miércoles, 28 de abril de 2010

Antología poética de Carlos Penelas

Con motivo de cumplirse cuarenta años de la publicación de Poemas del amor sin muros, su primer poemario, la editorial Dunken tiene en proceso de edición Antología personal de Carlos Penelas.

El autor, que viene trabajando en ella desde hace tres años, ha seleccionado para esta próxima entrega parte de su obra (1970-2010) incluyendo plaquettes y poemas inéditos. Llevará prólogo del poeta y un listado de obras publicadas, tanto en verso como en prosa.

Además, celebramos las primeras diez mil visitas de www.carlospenelas.com

martes, 27 de abril de 2010

Don Peppone

Peligrosos son los grandes hombres
de los que uno no se puede reír.
Giovanni Guareschi

Hay cosas que me irritan. La imbecilidad es una de ellas. Y la necedad. También la victimización de la mujer. Y la banalidad. El dogmatismo. Basta. Uno explica, habla, da detalles, da ejemplos, da bibliografía, hace resúmenes, hace analogías, intenta vivir de la manera más clara, expresarse y comprometerse día a día. Y es en vano. El otro no entiende. Y además, se empecina en no entender. Y le pide cuentas, le exige cuentas. Parecería que le da cierto placer no entender. Y felicidad decirle al otro lo que debe o debería hacer. Cuando él no repara que es lelo, que es memo, incapacitado de pensar con un mínimo de lucidez. Uno, cansado hasta el hartazgo, toma fuerzas y vuelve a desarrollar todo como la primera vez. Entonces, neuróticamente, pone sobre el escritorio anécdotas de cine, de partidos de fútbol, de música clásica, de un boxeador, de un poema, de un cuento clásico del siglo XIX, de una ópera que descubrió en su juventud, del amor intenso con una mujer casada, en fin… y el otro sigue sin entender. Y uno no sabe si no entiende porque la cabeza no le da (no puede ser, se dice, no puede ser) o porque la obsecuencia, la tara psicológica o ideológica le produce una necedad que le impide comprender, sentir lo que está allí arriba. Ver lo visible, tocar lo inmediato. Uno explica, por ejemplo, que todos los grandes poetas de la humanidad eran hombres cultos, estudiosos, trabajadores. Y el otro le pregunta por la musa inspiradora o por un poema de una novia que lo emocionó hasta las lágrimas. Uno le habla de fuentes, evoca escuelas: el clasismo, lo neoclásico, el barroquismo, el romanticismo, el naturalismo, el modernismo… y el otro le sale diciendo que de niño escribía como Sarmiento, que no corregía y que en su pueblo gano un premio floral a los quince años. Y que la maestra de quinto le entregó una medalla. La maestra, la esposa del juez de paz del pueblo. Uno dice que es fundamental leer la historia de los antipapas, analizarla, estudiarla. Y no sabe; el otro, no sabe de qué le habla. Uno le dice que desde hace siglos está la pedofilia instalada en el corazón de la Iglesia, que hay documentación, libros, cartas, grabados donde se explica la relación de poder entre el Estado del Vaticano y las empresas, el nazismo, Pío XII, la Inquisición, Juana de Arco, los crímenes, la Fiat, los Borgia, la mafia siciliana, la CIA, los prostíbulos, la educación, las cárceles. Finalizan nombrando a la Madre Teresa de Calcuta. Esta bien, lector, esta bien. No se puede, se llega hasta donde uno tiene capacidad. Lo contrario es suicidar al otro. Mi padre me decía de niño que no hay peor persona que la que no quiere ver. (Y dale con tu padre).

Están aquellos que no distinguen, que son cieguitos. Piensan que los anarquistas al criticar un sistema – capitalista o supuestamente socialista – no se quieren comprometer, que son fiscales celestiales. Otra vez, otra vez; vuelan bajo. No entienden que cualquier anarquista se juega entero. Siempre. Un anarquista de verdad -no los que pisan alfombras rojas o no cuestionan por igual al imperialismo yanqui, al populismo, al estalinismo o al castrismo- se plantea el ideal antes que nada, la mirada ética antes que nada, la libertad individual antes que nada. Así les va. No quieren ser directores de bancos cooperativos ni tener monumentos ni calles ni ser recordados en los aniversarios ni que se publiquen sus palabras. Nada. En una época hasta la jubilación rechazaban. No querían ser propietarios ni de una pieza en el fondo de un barrio orillero. Otros tiempos, compañero, otros seres.

Recuerdo cuando mi padre me llevó al cine a ver Don Camilo. Yo tenía unos siete u ocho años. La protagonizaba Fernandel y Gino Cervi. La obra, que leí en mi adolescencia, es del escritor y periodista Giovanni Guareschi (1908-1968). Hombre de humor, católico, supo comprometerse con su tiempo. Fue antifascista, denunció sistemáticamente a los militantes comunistas a los que definía como trinarigudos (la tercera nariz servía para que saliese por allí su cerebro y entrasen las directivas del Partido en su lugar), denunció a la Democracia Cristiana, sufrió la cárcel con una dignidad que merece ser recordada. Con los años advertí que esta pequeña obra crea dos personajes que se complementan. De manera satírica, ambos llevan ternura, comicidad. Pero en la vida real, es decir fuera del acto literario, esto es más complejo, más cruel. Hay muerte, campos de concentración, negocios infames, persecuciones, corrupción, la ingenuidad de Don Camillo y la de Don Peppone tienen lo que no vemos. Nos es difícil volver a leer el libro, nos es difícil ver otra vez el film. Pero debemos hacerlo. Es la parte lúdica, la reflexión afable y sarcástica, el humor italiano habitando felicidad. Nos hace sonreír y pensar que el mundo puede ser mejor de lo que verdaderamente es. Como cuando uno escribe un poema. ¿Entendió o necesita una explicación? Hasta la próxima, caro lector. Lo necesito, de verdad. Aunque sea duro de mollera, lo necesito.

Carlos Penelas
Buenos Aires, abril de 2010

miércoles, 14 de abril de 2010

Statu quo, almas en pena y revolución

No hay nada que hacerle, estimado lector, no hay nada que hacerle. Esto fue así, será así y no tiene redención. Eso sostenía mi padre: El hombre no tiene redención, hijo. Deberás acostumbrarte a vivir así. Que horror, treinta, cuarenta años después, repito lo que sostenía mi padre. Durante décadas se habló sin cesar de los crímenes de Stalin, de sus purgas, de las deformaciones históricas. La intelectualidad –casi masivamente, casi sin excepción– apoyaba esa “revolución socialista” “modelo de bienestar y de futuro para el hombre nuevo”. Y las masas oraban. Y todos decían amén con libreto en la mano. Se hablaban pestes de Catalina y de Alejandro. “Estar contra la URSS es estar contra el progreso, es hacerle el juego al imperialismo, es ser parte de la burguesía, es ser un idiota útil, es defender al fascismo, es no ver el modelo, es ser contrarrevolucionario…” ¡Ah, jóvenes imberbes, soñadores de la comida chatarra y de los video-games! Eso se decía, eso se afirmaba. Burócratas, poetas, pensadores, hombres de bien, glorificaban, pontificaban los designios del padrecito. Profesionales, obreros, empleados, huestes enteras. Compañeros de ruta y de los otros. Se leía Novedades de la Unión Soviética. Una revista como Life, pero peor. Quisiera hablar con ellos, verles las caras. Es verdad que no es difícil; ahora muchos son banqueros, perdón, accionistas de bancos cooperativos, por la gracia de Lenin y de Marx. Quisiera preguntarles con fotografías en la mano, con documentación, qué piensan de lo que hicieron, de lo que dijeron, de lo que silenciaron. Podemos agregar, en cada uno de los casilleros al Caudillo de España, el generalísimo Francisco Franco, por la gracia de Dios. Y podemos recordar a Benito Mussolini, votado y amado por millones de italianos y no italianos, es decir, un hombre popular. (El pueblo nunca se equivoca, confundido lector). Podemos sumar, sin equivocarnos, caudillos latinoamericanos, gobiernos populistas, incluido –naturalmente– el de nuestro líder confesional; me refiero al general don Juan Domingo Perón. Y así va el mundo, las utopías, los movimientos de liberación, los frentes y los contrafrentes. Que Wagner sí, que Wagner no, que Hitler, que Maradona, que tu hermana, que mi tía. Que para un peronista no hay nada mejor que otro peronista. O al revés, sé igual. Cosas similares ocurren en nuestros días. Una borrachera ideológica de puta madre, decía mi primo Manolo. Y no conocía el alcohol.

Hablando de borracheras. Un querido amigo, que acaba de cumplir sus primeros ochenta años, un hombre de convicciones, honesto, muy vinculado siempre a la izquierda argentina, es decir, alguien que navegó entre el partido comunista y la ortodoxia partidaria, alguien que levantó banderas latinoamericanas y figuras míticas. Alguien, por último, que tiene seres desaparecidos, que se jugó el pellejo en más de una oportunidad, me dijo días pasados en un café porteño: “Penelas, se terminó Cuba. Una revolución fracasada. Listo, se terminó. No va más. Lo digo con dolor, lo charlamos muchas veces. Es así”. Luego continuamos conversando de Luis Franco, de Cabrera Infante, de Santiago Carrillo... Es curioso, en abril de 2010 recién advierte que eso no fue una revolución socialista. Desde luego, mencionamos a los gringos, al imperialismo, la CIA y lo que cada uno de nosotros sabe y lleva en la sangre desde hace décadas. Le conté, cuando estuve en 1990, cómo lloré en la Plaza de la Revolución por ese fracaso terrible, cómo sufrí al ver a las jineteras como en los años cincuenta. Cuántos sueños, cuánta sangre, cuanto dolor, cuantas persecuciones sin sentido, cuánto sacrificio, cuánta cárcel. Pero antes lo advirtieron los viejos anarcos cuando viajaron para ver de cerca los primeros pasos. Recuerdo que me señalaban las virtudes de Camilo Cienfuegos y el horror que se venía. Estos libertarios estuvieron en 1961. De esto escuché hablar, por primera vez, en 1968, con el Mayo Francés.

Esta sociedad no tiene perdón ni redención. Hipócritas, granujas, sinvergüenzas. Podemos sentir, sin inconvenientes, la anemia conceptual. Lo bizarro, el barniz cultural. Devotos comensales con un certificado de defunción en la pelvis. Un repertorio continuado de ineficiencia, corrupción y grosería. Desde el Papa hasta el último ratero. Si se juntan los millones de seres que habitan este territorio no hacen un Sarmiento. No hacen un solo individuo que valga si se juntan todos ante un León Felipe. Es tan burdo, tan evidente esta rejilla sin fondo, tan brumoso e insondable este oscuro sentir de millones de miserables que hablan por telefonía celular y creen ser licenciados en algo o jóvenes con el porvenir en la punta de los dedos. No ven el caos del planeta; el hambre o la humillación en África, en Asia o en nuestra América. Hoy se sigue votando y empuercando calles, muros, monumentos. Aparece una lista de fabuladores, de alegatos inflados, de revolucionarios cómplices, de miradas pactadas, de pedófilos con sotana. Curiosidad turística, frivolidad. Están a nuestro alrededor: en plazas, cárceles, shopping, universidades, countries. Recomiendo que releamos La Virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo. Menos mal que en breve se viene el Mundial de Fúlbo.

Carlos Penelas
Buenos Aires, abril de 2010

miércoles, 7 de abril de 2010

Condones sin usar

Téngame paciencia. Lo vengo advirtiendo desde hace décadas. Llegó la hora de desconfiar del hombre que se lustra los zapatos antes de ir al Parlamento o a la Casa de Gobierno o a Tribunales. Desconfiar de la señora que va a la peluquería, a la iglesia o al camposanto. Desconfiar de los ministros, de los diputados, de los senadores. Y del presidente del consorcio, además. Y del Santo Padre o Padre Santo. Del Jefe de Policía. (En los años dorados del general, mi suegro, obrero gráfico –anarquista– estuvo preso por “desacato al presidente”). Desconfiar del secretario que es oficialista y ahora tiene dos automóviles, un country, dos casas, un avión y una avioneta, tres amantes y dos sobrinos. Que se separó de su mujer que tiene un velero, un yate y un ovejero alemán a su nombre. Desconfiar de los comentaristas de fútbol, saber cómo pudieron comprarse esos relojes o esos habanos. ¡Ah, los habanos del señor comentarista! Desconfiar de aquellos que no vieron Buenas noches, buenas suerte de George Clooney, desconfiar de los que la vieron.

Desconfiar de los ex. De los ex guerrilleros, de los ex obispos, de los ex amantes, de los ex gobernadores. De los ex militantes que decían carajo y de los ex militantes que decían patria si, colonia no. De los leones herbívoros y de los otros. De los populistas de derecha y de los populistas de izquierda. De los que dicen que “el tránsito es anárquico” y no dicen que “el tránsito es liberal o neo liberal o conservador o marxista-leninista”. Desconfiar de todos los bombos, de todos los manifestantes que hablan de revolución. De academias, de los médicos que se vinculan con laboratorios, de los científicos que investigan en centros privados, de los privados que educan a hijos libertinos, de los que niegan las dictaduras, las torturas, los crímenes, los robos de niños, los fusilamientos, las vejaciones. De los que vieron y callaron, de los que se hicieron los distraídos, de los distraídos, de los muditos, de los cieguitos. De los que recién ahora levantan estandartes y lloran. De los que no se lamentan. De los pederastas de la Santísima Iglesia del Aborto de los Siete Suspiros y de los militantes de la Patria Socialista Carajo.

Desconfiar de mí, de los abogados, de los jueces, de los medios. De aquellos que los defienden y de aquellos que los atacan. Todo esta embarrado, todo está sucio. Debe desconfiar de la chiquita de la mini falda y del papá de la chiquita. Debe desconfiar de la modelo top y de la mamita de la modelito. De la actriz porno y de la otra, de los intelectuales y de los barrenderos, de los honorables caballeros del club y de las putas del bajo. De las putas finas y de las otras. Es trágico, pero debe desconfiar de hombres y mujeres que fueron honestos y dieron la vida por una idea y que ahora fueron comprados en nombre de la dignidad, de aquello que no se negocia. Debe desconfiar de los muchachos que con buenas intenciones mezclan todo en una suerte de borrachera ideológica. Confunden a Manuel Dorrego con Chávez, a Mariano Moreno con Evo Morales, a Sara Montiel con la tía del travesti de la esquina.

Todo se ha mezclado: populistas y liberales, estalinistas y pedófilos, víctimas y verdugos. Todos viven juntos en el mismo country. Hay un banquero que es comunista y un comunista que se hizo empresario. Forman parte de este caldero que se revuelve, donde vemos fusiles, proclamas, cheques, plata en negro, firmas de laboratorios, zapallos, merluza congelada, contratos petroleros, gobernadores impunes e impresentables, ex presidiarios, ex liberadores, alcahuetes de los servicios, ex guerrilleros latinoamericanos. Y más y más. De los camaristas y de los ex camaristas, de la comedia gringa y de la tragedia, del hambre y de la comercialización del hambre, de los sindicalistas y de los empresarios, de la contraofensiva nacional y popular y de los verdugos del ejército sanmartiniano, de las honras fúnebres y de las otras, de cada sinsentido y acto hipócrita hasta los juicios por corrupción. En fin, que damas y caballeros de la corte, hombres de buenas costumbres, profesionales correctos, usureros desvergonzados y burocratras insoportables, lavadores de dinero dentro de la ley, sinvergüenzas sin tacha ni sueños, botineras, genocidas patriotas, esta suerte de Armada Brancaleone, digo, se roba los condones sin usar de la mesita de luz del adolescente. Y le deja un porro, un poco de paco, algo de fanatismo futbolero, algo de barra brava y de mediocridad, una lata de cerveza, una cartita de la comedia sangrienta para que la interprete. Otro susurro obsceno de héroes, de mártires, de antesalas, de revoluciones carajo. De bombos para el lumpen de la plaza, de los dueños de media Patagonia y los mitos de la patria liberada. Desconfíe, lector, desconfíe. Y recuerde, además, la frase que Thomas Jefferson escribió a John Adams: "…Creo sinceramente, como usted, que los establecimientos bancarios son más peligrosos que los ejércitos tradicionales…"

Carlos Penelas
Buenos Aires, abril de 2010

lunes, 5 de abril de 2010

Simón Radowitzky: un mito anarquista

Fue el vindicador anarquista de la sangre obrera derramada por Ramón Falcón durante la Semana Roja. Pasó dos décadas preso en el infierno del Penal de Ushuaia, la Siberia argentina. Uruguay, España y México fueron sus destinos en los años de libertad de un luchador que jamás renunció a sus ideas. Opinan en Revista Sudestada de abril Alejandro Marti, Carlos Penelas y Roberto Fernández.


1. No hay caso. A la nostalgia no hay con qué darle. Eso que intenta olvidar desde el primer día, desde el primer amanecer que presenció con los ojos húmedos en el puerto de Veracruz. Pero no hay caso. Cada mañana desde su llegada a México extraña el sabor despabilante de un mate caliente. Cuando camina rumbo a la fábrica. Cuando escucha las discusiones de los compañeros. Cuando vuelve a casa. Cuando la noche aparece y con ella los dolores en las piernas, la tos con sangre, los calambres en el cuerpo gastado. Contra la nostalgia no hay receta, lo sabe Raúl Gómez Saavedra. Ni siquiera ese nombre, esa identidad prestada de apuro para conseguir la nacionalidad mexicana, alcanza para dejar atrás el rigor de la memoria. No. Raúl Gómez Saavedra pierde cada mañana el duelo contra sus recuerdos. Y allí, en la soledad de su pieza pequeña, vuelve a saberse Simón Radowitzky. No el joven aquel, protagonista del atentado más notorio del siglo en un lejano país llamado Argentina. No el curtido presidiario nº 155 que aprendió en Ushuaia que hay algo peor que la muerte. No el soñador intransigente que nunca aprendió que escapar de allí era imposible, que nunca supo contener la furia de la esperanza cuando le quemaba las entrañas. No el hombre que imaginó mil veces su vida fuera de aquellos muros lúgubres. No. Ahora es un viejo cansado, aquejado por mil dolencias, que negocia con su artritis para trabajar como puede en una fábrica de juguetes, que regresa cada tarde a su piecita, una construcción improvisada en la terraza de una casa ajena.

Quince años en México y ni un solo día pudo derrotar a la nostalgia. Ese amanecer rojizo, la ventana abierta, la melodía del mar dándose la cabeza contra los acantilados, el murmullo de los compañeros, el olor a tinta de la prensa libertaria en el mimeógrafo, todo conspira contra Raúl Gómez Saavedra. Todo despierta del letargo a Simón Radowitzky, al silencioso camarada, al viejo respetado y escuchado por los jóvenes, al vindicador de la sangre obrera...

Walter Marini y Hugo Montero
(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº87 - Abril 2010)

viernes, 2 de abril de 2010

"Viajero con una soledad" en "El arca digital"


La belleza de la palabra puesta al servicio de la inteligencia, es la primera reflexión que sugiere una también primera lectura de esta serie de notas-poemas que sostienen la utopía de un corazón libertario. Se podría decir que este Viajero con una soledad es un poemario de amor, pero ¿de amor a una mujer? Tal vez sí, es probable, pero lo que subyace en la profundidad del discurso poético de Carlos Penelas es el amor al ser humano, simple y libre, en una celebración permanente del intenso misterio de la vida, con sus altas y sus bajas, con sus esperanzas y sus desesperanzas, con sus milagros y miserabilidades. En estos tiempos en que la poesía suele venir maquillada de fatuidad y que el hombre común ha sido llevado a interesarse más por las banalidades que ve y escucha por los medios de comunicación, se hace necesaria una poesía o prosa poética -lo que vale es el fondo, no la forma o el estilo- que "lo aleje de la maldad y del infortunio". La poesía de Penelas - hijo y nieto de gallegos que han vivido las consecuencias psíquicas, espirituales y morales de situaciones devastadoras en su tierra y lo han soportado todo con estoica dignidad, apoyándose en ideales y creencias positivas- por momentos recuerda el énfasis, la pasión, el ardor de Pablo Neruda. Hay algo que nos hace pensar que ambos son hijos del mismo sueño, pero en los textos de Carlos Penelas también se encuentran vestigios de la cantarina y melodiosa voz de Federico García Lorca. Hay una sensualidad exultante que se advierte más allá de lo que canta. "Así fui buscando la dignidad y el orgullo de los abuelos. Sus voces bendecían mi corazón sin que yo lo supiese. Poco a poco las voces son más diáfanas, más nítidas. Me cantan al oído rebosantes, me descubren manos, nobles y callosas. Soy como un niño cuando vienen a mí (...) En estas voces bebo los efímeros días que marcan los hechizos. ¡Oh, poema y rosa del desorden! ¡Oh, voz vagabunda en el Jardín de Acracia, en la morada del silencio y la palabra!"

Lejos de lo bizarro, de la vulgaridad y la chabacanería, tan comunes en estos tiempos, la poesía de Carlos Penelas, cuya sensibilidad se advierte también en sus propios dibujos - con los que enriquece los textos- se torna necesaria.

Nina Thürler
Revista "El arca digital"

Taller literario