordó anécdotas de su padre, Adalberto Raúl Gazcón Aráoz, que fue aviador civil. Es muy bello advertir cómo se ilumina su mirada al reconstruir aquellos años; la elegancia de su padrino, el afecto que les brindaba cada vez que iba a visitarlos. Debo escribir esta historia, me dije. Al fin y al cabo es una historia de película. Ahora pienso que me hubiera gustado que mi madrina fuera Mónica Vitti. Cosas de la imaginación, cálido lector, de la imaginación.

Martha sigue nadando, reviviendo semblanzas con plenitud. Nos vemos, estimado leedor, nos vemos. No se olvide de contar esta crónica a sus amigos. Por el padrino y por la ahijada. Vale la pena, no lo dude.

Carlos Penelas
Buenos Aires, febrero de 2018

miércoles, 14 de febrero de 2018

El auge de la imbecilidad

Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano.
Goethe
 

Caro lector, amigo, por favor lea estas líneas con detenimiento. Éste artículo es un epítome. Sé que la literatura si no ofrece encanto cae en el olvido. Sucede que hoy me levanté iconoclasta. Sí, no me reproche, no me diga nada. Sé que hay gente pulcra, investigadores con talento, hombres y mujeres solidarios, jóvenes plenos de utopías y bellezas, adolescentes enamorados, niños creativos, señores honrados. Lo sé, no me reproche. Sé también que buscamos la felicidad, el porvenir, el gusto por las mujeres hermosas, el deleite del mar o la montaña. Y también el olvido. Pero hoy sentí la degradación, la perversión, los actos alucinados, el engaño sistemático, la farsa, lo primitivo, mutaciones, estertores demagógicos, indolente prepotencia. Miedos, consignas y mentiras. Mítines, rencores, venganzas, lupanares, héroes, mártires y desprecio. O si usted quiere: me desperté harto de las imbecilidades cotidianas, de la falta de cultura, de criterio, de sentido común, de interpretaciones descabelladas. Sin meternos con obispos pedófilos ni en las arcas del Vaticano. Amén.

La sociedad del narcotráfico crece sin límite. Pero hay más, todo de la mano. Desde la telefonía celular, la hiperconexión, la ansiedad, la obligación de llenar un vacío, la superposición de tareas, el home office, la necedad de la necedad, las pantallitas pletóricas de gansadas. Nuevas tendencias supuestamente progresistas, la falta de tacto, la pérdida de elegancia. Y las cadenas de comidas, los flamantes lugares en los cuales se reúnen generaciones de abombados, donde creen que piensan y actúan desde “la libertad”. Y cuestionan sin base, sin formación. Y opinan, si lector, opinan con certeza, sin duda, con fidelidad. De lo que sea. Y cambian de opinión con la misma insensatez. Un fárrago de contradicciones siempre virgen.

Así estamos con los populismos de izquierda y de derecha, en este territorio y en los otros, agitando banderas, odios, líderes, pancartas, dogmas, negociados, fachadas, luchas imaginarias y teorías excéntricas. Entonces: desatino, imprudencia, disparate, embuste, extravío. En lo político, en lo sindical, en lo económico, en lo social, en lo educativo. Profesionales lamentables, jueces lamentables, caballeros lamentables. En lo ético y en lo estético. Rodeamos de pseudos filósofos, pseudos intelectuales, pseudos artistas. Sin entrar en el feminismo, que se las trae. Ni en modas culinarias o en clases de gimnasia y la energía cósmica. Mucho menos con los movimientos tercermundistas. La tecnología ha vencido a la ciencia, compañero. Nos presentan la memoria del horror en tonos y gestos maquillados para la ocasión. Mafia, intransigencia, corrupción, hipocresía. Tampoco opinaremos sobre el alquiler de vientres ni en las cirugías plásticas ni en las características biológicas o fisiológicas o psíquicas del ser. Ni en los tatuajes de brazos, piernas, muslos y entrepiernas. Y nalgas. Y los nacionalismos, caballeros, los nacionalismos. Un paquete con todo; incluida la esquizofrenia. Sin tocar las tesis en torno a los veintidós millones de refugiados, los dreamers, Instagram, Facebook, los fundamentalistas, los apátridas, las declaraciones, los pésames y los aplausos. Así estamos, caro leedor, así estamos. Sé lo que piensa: “Penelas, lo suyo es cultural, es anacrónico; envejece”. Lo dejo allí, lo dejamos allí. Hoy colaboran con el artículo dos queridos amigos. Aquí se los presento.

Avelina Lésper.
“No fueron pocos los que se identificaron, hace un par de años, con aquella mujer de la limpieza de un museo alemán tan celosa de su trabajo que se empleó a fondo para eliminar unas terribles manchas que había en una de las obras expuestas. Ni se le ocurrió sospechar que formaban parte vital de la pieza Wenn es anfängt durch die Decke zu tropen (Cuando empieza a gotear el techo) del artista Martin Kippenberger, valorada en 800.000 euros. El Museo Ostwald de Dortmund (cuyas primeras entradas en Google son sobre el suceso, superando a su web oficial), llegó a afirmar que “estamos intentando aclarar cuanto antes qué tipo de capacitación tiene el personal de la limpieza”. La crítica de arte mejicana Avelina Lésper diría que esa pobre trabajadora, además de un gran sentido de la pulcritud, tenía también un gran sentido común. Lésper, colaboradora de diferentes medios de comunicación latinoamericanos y directora del programa de televisión El Milenio visto por el Arte, es una de las voces que más suenan contrarias al arte contemporáneo, cuestionando desde los ready-made (el uso de objetos comunes como el urinario de Duchamp) a las performances efímeras.

-¿Cómo definiría el arte contemporáneo en una palabra?
-Fraude

-Explíquese…
-Carece de valores estéticos y se sustenta en irrealidades. Por un lado, pretende a través de la palabra cambiar la realidad de un objeto, lo que es imposible, otorgándoles características que son invisibles y valores que no son comprobables. Además, se supone que tenemos que aceptarlos y asimilarlos como arte. Es como un dogma religioso.

Albert Boadella.
“La pintura de Picasso se fue convirtiendo con el tiempo más en un acto financiero que en un acto artístico y él fue muy consciente de ello”, señala el director, tras un ensayo de la ópera. “Picasso es un fetiche”, agrega. Picasso fue un genio, un hombre con una mano y una mente dotadísimas para el arte y la pintura. Una figura indiscutible que, sin embargo, el dramaturgo quiere poner en discusión. Y lo hace sin pelos en la lengua y abiertamente. “Un artista puede, en un momento de su vida, decidir el camino a seguir, profundizar en su arte cueste lo que cueste o declinarse hacia una cierta facilidad, buscando oro y fama. Esto último fue lo que hizo Picasso, que asestó así un golpe mortal a la pintura”.

Y algo más: “Acabó con la época de Monet o Cézanne, cuando el pintor trabajaba días y días sobre un cuadro. Industrializa, de alguna manera, el arte, al hacer 20 o 30 obras al día. Picasso fue un genio desaprovechado y sobrevalorado. Incluso me atrevo a decir, aunque parezca un sacrilegio, que El Guernica no es una obra importante. Es importante sociológicamente, pero no artísticamente. En el fondo, no deja de ser un graffiti”.

Le hago este legado sin cobrarle, querido lector. La próxima vez es posible que escriba sobre Anselme Bellegarrigue o Eeva Kilpi. Créame, dos personalidades fascinantes. O tal vez se resuma todo leyendo Esperando a Godot. Qui le sait?

Carlos Penelas
Buenos Aires, febrero de 2018

Taller literario