miércoles, 7 de abril de 2010

Condones sin usar

Téngame paciencia. Lo vengo advirtiendo desde hace décadas. Llegó la hora de desconfiar del hombre que se lustra los zapatos antes de ir al Parlamento o a la Casa de Gobierno o a Tribunales. Desconfiar de la señora que va a la peluquería, a la iglesia o al camposanto. Desconfiar de los ministros, de los diputados, de los senadores. Y del presidente del consorcio, además. Y del Santo Padre o Padre Santo. Del Jefe de Policía. (En los años dorados del general, mi suegro, obrero gráfico –anarquista– estuvo preso por “desacato al presidente”). Desconfiar del secretario que es oficialista y ahora tiene dos automóviles, un country, dos casas, un avión y una avioneta, tres amantes y dos sobrinos. Que se separó de su mujer que tiene un velero, un yate y un ovejero alemán a su nombre. Desconfiar de los comentaristas de fútbol, saber cómo pudieron comprarse esos relojes o esos habanos. ¡Ah, los habanos del señor comentarista! Desconfiar de aquellos que no vieron Buenas noches, buenas suerte de George Clooney, desconfiar de los que la vieron.

Desconfiar de los ex. De los ex guerrilleros, de los ex obispos, de los ex amantes, de los ex gobernadores. De los ex militantes que decían carajo y de los ex militantes que decían patria si, colonia no. De los leones herbívoros y de los otros. De los populistas de derecha y de los populistas de izquierda. De los que dicen que “el tránsito es anárquico” y no dicen que “el tránsito es liberal o neo liberal o conservador o marxista-leninista”. Desconfiar de todos los bombos, de todos los manifestantes que hablan de revolución. De academias, de los médicos que se vinculan con laboratorios, de los científicos que investigan en centros privados, de los privados que educan a hijos libertinos, de los que niegan las dictaduras, las torturas, los crímenes, los robos de niños, los fusilamientos, las vejaciones. De los que vieron y callaron, de los que se hicieron los distraídos, de los distraídos, de los muditos, de los cieguitos. De los que recién ahora levantan estandartes y lloran. De los que no se lamentan. De los pederastas de la Santísima Iglesia del Aborto de los Siete Suspiros y de los militantes de la Patria Socialista Carajo.

Desconfiar de mí, de los abogados, de los jueces, de los medios. De aquellos que los defienden y de aquellos que los atacan. Todo esta embarrado, todo está sucio. Debe desconfiar de la chiquita de la mini falda y del papá de la chiquita. Debe desconfiar de la modelo top y de la mamita de la modelito. De la actriz porno y de la otra, de los intelectuales y de los barrenderos, de los honorables caballeros del club y de las putas del bajo. De las putas finas y de las otras. Es trágico, pero debe desconfiar de hombres y mujeres que fueron honestos y dieron la vida por una idea y que ahora fueron comprados en nombre de la dignidad, de aquello que no se negocia. Debe desconfiar de los muchachos que con buenas intenciones mezclan todo en una suerte de borrachera ideológica. Confunden a Manuel Dorrego con Chávez, a Mariano Moreno con Evo Morales, a Sara Montiel con la tía del travesti de la esquina.

Todo se ha mezclado: populistas y liberales, estalinistas y pedófilos, víctimas y verdugos. Todos viven juntos en el mismo country. Hay un banquero que es comunista y un comunista que se hizo empresario. Forman parte de este caldero que se revuelve, donde vemos fusiles, proclamas, cheques, plata en negro, firmas de laboratorios, zapallos, merluza congelada, contratos petroleros, gobernadores impunes e impresentables, ex presidiarios, ex liberadores, alcahuetes de los servicios, ex guerrilleros latinoamericanos. Y más y más. De los camaristas y de los ex camaristas, de la comedia gringa y de la tragedia, del hambre y de la comercialización del hambre, de los sindicalistas y de los empresarios, de la contraofensiva nacional y popular y de los verdugos del ejército sanmartiniano, de las honras fúnebres y de las otras, de cada sinsentido y acto hipócrita hasta los juicios por corrupción. En fin, que damas y caballeros de la corte, hombres de buenas costumbres, profesionales correctos, usureros desvergonzados y burocratras insoportables, lavadores de dinero dentro de la ley, sinvergüenzas sin tacha ni sueños, botineras, genocidas patriotas, esta suerte de Armada Brancaleone, digo, se roba los condones sin usar de la mesita de luz del adolescente. Y le deja un porro, un poco de paco, algo de fanatismo futbolero, algo de barra brava y de mediocridad, una lata de cerveza, una cartita de la comedia sangrienta para que la interprete. Otro susurro obsceno de héroes, de mártires, de antesalas, de revoluciones carajo. De bombos para el lumpen de la plaza, de los dueños de media Patagonia y los mitos de la patria liberada. Desconfíe, lector, desconfíe. Y recuerde, además, la frase que Thomas Jefferson escribió a John Adams: "…Creo sinceramente, como usted, que los establecimientos bancarios son más peligrosos que los ejércitos tradicionales…"

Carlos Penelas
Buenos Aires, abril de 2010

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