jueves, 18 de febrero de 2021

De la nimiedad y otras fruslerías

"Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar 
y qué puente hay que quemar"
Bertrand Russell


El ser humano parece no querer cambiar o teme enfrentarse a sí mismo. De otro modo: los cambios se realizan con una lentitud que enerva, desmoraliza. Parece ser que desde nuestro pasado - léase Formoso, Esteban VI, Mastro Titta o Pío V - el engaño, lo escandaloso y el fanatismo cubrieron la historia de leyendas, mitos y falsificaciones. En lo religioso, en lo político, en lo social, en lo ideológico. El poder vertical, con sus variantes, tiene su origen en el poder centralizado desde los faraones y más atrás. Luego es fácil, se sigue el mismo modelo con otras banderas. Ejemplos sobran: las quemas de brujas, el estalinismo, el nazismo, los movimientos populistas de izquierda o de derecha. Los que fueron detractores pueden convertirse en todo lo contrario. Y también lo opuesto. Se aplaude y se deja de aplaudir. Todo vale. El olvido y otras patrañas hacen el resto. Lo vemos con estupor, y no tanto, en Argentina.

¿Quién teme a Virgina Woolf?, de Edward Albee, cuando se estrenó en España en 1966, se anunciaba como “únicamente apta para espectadores de sólida formación”. La obra debutó en plena dictadura franquista. (En cine fue llevada en 1966 por Mike Nichols y protagonizada por Liz Taylor, Richard Burton, Sandy Dennos y George Segal. Inolvidable, desgarradora y trágica).

La obra de Albee, de corte naturalista, no pretende una enseñanza moral, trata el problema de la mentira, el derrumbe que se desencadena en un momento de una pareja – también de una sociedad – el significado de los sueños fallidos, el mundo de las derrotas, la impunidad, la hipocresía. En síntesis: lo que cada uno de nosotros vivimos de manera cotidiana y muchos se engañan, desconocen o prefieren seguir ocultando. Lo importante es figurar, el cuello blanco, la máscara. Disfrazarse de progresista o de plumero. La ofensa, el sarcasmo, la humillación cotidiana.

Es evidente que a Satanás no le conviene que desaparezca Dios. Si la divinidad se esfuma él no tiene sentido, él también desaparece. El poeta ataca la tiranía, no al tirano. El rebelde se levanta contra los excesos del poder. De lo contrario la rebeldía sería, paradójicamente, un homenaje a ese orden injusto. La insumisión, en muchos casos, es una querella íntima de la burguesía. El libertario reivindica la humanidad en cada uno de los seres, lucha porque se reconozca cada ser como parte constitutiva de la especie. De ahí que su rebelión es un proyecto universal. Esto, entre otras cosas, nos enseñó Camus. Muchos no quieren ni se atreven a ser libres, la gran mayoría. De ahí la farsa, la simulación. Un paraíso en el que no se cree, sea éste terrenal o celestial. Imposturas, teatralidad, escenografías frágiles. Pensar y escribir son actos, nunca forman parte de las ceremonias. Uno pone el cuerpo. Por eso miramos la historia como algo grotesco, entre la promiscuidad y la impotencia. Somos fragmentos errantes, desamparados en la sordera del mundo. Todo está ungido por la luz de la esperanza, por un pasatiempo anónimo, perverso.

Lo que es visible se lo ignora. O se lo modifica, no se lo interpreta. Por ignorancia, por imbecilidad, por mala fe. Intereses económicos, industrias, falta de formación, banalidad.

Nuestros pueblos llevan un chovinismo que da escalofrío. Masas de seres ciegos, sordos, necios y patrioteros. Imaginan la bandera como símbolo de una patria o nación, un himno como algo que nos unifica y nos hace sensatos, justos, inmortales. Y un equipo de fútbol donde lo circular rompe categorías, clases sociales, injusticias. El mundo hipócrita continúa con bombos, vinchas y platillos. Estimado lector, no soy un poeta de la devastación. En verdad, debo confesarlo, no sé quienes son mis lectores. Espero que tengan el espíritu abierto y puedan comprender.

Nuestro querido y admirado Sarkozy dijo hace años: “No soy un intelectual, soy alguien concreto”. Lo dice sin complejos, sin evocar a Descartes o a Sartre. Despreocupado, enamorado de Carla Bruni, lo veo en una fotografía junto a su amada en Egipto. Sobrevivimos en una sociedad donde se palpa la farándula, los bucaneros, la superficialidad. Todo se ha vuelto digesto, divertido, fugaz, sustituto. Las vacaciones, la telefonía celular, los empleos, la muerte. Todo es light, edulcorado, televisado. Nada es importante, nadie lee, nadie piensa. ¿Dios o Satán? Se degrada el lenguaje, el amor, la comunicación. Todo es telerealidad. Y el que no lo entienda así queda fosilizado. En nuestro país los ejemplos son cotidianos. Prefiero leer a Bocaccio o a Elliot.

Aquí políticos, intelectuales, empresarios, sindicalistas, lo hacen de modo exagerado, son obscenos. Nos terminan hastiando. A algunos…a todos no. Nuestra historia es un muestrario fascinante de delirios, marchas, imposturas, secuencias e incoherencias. Por eso me agrada Indiana Jones o el surrealismo. Como decía un poeta amigo "el realismo del sur".

Recuerdo un documental de hace años donde los investigadores de Johns Hopkins -gracias a la ingeniería genética- producen ratones esquizofrénicos. Se trata de ratones a los que se les ha inoculado el gen DISC1, el gen del sufrimiento humano. Por supuesto, hay otros temas: crímenes, violaciones, la vacuna rusa, las barras bravas, la droga, la impudicia de caballeros con honorabilidad, saqueos a pleno día, el delirio de un mundo con pandemia. Pero hoy me pareció saludable hablar de estas menudencias.

Carlos Penelas
Buenos Aires, febrero de 2021

miércoles, 10 de febrero de 2021

Traducción al latín

El poema "Galicia", de Carlos Penelas, fue traducido al latín en la última edición de la revista digital "Lusitania", dedicada a Portugal y Galicia. Acompañamos el poema con las palabras de Radulfus, responsable de la publicación y traducción.


 

Gallaecia

Amplam et nostalgicam tenere te
desideravi. In timore quaerere quaesivi
illud quod olim meum fuerat.
Saepe, per noctes,
in exstasi ambulans te contemplari possum.
Olfactu mare percipio et lucos
tacitumque muscum qui me commovet
et nebulosam villam domo petrea latentem…
meamque umbram quadam ecclesia volitantem.
Saepe in mea somnia ascendis.
Saepe tua pulchritudo me contristat.
Attamen scio te meam esse, dulcissima,
in aeris relegationisque vigilia.


Galicia

He deseado tenerte espaciosa, nostálgica.
He querido buscar en el temblor
aquello que fue mío.
A veces, por las noches,
al caminar extasiado logro verte.
Logro oler la mar, los bosques,
ese musgo callado que conmueve,
esa aldea de niebla en la casa de piedra.
Y mi sombra flotante en una iglesia.
A veces te me subes a mi sueño.
A veces, tu belleza acongoja.
Pero sé que eres mía, dulcísima,
en el desvelo del aire y del destierro.

Carlos Penelas


Agradezco a este conocido escritor argentino actual su permiso para reproducir aquí este bello poema. Aconsejo vivamente visitar su sitio en la Red. También hallará el lector allí una traducción al gallego. Me permito decir ahora lo que sobre muchos poemas suelo decir, repetidamente y hasta el cansancio: este poema me parece hecho para mí. Si bien mi ascendencia es totalmente italiana, desde que me pagué a mí mismo la deuda de conocer Galicia, en 2018, me concedí una suerte de ciudadanía espiritual gallega y casi no hay semana en que no lea algún pequeño texto en gallego. Y los versos de Penelas me devuelven precisamente a los días que pasé en Santiago de Compostela y a los paseos que hice, desde allí, a otros sitios. Y siempre recuerdo ese musgo tenaz (de esa tenaz humedad invernal), sus montañas, sus laboriosas ciudades, sus camelias y sus varias aguas, sus soportales, sus callejas, sus manjares. Dicen que en otros tiempos los emigrantes gallegos sentían la nostalgia de su amada Galicia. Pues bien, a la inversa, tengo yo hoy, desde estas lejanas pampas, el ansia de ese nostos, soñando siempre con el retorno a esa romana región. Me dice muy bien Penelas, hablándole a la nai terra, que tal belleza “acongoja.” Ante los males, hay que buscar remedios. Y mis humildes remedios están en la memoria, que me permite, a mi modo, volver a dar la vuelta completa a las murallas de Lugo y ver desde lejos la Torre de Hércules. En fin, te dejo de molestar, caro lector, y copio abajo mi intento de traducción al latín; a un latín trabajoso, pero que intenta ser también homenaje a la romanidad de España. [Radulfus]

jueves, 7 de enero de 2021

Preguntas para la amante de una magnolia


¿Acaso fui yo quien sintió

el hálito o el destierro

de una memoria desprendida?

¿Acaso la lluvia percibe la inquietud

de su voz llamándome del lecho?

¿Está en el aire, en su capelina azul,

en su sonrisa? ¿O tal vez la percibo

al evocar la soledad de un bosque

- desprende luz y beatitud -

mientras cerrabas los ojos, buscándome?

¿Es esta la amada espléndida?

Y mi alma suspensa, temblorosa.



Carlos Penelas

Buenos Aires, enero de 2021


Fotografía: Anatole Saderman, 1935

lunes, 28 de diciembre de 2020

De Gatica a Maradona

Son historias del suburbio, susurros cómplices, desguace de una genealogía de aliados y enemigos, de mitos y glorias. Dos nombres que simbolizan el peronismo, los matices del peronismo, fachada y contra frente del peronismo, los gestos de la cultura nacional y popular. Dos ídolos indiscutibles en el deporte, pero aquí hablamos de otro aspecto. En ellos verificamos liderazgo, paladar, diálogos. José María Gatica y Diego Armando Maradona, secuencia previsible, muertes obscenas, lamentables. Uno alcoholizado vendiendo muñequitos de colores del “mono Gatica”, arrollado por las ruedas de un colectivo en Avellaneda; vivía en una villa y a veces dormía en la estación Domínico. Tenía treinta y ocho años. Otro, multimillonario, abandonado en una especie de depósito, sin ventana, sin controles médicos, sin asistencia, agonizando durante horas. Acababa de cumplir sesenta años. El proyecto, parece, no da para más.


“General, dos potencias se saludan”. Luego Ike Williams y el Madison Square Garden. Tres caídas en un round y otra vez Buenos Aires, en el Luna Park, y la lona ante Alfredo Prada. “Si Menem me lleva como vicepresidente, yo voy. Eso es verdad, si me dice que lo acompañe, lo acompaño”. “Ha llegado un momento emocionante de mi vida al poder firmar este contrato que me guía a Telesur, a mis amigos venezolanos, al presidente Maduro y que por sobre todas las cosas me siento muy amigo del comandante Chávez". Esto, entre otras cosas, decía Maradona. “Para hablar con Gatica se solicita audiencia”. Eso decía José María Gatica. Cuando murió Gatica la gente lo acompañó hasta el cementerio entonando la marcha peronista. Cuando muere Maradona el caos, la violencia y las barras invaden Casa de Gobierno. Dos épocas, dos estilos, un mismo universo.

Propongo una serie de planteos para no caer en el discurso canónico, inmovilizador. Palabras o frases que son recogidas y corroboran el discurso del poder, de la demagogia, de la beatificación. Nombres que representan una parábola donde se repite una misma proyección, un territorio ilusorio. Eso se da en una sociedad degradada, en un país pauperizado. Una mediocridad deprimente ordena sus banderas, sus proclamas, sus bombos.


Para ser breve y no abundar en detalles: sumisión y esquema. Lo efímero de la alegría, la borrachera o la droga ideológica, la sordidez cotidiana. Estas palabras – un borrador de un análisis más explícito – me sugieren coyunturas, significantes, sobornos, la hilacha de un traje gastado por palafreneros y patota. Apelo, caro lector, a su razonable sentido ante lo alucinado, ante los matorrales del conurbano o el puntero barrial. Y la propuesta meliflua de los monaguillos. Inquietante, sin duda, chambelanes entre laberintos y antesalas.

Entonces finalizando: dos nombres que simbolizan gestas, filisteos, almas bellas, chapuceros, tránsfugas y trepadores. Efluvios, desmemoria, barrabravas. Luego vienen posters, vinchas, relatos. Detrás, a pesar de ellos el corpus y las manipulaciones del pobrerío, desmesura, zurcidos del exitismo. Para no abundar: estuve a punto de escribir un libro de conversaciones con Alfredo Prada. En mi biblioteca, sobre el escritorio, una fotografía firmada por Ricardo Enrique Bochini.

Carlos Penelas
Buenos Aires, 28 de diciembre de 2020

miércoles, 16 de diciembre de 2020

De lo profano a lo sacro

El corporativismo fascista es la comunidad organizada peronista.
La división de poderes para ellos no es aceptable,
porque divide lo que para ellos debería estar naturalmente unido.
Loris Zanatta


Mi intención fue escribir un villancico y me salió este texto. Le pido disculpas, estimado lector. Tal vez porque sobrevivo en un país donde para el populismo la historia nació con él. Quizás pueda ser una patología política, la psicopatología de sus cabecillas, la demencia cotidiana, la nosología psiquiátrica. Y también el fanatismo como virtud me confunde. Es la antinomia entre moral y política.

Después de la caída de Hitler la mayoría de los alemanes desconocía la existencia de los campos de concentración, el exterminio de judíos, la persecución y el horror de un sistema. Después de la muerte del Caudillo de España, por la gracia de Dios, casi nadie sabía qué había sido la falange e ignoraba a presos políticos, fusilamientos y hasta había que explicar qué fue «el garrote vil». Lo mismo ocurrió con nuestro padrecito Stalin, Mussolini, Mao y cada uno de los dictadores de Latinoamérica, incluidos nuestro Juan Domingo Perón y el camarada Fidel Castro. Cada uno a su tiempo, a su modo; banderas, mártires, líderes, épicas, relatos, muerte.

Creo, querido lector, en la filosofía de la sospecha, la idea «que no siempre somos conscientes de lo que ocurre a nuestro alrededor», como señala François Dosse. Hay lógicas inconscientes que explican con claridad la acción de las masas pero también la de los individuos. Volvamos a leer a Castoriadis y su análisis sobre el totalitarismo; veamos cómo plantea el tema de las jerarquías, el horror y la imbecilidad. Y la institución imaginaria de la sociedad.

Dispuestos a justificar empecemos a teorizar sobre las bondades del camarada Kim Jogn-un, la ternura de su padre y el misticismo de su abuelito. ¿Alguien puede, en su sano juicio, defender o tomar de modelo a la revolución cubana – segundo país en el mundo de turismo sexual – en pleno siglo XXI? ¿Alguien puede, con una mano en el corazón, creer en la revolución chavista o en la nacional y popular de nuestras tierras? Quien haya leído un poco, un poco nada más, de los pensadores clásicos del siglo XIX, le es impensable. Estamos rodeados de cholulismo, de dictaduras democráticas, de revisionismo medieval, de pantomima. Les recomiendo que lean alguna biografía de Calígula, amado por su pueblo, y verán que su época era él. También que analicen sin prejuicios La grande bellezza de Paolo Sorrentino.

Siempre es previsible la secuencia. Previsible y dolorosa. (Pensemos en nuestros intelectuales o universitarios que vieron en Chávez, ahora en Maduro, el futuro de la libertad). Es desolador cómo se mezcla y se confunde todo. Desolador y patético. Parecería que el hombre no comprende o está imposibilitado de hacerlo. Intelectuales, hombres de ciencia o de formación artística, seres con vocación humanista, las más de las veces no ven lo grotesco. Eso que está allí a la vista, eso que un niño lo señalaría con facilidad. Bueno, es verdad, no cualquier niño.

La atmósfera plúmbea que se cierne sobre el horizonte asfixia. No se quiere ver. No se trata de desesperanza ni de escepticismo. La hija del astrónomo Teón, Hipatia, es un eslabón de aquello que intentamos resumir. Lo dramático es qué se entiende por progresismo, por libertad. El Poder fomenta embrutecimiento y alienación. En el suburbio, digo. Hamsters reciclables los bautizó Esteban Peicovich.

Usted sabe, fariseo lector, que durante décadas el Partido Comunista señaló en una suerte de Inquisición del Hombre Nuevo, que todo aquello que no pasase por su concepción era reaccionario, agente del imperialismo o secuaz de la CIA. Y quedó la marca. Diluida, sin criterio, pero el halo sigue dando vueltas. Nacieron mitos, leyendas. (¿Quién recuerda La revolución desconocida, de Volin?) Hicieron listas negras donde estaban Camus y Ionesco, Pirandello y Orwell. Se ocultaron datos de manera desenfadada, siniestra. Desde los campos de concentración o Gulag (qué no dijeron “los camaradas del mundo” de Solhzenitsyn) hasta los crímenes más horrendos en la Guerra Civil Española. Pero los camaradas leían Novedades de la Unión Soviética y todo estaba en orden. El mal estaba en la Alemania nazi, en la España franquista, en la Italia de Mussolini o en el liberalismo inglés. Y naturalmente lo falso, lo espurio, lo irracional, lo corporativo, provenía del Pentágono. Hasta embalsamaron a Lenin para cumplir con la tradición del culto a la muerte. Montañas de documentos, contradicciones, engaños. Y paralelamente mártires, persecuciones, exilios. Una cosa va con la otra. Así se hace el juego. Destacados intelectuales que leyeron a Hegel o a Spinoza, a Svevo o a Joyce analizan la realidad desde lo dogmático. Lo dogmático es patológico. Sugiero, caro leedor, que vuelva a leer Guerra y Paz, un milagro en el universo literario y ético.

Entre nosotros, lo que no es peronista es fascista. Es otro tópico eclesiástico-dogmático. Está la Historia de los Papas y la Historia de los Anti-Papas. ¿Le queda claro? Napoleón lo tenía ordenadito en su biblioteca, no dudaba del poder, no dudaba del engaño o la farsa, no dudaba de la complicidad. Luego las hordas harán su trabajo.

La razón de mi vida, escrito por el valenciano y falangista, Manuel Penella, fue un texto obligatorio. Un texto mediocre, banal, grotesco. Para los devotos era el pensamiento de una santa. La confusión general, ubuesca, se genera a través de engaños, claroscuros, conversos y leales, patriotas y traidores. Luego se acompaña con liturgia, bombo, sinarquía, maniqueo, silencio cómplice. Y picaresca criolla a baldazos. Se formó un gran caldo donde se mezclaron deseos y creencias, sectas y castigos. Una enorme capacidad de olvido de nuestra sociedad y la falta de autocrítica hacen el resto.

El avión negro que trajo al General – Madrid-Buenos Aires – el 20 de junio de 1973 estaba acondicionado según órdenes de su secretario privado, José López Rega. En el sector A viajaban Licio Gelli, López Rega, Luchino Revelli, Giancarlo Valori, miembros de la Logia Propaganda Due (P2). En el sector B Juan Perón, Isabelita, Cámpora, su esposa Georgina, el coronel croata Milo de Bogetich, la esposa del embajador en España, José Campano.

En marzo de 1974 el General sentía que su organismo iba decayendo. No obstante se sintió con fuerzas para recibir al presidente de Rumania, Nicolás Ceausescu junto con su esposa, Elena. Ceausescu, joven lector, uno de los dictadores más brutales de la Europa del Este. A Ceausescu y a su esposa se les entregó el Collar de la Orden del Libertador San Martín y la Universidad de Buenos Aires lo nombró Doctor Honoris Causa. Vale la pena recordar que durante su primer gobierno no recibió al Premio Nobel de Medicina, 1947, Dr. Bernardo Alberto Houssay por ser antiperonista o “contrera” como solían decir despectivamente.

Más tarde las nefastas consecuencias: el horror del Terrorismo de Estado (el PC Argentino sostenía que Videla era progresista, no así Pinochet), la demencia de una sociedad cada vez más enferma. Y una y otra vez sobre hechos revolucionarios, míticos, populistas; algo que forma parte del delirio de nuestro ser nacional.

No desespere, hay nuevas estratagemas, ornamentos, cánones y pecheras. Aggiornamento y apelaciones desde un populismo zurcido. Ahora otra vez el peronismo, el peronismo K. Todo se mezcla, se sacraliza lo peor, lo más bajo, lo rufianesco. Velatorios, emblemas, droga, mafias, ilícitos, sindicalistas, burdeles, barras bravas, impunidad, timbas, corrupción, birra y vincha, vacuna rusa, vacuna china, cuarentena sin piedad, disparates cotidianos, alienación, delirios, exaltación, demagogia, violencia, contradicciones, insensatez, tribus urbanas, obsecuencia, irracionalidad. El ejemplo lo tenemos en un acto emblemático: el velatorio de Maradona. El caos de su vida representado en el caos del mito de la identidad nacional. El mito del rebelde social es parte de los nacionalismos populistas.

No me diga que es inocente, por una vez no sea hipócrita. Allí tiene al castrismo, al chavismo, a Putin, a mercenarios; socios silenciosos, marginales, racistas. Mientras tanto en este territorio sobreviviendo junto a marginales, ignorantes, vándalos, cumbia villera y banderas por la liberación. Además, por si algo faltaba, tenemos a un Papa bendiciendo la pobreza: la visión heroica de la pobreza, la virtud de ser pobre.

Esto fue un proyecto de país, como decía mi padre hace sesenta años. Ahora todo se pobló de ignorancia, incompetencia estructural, planeros, seres sin destino, sin educación, sin moral. Al mismo tiempo gobernadores, senadores, diputados, intendentes, secretarios, amantes, hijos y entenados se fotografían, dicen y desdicen, aplauden, lloran, dan discursos, prometen, se abrazan, llenan plazas con vítores y proclamas. Mienten, no se inmutan. Poseen hoteles, aviones privados, quintas, yates, automóviles, empresas, departamentos, garitos. En la foto miran perdidos al infinito luchando por la soberanía de la plebe.

Se lo ruego, no sea un negador serial. No se mire el ombligo: hay otros países, otros hombres, otras culturas; lugares donde vivir es saludable. Si no me cree cruce el charco. Se lo pido una vez más, no mienta. No diga que no sabía, que no es cómplice.

Carlos Penelas
Buenos Aires, 16 de diciembre de 2020

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Pequeño programa de lectura

“El grueso de la opinión no tiene opinión. Nadie sabe nada. 
Gusta o no gusta de las cosas, y nada más”.
Dante Panzeri


Hace unos años en Betanzos de los Caballeros, en la casa de un querido amigo, cenábamos un grupo de gente de teatro, pintores, escritores. La esposa de uno de ellos me preguntó: “Carlos, ¿por qué no nos hablas de tu país, de cómo están las cosas?” Esperé unos segundos en responder y dije: “¿Soportan que les hable diez minutos de fútbol?” Y comencé a relatar hechos, anécdotas, historias. No había llegado a los diez minutos cuando la señora que me había realizado la pregunta dice: “¡Pero así es imposible vivir!” La mire a los ojos y pregunto “¿Querés que te hable de política?”.

Nuestra sociedad es decadente sin pudor. El mundo tiene mil problemas, pero nosotros vamos varios pasos adelante. Un ejemplo fácil de comprender fue el velatorio de Maradona. Barras bravas, una masa emocionada y entristecida, alcohol, drogas, se entra al patio principal de la Casa de Gobierno, se retira el cajón por temor a que se lo lleven, el presidente sale con megáfono a hablar a los hinchas... Un gobierno que no puede organizar un velatorio y una sociedad que cada día es más violenta, brutal, irracional. Sin límites. El único país del mundo que en los últimos veinticinco años aumentó la pobreza, el país con la cuarentena más larga del mundo, sin clases, con miles de muertos por el covid-19, con fantasías hegemónicas, una recesión brutal, inseguridad jurídica, un abuso medieval, drogas, asesinatos, imposibilidad de vivir en el conurbano o en las calles del centro, una vieja complicidad del populismo con el fascismo, la magia, el líder, leyendas y relatos. La memoria de este territorio se mide en semanas, en meses a lo sumo.

Seré breve. No hay que compararnos con nuestros vecinos o con algún país de Europa. Tenemos que comparar esta realidad con la realidad de hace cuarenta o cincuenta años. El mismo país pero con una anomalía institucional sin límite. Nos falta el coro de las tragedias griegas. Por supuesto, esto es más degradado. Debemos recordar que son formas, matices del peronismo, con otros nombres u otros ismos. Pero la raíz es una. La unidad nacional bajo su mando. De lo contrario surge la “antipatria”, lo “cipayo”, lo “neoliberal”. Enfrente, poco y nada. Todo es estructural: diputados, senadores, gobernadores, empleados, policías, docentes, farmacéuticos, panaderos…

La corrupción, el lumpenaje, lo apócrifo, los acólitos, la religión política que profesan, el fanatismo, señales erróneas y confusas, el vaho permanente del triunfo empapelan cerebros. Hay más, pero como decía mi madre, como muestra vale un botón. Manipulación de masas, ritos culturales, alienación, superstición, formas ilusorias, “peste emocional”. El delirio y la desintegración son mayores, es cotidiana, pero no quiero amargarle el café con leche.

Me olvidaba. Hoy vi escrito a brocha sobre la fachada de uno de las escuelas que fundó Sarmiento la siguiente leyenda: “Tumba del saber, cuna del poder”. Entiende por qué hablé de fútbol, de barras bravas, de drogas, de punteros políticos, de dirigentes, de intendentes y de estadios, de goles, de árbitros, de negociados con choripaneros, planes sociales, camisetas, sindicalistas, fuerzas de choque? El gol con la mano no se cobra.

No se olvide de pedir tostadas con mermelada. El café con leche lo merece. Y cuando grite gol, piense. Lo emotivo es saludable, pero no siempre. Lo dice alguien que le gusta ir a la cancha a ver a Independiente, que jugó al fútbol en torneos intercolegiales y hasta los cincuenta y cinco años pisó el césped. Y siento que es un deporte hermoso, lleno de emoción, de placer, de compañerismo. Sí, es verdad: “la pelota no se mancha”. Hasta pronto.

Carlos Penelas
Buenos Aires, 9 de diciembre de 2020

jueves, 3 de diciembre de 2020

Se editará plaquette de Carlos Penelas

La Fundación Industrias Culturales Argentinas editará en diciembre una plaquette - primera edición - de Seis poemas errantes, de Carlos Penelas. La edición constará de veinte ejemplares, firmados y numerados a mano por el autor. Para su composición se usarán tipos de la familia Futura. Estará impresa en papel Conqueror de 90 g., tapa en cartulina Strathmore natural de 250 g. Lleva cinta de raso color oro.


En la corrección de pruebas colaboró Emiliano Penelas.

La dirección gráfica estuvo a cargo de D. Walter Santoro a quien el autor agradece su especial cuidado.

La plaquette lleva una viñeta original del poeta.



sábado, 28 de noviembre de 2020

Historia de una foto

Hace unos días publicamos el poema a Luis Franco de Baldomero Fernández Moreno junto a una fotografía del escritor catamarqueño y su poncho. Acá, la historia de esa foto y esa prenda.


Es la última fotografía de Luis Franco. Le comenté: "La foto... don Luis, el nudo de la corbata". Frente a él, Ernesto Monteavaro, "el fotógrafo de los escritores". 

En la nueva fotografía, el poncho catamarqueño que perteneció a Luis Franco y el retrato. Después de su muerte - el destino o el azar - hizo que el poncho llegara al Dr. Mario Racki. El Dr. Racki -colaborador estrecho del Dr. René Favaloro- cardiólogo y amigo, un día me llamó por teléfono. "Este poncho está mejor en tus manos, Carlos". Se lo había llevado al consultorio la viuda de un viejo librero judío que distribuía ejemplares de Franco. El librero, a quien tuve el placer de conocer, era Levin.

Aprovechamos la ocasión para recordar a Samuel Glusberg (Enrique Espinosa) editor y difusor de la obra de Luis Franco. Un homenaje a ese hombre sensible, noble, generoso. El armado final de este texto, como siempre, de Emiliano, mi hijo mayor.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Nueva autobiografía acotada


La Biblioteca Nacional de Maestros, Plaza Rodríguez Peña, Lorraine, Loire, Cinemateca Hebraica, Plaza Lezica, Escuela Superior del Profesorado Mariano Acosta, el Paulista, la Brasileña, Pippo, La Paz, Politeama, las librerías de la calle Corrientes, los viejos libreros, los encuadernadores socialistas, las casas de los profesores, Jacques Brel, Charles Aznavour, Yves Montand, Charles Trenet, Edith Piaf, Gilbert Bécaud, Cesaria Evora, Paco Ibañez, Astor Piazzolla, "Mono" Villegas, Cortázar, Sábato, Mafalda, Frank Sinatra, Brassens, Angelo Corelli, Jean-Philippe Rameau, los españoles exiliados, los gallegos republicanos, los jóvenes poetas, los escritores comprometidos, el Mayo Francés, Simone de Beauvoir, Camus, Sartre, León Trotsky, Bakunin, Príncipe Kropotkin, Hô Chí Minh, Revolución Cubana, Che Guevara, Cordobazo, Agustín Tosco, Casablanca, Hitckcoch, Bergman, Fellini, Rossellini, Trufaut, Buñuel, Welles, León Felipe, Machado, Hernández, Castelao, Valle-Inclán, Rosalía Castro, Pedro Salinas, Lorca, Shakespeare, Cervantes, Homero, Maupassante, Chéjov, Dostoievski, Luis Franco, González Tuñón, Juan L., Borges, Molinari, Viñas, Ciocchini, Plaza Francia, Teatro San Martín, Alejandra Boero, Héctor Alterio, Ernesto Bianco, Cafrune, Quilapayún, Violeta Parra, Víctor Jara, Teatro Payró, Grupo Espartaco, Hace un año en Marienbad, Villa Domínico, Rocío, la vieja casona de la Federación Libertaria Argentina, los actos en Plaza 1 de Mayo, las reuniones políticas clandestinas, Sala Taller, el maestro De Ferrari, una imprenta de la Utopía en México 844, Robbe-Grillet, Michel Butor, una rotativa en Gaona y Boyacá, Martin Lutler King, Verlaine, Rimbaud, Maldonado, Santoro, Alcides Silveira, Bernao, Pastoriza, D´Ascenso, Bocchini, los pintores amigos, los poetas amigos, los artesanos amigos, las manifestaciones, la toma de fábricas, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Vinicius de Moraes, Tom Jobin, Mina, Ornella Vanoni, Hugo Guerrero Marthineitz, el jean, Jack Kerouc, Tizón, el Libro Rojo de Mao, Godard, Joan Baez, Onetti, Alfredo Zitarrosa, la llegada del hombre a la Luna, The Beatles, Yuri Gagarin, Abelardo Castillo, los silencios del amanecer, una puesta de sol en San Antonio de Areco, una playa de Miramar, el asesinato de Kennedy, Festival de Woostock, Pier Paolo Pasolini, Cesare Pavese, Moravia, Antonioni, García Berlanga, Polanski, Fray Luis de León, Jorge Manrique, Petrarca, Ungaretti, Juan Ramón, Cernuda, Sor Juana Inés de la Cruz, Octavio Paz, Celaya, Novalis, Cabito, Leopardi, Juan de Mena, Boscán, Juan Rodríguez de Padrón, Góngora, Quevedo, Velázquez, Goya, los años terribles de la dictadura, los amigos desaparecidos, Trieste, un pub de Londres, el castillo de Edimburgo, un restaurante de Copenhaue, Tallín, un concierto en Milán, Navalafuente, una imprenta alemana, una mujer de medias azules, una sala de emergencias, Eugenia y Ana, el esplendor y la alegría en Amparo, Lautaro y Amadeo, la calle Mariano Acosta, la calle Suipacha, la calle Viamonte, René Favaloro, el nadar en el mar, la muerte de mis padres, la muerte de tres hermanos, mis hijos abrazándome, una sirena en el puerto, Gala y Buster, una profesora de humanidades, un poema ilustrado, una posada en Colonia del Sacramento, las horas de lectura y las horas del deporte, la evocación de los maestros, los recuerdos de la soledad, el sol, las playas, las madrugadas en Compostela, las callejuelas de Betanzos, el olor de las panaderías, los asaltos, los bailes de carnaval. Y las muchachas hermosas, las muchachas...

Carlos Penelas
Buenos Aires, 19 de noviembre de 2020

lunes, 23 de noviembre de 2020

Baldomero Fernández Moreno / Luis Franco


Se vuelve Luis L. Franco
A su pueblo azul y blanco.
A sus montes, a sus cerros,
A sus cabras, a sus perros…

¿Te acuerdas cuando partiste?
¿Te acuerdas cuando llegaste?
Cumplidamente triunfaste.
¿A qué te vuelves más triste?

Baldomero Fernández Moreno, “A Luis L. Franco”, en Babel n° 29, Buenos Aires, 1929.

Incluido en el Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas de Horacio Tarcus (2020), disponible en http://diccionario.cedinci.org

sábado, 21 de noviembre de 2020

"Lo que se vive no es anárquico, es caótico"

Reproducimos la entrevista de Rolando Revagliatti a Carlos Penelas.


Carlos Penelas nació el 9 de julio de 1946 en la ciudad de Avellaneda, provincia de Buenos Aires, y reside en Buenos Aires, capital de la República Argentina. 

Es Profesor en Letras egresado de la Escuela Normal de Profesores “Mariano Acosta” y es en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires donde cursó Historia del Arte y Literatura. Obtuvo primeros premios y menciones especiales en poesía y en ensayo, así como la Faja de Honor (1986) de la Sociedad Argentina de Escritores —de la que fue en 1984 director de los talleres literarios— y otras distinciones. Su quehacer ha sido difundido en innumerables medios gráficos periódicos nacionales y extranjeros, tanto en soporte papel como electrónico. Dictó conferencias en un alto número de instituciones de su país y del exterior. Fue jurado nacional y provincial y panelista en mesas redondas. Fue incluido, por ejemplo, en las antologías “Poesía política y combativa argentina” (Madrid, España, 1978), “Sangre española en las letras argentinas” (1983), “La cultura armenia y los escritores argentinos” (1987), “Voces do alén-mar” (Galicia, España, 1995), “A Roberto Santoro” (1996), “Literatura argentina. Identidad y globalización” (2005). Publicó a partir de 1970, entre otros, los poemarios “La noche inconclusa”, “Los dones furtivos”, “El jardín de Acracia”, “El mirador de Espenuca”, “Antología ácrata”, “Valses poéticos”, “Poemas de Trieste”, “Homenaje a Vermeer”, “Elogio a la rosa de Berceo”, “Calle de la flor alta” y “Poesía reunida”. A partir de 1977, en prosa, fueron apareciendo los volúmenes “Conversaciones con Luis Franco”, “Os galegos anarquistas na Argentina” (Vigo, Galicia, España, 1996), “Diario interior de René Favaloro”, “Ácratas y crotos”, “Emilio López Arango, identidad y fervor libertario”, “Crónicas del desorden”, “Retratos”, etc.

1 — Provenís de una familia vinculada a la literatura, la plástica, el teatro y el cine.
CP — Para empezar, debo decirte, Rolando, que no nací el 9 de julio, que nací el 5 de julio de 1946. Sucede que mi padre no quiso que hiciera el servicio militar y por eso me inscribió en fecha patria. Era común entre los libertarios, como también huir y hacerse crotos. Mis dos hermanos mayores (por distintas razones que no voy a explicar) no lo habían hecho. Era injurioso, ofensivo, hacer el servicio militar para cualquier libertario. Ni curas ni militares, no te olvides. Por eso me anotó el 9 de julio. La historia es larga: el dictador José Félix Uriburu, en 1930, modificó la ley. A partir de ese año todos los nacidos el 25 de mayo o el 9 de julio deberían hacerlo. De eso, mi padre, no se había enterado. Resultado: fui el único de toda la familia en hacerlo. Y, por mala conducta —arrestos incluidos— la baja la obtuve después de catorce meses, uno de los últimos de esa camada en salir. Lo de “la jura de la bandera”, es confidencial. Mi familia es de origen gallega. Mi padre, Manuel Penelas Pérez, que cuidó cabras desde los seis años en Espenuca, una aldea cercana a Betanzos de los Caballeros, se formó en Argentina: a los catorce años conoció a obreros anarquistas y socialistas en la fábrica en la cual trabajó. Mi madre, María Manuela Abad Perdiz, de Ourense, apenas sabía leer y escribir. Aprendió con mi padre cuando ya llevaba criados tres hijos. Poco antes de morir, a los sesenta años, había terminado de leer “Los Thibaut”, la obra cumbre de Roger Martin du Gard. Las lecturas de don Manuel comenzaron con Bakunin, el príncipe Kropotkin, Émile Zola, Dostoievsky, Shakespeare, Arthur Schopenhauer, Nietzsche y luego el Siglo de Oro Español. Además, claro está, de la lírica gallega y los grandes escritores del siglo XIX de Galicia. Allí comenzó todo. Era, como te imaginarás, libertario. Para ser más preciso: libertario individualista. Heredamos sus hábitos: la lectura, la conducta, el amor a la naturaleza, la mirada de los conflictos sociales, el rechazo a toda dictadura, a toda demagogia, a cualquier forma de autoritarismo y una profunda defensa por la libertad individual. Mi hermano mayor, Roberto, fue un lector de los clásicos griegos y latinos, además de los autores del Renacimiento. Un amante de la ópera alemana. Mi hermana Raquel, la lectura y la pintura. Junto a ella recorrí museos, descubría biografías, admiraba a nuestros pintores y la gran pintura universal. Mi hermana Marta, el teatro norteamericano, el teatro inglés y francés de mediados de siglo, la novelística contemporánea, la historia de nuestra tierra. Mi hermano Fernando introdujo en el hogar el cine, el policial, el marxismo, el jazz y el comic. Además de los autores norteamericanos. Luego vino Carloncho (un servidor), que fue consumiendo todo ese mundo. Es importante aclarar que también mis hermanos y mi padre (mi hermano mayor me llevaba veintidós años, fui el hijo de la madurez) concurríamos a ver al “Rojo de Avellaneda”, a Independiente. Vale recordar que Independiente es o era “el club de los gallegos”. La gran mayoría de gallegos, de la inmigración, se refugiaron en Avellaneda. Muchos eran republicanos, anarquistas, socialistas, comunistas y el color les llamó el corazón. También por aquellos años me llevaron a palpitar el box en el Luna Park. Practiqué box, pelota a paleta y jugué al fútbol e hice natación toda mi vida. Me formé con la templanza y la visión de lo social pero también con lo estético en todas las manifestaciones. El teatro independiente, los autores de época, el Teatro Colón, los grandes ciclos del cine Lorraine, las exposiciones de pintura eran un hábito. Lo mismo que las discusiones sobre tendencias literarias, la injusticia o la Guerra Civil Española. Esa infancia y adolescencia me abrió la mente. Y ya en la adolescencia el amor de muchachas hermosas, idealistas, plenas de sensualidad y vuelo. Y las lecturas que a su vez fui descubriendo por mi cuenta, con amigos, con compañeros de escuela, con maestros que la vida me ofreció. La gratitud de ellos siempre me protege. 

2 — Podríamos decir que haber permanecido durante veintidós años colaborando con el prestigioso cardiocirujano René Favaloro (1923-2000) debe armar, en algún sentido, un capítulo de tu vida.
CP — Un antes y un después en mi vida. En 1978 había publicado, casi en forma clandestina, “Conversaciones con Luis Franco”. A Franco lo conocí de muchacho, y después de la figura de mi padre es la que más me enaltece. Un día, escuché por televisión al Dr. René Favaloro hablar de Franco y de Ezequiel Martínez Estrada. Dijo: “Los jóvenes deberían leerlos, son los dos escritores más importantes de la Argentina”. Le llevé el libro al sanatorio y al mes me llamó. Quería conocerme, hablar conmigo. Esa primera entrevista duró más de una hora. Me contó su experiencia en La Pampa como médico rural, en los Estados Unidos, la técnica del bypass, su vida, su formación, sus padres, la inmigración siciliana…; yo le fui confesando mis gustos, mi historia. Después de unos meses volvimos a vernos. Teníamos almuerzos maravillosos. Se hablaba de todo: Alfredo Zitarrosa, Sarmiento, el general Paz, Leopoldo Lugones, de actrices bellas, de cine…; al poco tiempo me nombró Jefe de Relaciones Públicas de la Fundación. Fui Jefe de Prensa, Sub-director del Centro Editor de la Fundación (el director era él), Jefe de Coordinación de Pacientes, Miembro del Comité de Ética. Una vida intensa, llena de sueños, de emprendimientos, de combates, de pérdidas. Al mes de su suicidio renuncié a mi cargo, todo había pasado y acumulaba una derrota más. El proyecto nunca pudo ser, el proyecto de institución, de ejemplo, de investigación. Esos años, más de veinte, fue un universo rico, pleno. Conocí seres notables —médicos e investigadores—, hombres probos, muchos de ellos desinteresados. En varias entrevistas afirmé que Favaloro pudo cambiar la cardiología en el mundo, pero no pudo luchar contra la corrupción y la mediocridad de su país. La corrupción se instaló, desde hace décadas, hasta la médula. Luego escribí, en 2003, “Diario interior de René Favaloro”, en donde creo haber reflejado a un hombre, pero también a un país que no supo comprenderlo en toda su dimensión. A la hora y media de su suicidio estaba en su casa. Ese día, a las 20 horas, daba la noticia al mundo en una conferencia de prensa que prefiero no recordar. Un golpe muy duro, tremendo. Recuerdo que una vez me dijo: “Soy tu hermano mayor”.

3 — En tanto sos un insoslayable investigador de la obra del escritor Luis Franco (1898-1988), acaso también esta condición arme un otro capítulo.
CP — Sin lugar a dudas. Él era muy amigo de mi suegro, Luis Danussi, destacado dirigente gráfico del anarco-sindicalismo argentino, quien leía a Pascoli y se escribió con Albert Camus. Pero fue el poeta Lucas Moreno, un hombre que supo guiarme en lecturas, quien me lo presentó un sábado por la tarde en su casa. Yo sabía de su obra, de su importancia, pero otra cosa fue luego el trato casi cotidiano o semanal. Moreno me había presentado a Álvaro Yunque, a Jorge Calvetti, a Francisco Gil, a don Roberto Guevara. Pero con la llegada de Luis Franco el universo cambió. Otra manera de ver la literatura, el descubrir autores, tendencias. Venía del Profesorado en Letras en donde estudiábamos latín, griego, literatura medieval alemana, inglesa, francesa, italiana, española…, una formación clásica y de primer nivel. Con Franco descubrí no sólo autores fundamentales como Goethe o Henry David Thoreau (en profundidad quiero decir), sino que me hizo conocer nuestros escritores con otro concepto. Allí venía Lugones, Rafael Barret, Horacio Quiroga, Rubén Darío, Domingo F. Sarmiento, el manco Paz y la mirada de la América mestiza. Luego conocí a Enrique Molina, Juan L. Ortiz (viajé hasta Paraná para verlo y entrevistarlo), Juan José Manauta, David Viñas, Osvaldo Bayer, Alfredo Llanos, Lysandro Galtier… Con Franco escuchaba la voz de la insurrección, pero también la voz del decoro, de la decencia, del coraje civil. En 1978 publicamos por nuestra cuenta y con el apoyo de unos pocos amigos “Conversaciones con Luis Franco”. Luego se editó a través del sello Torres Agüero y debe andar por la quinta o sexta edición. Franco es uno de nuestros grandes escritores, casi desconocido. Ensayista, cuentista, poeta. Y los libros sobre pájaros u otros animales que son bellísimos. Una prosa donde la tinta aún está fresca. Un ser único. Él me llevó a leer, además, textos sobre biología, botánica, zoología. Franco y más tarde Luis Alberto Quesada, Hugo Cowes, José Conde, Ricardo E. Molinari y Héctor Ciocchini fueron fundamentales en mi vida, hombres que me guiaron, que iluminaron mi trayectoria. Ejemplos de ética, de honestidad y además con vidas intensas. Franco concurría a cenar a casa, pasaba los fines de año en lo de mi suegro. Era el maestro, el hombre que seguimos admirando y amando.

4 — Los poetas Juan L. Ortiz (1896-1978), en una primera ocasión, y Ricardo E. Molinari (1898-1996) en una segunda, te sorprenden preguntándote si eras pariente o conocías al poeta uruguayo Walter González Penelas (1913-1983). Es en 2001 cuando publicás tu estudio y antología titulado “El regreso de Walter González Penelas” (con el auspicio de la Embajada de la República Oriental del Uruguay).
CP — Efectivamente. El trato de Walter con don Ricardo fue de una vinculación muy grande. Recordemos, de paso, que Molinari no trataba con cualquiera. Te cuento cómo empezaron las cosas. Un día, revolviendo en una librería de la calle Corrientes, descubro un libro que se titula “La escalera”. Su autor, Walter González Penelas. Una dedicatoria, las páginas sin abrir. No era un detalle menor. Había una dirección de Montevideo. Lo compré por el segundo apellido, si se hubiera llamado López o Fernández lo hubiera dejado. Cuando comencé a leerlo me impresionó. Una poética de altura, una sensibilidad exquisita. Entre mis amigos nadie lo conocía. En un programa de radio que yo tenía se me ocurre hablar de él y leer algunos poemas. El lunes me llaman a mi casa. La hermana había escuchado el programa, estaba muy emocionada, quería conocerme, darme ejemplares, una antología que un amigo le había publicado en España. A partir de allí continúo mis investigaciones, ese año viajo dos o tres veces a Montevideo. Una amiga de mi hijo mayor, estudiaba antropología, me ayudó mucho, conoció a la viuda, a algunos profesores. Pero la guía real me la fueron dando escritoras, mujeres que llegaron a adorarlo, mujeres que lo recordaban en anécdotas, en poemas, en encuentros. Escritoras uruguayas y argentinas, mi mundo rioplatense. Un descubrimiento de aquellos. González Penelas era muy buen mozo y un hombre refinado, culto, de conversación agradable, obsesionado con la creación. Había buceado en la literatura clásica, en la mirada social del Uruguay. Era sociólogo. Se mofaba de la gran mayoría de sus contemporáneos por la mediocridad, lo bajito que volaban, las reuniones en cuartos espejados, la pobreza intelectual. Eso le costó, qué duda cabe, el olvido, el menosprecio. Lo ignoraron. Es, reitero, una poética que vertebra una cosmovisión, una mirada atenta y sensible. En su lectura, de alguna manera, nos advierte de esa literatura que se vuelve peligrosamente literaria donde la palabra es suplantada por manipuladores de vocablos.


Su poética está contra la falacia, contra la novedad, lo banal. Por esa razón, entre otras, es casi desconocido. Es un gran autor, un hombre profundo que vivió alejado de círculos, de fetichismos, de los objetos del mundo exterior. En uno de los homenajes que se hicieron en Montevideo, Rocío Danussi leyó poemas suyos y la poeta Selva Casal analizó conmigo su poética.

5 — ¿Qué recuerdos tenés de las numerosas entrevistas que has realizado para el Museo de la Palabra?
CP — Bueno, muchos, una época muy hermosa para mi crecimiento. En 1983, instalada la democracia, me llaman de Radio Nacional para cubrir la Feria del Libro de Buenos Aires. Todo estaba por hacer. Contábamos con muy pocos elementos, casi no había una estructura técnica. Un solo auricular, transmisiones en directo desde una cabina elemental. En ese momento era uno de los pocos, conduciendo programas de radio, que conocía a los autores extranjeros y argentinos. Estamos hablando de Radio Nacional y de Radio Municipal. Quiero decir, los había leído, siempre leí con voracidad. Ahí obtuve el Premio a la Mejor Cobertura Radial, cerca de treinta y cinco entrevistas durante la Feria. Yo hacía las entrevistas, se las pasaba a Antonio Pérez Prado —un hombre de excepción, galleguista, guionista de cine, un notable investigador médico, además—, quien realizaba la traducción al inglés y la enviaba a la RAE Radio Nacional al Exterior. Ese premio, compartido, lo gastamos en una comida en la cual invitamos a los técnicos de Radio Nacional. Otro mundo, otra vida. En esas entrevistas, durante cinco años, conversé con Gonzalo Torrente Ballester, Martha Lynch, Roberto Fernández Retamar, Juan Rulfo, Alberto Girri, Héctor Ciocchini, Miguel Barnet, Juan José Sebreli, Carlos Alberto Brocato, Antonio Di Benedetto, Gustavo Soler, José Donoso, Carmen Orrego, Luis Rosales, Ana María Matute, Néstor Taboada Terán, Javier Villafañe, Dardo Cúneo, Juan Carlos Merlo, Dalmiro Sáenz, Manuel Mujica Lainez, Carlos Gorostiza, Mempo Giardinelli, Mario Benedetti, Antonio Dal Masetto…, la lista es muy extensa. Lo triste, lo lamentable, es que años después, como la emisora no tenía cintas, se grabaron entrevistas o conciertos en ellas. Se perdió un material impensable. La cosa era así: yo realizaba dos o tres preguntas, ellos contestaban y luego se borraba mi pregunta. Quedaba sólo la voz de los entrevistados. En algunos casos leyendo algún fragmento de su obra o un poema. Cada entrevista tenía la duración de cinco minutos.

6 — ¿Qué características han tenido los homenajes a escritores y artistas plásticos que has realizado en teatros y centros culturales?
CP — Durante más de quince años fui realizando actos de poesía. Luis Alberto Quesada [1919-2015] fue el que me inició; fui aprendiendo en la práctica el tema de la organización, los contactos, la planificación. Él había luchado en la Guerra Civil Española, peleó contra los alemanes en Francia, estuvo en un campo de concentración, del cual pudo escapar. Al regresar para unirse a la lucha clandestina, estuvo preso en España durante diecisiete años. Condenado a muerte, logró salir en libertad durante el gobierno de Arturo Frondizi. Bueno, aquí formé parte —por supuesto, siendo mucho más joven que él— del Instituto Argentino Hispano de Cultura Antonio Machado, del que él era el presidente. Casi todos los actos se realizaban en la Oficina Cultural de España. Allí organizábamos las conferencias, pero también presentaciones de libros y recitales. En el teatro de la Federación de Sociedades Gallegas o en el Teatro Margarita Xirgu efectuábamos los actos mayores. Los homenajes eran a los relevantes poetas españoles: Federico García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Luis Cernuda, León Felipe... Las voces: María Rosa Gallo, Alejandra Boero, Alfredo Alcón, Fernando Labat, Alicia Berdaxagar, Juana Hidalgo, Onofre Lovero, Ernesto Bianco, Dora Prince, Livia Fernán… Eso significaba selección de poemas, ensayos, guitarristas, en fin, actos donde la entrada era gratuita y se llenaban las plateas. La colectividad, el sector republicano, y muchos amigos nos acompañaron. Más tarde organicé actos con Rocío Danussi, mi compañera, que lee muy bien. Ella les puso voz a los poemas de Alejandra Pizarnik y a los de Rosalía de Castro: están en el Museo de la Palabra y por Internet. Junto a ella y Osvaldo Cané hicimos “El amor en la poesía”, “Homenaje a León Felipe”, “Poetas rebeldes”, “Cuatro poetas y la libertad”, “Poetas surrealistas”... Muchos de esos actos fueron dedicados a Fernando Pessoa, Enrique Banchs, Rosalía de Castro, Eugenio Montale, Giuseppe Ungaretti, Blas de Otero, Gloria Fuertes, Fernando Arrabal, Raúl González Tuñón, Luís de Camoens, poetas gallegos medievales, Enrique Molina, Conrado Nalé Roxlo, Francisco Madariaga, Bertolt Brecht, Pier Paolo Pasolini, Manuel J. Castilla, Jorge Luis Borges, Juan Gelman, Oliverio Girondo… Y a artistas plásticos: Rubén Rey, Miguel Viladrich, Antonio de Ferrari… Algunos comencé a hacerlos durante la dictadura, en librerías, en trastiendas. Luego, en la inolvidable Sala Taller, en el Centro Betanzos de Buenos Aires, en La Gran Aldea, en la Sociedad Argentina de Escritores, en salones culturales de la capital e interior. Nunca hubo menos de sesenta personas en cualquiera de ellos. El homenaje a León Felipe lo efectuamos en la Federación Libertaria Argentina, con más de doscientos espectadores, con un escenario en donde la silla de paja vacía era el lugar del poeta, la voz de Felipe, la música de Falla. Se entraba de a poco y se salía de dos en dos. El año: 1979. En primera fila estaban sentados Diego Abad de Santillán y Luis Franco. Entre el público, René Favaloro y el director cinematográfico José Martínez Suárez. Una emoción que aún perdura en mí. Pero el trascendente, el más importante es el que organizamos en el cincuentenario del asesinato a Federico. Nos llevó seis meses armarlo. Quesada era el Presidente de la Comisión. El afiche, que vendíamos para procurar fondos, era de Ricardo Carpani. Realizamos cerca de treinta y cinco actos en un mes. Conferencias, mesas redondas, recitales, muestras de grabadores y plásticos. Siempre lo pensábamos con música, a veces con baile. Guitarristas, flamenco. Mientras duró fue una maravilla, una alegría permanente, un placer inimaginable. Durante ese mes lorqueano, artistas, poetas y pintores repartíamos claveles en las mesas de los bares en homenaje a Federico. Más tarde, el olvido. 

7 — ¿Qué relevamiento nos proporcionarías de tu actividad radial en distintos programas y emisoras?
CP — Trabajé mucho en Radio Nacional y en Radio Municipal, en diferentes programas culturales. Era una época donde todavía existían voces, magia, utopías. Hice, además, comentarios de libros para Biblioteca de Radio Nacional; nos reuníamos con amigos de la radio hasta la madrugada. Agustín Tavitián era un poeta que congregaba afectos, sueños y el gusto por el jazz. Muchas de las iniciativas en la radio fueron suyas. Fue un ciclo en donde intentaba llevar, divulgar autores pocos conocidos o autores nóveles. Estuve en ambas emisoras desde 1984 hasta 1989. A veces me llamaban como columnista en otras audiciones de las mismas emisoras o de Radio Belgrano, Radio Palermo, etc. En mis programas daba cabida sobre todo a autores argentinos, del interior o de principios de siglo. A veces abordaba la literatura griega o latina. Planificaba cada programa y a veces lograba tener un encuentro breve antes de cada audición para ir formando el clima. Fue un tiempo muy interesante, el país se abría a la democracia y se necesitaba fomentar aquello que estuvo censurado. Hablamos de libertad, de comunicación, involucrando al creador con su mundo. En Nacional llevé un programa que me gustó mucho: “Nuestros ilustres desconocidos”. Allí iban desde una profesora de ballet del Teatro Colón hasta el mozo de un bar que había sido extra en Hollywood. En Municipal, “Los intelectuales hablan en primera persona”. Esas fueron dos creaciones mías que tuvieron cierta repercusión en el mundillo cultural. Salían al aire una vez por semana, se dialogaba con amplitud. Sólo preguntaba, el entrevistado era siempre el personaje importante. Además, como te conté antes, invitados relacionados con la Feria del Libro, que por alguna razón no había podido entrevistarlos en el stand de la Feria. También, años después, conduje un programa de medicina por Nacional —“Curar en salud”—, pero éste era de la Fundación Favaloro y trataba sobre la prevención en salud. 


8 — Leo en tu sitio de autor que has realizado viajes culturales a numerosos países europeos.
CP — Sí, tuve la fortuna de viajar mucho. Siempre sentí una gran admiración por los eubeos, como Adriano. La literatura, como sabrás, no me dio dinero, pero me otorgó prestigio y viajes. Casi todo el país lo recorrí dando conferencias, presentando libros, participando de ferias literarias del interior. Provincias de Chaco, Catamarca, La Rioja, La Pampa, Entre Ríos, Santa Fe, ciudades bonaerenses como San Pedro, Azul, San José, Pergamino, Chivilcoy, Mar del Plata, Tres Arroyos, Bahía Blanca, San Nicolás, San Antonio de Areco, son algunos de los sitios donde me invitaron en diferentes oportunidades. Casi siempre lo hice con Rocío preparando alguna lectura poética. Lo mismo ocurrió con invitaciones a Universidades o centros culturales en Chile y Uruguay. Estuve en La Habana, en Santiago de Cuba, en Paraguay. Con Europa no fue diferente. Fui invitado sobre todo a Galicia, Málaga y Madrid. He realizado quince o dieciséis viajes a Europa. Y nunca menos de un mes. Una vez allá —por mi cuenta— comencé a moverme, por amistades o por recomendaciones de escritores. Eso ocurrió en Oviedo, Málaga, Trieste. Después, como las distancias no son tan abismales como acá, y los contactos empezaron a surgir, llegaba a París o Londres o Edimburgo, a Roma o Sicilia, Viena o Colonia, Lubliana o Pola. A Marruecos, por ejemplo, desde Málaga. También quise conocer el Museo Hermitage, en San Petersburgo. De allí, Copenhague, Helsinki, Oslo, Tallín, Estonia, Berlín… Insisto: las invitaciones fueron muchas y también comenzaron a publicarme. Siento que en ciertos lugares de España o de Italia soy más conocido que aquí. Las invitaciones, además, las hacen incluyendo viaje y hotel. Como debe ser, por otra parte. A veces hasta con publicación. Ciocchini, Quesada, algunos profesores en su momento, me abrieron puertas, ciertas instituciones académicas hicieron lo mismo. No hace mucho he regresado de Trieste, otra vez, pues se está traduciendo mi obra poética al italiano. Antes había estado en Bérgamo, una ciudad de ensueño. De allí viajé a Bologna, a la Universidad de Letras, donde hay libros de mi autoría; un lugar lleno de belleza, cultura y emoción. Berger hizo que conociera el Palazzo Re Enzo. En ese mágico encuentro conversé con Rocío, en sus muros. Y de Bologna llegué a Rímini hasta la casa de Federico Fellini. De allí, media hora en bus, y llegamos a la Serenísima República de San Marino. Y luego otra vez Roma. Uno viaja acompañado de lecturas, de autores, de conciertos, con obras pictóricas, con esculturas. Pocas veces soy turista. En los años setenta recorrí con Rocío casi todo Chile, durmiendo hasta en estaciones de tren y en hoteluchos. Todo es empezar y tener espíritu de aventura. Lo demás, llega. Debemos pensar que el viaje es un viaje literario, pero también un monólogo.

9 — Es a quien forma parte del Centro Betanzos de Buenos Aires en su quehacer cultural a quien le comento: Manuel Dans, el abuelo paterno de mi esposa, Mirta, nació en la ciudad de Betanzos de los Caballeros; el hermano mayor de Ramiro, el padre de Mirta, Oscar Dans, y un primo de ambos, Osvaldo Dans, fueron presidentes del Centro, institución en cuyo restaurante he cenado varias veces.
CP — Bueno, a Osvaldo lo conocí mucho, como a los Pita, a Andrés Beade y tantos otros. Osvaldo, cuando me veía llegar, se tocaba el pecho y decía: “meu Penelas, meu, meu”. Hizo un trabajo muy importante en el Centro Betanzos, un hombre recordado. Era simpático, alegre y de suma generosidad. Además, un hombre valiente. Recordemos que Alfredo Bravo estuvo refugiado en el Centro durante la dictadura. Insisto, mi relación siempre fue muy buena y virtuosa en el amplio sentido de la palabra. Desde luego, mi relación con ellos es parte de mi vida, de mi orientación. Xeito Novo, su actual presidente Beatriz Lagoa y tantos seres entrañables, queridos, honestos, que fueron aportando ideas, compromiso y trayectoria. Cuando se cumplieron los cien años de su fundación —es el centro comarcal más antiguo del planeta— se hicieron festejos, vino el alcalde y funcionarios de Galicia, un coro de jóvenes, se publicó una edición en donde se reflejaba ese siglo de exiliados, de ex combatientes, de seres amantes de la libertad y la esperanza. Siempre fue un lugar de ideas, de cultura, un centro abierto, sin prejuicios. Me emociona ver la bandera republicana y el mural que realizó Juan Manuel Sánchez en su salón de actos. Es importante señalar que tiene un sello editorial que sigue creciendo. La sala de actos lleva el nombre del recordado Geno Díaz. Una historia de pasión, de compromiso, de amistad. Y de banquetes. Ahora están trabajando en la finalización de otra sede. Una maravilla, de verdad. Galegos somos nos.


10 — “Este poeta viene de Boscán” (Juan Boscán, español, 1487-1542) dejó asentado de tu hálito poético Ricardo E. Molinari. ¿Coincidís? ¿Por qué? ¿Y de qué otros poetas “venís”, Carlos?...
CP — Había recibido cartas y frases auspiciosas de poetas y escritores a quienes admiraba desde adolescente. Pero bueno, en palabras de don Ricardo fue en su momento un estímulo enorme, impensable. Era muy parco con los elogios y, en general, huraño en el trato. Me llenó de alegría y respiré. Él ponderaba mucho mi poemario “Cantigas”, lo tenía en su mesita de luz. Poseía una formación muy sólida; desde la poesía primitiva galaico-portuguesa, la poesía del romancero español hasta la lírica inglesa e italiana. Al nombrar a Boscán evocaba el clasicismo, el humanismo, la influencia italiana en la poética española, pero también el hilo que va uniendo una trayectoria trascendente en la poética universal. Su ojo era muy sensible y descubrió esa fuente en mi poesía. Sí, coincido pues me unía a él —entre otras cosas— esa mirada de lo poético, esa búsqueda de lo clásico, esa pincelada evanescente. Estudié y leí, leí y estudié con pasión a los poetas medievales españoles, renacentistas y, por supuesto, la generación del 98 y la del 27. Ellos fueron fuente de estilos, de análisis, de estructuras formales. Y la poesía italiana de principios del siglo XX: Salvatore Quasimodo, Giuseppe Ungaretti, Pier Paolo Pasolini, Eugenio Montale, Cesare Pavese, Mario Luzi, Umberto Saba... Uno viene de esos poetas, sin duda. Pero sería injusto si dejara de nombrar a Giuseppe Bellini, Thorpe Running, José Filgueira Valverde, Enrique Molina, Eduardo Blanco Amor, Ernesto Sábato, María Elena Walsh, Frank Dauster, Raúl González Tuñón, Lily Litvak, Jorge Luis Borges, Xesús Alonso Montero, Manuel J. Castilla y tantos otros que con sus lecturas o con sus consejos nos fueron formando el espíritu, la fineza interior, esa respiración sutil del poema. 

11 — En homenaje al compositor y pianista español Enrique Granados (1867-1016) concebiste tu libro “Valses poéticos”. ¿Nos hablarías de él y de la edición príncipe —editio prínceps— de 1999?
CP — No quiero ser reiterativo. En casa se hablaba de literatura, de política, de música, de pintura y de cine. Además de fútbol y de box. Se nombraba a Manuel de Falla, Joaquín Rodrigo y, por supuesto, a Granados: era un músico que se le nombraba, se lo escuchaba. En 1998 descubro, a través de Graciela Ríos Saiz (fundadora del Centro Coreográfico de Danza Española de Buenos Aires) los “Valses poéticos”. Y me fascinan. Los escucho, los escucho de día y de noche, me obsesiono. Y comienzo a escribir poemas durante cuatro meses, siete en total, cada uno según aquello que me iba sugiriendo cada composición. Así surge “Melódico”, “Allegro elegante”, “Vals lento”... Al tiempo, le propongo a Rafael Gil que ilustrara uno de los poemas. Luego de unos meses —había llegado a pensar que no le interesaba la idea— me viene a ver entusiasmado y me propone hacer una edición príncipe. Para abreviar: se editaron diez ejemplares, manuscritos por el autor con siete grabados originales de Rafael, estampados sobre papel Pescia de 300 gramos, todos numerados y firmados. Cada folio es de 38 x 34 cm. y el tamaño de la caja de madera (cuna) de 46 x 34 cm. En cada caja se pegó un grabado, cosa que nunca más se pueda realizar otra edición. Cada caja llevaba dos bisagras de bronce, el libro envuelto en una tela. El trabajo manual de cada libro fue de Gil, yo escribí uno por uno cada libro: los diez ejemplares. Una edición pre- Gutenberg. Rafael se quedó con un libro y yo con otro; ambos firmados como prueba de artista. El resto, los ocho restantes, se vendieron a coleccionistas privados o a instituciones. La Biblioteca Nacional de España y el Museo del Grabado de Betanzos los poseen. El Fondo Nacional de las Artes compró en su momento tres ejemplares que desconozco dónde están. Los otros pertenecen a coleccionistas privados. Se hizo una presentación en la Oficina Cultural de la Embajada de España, donde estaba presente el Agregado Cultural de la Embajada, funcionarios, profesores. En una vitrina estuvo en exposición un ejemplar durante un mes. Luego unos amigos realizaron una edición paralela al original, impresa, de quinientos ejemplares. La “vulgata”, como se dice. Se agotó en poco tiempo, un año fenomenal, significó —además— dos viajes a España. Aquí pasó casi inadvertido.


12 — El compilador de la antología “Poemas á nai” te incluyó, y como único autor no nacido en Galicia, con el nombre Carlos Tome Penelas Abad.
CP — Xesús López Fernández es un sacerdote gallego, de Ourense. Un gran lector de poesía y un estudioso de las letras galegas. Descubrió algunos de mis libros (se lo alcanzaron poetas amigos) y cuando formalizó la edición decidió incluirme. Como su nombre lo indica son poemas dedicados a la madre, y los autores son gallegos, una antología de poetas gallegos significativos que le cantaron a la madre a lo largo del tiempo. Me llamo Carlos Tomás, el segundo nombre en homenaje a mi abuelo materno. La edición era en gallego y mi nombre completo fue en galego: Carlos Tomé Penelas Abad. Mi padre, Manuel Penelas. Mi madre, María Manuela Abad. En Galicia, en muchas oportunidades me presentan como Penelas Abad, ellos usan los dos apellidos. 

13 — No debe ser fácil hallar a otro argentino más imbuido que vos de la doctrina ácrata. “Anarquía y creación” es el título de un libro de 1997 del que sos autor.
CP — Sí, estudié el tema en profundidad, me eduqué con una mirada libertaria, con una conducta que rechaza el totalitarismo, el dogmatismo, el populismo, en fin..., lo que ya sabés. Pero fundamentalmente conocí a muchos anarquistas, a viejos anarquistas que lucharon en la Guerra Civil Española, en Latinoamérica o en la Revolución Rusa. Compañeros de “La Protesta”, de “La Antorcha”, de “Brazo y cerebro”. Anarquistas individualistas, naturalistas, anarco-sindicalistas, anarco-comunistas, tolstoianos... Seres únicos, irremplazables. Por su trayectoria, su moral, su combatividad, su coraje. Eran vitalistas y por lo tanto uno aprendía hablando, escuchando anécdotas, hechos. El anarquismo no es una ideología, es un Ideal. Es complejo, es una posición que me agrada comentar. “Anarquía y creación” es en verdad una suerte de arte poética, una búsqueda de la mirada libre y amplia del acto creador, una transparencia desde la verdad y lo ético, el universo sin dogmas, sin límites, sin prejuicios. Me llevó mucho tiempo escribirlo, es un libro breve, pero con intensidad. A veces fue utilizado, no sé si correctamente, en talleres y seminarios. Quise, además, extenderme en la formación del creador y del lector, una cultura que nos lleve a comprender la grande bellezza, la eternidad del objeto, la utopía de sabernos soñadores. Siempre afirmé que me sentía existencialista, camusiano. Eso y lo libertario hicieron el resto. La libertad tiene su precio. Nos sostiene la identidad, el asombro, los hijos, el mar, una mirada entrañable, la memoria de nuestros ancestros, la amistad. Y fumar una pipa tomando un café en un pueblo de Galicia. En soledad.

14 — ¿Qué prevés editar?
CP — Terminé de escribir “La luna en el candil de la memoria”, un libro en prosa en donde hablo de un niño de familia gallega, de un niño que escucha hablar del exilio, de música, de revoluciones, de afectos, de nostalgias. Y cómo ese niño se integra desde lo mítico en un mundo rioplatense. Creo que es mi mejor trabajo en prosa, el lirismo me conforma, lo trabajé con fineza, con lecturas. Un libro de unas ciento treinta páginas, pero donde hay huellas, respira. Firmé contrato con una editorial y lo presentaré en Buenos Aires y en Compostela. Eso es todo lo que puedo contar hasta ahora. Espero la edición con impaciencia. 

15 — ¿“El progreso de la tecnología y de las ciencias avanzan a la par que el embrutecimiento humano”? (Así lo afirmó Augusto Roa Bastos en su libro “Contravida” (1994).)
CP — Lo traté bastante a Roa Bastos en Buenos Aires. Un ser cálido, sereno, especial. Creo que existen varios mundos paralelos. Uno es el tecnológico, que en general cualquier subnormal conoce y se siente feliz. Otro es el científico, que se aleja cada día más del hombre de a pie. Y el embrutecimiento es algo que lo sentimos todos los días. Ahora, que tengo unos cuantos años, más todavía. Generaciones torpes, analfabetas, que parecen simios, van sin destino, sin anhelos, aturdidos. ¿Todo es así? No creo, hay islas, pequeñas islas. Gente solidaria, gente creativa, pocos sin duda. Es un mundo de grandes contradicciones: la industria cultural, la imbecilidad al alcance de todos, la creencia en la pata de conejo o en el líder. Mientras yo escribo estas líneas hay hombres en el espacio, hay satélites, hay guerras, hay muertes. Todo se ha vuelto, por momentos, más trágico, más diabólico. Y miro a mi nieto andar en su triciclo y creo que estoy equivocado. He escrito bastante sobre todo esto, no es fácil resumirlo. De algo estoy seguro: la ciencia sin ética no tiene salida. Y la tecnología sin humanismo tampoco. Lo que se vive no es anárquico, es caótico. El anarquismo implica orden, implica autoridad, no autoritarismo.

16 — ¿Coleccionabas figuritas, estampillas, banderines…? ¿Sos actualmente coleccionista de algo?
CP — Era un gran coleccionista de figuritas, de revistas mejicanas, de escuditos, de bolitas. Pero sobre todo de figuritas. Una época de luces, de esperanzas, de inocencia. Hoy mi casa es casi un museo; ahora es Rocío quien colabora, quien compite. Es una mujer de un gran carácter y una gran imaginación. Podés ver en mi casa libros, pinturas, botellas de diversos formatos, cerámicas, pisa papeles, mascarones, fotografías, candelabros, títeres, relojes... en toda la casa, por habitaciones, corredores, baños. Casi no tengo lugar. Y cochecitos de juguete, sombreros, bastones, perchas de sastrerías, pipas, abanicos, barquitos de madera, platos...; una pesadilla que me acompaña y me protege. Nos protege. Talismanes sagrados para alguien que no cree. Un delirio. Bello, pero delirio al fin.

17 — ¿Qué habilidades, de las cuales carezcas, envidiás o envidiaste, te mortifican o te han mortificado?
CP — Tengo muchos defectos, pero no soy envidioso ni me golpeo el pecho. Lamento no saber montar a caballo y no saber bailar tango. En realidad, no sé bailar, me molesta no bailar tango. Soy en general torpe para las cosas manuales y los arreglos de la casa. No me desespera. Insisto con lo del caballo y lo del tango. 

18 — ¿Te provocan algún tipo de interés “adicional” las novelas que se desarrollan en un marco histórico (por ejemplo: “Trafalgar” (1873) de Benito Pérez Galdós (1843-1920); “Quo vadis?” (1896) de Henryk Sienkiewicz (1846- 1916); “Sin novedad en el frente” (1929) de Erich Maria Remarque (1898-1970); “Yo, Claudio” (1934) de Robert Graves (1895-1985); “Las uvas de la ira” (1939) de John Steinbeck (1902-1968))?
CP — Me parecen obras donde lo histórico nos enseña a ver el presente, donde podemos descubrir aquello que no se quiso ver, donde las pasiones o la irracionalidad dominan la posibilidad de elección. No hay asuntos sublimes y asuntos triviales, es siempre el enfoque, el estilo, aquello que nos precipita a cierta inmortalidad de la obra, a ciertos crepúsculos o rostros. En los libros que mencionás la literatura no se vuelve literaria, hay un impulso vital en ellas que nos salva de la estupidez, de la mediocridad. ¿Cómo no nos va a enseñar Steinbeck o Graves? ¿Cómo no advertir en el mundo de Pérez Galdós o en Remarque lo podrido y decadente? Las obsesiones tienen raíces profundas en el lector y en el autor. Son libros, todos ellos, recomendables. Por su lenguaje, por su drama, por todo lo adicional que llevan en sí. Cuando yo era un dudoso principiante, Henryk Sienkiewicz me iluminó. El arte no puede prescindir del “yo”. 

19 — ¿Champagne o sidra? ¿Licor de huevo o anís? ¿Whisky o vodka?
CP — Champagne y sidra, según el momento o la ocasión. Licor de huevo, seguro. Ni whisky ni vodka: vino tinto o blanco de Albariños. 


20 — ¿Cómo te gustaría que te recordaran?...
CP — Como una buena persona, como un ser sin dobleces. Como alguien que, además, amó la poesía e intentó que otros la amen.

21 — No dejaremos de mentar a tus dos hijos, ambos vinculados también con el arte.
CP — Aquí habla el corazón. Mis hijos lo son todo. Emiliano, el mayor, hace cine, es director de fotografía, documentalista, profesor, fue jurado en Viña del Mar y en distintos festivales latinoamericanos, un muchacho de un talento enorme. Lisandro, el menor, es actor, director de teatro, clown, profesor de teatro. Es otro muchacho brillante, lleno de imaginación. Ambos son muy buenos lectores, lectores no sólo de cine o de teatro, se formaron con docentes de trayectoria, de formación ética y humanista. Cuando pienso en ellos recuerdo aquella frase de Pierre Boulez: “La creación sucede cuando lo imprevisto se torna necesario”. Ya en el secundario se destacaban. Emiliano maneja muy bien el inglés y Lisandro, el francés. Tienen una mirada amplia, sin dogmas. Pero sobre todas las cosas son generosos, desprendidos, solidarios, sin vanidades, sin soberbia. Siento felicidad al saberme superado por ellos. Y soy inmensamente feliz al ver sus familias, sus chicas —inteligentes y sensibles—, sus hijos. Tienen lo mejor de la madre.

Carlos Penelas selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:

EPÍSTOLA A LOS PISONES
Estos pobres enemigos, Horacio,
cargados de celos y rencores
vigilan desde las quemaduras de la pereza
los hospedajes de los reinos mezquinos.
Con las piernas heladas, suplicantes,
repitiendo injurias en encuentros inútiles
imploran la fama sobre el légamo
de páginas baldías,
irremediablemente convocadas al perdón.
Solitario atravieso la luz y la ceniza.
Corrompidos por leyendas y dioses
destrozan la belleza
como un cuchillo troyano la maldad.

(“Finisterre”, 1985)


ACRACIA
Ante ídolos terribles y dioses eternos,
escuchando campanas
en las alas de un fuego invisible,
sus sandalias marcaron una huella inexplorada
en los altos jardines
donde los ojos infernales no llegaron.
La vida los protegió de las ambiguas manos,
de la dudosa farsa del sollozo.
Soñaron la desmesurada memoria
que los niños escuchan
en la intimidad de sus alcobas.
Nobles como la rústica mesa de un campesino
hacen inscripciones en la arena.
La belleza y la dicha
como una pasión entregada al olvido
protegen el silencio del hombre solitario.

(“Finisterre”, 1985)


LA VIDA EN TUS OJOS
La vida se recoge en tus ojos,
se desliza en bellas palabras,
en ardientes designios que restituyen
la íntima magia del fuego.
Amada, como un príncipe solitario
busco mi destino en la voz desvalida,
en la oración de la videncia
que purga los rigores del tedio
o los rostros hipócritas de la ciudad.
Delicada y bella me acompañas
sobre el terror del orden y la gloria.
Sé que tus senos necesitan el ritual
de mi tacto, el efímero asombro.
Esto soy, en la desnuda calma de tu lecho.

(“Al amoroso fuego”, 1987) 


PLAZA RODRÍGUEZ PEÑA
En este banco se sentaba mi madre.
Desde aquella hamaca
la candidez crecía junto a Poncho Negro.
Entre esos árboles aún viven dioses y héroes.
El gozo y el amor descubrieron
los románticos ojos de una muchacha,
la rosa roja del poema, el otoño del padre.
Aquí Lugones y Franco y el silencio.
Aquí descansa Gala.
En esta plaza mis hijos recorrieron
la evidencia de otros umbrales.
Los fantasmas la habitan junto a los jacarandaes.
Su magnitud devora las islas del olvido.

(“Calle de la flor alta”, 2011)


ALGUIEN SUEÑA JUNTO AL MAR
Separado y melancólico miro la rompiente,
el vagar ansioso de un cielo imposible
en las cortantes naves
que bordean espumas y cabelleras.
Vida y tiempo lentamente adorables.
Aquí está el milagro. Lo sabía.
En el insomnio, en la inmovilidad de la noche,
en la rosa blanca y apresurada,
en un fado de Amalia Rodrígues,
en la sacralidad de Arvo Part, en la lujuria.
Así me amas, entre la desazón y la quietud
de una buhardilla, con el desánimo y la pasión,
desde el otoño y el lecho amanecido.
Me amas hasta el fondo, hasta el atardecer,
hasta el abismo. Soy lo definitivo,
aquello que tiembla y se desvanece
en esta fina mañana. Solitaria, relumbrante.

(“Poemas de Trieste”, 2013)


PADRE
Padre, levanta la cabeza y mira los cipreses.
Camina con tus honrados huesos campesinos
hacia la luz de la nostalgia.
Otra vez te esperan el combate y la derrota.
Todas las noches vienes con tu voz
a visitar los cuartos de esta casa,
a decirme palabras que no entiendo.
Padre, salúdame con tu sombrero en alto.
Esta noche tu hijo ha soñado que has muerto.

(“Cánticos paternales”, 2015) 

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, por Rolando Revagliatti.

La Gaceta Liberal, domingo 15 de noviembre de 2020

sábado, 7 de noviembre de 2020

Seis poemas errantes

I


Tal vez no sepa gran cosa

de las vastas hojas balanceadas

o del horizonte arrebatado de la noche.

¿Me oyes, padre, sombra o misterio?

¿Éste asteroide, de dónde viene?

¿De qué cielo de hidrógeno?

Y los silicatos ¿qué migraciones buscan

en un mar de espejismo?

¿Y la luz que sube

desde la melancolía y la lluvia?

¿Y mi nombre, mis ojos o mis manos

a qué espacio o cosmos regresan?

¿A cuál nada solitaria, a qué barca?


II


Sólo mi voz recoge el aire

dejando un mundo que acosa y huye.

En la galaxia mi silencio,

el retiramiento, la oscuridad lenta,

pequeños talismanes, laberintos,

la imagen de antiguos cuartos,

los caballos criollos de unos gauchos,

aquella fina arenilla de una playa del sur,

beatitud del grillo, sutilísimo,

desabrimiento, luz mutable,

breve rosa del sueño.

¿De qué vale el poema o la estrella

que ascienden con denuedo

si el Destino ha de golpear mi rostro?


III


Heme aquí, ante un presagio

como un pájaro cárdeno,

en el cielo de una aldea del mundo.

Lo he visto en la mirada de una mujer,

en un mediodía al caminar por el parque

acompañando la desnudez áspera del viento.

Lo he atisbado en un bazar de Barracas al Sur

entre violines y fonógrafos.

Somos parte de una clepsidra

que suelta transparencia y ocio,

la intimidad vulnerada en un follaje.

Miro los astros desde un rumor oceánico,

el amanecer de dioses persistentes

en la ceremonia del asombro.


IV


La fugacidad toca el alba

junto a la brisa de relojes nocturnos.

Amigos, hay un temblor

de hilos en esta ebriedad de brújulas,

cierta insularidad que callamos,

momentos íntimos que parecen eternos.

Y no, tampoco es eso.

Es un leve temblor, una lámpara

temblorosa, frágil, sin alas.

O cierta mitología de la Plaza Rodríguez Peña.

¿Qué tiempo hemos descuidado,

qué soledad, qué escrupuloso julio?

Es un hálito de la vigilia,

apenas un latido que pasa.

Y no llegamos a verlo

en la desnudez que nos sorprende.


V


¿Qué harás de ti, ahora,

en esta lejanía que empuja la intemperie?

A veces creo que es un sueño

de las soledades, de la luna que abandona

el desvelo por tanta inmensidad

en el fulgor de una llanura.

Sé de guerras, de mutilaciones.

Y de horrores, vejámenes, exilios.

Sé de amantes, de cartas, de viajes.

Es cuando intento escribir

desde el vaho de la umbría

la leyenda apartada de la infancia.

Abierto, distraído, ausente.

Como un vagabundo

en una noche de verano, levísima.


VI


Las campanas del monasterio

invocan una belleza irrecuperable.

Ensordecen el manantial, el bosque.

Entonces descubrimos a la hembra

en gracia celeste, rodeada de otoño,

de claridad suspendida, anhelante.

¿Me oyes, madre, desde tu delicadeza?

¿Qué espero, de verdad?

¿Cómo es el hambre, el lúmpen,

el desandar de la pobreza en la ciudad?

¿Qué desasimiento o devoción

penetra la sombra del ocaso?

Es cuando anhelo ciertas tardes,

los baldosones rojos, esta biblioteca.

Y permanezco en el umbral, despojado.


Carlos Penelas

Buenos Aires, noviembre de 2020

viernes, 30 de octubre de 2020

Entrevista para "El retorno"

En un nuevo capítulo de los Coloquios de "El Retorno", Ernesto Ordóñez conversó con Carlos Penelas, que relató su historia y cómo su descendencia gallega marcó su obra y sus valores.

domingo, 25 de octubre de 2020

Nuevo libro de Bryam Herrera Jurado

El lumpen y la melancolía es el último libro de Bryam Herrera Jurado, quien fuera alumno del Taller Lirerario Carlos Penelas, a quien está dedicado. 


El libro fue publicado por la editorial Barnacle y puede adquirirse en este enlace.



miércoles, 21 de octubre de 2020

Leopoldo Marechal: poética y misticismo

En mi juventud me he formado en el socialismo libertario. Más exactamente en el existencialismo, en el universo camusiano. Eso significa, entre otras cosas, que he condenado siempre la demagogia, la obsecuencia, el totalitarismo. Es decir: el pensamiento único con sectas, soberbia y barbarie. Gracias a esta formación – y a seres nobles que me educaron en la comprensión, la dignidad, lo individual – paralelamente admiré la belleza, lo estético, el pensamiento humanista. Para sintetizar: autores con los cuales no comparto su ideología son admirados en mi fuero íntimo por sus creaciones, por ese cosmos que nos trasmiten en el cual hallamos el sentido del infinito, del amor, de la muerte, de lo sublime.


Hace años que debí haber escrito sobre la obra de Leopoldo Marechal. Estas breves líneas compensarán, espero, esa tardanza. Comencé a leer su poética a los diecisiete o dieciocho años. Luego vinieron con el tiempo El banquete de Severo Arcángelo, Cuaderno de navegación, Megafón o la guerra, Antígona Vélez. Gracias a la amistad que felizmente conservo con su hija, María de los Ángeles – difusora incansable como presidente de la Fundación Leopoldo Marechal - fui ampliando el conocimiento de sus libros. Llegaron la Obra Poética, El Hipogrifo, Historia de la calle Corrientes, Descenso y ascenso del alma por la Belleza. Y diversas críticas literarias en torno a su producción.

Despreciado por una intelectualidad que no le perdonó su adhesión al peronismo, Marechal también fue marginado por la burocracia de su partido. La intolerancia del movimiento no soportó que un hombre de la cultura escribiera páginas metafísicas. En verdad - lo sostuve desde siempre - resulta arduo comprender que un intelectual sea peronista. Es un contrasentido, un despropósito. Pero lamentablemente lo hemos visto en diversas corrientes de pensamiento – con sus matices, sus tiempos, sus historias – como en el caso de Neruda, Riefenstahl, Céline, D´Anunnzio, Pound, Maeztu, Ridruejo, Aragón, Asturias, Ungaretti, Pirandello, Olhendorf, Guillén, Gentile, Pfitzner, Marinetti…

"Se produjo un hecho muy curioso: la intelectualidad argentina, antiperonista en su mayoría, y que me conocía bien, personalmente, me excluyó de su seno. Por el otro lado, los peronistas prácticamente ignoraron mi existencia: ponían el acento sobre aspectos populistas de la cultura", le manifestó Marechal, en una ocasión, a Juan Gelman.

Abelardo Castillo en una entrevista comenta que “desconfío de los escritores que no empezaron haciendo versos. Leopoldo Marechal solía recordar que, para Aristóteles, todos los géneros de la literatura son géneros de la poesía, y Ray Bradbury aconseja leer todos los días un poema antes de ponerse a escribir un cuento o una novela. Todo escritor verdadero es esencialmente un poeta. Ser poeta no significa escribir en verso, ni el puro acto mecánico de versificar garantiza la poesía”.

Sostengo que la obra de Marechal parte de su mirada sobre lo religioso y el espíritu de lo bello. Su universo está predestinado en Descenso y ascenso del alma por la Belleza. Su poética o su novelística configuran esa línea. En sus páginas observamos aquello que se manifiesta en su poesía o en Adán Buenosayres: la intertextualidad, cierta temática, imágenes, mitos, símbolos. Aparece el sentir filosófico, teológico, místico. Y la relación del creador con el poema, con su obra; éste con el cosmos, con el infinito, con Dios. Hay una lectura en su poética que se relaciona con lo estético religioso, con lo interior, con el alma. Detrás de su mirada encontramos las lecturas de Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás de Aquino. Pero también las lecturas medievales, la presencia fundamental de San Isidro.


Existe un sujeto y un mundo en su poética por la cual nos lleva hacia un viaje que partiendo del sueño o de la fantasía – mundo ultraísta – nos transporta hacia lo idílico, hacia un universo que modela la materia poética como un demiurgo. Ese lenguaje poético tiene entidad, fija la imagen en lo arquetípico que puede ser la patria, el poema o el Creador. Observamos tiempos enunciados, deslizamientos, lo simbólico del viaje, la identidad, lo real y lo imaginario. Eso, reitero, lo atisbamos en su literatura, sea poética o prosa.

Marechal es un poeta ilustrado, erudito. Un hombre de lecturas clásicas, plenas. En su poética regresa la fuente; lo latino y lo griego. Por eso Virgilio lo acompaña en el relato mítico. Lo bucólico, lo utópico, lo criollo están en sus versos como lo está su catolicismo en ese paisaje ideal, en esa patria ideal de un territorio sin magia, sin romanticismo. Por eso la búsqueda de un cristianismo primitivo y comunitario, búsqueda que es alegoría y símbolo. Ingenuamente cree que “eso” se encuentra en un movimiento social bonapartista. Entonces necesita inventar una patria, generar un mito criollo; lo hace literatura. Necesita que su movimiento espiritual genere un país, una epopeya, un modelo de armonía con lo circundante. “Con qué derecho yo definía la Patria, / bajo un cielo en pañales / y un sol que todavía no ha entrado en la leyenda”.

El destino colectivo es una meta que lo manifiesta en su poética y en la novela. Incluso en el teatro. Esa ética que diseña es literaria, no se corresponde con un territorio que lentamente se resquebraja, se vuelve irracional, inculto, ordinario, sin perspectiva. “Creo que un poeta lo es verdaderamente cuando se hace la 'voz de su pueblo', es decir, cuando lo expresa en su esencialidad, cuando dice por los que no saben decir y canta por los que no saben cantar”. Esta, creemos, es la razón esencial, una catarsis de su “realización espiritual”, de su “experiencia metafísica”. Le es imprescindible, desde la soledad, crear un relato de identidad con un mundo que no es real, que necesita sin más continuar el camino de Eneas.

Debemos señalar aquello que confiere a la Eneida un carácter único: Virgilio relata toda la historia - pasado y futuro de Roma - en el interior de lo que no era más que el primer episodio de la historia legendaria de su pueblo. De mil procedimientos ha echado mano el poeta para integrar en la historia de Eneas la historia de Roma. Creo, para redondear la idea sobre la obra de Marechal, traer las palabras de Adorno: “Para un hombre que ha dejado de tener una patria, el escribir se convierte en un lugar para vivir”.

Virgilio elige la expresión épica, que es filosófica. Marechal sigue esa trayectoria y canta a lo que no es; que eso que no es sea más real de lo que es. Es una aventura espiritual para volver a sí mismo. La imaginación, y también la fantasía, es la que busca en mitos. El poeta profetiza. Desde la imaginación y lo visionario el mundo de la realidad. Su residencia, en verdad, es la patria poética. Construye una materialidad alegórica y mágica. En esa construcción encontramos los movimientos del alma del poeta. Mallarmé expresaba que toda obra humana va a desembocar en un libro. Su forma lírica define planos, espacios, desarrolla asimismo una forma semántica, musical y visual. Todo lo realiza en un lenguaje que se resiste a la sacralización aspirando, simultáneamente, a lo sagrado. Para revelar, al fin, el sentido de su existencia. Aspirar a la verdad, tal como lo enunciara Keats, es aspirar a la belleza.

DEL ÁRBOL


Hay en la casa un Árbol

que no plantó la madre ni riegan los abuelos:

sólo es visible al niño, al poeta y al perro.



Su primavera no es la que fundan las rosas:

no es la vaca encendida ni el huevo de paloma.

Su otoño no es el tiempo que trae desde el mar

caballos irascibles, por tierras de azafrán.

Al Árbol suben otras primaveras e inviernos:

el enigma es del niño, del poeta y del perro.



Cuando la primavera sube al Árbol–sin–nombre,

vestidos de cordura florecen los varones;

y Amor, en pie de guerra, se desliza

de pronto a la sabrosa soledad de las hijas.

Entonces el sabor de algún cielo perdido

desciende con el llanto de los recién nacidos.

Pero cuando el invierno lo desnuda y oprime,

sobre los techos llueven sus hojas invisibles,

y, horizontal, cruza las altas puertas

alguien que por el cielo desaprendió la tierra.



Hay en la casa un Árbol que los grandes no vieron:

el enigma es del niño, del poeta y del perro.

(De Odas para el hombre y la mujer, 1929)



Carlos Penelas
Buenos Aires, 20 de octubre de 2020

Taller literario