lunes, 31 de agosto de 2015

Memorias galegas de Carlos Penelas

El poeta Edmundo Moure tradujo al gallego el artículo de Carlos Penelas "Casa Ducal, Camisería Penelas Hnos. y Radio Belgrano‏".

Dibujo de Eugenia Limeses

Teño escrito no meu libro Cuaderno del Príncipe de Espenuca (2004), que os meus pais galegos, formaron unha familia onde se manifestou o exemplo duhna inmigración senlleira: esforzo, cultura, traballo e unha loita permanente contra toda intransigencia,  contra todo populismo. Alí, entre otras cousas, digo que don Manoel Penelas, meu pai, polos anos corenta tivo cecáis a lencería porteña máis tradicional e de renome. Os curmáns de meu pai chamábanse Manoel, Ramón e Pastor. Mais iso ímolo ver máis adiante.

Aína lembro o cartafol da tenda en letra cursiva: Ducal. E debaixo, en letra máis pequena, lencería fina. Estaba en Suipacha 719, a unha cadra da moblería Maple, ós vinte metros da frolería A Orquídea, perto do belísimo moimento a Borrego, que levntou Rogelio Irurtia. Os enxovais tardaban dous meses en artellarse, con sucesivas probas. Todo a medida. A tenda tiña mobles de caoba, amplos espellos biselados, cadeiras mercadas en Quintín e Alfonsín. Unha vez ao mes concorría un vidrieirista e un contable. Bambase facía las vidrieiras de Harrod´s, Roberto Cosla era o contable que abría o despacho Boston do meu pai.

Meu pai tiña sido viaxante de comercio, de casas de comercio españolas que xeraban un crecimento importante en todo o país. Meu irmán maior, Roberto, herdou ise oficio. Polos anos cincuenta viaxaba nun Ford 36 a Córdoba, representaba empresas tradicionais de gobelinos franceses, casimires ingleses o os chapéus Lagomarsino.
Meu amigo Ángel Prignano, presidente da Xunta de Estudos Históricos de San José de Flores, publicou, en 2002 Buenos Aires: el barrio de Flores y sus hechos (Efemérides y cronología). Tivera a fineza de enviarme o seguinte texto, pertenecente ao libro.

6 de novembro de 1908 - Abre as súas portas a casa Penelas. Foi fundada por Manoel Penelas, nunha tenda de Rivadavia 7299 esquina Terrada. Logo trasladouse a Rivadavia 6720 i en 1923, ao 6819/23 da mesma avenida. Dedicouse á venda de artigos e sastrería fina para cabaleiros. Importantes reformas levadas ao cabo en 1943 modernizaron a tenda, que deica contou con folgados salóns de exposición e vendas cunha superficie de 500 metros cadrados e amplas vidrieiras cara a rúa. Con don Manoel colaboraban os seus irmáns Ramón e Pastor, actuando como xerentes os señores José Fedele y Eduardo Outeda. Esta lembrada casa comercial de Flores pechou en 1973.

9 de xullo de 1924 - Inicia as súas transmisións LR3 Radio Libertad. Comezou a emitir dende unha casa de Boyacá 472 como LOY Radio Nacional. Seus propietarios eran tres comerciantes de Flores: Raúl Barrando, Ernesto López Barros y Manoel Penelas. A sala de transmisións, o control i o auditório foran instalados con moitos atrancos, pois tratábase  dunha casa de familia sen os espazos axeitados para a actividade radiofónica. Barrando estaba ó cargo da dirección artística, mentres Barros e Penelas administraban a emisora e Pablo Osvaldo Valle tiña sido contratado como locutor. Artistas da calidade e prestixio de Charlo, Azucena Maizani, Mario Pardo, Agustín Magaldi, Jorge Bohr, Manoel Buzón e Rosita del Carril integraron os seus cadros. Ao cabo dun tempo e ao ficar coma único dono da radio, Penelas vendeusella a Jaime Yankelevich en 96.000 pesos. A transferencia foi protocolizada en febreiro de 1927. A finais do ano seguinte, don Jaime mudou a emisora a un edificio máis amplo situado en Estados Unidos 1816 e máis tarde a Belgrano 1841. En 1929 a radio trocou as suas siglas a LR3 e, logo dunha consulta aos seus oíntes, el 2 de setembro de 1933, tomou o nome de Radio Belgrano.

Carlos Penelas

Buenos Aires, agosto de 2015

domingo, 23 de agosto de 2015

Casa Ducal, Camisería Penelas Hnos. y Radio Belgrano‏

He escrito en mi libro Cuaderno del Príncipe de Espenuca (2004) que mis padres, gallegos, formaron una familia donde se manifestaba el ejemplo de una inmigración ejemplar: esfuerzo, cultura, trabajo y una lucha permanente contra todo dogmatismo, contra todo populismo. Allí, entre otras cosas digo que don Manuel Penelas, mi padre, por los años cuarenta tuvo tal vez la lencería porteña más tradicional y de renombre. Los primos hermanos de mi padre se llamaban Manuel, Ramón y Pastor. Pero eso lo veremos más adelante.


Aun recuerdo el cartel del local en letra cursiva: Ducal. Y debajo, en letra más pequeña, lencería fina. Estaba en Suipacha 719, a una cuadra de la mueblería Maple, a veinte metros de la florería La Orquídea, a la vuelta del bellísimo monumento a Dorrego que realizó Rogelio Irurtia. Los ajuares tardaban dos meses en entregarse, con sucesivas pruebas. Todo a medida. El local tenía muebles de caoba, amplios espejos biselados, sillas compradas en Quintín y Alfonsín. Una vez al mes concurría un vidrierista y un contador. Bambase hacía las vidrieras de Harrod´s, Roberto Cosla era el contador que abría el escritorio Boston de mi padre.

Mi padre había sido viajante de comercio, de firmas españolas que generaban un crecimiento importante en todo el país. Mi hermano mayor, Roberto, heredó la profesión. Por los años cincuenta viajaba en un Ford 36 a Córdoba, representaba firmas tradicionales de gobelinos franceses, casimires ingleses y los sombreros Lagomarsino.

Mi amigo Ángel Prignano, presidente de la Junta de Estudios Históricos de San José de Flores, publicó en 2002 Buenos Aires: el barrio de Flores y sus hechos (Efemérides y cronología). Tuvo la fineza de enviarme el siguiente texto perteneciente a ese libro.

6 de noviembre de 1908 - Abre sus puertas la casa Penelas. Fue fundada por Manuel Penelas en un local de Rivadavia 7299 esquina Terrada. Luego se trasladó a Rivadavia 6720 y en 1923 al 6819/23 de la misma avenida. Se dedicó a la venta de artículos y sastrería fina para caballeros. Importantes reformas realizadas en 1943 modernizaron el local, que a partir de entonces contó con espaciosos salones de exposición y ventas con una superficie de 500 metros cuadrados y amplias vidrieras a la calle. Con don Manuel colaboraban sus hermanos Ramón y Pastor, actuando como gerentes los señores José Fedele y Eduardo Outeda. Esta recordada casa comercial de Flores cerró en 1973.

9 de julio de 1924 - Inicia sus transmisiones LR3 Radio Libertad. Comenzó a emitir desde una casa de Boyacá 472 como LOY Radio Nacional. Sus propietarios eran tres comerciantes de Flores: Raúl Barrando, Ernesto López Barros y Manuel Penelas. La sala de transmisiones, el control y el auditorio fueron instalados con muchas dificultades, pues se trataba de una casa de familia sin los espacios adecuados para la actividad radiofónica. Barrando estaba a cargo de la dirección artística, mientras Barros y Penelas administraban la emisora y Pablo Osvaldo Valle había sido contratado como locutor. Artistas de la talla de Charlo, Azucena Maizani, Mario Pardo, Agustín Magaldi, Jorge Bohr, Manuel Buzón y Rosita del Carril integraron sus elencos. Pasado un tiempo y al quedar como único dueño de la radio, Penelas se la vendió a Jaime Yankelevich en 96.000 pesos. La transferencia fue protocolizada en febrero de 1927. A fines del año siguiente, don Jaime mudó la emisora a un edificio más amplio situado en Estados Unidos 1816 y más tarde a Belgrano 1841. En 1929 la radio cambio sus siglas a LR3 y, luego de una consulta a sus oyentes, el 2 de septiembre de 1933 tomó el nombre de Radio Belgrano.

Carlos Penelas
Buenos Aires, agosto de 2015

viernes, 14 de agosto de 2015

Un poeta y un fotógrafo

Carlos Penelas por Emiliano Penelas


Los poetas y los fotógrafos han sido cómplices, uno de cada lado de la lente ,para lograr maravillosos retratos a lo largo de la historia, es necesaria una simbiosis, un silencio interior, un vínculo tácito entre uno y otro para que la magia de la imagen se devele.


En este caso son padre e hijo quienes se citan y entraman el lenguaje fotográfico, entregarse desde esa confianza que implica dejarse interpelar por el ojo del otro, es en este caso doblemente valioso.Un padre poeta, un hijo fotógrafo, dos miradas que son una sola, la visión de un mundo íntimo, familiar y que a la vez deja una huella para la eternidad.


Texto: Eugenia Limeses

lunes, 10 de agosto de 2015

¿Quién teme a Virginia Woolf?

Hay un error en este mundo
Roberto Juarroz


Esta obra, cuando se estrenó en España en 1966, se anunciaba como “únicamente apta para espectadores de sólida formación”. La obra de Edward Albee se estrenó en plena dictadura franquista. (En cine fue llevada en 1966 por Mike Nichols y protagonizada por Liz Taylor, Richard Burton, Sandy Dennos y George Segal. Inolvidable, desgarradora y trágica).

La creación, de corte naturalista, no pretende una enseñanza moral, trata el problema de la mentira, el derrumbe que se desencadena en un momento de una pareja – también de una sociedad – el significado de los sueños fallidos, el mundo de las derrotas y de la hipocresía. En síntesis: lo que cada uno de nosotros vivimos de manera cotidiana y muchos se engañan, desconocen o prefieren seguir ocultando. Lo importante es el poder, el cuello blanco, la máscara. Disfrazarse de progresista o de plumero. La ofensa, el sarcasmo, la humillación cotidiana.

Es evidente que a Satanás no le conviene que desaparezca Dios. Si la divinidad se esfuma él no tiene sentido, él también desaparece. El poeta ataca la tiranía, no al tirano. El rebelde se levanta contra los excesos del poder. De lo contrario la rebeldía sería, paradójicamente, un homenaje a ese orden injusto. La insumisión, en muchos casos, es una querella íntima de la burguesía. El anarquista reivindica la humanidad en cada uno de los seres, lucha porque se reconozca cada ser como parte constitutiva de la especie. De ahí que su rebelión es un proyecto universal. Muchos no quieren ni se atreven a ser libres, la gran mayoría. De ahí la farsa, la simulación. Un paraíso en el que no se cree, sea éste terrenal o celestial. Imposturas, teatralidad, escenografías frágiles. Pensar y escribir son actos, nunca forman parte de las ceremonias. Uno pone el cuerpo. Por eso miramos la historia como algo grotesco, entre la promiscuidad y la impotencia. Somos fragmentos errantes, desamparados en la sordera del mundo. Todo está ungido por la luz de la esperanza, por un pasatiempo anónimo, perverso.

Lo que es visible se lo ignora. O se lo modifica, no se lo interpreta. Por ignorancia, por imbecilidad, por mala fe. Intereses económicos, industrias.

Nuestros pueblos llevan un chovinismo que nos da escalofrío. Masas de seres ciegos, sordos, necios y patrioteros. Imaginan la bandera como símbolo de una patria o nación, un himno como algo que nos unifica y nos hace sensatos, justos, inmortales. Y un equipo de fútbol donde lo circular rompe categorías, clases sociales, injusticias. El mundo hipócrita continúa con sus bombos y platillos. Estimado lector, no soy un poeta de la devastación. En verdad, debo confesarlo, no sé quienes son mis lectores. Espero que tengan el espíritu abierto y puedan comprender.

Nuestro querido y admirado Sarkozy dijo hace unos años: “No soy un intelectual, soy alguien concreto”. Lo dice sin complejos, sin evocar a Descartes o a Sartre. Despreocupado, enamorado de Carla Bruni, lo veo en una fotografía junto a su amada en Egipto. Sobrevivimos en una sociedad donde se palpa la farandulización, la superficialidad. Todo se ha vuelto digesto, divertido, fugaz, sustituto. Las vacaciones, la telefonía celular, los empleos, la muerte. Todo es light, edulcorado, televisado. Nada es importante, nadie lee, nadie piensa. ¿Dios o Satán? Se degrada el lenguaje, el amor, la comunicación. Todo es telerealidad. Y el que no lo entienda así queda fosilizado. En nuestro país los ejemplos dan terror.

Aquí los políticos, intelectuales, empresarios, sindicalistas, lo hacen de modo exagerado, son obscenos. Nos terminan hastiando. A algunos…a todos no. Nuestra historia es un muestrario fascinante de delirios, marchas, imposturas, secuencias e incoherencias. Por eso me gusta tanto Indiana Jones o la pintura del Renacimiento.

Recuerdo un documental de hace años donde los investigadores de Johns Hopkins -gracias a la ingeniería genética- producen ratones esquizofrénicos. Se trata de ratones a los que se les ha inoculado el gen DISC1, el gen del sufrimiento humano. Por favor, relea el artículo. Comenzando por el final. Gracias. Y no se olvide de votar. Y de creer.

Carlos Penelas
Buenos Aires, agosto de 2015

martes, 4 de agosto de 2015

Ilustraron sus trabajos

Juan Carlos Benítez, Carlos Carmona, Ponciano Cárdenas, Ricardo Carpani, Domingo Gatto, Rafael Gil, María Gnecco, Eugenia Limeses, Elena Lopardo, José Luis Macchione, Antonio Juan Oliva, Pérez Célis, Alfredo Plank, Rubén A. Rey, Juan Manuel Sánchez, Carlos Scannapieco, Demetrio Urruchúa y Abel Bruno Versacci.

Entrevista a Carlos Penelas: “Favaloro pudo cambiar la cardiología del mundo, pero no la sociedad de su tiempo”

En una plomiza tarde invernal que parece sumarse a la evocación, la memoria repara en una de las fechas más tristes del calendario histórico reciente de los argentinos: miércoles 29 de julio, se cumplen 15 años del suicidio del emblemático René Favaloro. Carlos Penelas, poeta y escritor, fue amigo del recordado cardiocirujano, y jefe de prensa de su Fundación. Escribió Diario interior de René Favaloro, editado en 2003 por Sudamericana. Corría el año 1978 cuando publicó Conversaciones con Luis Franco, y semanas más tarde vio por televisión a alguien, aún desconocido, recomendar su lectura, en especial a los jóvenes. Era un cirujano, ‘un tal Favaloro’. Con la alegría de haber sido ponderado por su labor fue al ex Sanatorio Guemes, con la finalidad de hacerle llegar su libro -dedicatoria incluida- a quien lo elogiara. Fue recibido por una secretaria, quien meses después lo llamó para hacerle saber que era invitado por el médico a que tuvieran una charla. Concurrió con gusto. Fue la primea. Aún no sabía que sería su colaborador y que los uniría una relación personal de veintidós años. Cuatro años de sincera y profunda amistad e infinidad de horas compartidas, en las que descubrirían semejanzas de espíritu y común admiración por la letra y autores, decidieron que fuera convocado a sumarse al proyecto de la Fundación. “Creo que me semblanteaba, durante nuestras charlas” -admite-.


p: ¿Cómo fue ese primer encuentro? 
 CP: La primera entrevista fue amigable. Hablamos de cuestiones sociales, familiares, históricas, de literatura. Luego, siempre nos llamábamos para tener un encuentro y le proponía presentarlo a varios escritores, Luis Franco, Juan José Sebreli, Carlos Alberto Brocato, ente otros. Así fue conociendo a algunos de ellos.

p: ¿Por qué aceptó trabajar con él? ¿Qué lo decidió? 
 CP: Un día quiso saber mi opinión al respecto del proyecto, de su obra, que aún funcionaba dentro del ex Guemes, pero ya tenía el primer edificio de ‘Investigaciones básicas’ sobre la calle Solís. Me pidió que fuera a verlo. Era un lugar casi vacío. Allí había sólo algunos investigadores, y muy poco personal administrativo. Un médico atendía las ‘Relaciones Públicas’. Le hice ver que sería un área muy necesaria, y profesional. Yo ocupaba ese cargo en una empresa alemana, muy importante en Latinoamérica, con sede en Buenos Aires. Le ofrecí ayudarlo a conformar ese departamento, junto con el de ‘Prensa’. Tiempo después, fui llamado para empezar. Debí renunciar a mi ocupación. Como no había una oficina para que desarrollara mi tarea, Favaloro me dio la llave de su despacho y me dijo que lo utilizara.

p: En la antesala de la oficina del doctor Favaloro había una frase que decía: “He vivido siempre entre la agonía y el deber”. Ya en su despacho, una placa de bronce, en medio de otras tantas, firmada por el prestigioso doctor Dwight Harken, pionero en cirugía cardiovascular en la que se podía leer: “El amor y patriotismo a su tierra hizo que Norteamérica perdiera a uno de los mejores cirujanos del mundo”. ¿Quién era Favaloro? ¿Un idealista, un soñador, o un patriota sin límites que no fue entendido por su tiempo? 
CP: Creo que era todo eso junto. Recuerdo que cuando editamos una revista especial sobre el Instituto de Cardiología me dijo: “Deseo en la tapa, como ilustración, al Quijote”. La idea fue de él, mucha gente la creía mía. Tenía un perfil de soñador, de idealista, de hecho lo era. En algunos intercambios que teníamos yo le decía: “Doctor, usted parece el poeta y yo el médico”. Era más pragmático que él.

p: ¿Habrá sido usted su contrapunto dialéctico? 
CP: Yo sabía que lo conversado entre nosotros era único. No lo hablaba con nadie. Así, llegábamos también a las discusiones. Nos enojábamos los dos, y a veces nos duraba una semana. Una vez, pasado un mal momento me llamó y me dijo: “Carlos, basta, debemos trabajar” -sonríe, evoca- Tenía un fuerte sentido de Patria como yo no tengo, por provenir de una familia gallega, republicana. Un ejemplo: Cuando se inauguró el Instituto me pidió que reserváramos el espacio de una pared para que, como lo hacían en la Cleveland Clinic de EE.UU, las familias que hicieran donaciones colocaran una placa con su apellido. Jamás se hizo. Otra anécdota; Se hacían almuerzos en los que participábamos y yo le decía: “Doctor: de acá no va a salir un peso en donaciones. Vienen para conocerlo y decir que almorzaron con usted”. Se enojaba.

p: ¿Cuál era el objetivo final de Favaloro? ¿Proponer un programa sanitario, dar una lección moral, o ambos? 
CP: Siempre entendí que los proyectos de la Fundación eran dos. Crear el instituto más importante de Argentina y Latinoamérica, y que otras instituciones lo tomaran como modelo de ejemplo ético. Favaloro se había formado en La Plata con docentes que tenían una fuerte concepción de ‘República’, con sólido contenido social. Rendían culto a la ética. Siempre estuvimos muy de acuerdo en cuestiones éticas.

p: ¿Él valoraba en usted, su ética? 
CP: Sabía que yo venía del anarquismo. Mi padre nos dijo al morir: “Les dejo una biblioteca y una conducta”. Conservo ambas cosas. Tal vez valoraba el hecho de que nunca me interesó tener nada material. Nunca tuve auto. Si él me decía: “Tenés un buen cargo”, yo le respondía, “Sí, pero quizás mañana lave copas en el bar de la esquina”. Yo no me confundía con el cargo. Y eso que tenía el Legajo Nª 22, de la institución.

p: ¿Qué impidió continuar el proyecto? ¿Fue la lucha con el poder establecido? 
CP: Creo que fueron varias cosas. Un día le dije: “Se equivocó al volver, doctor”. Lo admitió al final, 20 días antes del desenlace. Se arrepentía de no haber reunido dinero y hacer algo privado, para no tener que depender. Una idea imposible, también. Creo que él quería formar una ‘Cleveland Clinic’ en Argentina, con la diferencia de que allá reciben U$ 100 millones por año, en subsidios. Acá era algo impensable. Además, le hacía ver que el personal de la institución tenía una idiosincrasia nuestra, argentina. Un ejemplo: Me indicó que hiciera leer a todos los aspirantes los diez principios que redactó. Sólo quienes firmaran su conformidad estarían en línea y podrían llenar la planilla. Y yo le respondía: “Doctor: no se olvide de la plusvalía”, con lo que le indicaba que la necesidad tiene cara de hereje.

p: ¿Cómo era considerado Favaloro en el murmullo social? 
CP: La gente del pueblo lo adoraba. Recuerdo varias anécdotas de cuando caminábamos juntos por la calle. Se percibía el fuerte fervor que despertaba. Pero en parte del ambiente médico era muy resistido. En ese ámbito en algunas oportunidades era aplaudido, pero se observaba más cortesía que compromiso y consentimiento.

p: El profesor Mainetti, formador de Favaloro, definió a su discípulo con una frase que aún hoy perdura: “Favaloro fue un hombre público envidiado por los poderosos, alabado por los humildes, que no pudo ser capitalizado por la política”. ¿Comparte usted esa definición? 
CP: A varios políticos, muchos empresarios, y algunos periodistas les costaba entender a Favaloro. La gran mayoría de ellos querían tener una foto con el doctor. Yo nunca tuve una de él en mi despacho.

p: ¿Cuál era la utopía más importante de Don René? 
CP: La docencia y el ejemplo, la educación. Lo preocupaba la estupidez cotidiana. Cuando se decidió a escribir ‘Don Pedro y la educación’, juntos cotejábamos libros y programas de estudio. Se alarmaba por la decadencia. Yo le decía: “Cambió el mundo. La mente del joven es otra”. En la Fundación sólo dos personas no tenían celular: él y yo. A pesar de eso, armé cuatro congresos internacionales. Otro dato: hicimos un programa con verdaderos referentes culturales. Pudimos editar dos o tres libros, nada más. Uno sobre el aspecto literario junto con la medicina. Cada uno de los convocados explicaba cómo veía el mundo actual a través de la literatura, el arte, la ciencia. No se vendían ejemplares. Había que aceptarlo, el sistema es así. Es obvio que debiera cambiar, pero no lo puede hacer sólo un hombre. Siempre dije que él “Pudo cambiar la cardiología del mundo, pero no la sociedad de su tiempo”. Es una crisis moral, en la que hay un mucho de hipocresía y corrupción.

p: Usted sostiene en Diario interior…, que ‘La vida del doctor Favaloro no es una vida, es más, un destino’. ¿Su vida con él, también lo fue? 
CP: Sin duda, ‘a mí me cambió la vida’. Veintidós años juntos no es poco.

p: Una frase de Goethe que usted citó: “Dos viajeros que parten de puntos alejados, se encaminan a igual destino y se encuentran a media jornada, suelen acompañarse mejor que si hubieran comenzado juntos el viaje”. ¿Favaloro era uno de ellos y usted el otro? 
CP: Lo interesante era ser complementarios. Teníamos en parte, mundos distintos. Yo viajaba en colectivo. Procedíamos de formaciones distintas, con otro estudio, otro tiempo, otra edad. Le trataba de transmitir lo que veía en mis hijos, como un fiel registro de las nuevas generaciones.

p: Usted sostuvo que Favaloro era un arquetipo difícil de reemplazar. ¿Qué piensa sobre el Dr. Albino? 
CP: Es uno de mis grandes referentes. Le cuento: hice todas las gestiones ante la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires para que se impusiera el nombre del doctor Esteban Laureano Maradona a una plaza que está sobre la avenida Córdoba al 5000. Se hizo, pero aún falta la placa, se olvidaron de ella. El país es así. Cuando dije que era un arquetipo difícil de reemplazar es porque ¿Cuántos años, décadas cuesta que aparezca un Borges, un Lugones, un Castagnino, un Fangio, un Favaloro? En relación al doctor Albino, es un hombre ejemplar. Mi señora suele decir: “Es otro Favaloro”. Es admirable. Creo que es un soñador con los pies más sobre la tierra, con más visión. Todo creador es un soñador, pero el más práctico cierra el ciclo.

p: Resulta fácil parangonar a Albino con Favaloro porque tienen un mismo enfoque: medicina social, cuidar la salud de las criaturas, y la mirada sobre Latinoamérica, ¿verdad?
CP: Ambos tienen mucho en común, como lo tenía también el doctor Maradona, en otros aspectos. Al escuchar a Albino se desprende su calidad humana.

p: Don René decía: “En el filo de la muerte no recordaremos nada material. Lo único que cuenta al final es la mujer amada, al amigo, la naturaleza…” ¿Usted era ese amigo? ¿Hablaba de usted? 
CP: No sé. No podría decirlo.

p: ¿Al citar esa misma frase, usted podría decir que ese amigo era él? 
CP: ‘Yo lo voy a recordar toda la vida’. Yo no tengo fechas, pero lo recuerdo indefectiblemente el 29. Será así porque estuve en su casa cuando me avisaron de su suicidio, y a las 20 horas tuve que dar una conferencia e informar a todos los medios del mundo. Es un día imborrable en mi vida. Me llamaban de varios países. Dos meses después hice pública la renuncia a mi cargo en la institución. Sin él no deseaba continuar.

p: ¿Cuál fue el mejor proyecto que logró armar desde su función? 
CP: Yo participé de todo el proyecto de la Fundación. Le voy a dar un ejemplo. En los países de Europa hay un Coordinador de trasplantes de pacientes. Acá éramos los únicos en la tarea. Fueron exitosos los resultados. Pero el mejor desarrollo fue una transmisión para la televisión alemana de cinco intervenciones en serie, realizadas por distintos cirujanos del Staff de la Fundación. Luego de terminada la primera, quince minutos después empezaba la siguiente y así sucesivamente. Arrojó un resultado de 3 millones de televisores encendidos en la madrugada europea. La repercusión fue increíble. Nunca hubo otra experiencia similar en todo el mundo.

p: Se percibe que René tenía al ‘deber y humanismo’, como rasgos salientes. ¿Usted también los tenía? 
CP: Favaloro tenía un proyecto de medicina para todo el país que a mí me enloquecía. Me parecía brillante, único. Ya los últimos años no se podía pensar en eso. Después del ’97 se pudieron hacer muy pocas cosas.

p: Favaloro, idealista o muy inteligente dejó una marca histórica, un mensaje, un legado, como los grandes revolucionarios de la historia. Su suicidio fue emblemático. Una denuncia. ¿Fue exitoso por lograr conformar su obra? ¿Fracasó por no poder continuar? ¿En el balance, qué parte pesa más? 
CP: Tuvo éxito en la cardiología mundial. Hubo un antes y un después de él. Si se contemplan los proyectos que quedaron en el camino, le faltaba concretar sus sueños. Un dato alcanza. Favaloro intentó volver tres veces al país y no tenía inserción. Era negado. Además creía que parte del pago de impuestos de las grandes empresas podía destinarse a la salud y a su obra, como era el régimen de EE.UU. Acá resultaba imposible. En nuestra cultura se puede financiar a un futbolista, no un proyecto de salud. Se equivocó. No reparó en la idiosincrasia.

p: En su libro hay una cita de Sigmund Freud: ‘La sociedad reposa sobre un crimen cometido en común’. ¿Qué o quién mató a Favaloro? ¿La envidia de parte del mundo médico? ¿La corrupción de un sector del sistema? ¿La indiferencia de un Estado ausente? ¿Un gobierno en crisis? ¿Sus detractores? ¿Todos juntos?
CP: Todo eso junto. Y tal vez, también, un proyecto desmedido de él. No entendió el país. Él llevaba programas sanitarios a varios presidentes y siempre quedaban archivados.

p: ¿Qué es lo que más extraña de él? 
CP: Me cambió la vida. Yo le llevaba los boletines de mis chicos. Tengo fotos con él y mis hijos. Libros regalados por él. Uno que retiró de su biblioteca y me dedicó. Es ‘La creación del mundo moral’, de Agustín García. Tanto en común. Luchábamos por las utopías.

p: Usted cuenta que Favaloro se refugiaba en la naturaleza. ¿Dónde lo hace usted, en la letra? 
CP: Si, claro. Él también lo hacía en las lecturas, en nuestras charlas.

p: Resulta fácil deducir que a través de vuestras charlas, él podía reconciliar el espíritu. ¿Era así? 
CP: Hablábamos de revolución, de socialismo, de lo social, de la dignidad del hombre, de la República, de nuestros mayores, de fútbol, de mujeres. Recordábamos a Carrillo, a Oñativia, a Maradona, a Mazza. Recorríamos las desventuras de varios de los vanguardistas. Sus utopías.

Ante sus respuestas, se puede inferir que esos diálogos los llevaban a intentar una existencia posible entre lo inalcanzable y lo mundano, lo sagrado de encomiable objetivos que convivían con realidades profanas, mezquinas. Capaz de una mirada profunda sobre lo incompleto de los ambientes prosaicos, Penelas observaba el mundo de intereses que se suele resistir a las grandes metas del espíritu. Era interlocutor del Quijote, su intérprete, su exégeta. Asistir a René a dializar las impurezas propias de un economicismo que se abre paso a codazos, con el que se topaba, era entender su meta: evangelizar en pos de una medicina social. Las catarsis, las charlas reconciliaban el espíritu y devolvían el sentido a luchar contra la adversidad. Su colaboración sólo se medía en compromiso, en fidelidad.

p: ¿Qué es lo más difícil de aceptar, su muerte o su paso a la inmortalidad? 
CP: Ambas van de la mano. Hay un proyecto de país que soñó que no existe. Dejó obras inconclusas. En el último tiempo le decía: “El proyecto se está terminando”. Prefería hablarle con crudeza y no engañarlo.

p: ¿No le resultaba difícil luchar con el Quijote
CP: Claro que era difícil. A veces golpeaba la mesa. Se enfurecía.

p: Favaloro cerró una conferencia sobre Artigas, en Uruguay, con una letra de Zitarrosa: ‘Quisiera decir que tengo alegría en lo que doy, pero con mi canto voy más triste de lo que vengo’. ¿Qué piensa de eso? 
CP: Escuchábamos juntos a Zitarrosa, nos gustaba a ambos. Lo admirábamos. Extraño nuestras charlas, como las que tuve con Borges, Sábato, Luis Franco, Ricardo Molinari. Cada vez converso con menos gente.

p: Usted fue muy valiente al admitir en su libro que soñaba frecuentemente con su padre y con Favaloro. ¿Lo sigue soñando? 
CP: Sí. Sobre todo, en estos días. Para estas fechas más aún.

Responde a la última pregunta lentamente, con contadas palabras y una mirada casi ausente. Quizás, atravesado por el recuerdo de una época maravillosa. El brillo de sus ojos lo revela. Llena la descripción de Machado en Cantares: ‘caminante no hay camino, se hace camino al andar… golpe a golpe, verso a verso’. Un conjuro mágico permitió escuchar las confesiones del hombre, del amigo. Aquel tiempo en que el escritor eximió a la pluma,… ‘el poeta era sólo un peregrino’. Recorre en silencio el laberinto de una intimidad que siempre conservará. La entrevista concede un clima de evocación que devuelve con un relato sensible, único. Refleja pasajes intimistas de un hombre de los más respetados y queridos de Argentina y del mundo, ‘emblema de humanismo y honestidad’. Acaso, el Quijote. Cae la tarde. En su transcurso, permitió contar una historia de amistad entre un médico rural y un escritor. Ya próximo al descanso, acostumbrado al ambiente de hadas y druidas, sabe que es probable que lo vuelva a soñar. Tal vez, luego de una charla sobre poesía y literatura, en la que también comulguen espíritu, ideales, luchas, utopías, y compartan alegrías y desahogos, René Favaloro le repita: “Carlos, vamos, tenemos que trabajar”, y Penelas no dude en aceptar. Al despertar, sonreirá por la ensoñación. Pluma en mano, volverá el poeta a sublimar, con ‘las mismas letras que un día dieron refugio al gigante y fuerzas para luchar’.–

Guillermo Daniel Balbi / Periodista
https://guillermobalbi.wordpress.com/2015/08/02/rene-favaloro-y-los-molinos-de-viento/ 

* Nota de autor: Agradezco al señor Carlos Penelas la gentileza de haber aceptado esta entrevista y la cordialidad y generosidad expuestas en la colaboración de su desarrollo. GDB-

Taller literario