miércoles, 25 de mayo de 2011

Demoliciones

El hombre camina por las calles del centro con su amigo gallego. El hombre conversa y escucha. Manuel Suárez Suárez, su amigo gallego, le habla de Compostela, de nombres, de apellidos. Habla también de Montevideo, de las calles de Buenos Aires, de los centros gallegos, de la diáspora. El hombre lo escucha y también hace referencias a la situación política y económica, a los vaivenes. El amigo gallego, Manuel, vino por poco tiempo. Dio varias conferencias y dará otras. Conversan de monos y de fantasmas, de lo siniestro y patético de algunas cosas. Se ríen. Fueron a cenar, fueron a varios cafés tradicionales. Hablan de literatura, de la familia, de los temas afines. De proyectos. Vienen lugares sagrados: Piñeiro, Espenuca, Boneco. Boneco era el perro de Independiente, el perro inolvidable de los diablos rojos. Boneco, dice el amigo Manolo al hombre, en galego significa muñeco. Otro gallego, aclara. Le recuerdo que era un perro amado, una cábala, un perro que viajó con Independiente a todos los torneos, por los años setenta. De él hablaron Pavoni, Bochini. Cuando murió Lolo, su dueño, estuvo en el velatorio debajo del féretro. Lo acompañó hasta el cementerio. Y se dejó morir allí, al lado de su tumba. Lolo era brasileño. Entonces hablamos del galaico-portugués, del lusitano, de las raíces. De la fidelidad canina, del amor a los animales. Luego vino el Cine-Teatro Amado Nervo (¿el nombre se lo puso un gallego anarquista?) de Gerli. Alberto Valdés era su dueño. Allí se representaba, en Semana Santa, “La Pasión de Cristo”. Finalmente evocaciones de Eladia Blázquez, Amadeo Carrizo, Curros Enríquez, Valle-Inclán…

El hombre camina solo por la ciudad. Fue a nadar por la mañana y por la tarde, esa tarde la tiene libre, fue a hojear libros en viejas librerías. Está feliz pues cree que llamó por teléfono un antiguo novio de su esposa, un novio que se fue a vivir a Italia. Atendió el teléfono pero luego de dar el nombre de su mujer, con claro acento italiano, y al contestarle que en ese momento no estaba, cortó. Una lástima, se dijo el hombre. Pensó que hubiera sido hermoso que se volvieran a ver, que conversaran de sus vidas, de su pasado. El hombre lo había visto hacía más de veinte años, una vez que pasó a saludarla por la casa de sus suegros y de casualidad estaba allí. Lo dejó conversando en el living y jamás preguntó nada. Así debe ser, piensa, así debe ser. Su mujer seguramente reviviría cosas buenas. El hombre lo piensa y lo siente con naturalidad. Siempre le pareció odioso, enfermizo e irracional el tema de los celos, las envidias y todas esas cosas. El hombre cree en la libertad de verdad. El hombre odia el matrimonio, las estructuras, las modas y los hábitos carcelarios. El hombre no necesita ni le importa volver a encontrarse con un amor del pasado, pero entiende que hay gente que lo necesita, que le hace bien. En fin, tal vez vuelva a llamar. Se siente bien, se lo comentó a su mujer. Lo miró extrañada, pero la inquietó. Ella cree que finge, que teatraliza, que el fondo es celoso.

Hemos hablado con Manuel, mi amigo gallego, del idioma, del tango, de los orientales, de los señores que cambian de parecer del día a la noche. Hemos hablado de bellas hembras que descubren el otoño porteño. De los distraídos, de los que se hacen los distraídos, de los que aparentan y de los que son. Hay que ver de dónde vienen las balas, dice. Estoy por llegar a la puerta de mi casa. Vengo caminando desde el Jardín Botánico, pasé por plaza Güemes, por una confitería llena de recuerdos y de nostalgias. En fin, debemos escribir algo cómodo y tranquilizador para finalizar el artículo. Los argentinos somos siempre inocentes, Y autoindulgentes. “No sabía nada”, dijimos. “Yo lo no lo voté”, afirmamos. “Es el destino”, escuchamos. “Nunca imaginé que la guerra no fuera patriótica”, comentamos. ¿Y ahora, qué? En fin, en poco tiempo más otro despertar amargo. Y asombroso, por cierto. Como esa mujer que al verme entrar en la exposición de pintura me dio un beso en la mejilla como si nada hubiese pasado, como si nos hubiéramos despedido la tarde anterior. Llegué a mi casa. Mañana iré a ver Le quatto volte de Michelangelo Frammartino. Y el domingo La flauta mágica en el Teatro Colón. Usted sabe, el cine italiano me atrae. Casi tanto como Papagena. Entre paréntesis, soñé que le regalaba un lilium. Y que ella sonreía. Estoy siguiendo muy de cerca todo lo relacionado a los indignados. Y cómo se irradia por el mundo. Buenas noches, que descanse.

Carlos Penelas
Buenos Aires, mayo de 2011

miércoles, 18 de mayo de 2011

Símbolos, íconos y política

La decadencia de los países comienza por su lengua
y la distorsión de los conceptos

Séneca

¿Hablamos del velo de la ilusión, como afirma Garzón Valdés? ¿Del desmilagro argentino? ¿Todo de zurce de inmediato, se remienda a lo bobo, se oculta? Y sí, debo confesar que causa estupor, que son incorregibles. Todo lo distribuyen en un marco delirante, sin ningún criterio, usando un pseudo razonamiento, un supuesto pensamiento popular y científico – como si fuera posible, como si fueran pitagóricos -, en compañías indescifrables, irreductibles. Entre güelfos y gibelinos deliberan jirones de palabras, tartamudeo mental, restos de la olla del puchero. Se ha dicho recientemente, entre otros apotegmas, que López Rega no es un producto del peronismo sino de la Revolución Libertadora. No deja de tener su cuota de ingenio, de curiosidad. Dominium mundi. Me animaría a afirmar que la culpa, la responsabilidad del secretario personal del General, es de Urquiza. Hay documentos fáciles de recoger en la mirada verticalista de la verdad. ¿Y por qué no buscar antecedentes en la Guerra de Secesión? O en Bakunin o Trosky, ¿cree, por ventura, que son inocentes en este tema? O tal vez Sarmiento, hombre iletrado y sin sentido patriótico. Y ya que estamos embolsemos a Alsina, a Valentín y a Adolfo. Sin vueltas. Y por supuesto todos los unitarios que habitaron y siguen habitando el territorio. Llegaría, si me permiten, hasta Lugones, Borges, Sábato y Cortázar. Cada uno tiene lo suyo. Y de allí para abajo. Sin descartar a don Arturo Illia o Agustín Tosco, que murieron con una fortuna inmensa, incalculable, comparada con la del finado Néstor. Por suerte existió el fraile Aldao, tío abuelo de López Rega. Hombre justo, probo, honesto y piadoso, el José Félix. ¿Quién puede ponerlo en duda? Llegó con la Conquista del Desierto que encolumnó el Brigadier General hasta Río Colorado (creo que se olvidaron de la primera gira) y declaró dementes e insanos a todos los unitarios. Hombre de fe, hombre de honor, el fraile. Militante de ley, rostro serio, sin sonrisa. Braguetudo, el hombre. Como el otro. Propongo poner una calle en la ciudad con su nombre. Propongo que el salón de actos de la Universidad de Buenos Aires se llame Fraile Dominico y Coronel José Félix Aldao. Propongo, por último, que la Biblioteca Nacional tenga un busto suyo al frente de las escalinatas. A tener razón sin descanso. Y hacerla valer sin tregua.

Así vamos, agrupados, creyentes agrupados por los estandartes de la victoria como cirineos antes las columnatas de Roma. Invocación y resignación, enigmáticos, vicarios bienaventurados, una caterva de próceres con chequeras y almuerzos en Puerto Madero beatificando humildad. Rencor y champán. Entonces los flecos abiertos, los vuelos, la impunidad judicial, la capacidad de seguir cambiando; ser santos y mártires, revolucionarios y bellos, rufianes y melancólicos, prepotentes y víctimas. Hay ciertos señores que les parece mal ciertas críticas que escribo, que no son progresistas. Pobres caballeros, burócratas de partidos obsoletos, populistas disfrazados. Una anécdota. Mi padre aprendió a nadar en las aguas del riachuelo, en Barracas al Sur. Hoy, según organizaciones mundiales de salud, es el riachuelo más contaminado del planeta. Los niños de la zona nacen con bacterias, plomo y alergias. Además del hambre, claro. Dominium mundi.


Debemos hablar claro, estimado lector. Cada vez tengo menos ganas de escribir un artículo. No vale la pena. Sí me gustaría comentarle, para que no quede duda alguna, que no me interesan ni me interesaron jamás los símbolos. Ninguno, absolutamente ninguno. Empezando por los anarquistas, que pusieron de moda. Si no me interesa un crucifijo (como símbolo) cúal sería el motivo que me interesara por la A en un círculo. Podemos tratarlo como un símbolo euclídeo donde la simetría muestra su esencia. De que hablamos ¿De heráldica, de imágenes sacras, de objetos mágicos? Miren dónde quedó la hoz y el martillo. Esta A se ha convertido, como casi todo, en un símbolo de marketing. Como la imagen del Che donde los jóvenes ni conocen su figura, su historia, su ideología. Todo, absolutamente todo, son símbolos políticos carentes de significado. Señaló, con razón, la escritora italiana Fabrizia Ramondino: “…me han parecido un poco presuntuosos, estúpidos e ignorantes, tantos jóvenes que he ido conociendo en los últimos años y que se declaraban anarquistas”.

Ahora están los tatuajes, la publicidad en radio o en televisión: “coma una auténtica paella anarquista”. Y la gente va. Y come, es feliz, cree que hizo algo por el mundo. Y paga con su tarjeta de crédito sin enterarse jamás que la paella la hizo un formoseño que sabe hacer frijoles pues es hijo adoptivo de una mexicana casada con un senegalés. Entonces mezclamos tatuajes, punk, ideas rebeldes, cervezas, porros, marcas enroladas bajo las banderas del consumismo. Colgantes, póster, camisetas, deslizamientos semánticos de los símbolos. Stalin, el Papa, Maradona, Sex Pistols. En el mercado ya están mochilas, calzoncillos y bolsos con la imagen de la A dentro del círculo. Y se venderá en breve –no sé si ya– la marca registrada Anarchy, con Eastpack, como producto de masas. Importante: buscar en los grandes shopping el perfume Anarchite de Caron, un producto de lujo, para ricos. Match point.

Carlos Penelas
Buenos Aires, mayo de 2011

sábado, 7 de mayo de 2011

viernes, 6 de mayo de 2011

Fotografías espirituales

Es conmovedor ver ciertas fotografías. No sé si tiene sentido seguir escribiendo. Por eso salí a caminar. Estoy mirando los jacarandaes de la plaza Rodríguez Peña, son hermosos. La plaza la destrozaron con arreglos ridículos y reformas espantosas. Quedaron los árboles y cierta nostalgia de lo que fue. Ahora hay rejas, pobres desamparados, miseria. Lo pienso seriamente, no sé si tiene sentido escribir estos artículos, estas líneas, estas sensaciones.

Retomo el aire libertario y camino por Paraguay hacia la Avenida 9 de Julio. Entro en una librería de libros usados, hablo con Raúl, su dueño. Es uruguayo, es un hombre afable, culto, simpático. Lo conozco desde hace años. Hablamos de Artigas, de Pepe, del plan de salud que están haciendo los orientales. La librería queda enfrente de donde vive mi amigo Juan Manuel Sánchez. Toco el portero eléctrico pero no contesta, seguramente se encontró con algún amigo o fue a una galería. Debe ver como anda el mercado. Se vende poco y nada, sobre todo la buena pintura. La decadencia es total, en arte, en política, en conducta. Hay islas, pequeñas islas donde la gente hace lo suyo, donde hay talento y creatividad. Sin duda, pero son islas. En la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires ya hay pobres diablos durmiendo en patios y aulas. Con colchones incluidos. Lo mismo pasa en los hospitales del Gran Buenos Aires. Y en los hospitales de la ciudad. Los turistas van a Puerto Madero, una vuelta por la Boca, una visita por Palermo. Y Calafate o las Cataratas del Iguazú. El resto es silencio. Estoy caminando por la calle Florida, los manteros ocupan veredas y aceras y bancos. Un despliegue de comida, pañales y tamboriles. Llegué a Plaza de Mayo, acampan los veteranos de Malvinas desde hace años. Regreso por Diagonal Norte. Comienza a oscurecer y otros habitantes llegan a los portales.

Dije que eran bellas y conmovedoras las fotografías. Son políticos a punto de saltar a la eternidad. Son iguales aquí y allá. Si, no se enoje, hay algunas diferencias. Pero no muy grandes, es leve, todo es leve. Les comento a mis alumnos que algunos anarquistas pusieron bombas. Algunos, no todos. Les digo que comparen eso con los campos de concentración estalinistas, los campos del nazismo, los de Guantánamo o Egipto. Con los bombarderos norteamericanos en cualquier parte del mundo, con los bombardeos a Libia. Les digo que comparen eso con las guerras mundiales o las guerras santas. Con la bomba atómica, con las torturas, con las mutilaciones. Las fotografías son conmovedoras. Veo a seres impresentables junto a burócratas con ínfulas, a mediocres con el mentón a lo Musolini, a caudillos enriquecidos hablando del pueblo. Demagogos, falsos, sin escrúpulos. Se juntan, se saludan, se potencian. No son generales engominados, pero se parecen. No son obispos pedófilos que brillan ante la ignorancia, pero dictaminan lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto. Son fotografías de aquí y de allá, fotografías que nos llenan de asco. Desde esas fotografías percibo la oratoria, los templos, los caballeros vinculados a los negociados. Los sindicalistas y sus inflexiones históricas, lo pornográfico de sus miserias morales. Chambelanes, burócratas inmovilistas, emisarios de la complicidad y el olfato para saltar y caer parado entre la barbarie. El beneplácito del poder, los desplazamientos, lo grotesco. Y quedan impávidos, mirando fijo a la cámara que los muestra tal como son: sumisos, ladrones de gallinas, potencialmente dictadores. En el fondo autoritarios, necios. Lujosos y dicharacheros. Pobre tipos que tienen cargos y son parte del sistema. Y dicen estar a favor de la libertad, de la igualdad, del compromiso. Peligrosos, sin duda. Peligrosos. Juzgan, levantan el índice, señalan el cielo y el infierno, inventan hechos, trafican banderas, muestran el culo y sonríen. Saludan con energía o con una falsa modestia, son hábiles, pícaros, furibundos sin duelos ni pestañeo. Hablan de revolución o de paz, da lo mismo. Ordenan su oratoria, la complican, la muestran, la ocultan en los símbolos, en mitos, en proclamas. Fotografías que recorto y guardo, como guardo las firmas de ciertos manifiestos, de ciertas aterciopeladas declaraciones. Estoy a punto de abrir la puerta de mi casa. Buenas noches. Sí, por supuesto, hay otras cosas, hay otras cosas. Pero recuerde: “Así es como se asienta la locura”, cita del Rey Lear, de Shakespeare.

Carlos Penelas
Buenos Aires, mayo de 2011

Taller literario