domingo, 28 de junio de 2020

Fílida

No, no soy como esos ñatos que hoy dicen una cosa y mañana otra. No soy un farabute, esos tipos que con la misma cara, el mismo bigote y la misma energía afirman o niegan a la vez. No, ya se lo dije antes: no soy hipócrita ni peronista. Tengo defectos, pero no soy mala persona. Por favor, respéteme.

Horacio Coppola: Avenida de Santa Fe. Plaza San Martín, 1936

Lo cierto es -como le iba contando- la miraba con pasión, una locura de hembra. Se desnudaba a eso de las ocho de la noche, dos o tres veces por semana. La veía de espaldas, frente al espejo de su habitación. Se iba desnudando de una manera particular, me fascinaba. Al despertarme cerraba los ojos y la volvía a ver. Luego me di cuenta de su sensualidad; no, de entrada no. ¿Me sigue, entiende? Recuerdo el corpiño verde, lo arrojaba por el aire y caía sobre la cómoda. Descubrí que la cuarentena me había cambiado la vida, lo descubrí con ella; observándola, encontrando sus hombros, su cuello, su cabellera moviéndose al compás de su cabeza. Sus nalgas, sus caderas. ¿Me sigue? Seguro que escuchaba música. Quiero imaginarme que escuchaba a Ray Charles, un soul tocado en piano. O a Nat King Cole. Por cómo se movía no era Andrea Boccelli, qué joder. Lo cierto es que la había observado mucho tiempo antes de llegar a la cuarentena, una cuarentena interminable por otra parte. La primera vez la descubrí de casualidad. En el cuarto había un hombre grandote, desprolijo, de bigotes finitos y pelada incipiente. De unos cincuenta años. Lo pude ver bien, era una tarde húmeda, de sol. Desde la ventana observé los toldos bajos de ventanas vecinas. No le di mucha importancia, no soy un voyeur. Miré la escena dos o tres veces en un mes, al regresar de la oficina. Luego la olvidé. Sí, a ella y al fulano.

Hasta la cuarentena, allí cambió mi vida. Mi familia ni se enteró, hablaban de contagios, de hospitales, de barrios carenciados. Bueno, sigo con la historia. Estaba en ropa interior - la sorprendí una noche de mayo -, la iluminaba un velador de la mesa de luz. No dudé, fui a buscar al ropero el binocular que mi padre solía llevar a San Isidro o a Palermo. Por suerte los pude encontrar. Mi mujer - parece que lo hace ex profeso sabiendo mi problema -cambia a cada rato las cosas de lugar. Lo cierto es que desde esa noche la miro. ¿Qué por qué le puse ese nombre? Bueno, estudié clásicas, son taras que uno tiene. No, nunca le saqué fotos. Me enloquece cuando se pone un vestido negro, se viste para salir, como para ir a cenar o a un encuentro importante. Luego comienza a desvestirse, a quitarse una pulsera, una media, un zapato, un collar, una calza bordó. Es allí donde enfoco el prismático con respiración entrecortada. Me tiemblan las manos al ver sus ojos blancos, cuando parece desplomarse sobre la colcha azul. Créame, es algo inimaginable el silencio de la calle, el silencio de los departamentos… Le dije, vive en el edificio de enfrente, un tercer piso. La miro desde el cuarto piso, en diagonal. ¿No me cree? ¿Y qué piensa si le digo que soy ciego? Eh, ¿qué me dice, ahora? ¿Me cree o no me cree?

Carlos Penelas
Buenos Aires, 23 de junio de 2020

miércoles, 17 de junio de 2020

"Diario de un poeta" en la Biblioteca Virtual de Galicia

La Biblioteca Virtual de Galicia ha publicado Diario de un poeta, de Carlos Penelas. Lleva prólogo de Manuel Gayol Mecías y fotografías de Emiliano Penelas. 


Recordemos que la Biblioteca editó anteriormente Ofrenda de la luz (2019) y El mar en un espejo de otoño (2018). El poemario está catalogado por obra, autor, categoría y año.

Se encuentran en la Biblioteca obras de Ricardo Carballo Calero, María Francisca Rodríguez Cabanas, Rosa Cal, Xulio Xiz, Xosé Lois Carballo Ferreiro, Manuel Regueiro Tenreiro , Xavier Alcalá, entre otros autores.

Puede accederse a Diario de un poeta a través de este enlace: http://bibliotecavirtual.galiciadigital.com/content/diario-de-un-poeta-carlos-penelas

martes, 9 de junio de 2020

Carlos Penelas nuevamente en Anuario Brigantino

Anuario Brigantino -revista de investigación histórica, antropológica y cultural - es una de las publicaciones municipales más importantes de Europa. Fue creada en 1948 y su actual maestre es el Director del Museo das Mariñas, Prof. Dr. Alfredo Erias Martínez. En esta oportunidad Anuario contará con poemas de Carlos Penelas. Es importante destacar que Betanzos de los Caballeros celebra sus ochochientos años de vida por lo cual se trata de una edición única en su historia.


Hace 800 años, los habitantes de Betanzos O Vello, situado en la actual parroquia de Tiobre, trasladaban sus enseres para instalarse en el Castro de Untía. En 1212 los propios vecinos le habían escrito al rey Alfonso IX pidiendo que les concediese fuero y el traslado de la población. El 13 de febrero de 1219, el monarca atendía su petición y expedía un privilegio rodado que se conserva en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Nacía así el actual Betanzos de los Caballeros, que llegó a ser capital de una de las siete provincias del Antiguo Reino de Galicia, entre los siglos XVI a XVIII.

viernes, 5 de junio de 2020

De cómo nació la palabra cronopio

He mencionado en más de una oportunidad mi paso por el Profesorado en Letras, uno de los mejores institutos pedagógicos que tuvo el país, que tuvo Hispanoamérica. Hombres de prestigio pasaron por sus aulas. Intelectuales, escritores, científicos, pedagogos, políticos fueron educados en ese claustro. Recordemos que la Escuela Normal Superior de Profesores Mariano Acosta fue fundado el 16 de junio de 1874. De sus cátedras egresaron Marcelo T. de Alvear, Julio A. Roca, Américo Ghioldi, José Luis Romero, Manuel Sadosky, Pablo Pizzurno, Alfrerdo Van Gelderen, Luis Zanotti, Julio Cortázar, Leopoldo Marechal, Fermín Estrella Gutiérrez, Arturo Marasso, Enrique Santos Discepolo, Felipe Boero, Pio Collivadino…


El profesorado era una elite cultural, humanista. Allí veíamos las disciplinas lingüísticas, las sustancias y las formas, los morfos y los morfemas. Un discurrir asombroso, un itinerario afectivo, una traducción permanente del amor hacia las artes. Tuve la fortuna de asistir a clases, entre otros, con profesores de nivel internacional, seres irrepetibles. Algunos de ellos fueron Germán Orduna, Lorenzo Mascialino, Julio Balderrama, Rodolfo Modern, Lidia Siffredi, Juan Sibermahart, Ángel Mazzei, Ricardo Ayabar, Reynaldo Carlos Ocerín… La personalidad de Julio Balderrama descollaba. Como afirma el profesor Domingo Tavarone era de “una generosidad intelectual ilimitada”. Todos honraron la educación argentina pero Balderrama fue un ser de una erudición inimaginable. El rigor y la sabiduría de su palabra ofrecían un cosmos, nos alejaba de la niebla de un mundo que se volvía dogmático, autoritario.

Fueron estos docentes quienes - desde la pasión, la ética, la generosidad - ocasionaron en mí la búsqueda del estudio en cada acto, el placer y la admiración del hecho estético. En ellos no sólo habitaba el conocimiento, también el humor y la modestia eran condiciones indispensables de la coherencia. Nos concentrábamos en la literatura comparada, en el análisis, en las obras de teatro clásico y en los grandes hombres de las artes plásticas o la filosofía. Todo se unía con una suerte de facilidad. También el juicio crítico era implacable. Jóvenes estudiantes comenzábamos a descubrir la aureola sagrada de cada época, de cada autor, de cada historia. Nos sumergíamos en un universo de interminables lecturas, de viajes, de imágenes, de silencios, de evocaciones, de disquisiciones etimológicas. Fue entonces cuando la sensibilidad fue parte del significado: la leyenda y el mito de la creación se fusionaban en lo mágico.

Días pasados tuve la oportunidad de descubrir un artículo de Marcelo Zapata publicado en un diario. Nos trae el recuerdo de otro de los profesores que tuvimos en Latín y Griego. Lorenzo Mascialino nos hablaba permanentemente en latín, nos hablaba de Cicerón como si viviera en la casa de al lado, nos recitaba Dante o Virgilio antes de entrar al aula, desde la puerta. Ovidio o Píndaro eran nuestros vecinos. Nos relata Marcelo Zapata.

…en uno de esos encuentros, contó años después Mascialino a algunos de sus discípulos, se habían puesto a imaginar, junto con Cortázar, un mundo fantástico en el que existieran criaturas que pudieran ver, físicamente, las dos dimensiones: no sólo el espacio, sino también el tiempo.

--¿Y cómo llamaríamos, para usar una palabra griega, a ese ser capaz de percibir el tiempo con sus propios ojos? –desafió Cortázar a Mascialino.

Éste lo pensó un momento, y respondió sin titubear:

--Cronopio. Se llamaría cronopio, por supuesto.

La síntesis era perfecta. Como explica otro testigo del relato de Mascialino, Luis Ángel Castello, titular de la cátedra de griego en la UBA: "'Cronos', como es bien sabido, es 'tiempo', y la desinencia '-opios' viene del verbo 'horao' (que significa 'ver', 'mirar con atención', de cuyo futuro 'hopsomai' (sale 'opsis' (de la que nacen tantas palabras como 'óptica', 'autopsia', etcétera. Cronopio, entonces, es el que ve el tiempo".

No hay testimonios de que Cortázar después de su festejada
Historias de cronopios y de famas, le haya reconocido a Mascialino la creación de la que en el futuro de la literatura argentina sería palabra tan célebre.

Pero a él tampoco le preocupaba. “Seguramente le gustó y se acordó de ella cuando escribió el libro”, lo disculpaba Mascialino, quien nunca demostró otra preocupación que la de incorporar, a lo largo de su vida, el conocimiento de la mayor cantidad posible de las lenguas llamadas "falsamente" muertas. “La gente sigue hablando latín, y no se da cuenta”, como decía en tantas de sus clases.


Ahora, mi confesión. Nuestro profesor de Latín solía compartir cada tanto con algunos de sus alumnos – entre los que me encontraba – una suerte de velada en una pizzería próxima. Unas porciones acompañadas con un vaso de vino tinto. “Vamos a hablar de la vida, de la vida. Dejemos la literatura, lo importante es la vida”. En una de esas noches nos contó este hecho que hoy recordamos gracias a Marcelo Zapata. Obnubilados por la literatura y el hechizo de Cortázar, no le creímos. Mis disculpas caro profesor. Mis disculpas. In vino veritas.

Carlos Penelas
Buenos Aires, junio de 2020

Taller literario