miércoles, 14 de febrero de 2018

El auge de la imbecilidad

Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano.
Goethe
 

Caro lector, amigo, por favor lea estas líneas con detenimiento. Éste artículo es un epítome. Sé que la literatura si no ofrece encanto cae en el olvido. Sucede que hoy me levanté iconoclasta. Sí, no me reproche, no me diga nada. Sé que hay gente pulcra, investigadores con talento, hombres y mujeres solidarios, jóvenes plenos de utopías y bellezas, adolescentes enamorados, niños creativos, señores honrados. Lo sé, no me reproche. Sé también que buscamos la felicidad, el porvenir, el gusto por las mujeres hermosas, el deleite del mar o la montaña. Y también el olvido. Pero hoy sentí la degradación, la perversión, los actos alucinados, el engaño sistemático, la farsa, lo primitivo, mutaciones, estertores demagógicos, indolente prepotencia. Miedos, consignas y mentiras. Mítines, rencores, venganzas, lupanares, héroes, mártires y desprecio. O si usted quiere: me desperté harto de las imbecilidades cotidianas, de la falta de cultura, de criterio, de sentido común, de interpretaciones descabelladas. Sin meternos con obispos pedófilos ni en las arcas del Vaticano. Amén.

La sociedad del narcotráfico crece sin límite. Pero hay más, todo de la mano. Desde la telefonía celular, la hiperconexión, la ansiedad, la obligación de llenar un vacío, la superposición de tareas, el home office, la necedad de la necedad, las pantallitas pletóricas de gansadas. Nuevas tendencias supuestamente progresistas, la falta de tacto, la pérdida de elegancia. Y las cadenas de comidas, los flamantes lugares en los cuales se reúnen generaciones de abombados, donde creen que piensan y actúan desde “la libertad”. Y cuestionan sin base, sin formación. Y opinan, si lector, opinan con certeza, sin duda, con fidelidad. De lo que sea. Y cambian de opinión con la misma insensatez. Un fárrago de contradicciones siempre virgen.

Así estamos con los populismos de izquierda y de derecha, en este territorio y en los otros, agitando banderas, odios, líderes, pancartas, dogmas, negociados, fachadas, luchas imaginarias y teorías excéntricas. Entonces: desatino, imprudencia, disparate, embuste, extravío. En lo político, en lo sindical, en lo económico, en lo social, en lo educativo. Profesionales lamentables, jueces lamentables, caballeros lamentables. En lo ético y en lo estético. Rodeamos de pseudos filósofos, pseudos intelectuales, pseudos artistas. Sin entrar en el feminismo, que se las trae. Ni en modas culinarias o en clases de gimnasia y la energía cósmica. Mucho menos con los movimientos tercermundistas. La tecnología ha vencido a la ciencia, compañero. Nos presentan la memoria del horror en tonos y gestos maquillados para la ocasión. Mafia, intransigencia, corrupción, hipocresía. Tampoco opinaremos sobre el alquiler de vientres ni en las cirugías plásticas ni en las características biológicas o fisiológicas o psíquicas del ser. Ni en los tatuajes de brazos, piernas, muslos y entrepiernas. Y nalgas. Y los nacionalismos, caballeros, los nacionalismos. Un paquete con todo; incluida la esquizofrenia. Sin tocar las tesis en torno a los veintidós millones de refugiados, los dreamers, Instagram, Facebook, los fundamentalistas, los apátridas, las declaraciones, los pésames y los aplausos. Así estamos, caro leedor, así estamos. Sé lo que piensa: “Penelas, lo suyo es cultural, es anacrónico; envejece”. Lo dejo allí, lo dejamos allí. Hoy colaboran con el artículo dos queridos amigos. Aquí se los presento.

Avelina Lésper.
“No fueron pocos los que se identificaron, hace un par de años, con aquella mujer de la limpieza de un museo alemán tan celosa de su trabajo que se empleó a fondo para eliminar unas terribles manchas que había en una de las obras expuestas. Ni se le ocurrió sospechar que formaban parte vital de la pieza Wenn es anfängt durch die Decke zu tropen (Cuando empieza a gotear el techo) del artista Martin Kippenberger, valorada en 800.000 euros. El Museo Ostwald de Dortmund (cuyas primeras entradas en Google son sobre el suceso, superando a su web oficial), llegó a afirmar que “estamos intentando aclarar cuanto antes qué tipo de capacitación tiene el personal de la limpieza”. La crítica de arte mejicana Avelina Lésper diría que esa pobre trabajadora, además de un gran sentido de la pulcritud, tenía también un gran sentido común. Lésper, colaboradora de diferentes medios de comunicación latinoamericanos y directora del programa de televisión El Milenio visto por el Arte, es una de las voces que más suenan contrarias al arte contemporáneo, cuestionando desde los ready-made (el uso de objetos comunes como el urinario de Duchamp) a las performances efímeras.

-¿Cómo definiría el arte contemporáneo en una palabra?
-Fraude

-Explíquese…
-Carece de valores estéticos y se sustenta en irrealidades. Por un lado, pretende a través de la palabra cambiar la realidad de un objeto, lo que es imposible, otorgándoles características que son invisibles y valores que no son comprobables. Además, se supone que tenemos que aceptarlos y asimilarlos como arte. Es como un dogma religioso.

Albert Boadella.
“La pintura de Picasso se fue convirtiendo con el tiempo más en un acto financiero que en un acto artístico y él fue muy consciente de ello”, señala el director, tras un ensayo de la ópera. “Picasso es un fetiche”, agrega. Picasso fue un genio, un hombre con una mano y una mente dotadísimas para el arte y la pintura. Una figura indiscutible que, sin embargo, el dramaturgo quiere poner en discusión. Y lo hace sin pelos en la lengua y abiertamente. “Un artista puede, en un momento de su vida, decidir el camino a seguir, profundizar en su arte cueste lo que cueste o declinarse hacia una cierta facilidad, buscando oro y fama. Esto último fue lo que hizo Picasso, que asestó así un golpe mortal a la pintura”.

Y algo más: “Acabó con la época de Monet o Cézanne, cuando el pintor trabajaba días y días sobre un cuadro. Industrializa, de alguna manera, el arte, al hacer 20 o 30 obras al día. Picasso fue un genio desaprovechado y sobrevalorado. Incluso me atrevo a decir, aunque parezca un sacrilegio, que El Guernica no es una obra importante. Es importante sociológicamente, pero no artísticamente. En el fondo, no deja de ser un graffiti”.

Le hago este legado sin cobrarle, querido lector. La próxima vez es posible que escriba sobre Anselme Bellegarrigue o Eeva Kilpi. Créame, dos personalidades fascinantes. O tal vez se resuma todo leyendo Esperando a Godot. Qui le sait?

Carlos Penelas
Buenos Aires, febrero de 2018

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