martes, 27 de abril de 2010

Don Peppone

Peligrosos son los grandes hombres
de los que uno no se puede reír.
Giovanni Guareschi

Hay cosas que me irritan. La imbecilidad es una de ellas. Y la necedad. También la victimización de la mujer. Y la banalidad. El dogmatismo. Basta. Uno explica, habla, da detalles, da ejemplos, da bibliografía, hace resúmenes, hace analogías, intenta vivir de la manera más clara, expresarse y comprometerse día a día. Y es en vano. El otro no entiende. Y además, se empecina en no entender. Y le pide cuentas, le exige cuentas. Parecería que le da cierto placer no entender. Y felicidad decirle al otro lo que debe o debería hacer. Cuando él no repara que es lelo, que es memo, incapacitado de pensar con un mínimo de lucidez. Uno, cansado hasta el hartazgo, toma fuerzas y vuelve a desarrollar todo como la primera vez. Entonces, neuróticamente, pone sobre el escritorio anécdotas de cine, de partidos de fútbol, de música clásica, de un boxeador, de un poema, de un cuento clásico del siglo XIX, de una ópera que descubrió en su juventud, del amor intenso con una mujer casada, en fin… y el otro sigue sin entender. Y uno no sabe si no entiende porque la cabeza no le da (no puede ser, se dice, no puede ser) o porque la obsecuencia, la tara psicológica o ideológica le produce una necedad que le impide comprender, sentir lo que está allí arriba. Ver lo visible, tocar lo inmediato. Uno explica, por ejemplo, que todos los grandes poetas de la humanidad eran hombres cultos, estudiosos, trabajadores. Y el otro le pregunta por la musa inspiradora o por un poema de una novia que lo emocionó hasta las lágrimas. Uno le habla de fuentes, evoca escuelas: el clasismo, lo neoclásico, el barroquismo, el romanticismo, el naturalismo, el modernismo… y el otro le sale diciendo que de niño escribía como Sarmiento, que no corregía y que en su pueblo gano un premio floral a los quince años. Y que la maestra de quinto le entregó una medalla. La maestra, la esposa del juez de paz del pueblo. Uno dice que es fundamental leer la historia de los antipapas, analizarla, estudiarla. Y no sabe; el otro, no sabe de qué le habla. Uno le dice que desde hace siglos está la pedofilia instalada en el corazón de la Iglesia, que hay documentación, libros, cartas, grabados donde se explica la relación de poder entre el Estado del Vaticano y las empresas, el nazismo, Pío XII, la Inquisición, Juana de Arco, los crímenes, la Fiat, los Borgia, la mafia siciliana, la CIA, los prostíbulos, la educación, las cárceles. Finalizan nombrando a la Madre Teresa de Calcuta. Esta bien, lector, esta bien. No se puede, se llega hasta donde uno tiene capacidad. Lo contrario es suicidar al otro. Mi padre me decía de niño que no hay peor persona que la que no quiere ver. (Y dale con tu padre).

Están aquellos que no distinguen, que son cieguitos. Piensan que los anarquistas al criticar un sistema – capitalista o supuestamente socialista – no se quieren comprometer, que son fiscales celestiales. Otra vez, otra vez; vuelan bajo. No entienden que cualquier anarquista se juega entero. Siempre. Un anarquista de verdad -no los que pisan alfombras rojas o no cuestionan por igual al imperialismo yanqui, al populismo, al estalinismo o al castrismo- se plantea el ideal antes que nada, la mirada ética antes que nada, la libertad individual antes que nada. Así les va. No quieren ser directores de bancos cooperativos ni tener monumentos ni calles ni ser recordados en los aniversarios ni que se publiquen sus palabras. Nada. En una época hasta la jubilación rechazaban. No querían ser propietarios ni de una pieza en el fondo de un barrio orillero. Otros tiempos, compañero, otros seres.

Recuerdo cuando mi padre me llevó al cine a ver Don Camilo. Yo tenía unos siete u ocho años. La protagonizaba Fernandel y Gino Cervi. La obra, que leí en mi adolescencia, es del escritor y periodista Giovanni Guareschi (1908-1968). Hombre de humor, católico, supo comprometerse con su tiempo. Fue antifascista, denunció sistemáticamente a los militantes comunistas a los que definía como trinarigudos (la tercera nariz servía para que saliese por allí su cerebro y entrasen las directivas del Partido en su lugar), denunció a la Democracia Cristiana, sufrió la cárcel con una dignidad que merece ser recordada. Con los años advertí que esta pequeña obra crea dos personajes que se complementan. De manera satírica, ambos llevan ternura, comicidad. Pero en la vida real, es decir fuera del acto literario, esto es más complejo, más cruel. Hay muerte, campos de concentración, negocios infames, persecuciones, corrupción, la ingenuidad de Don Camillo y la de Don Peppone tienen lo que no vemos. Nos es difícil volver a leer el libro, nos es difícil ver otra vez el film. Pero debemos hacerlo. Es la parte lúdica, la reflexión afable y sarcástica, el humor italiano habitando felicidad. Nos hace sonreír y pensar que el mundo puede ser mejor de lo que verdaderamente es. Como cuando uno escribe un poema. ¿Entendió o necesita una explicación? Hasta la próxima, caro lector. Lo necesito, de verdad. Aunque sea duro de mollera, lo necesito.

Carlos Penelas
Buenos Aires, abril de 2010

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