lunes, 28 de mayo de 2018

La pregunta


¿Tú sabes de qué va la vida? me preguntó mi padre

cuando aún soñaba en el jardín de la infancia.

Ya no recuerdo su voz ni su mirada.

No recuerdo mi aliento, mi mano tomada de la suya.

Sé que más tarde me habló de su aldea,

del sur, de una beatitud atea, de mi madre.

(Un día me reveló las nubes y un reloj de sol.

Lo recuerdo, por lo visto todavía es posible).

También en mi juventud me supo hablar

de abominaciones, de campanas, de codicias.

Luego descubrí vestigios, arenas, el fulgor

en la confusa pena del mar y de la muerte.

Y el silencio, el amor, el aire libre.

¿Cómo contestar esa pregunta ahora

que tengo casi su edad y su sonrisa

cuando partió en ese batir de alas, en sombras?

Carlos Penelas
Buenos Aires, mayo 27 de 2018

lunes, 21 de mayo de 2018

El poeta se ha quedado solo

No nos es fácil. No es fácil vivir en un mundo donde todo se desconoce, donde todo se derrumba, donde la ignorancia y la pobreza espiritual crece sin límites. Uno vive un universo en el cual el asombro llega a límites insospechados. La imbecilidad, la grosería nos convierten en una herramienta de la sobreconsumición. Han invadido los rincones del exilio y de los sueños. La abyección parece condenarnos. La abyección, la estupidez, la intolerancia, la victimización individual y colectiva. Y la demencia cotidiana, la demencia familiar, la tecnología electrónica en mentes superficiales y frívolas. Quedan islas, pequeños islotes. Nos volvemos insensiblemente idiotas alentados por una industria cultural sin escrúpulos. Para simplificar: la tontería fue ungida para tolerar guerras, violencias, crímenes, injusticias y enajenación.


He vuelto a releer cuentos del creador del realismo mágico. Me refiero, amigo lector, a Arturo Uslar Pietri. Y también releí Godos, insurgentes y visionarios. Difiero de su posición en torno a Sarmiento y a su mirada sobre ciertos caudillos. Pero eso no interesa, en el fondo su pensamiento es siempre lúcido, inteligente, de una fineza intelectual impecable. “Mueran los blancos, los ricos y los que saben leer” enarbolaba José Tomás Boves, conocido como El León de los Llanos y también como La Bestia a Caballo. Nada es novedoso en estas tierras cargadas de brutalidad, resentimiento, masas amorfas y populismo sin fin. Nada es novedoso en la demencia o el extravío.

Un poeta, es archisabido, no adquiere su condición de tal sólo por un libro o por una línea. Su obra moviliza impresiones, nostalgias, desprendimientos, amores inseguros. Es portador de estados de ánimos, de sensaciones, de nostalgias. Refleja lo que descubre y lo que intuye. Alejado de los falsos pudores su vocación está en la soledad, en la madurez de la voz, en la ambigüedad de lo cotidiano.

Los pocos amigos conocen algunos aspectos de mi vida. Los contados lectores, que con valor y voluntad recrean mis palabras, ignoran aspectos cotidianos. Tal vez sea saludable. De todas formas quiero decirles que soy un hombre que divaga como un adolescente sin saber en realidad de aquello que hablan, con el ceño fruncido, los hombres importantes. Soy, si se quiere, un libertario aristocrático. Tengo hábitos austeros, carezco de deudas, me arreglo con lo indispensable. No sé manejar, por lo tanto no tengo automóvil. Tampoco tengo celular ni Facebook. Y me defino agnóstico. Afortunadamente soy un desconocido para los señores de la cultura. (Mis padres me enseñaron a ser tenaz, a ser solidario, a ejercer la moral cotidiana. Y que el dinero es secundario. Sólo los afectos y la conducta importan).

Siempre que puedo digo no. Al poder, a la confabulación, a los casamientos, a los cumpleaños, a la necedad. El hombre se descubre cuando se mide con el obstáculo, me confesó un mediodía Saint-Exupéry. Por eso releo desde mi adolescencia a Pirandello, Thoreau, Ionesco, Montale, Quevedo, Twain, por citar unos pocos. De ellos hablé en los programas que tuve en Radio Nacional, por la década del ’80. Y de uno de los novelistas que me maravillaron a los veinte años: Giuseppe Tomasi de Lampedusa.

El Antichton o la antitierra es un lugar místico de cuya existencia Pitágoras nos dejó un testimonio. Antichton es un país al revés, definitivamente negado e imposible para los seres humanos. Allí, como en las canciones de María Elena Walsh, existe el mundo del revés. La nieve cae hacia arriba, los árboles crecen hacia abajo, el sol luce negro, los habitantes son gente de dieciséis dedos que entran en trance bailando... Se decía que ellos no podían venir hacia nosotros ni nosotros hacia ellos. Era lógico, desde el absurdo. Más tarde, todo el medioevo habló de “el otro lado del globo”. Para los griegos -recordemos- el hemisferio sur estaba deshabitado y era inhabitable.

Ulises, en busca de la montaña del Purgatorio sabía que se encontraba en el corazón, en el centro de Antichton. De donde nadie regresaba. Dante y Virgilio, en la Divina comedia encuentran a Ulises ardiendo en el octavo círculo del Infierno por haber intentado llegar a la montaña prohibida. ¿Fue como un alma muerta? No. Era un ser viviente sediento de conocimientos. Pero Ulises -hay que saberlo- fue afortunado, pues arrancó la Rama de Oro -que es el pasaporte para regresar al país de los vivientes- y rompe con la profecía de Tiresias, el profeta ciego, que señaló que el héroe no hallará la dicha en su palacio de Ítaca y que la Muerte le llegará del mar.

Le dije a mis hijos en reiteradas oportunidades que fecharé un poema como un forastero en la tierra natal, en Espenuca. Minucioso y adusto recorreré acantilados. Y el mar, los senderos secretos de la luna. Sé que sentiré el tiempo con una alegría enorme, una conmoción exagerada, que abre el alma y el silencio. Sacralizando la poesía, abandonando la pompa verbal de los cenáculos literarios, las poses afectadas de los señoritos atildados. Iré, como una inesperada iluminación, articulando sueños y diálogos interiores.

Tramas íntimas, una lectura crédula de la imaginación. La lectura es reunir secretas afinidades, voces circunstanciales que no se resignan al olvido. Una forma de intentar plasmar fábula y belleza.

Otro día seguramente escribiré sobre Maruja Mallo, sobre su mundo, sobre los dos murales que en esta tierra destruyeron con la brutalidad de la ignorancia y del supuesto progreso. Mientras tanto pensemos en Calímaco, en Hipatia, en Jonathan Swift. Y en los estereotipos y prejuicios de cada época.

Carlos Penelas
Buenos Aires, abril de 2018

sábado, 19 de mayo de 2018

Comentario de "El mar en un espejo de otoño"

Publicamos el comentario de Germán Cáceres del último libro de Carlos Penelas.


Desde el título este poemario propone disfrutar la belleza y enaltecer la sensibilidad artística. A ello contribuyen la tapa y las ilustraciones de Eugenia Limeses, que refulgen en oníricos trazos de exquisito refinamiento.

En el lúcido y emotivo prólogo, Penelas afirma: “Me es difícil afirmar una estética, un firmamento único. El poeta escribe en sus ratos de soledad, en ciertos espacios de ensimismamiento. El poema es algo espiritual, algo mágico que nos ayuda a seguir viviendo”.

En el libro abundan imágenes bellas y sugerentes (“Como un cabalista busco el silencio/ de la sombra. Imperceptible.”) Además, las palabras poseen un aura misteriosa y se emplea un rico vocabulario; también se cita a números artistas y escritores de todas las épocas.

El autor confiesa su amargura por la sordidez que prevalece enquistada en el mundo actual: “Sostengo mi dolor en la zozobra/ de este cielo ubicuo, disperso.”

Sorprende la cantidad de imágenes creativas: “Extrañamente cruza un caballo/ sobre la imagen de la luna/ trascielo en el espejo, alada./ En mi pecho he sentido otro latido.”

Preside las poesías una melancolía que expresa lo difícil que es transitar la existencia.

Entre los cuarenta y un poemas que componen el texto hay varios escritos a la mujer amada (“Llevaba una tibieza rumorosa en los labios./ En su sombrero azul la mirada del mar/ como una melodía ineludible, sensitiva.”– “Pero sé que me ama junto al río, / en la luz de aquel reflejo/ junto al agua acariciadora del deseo.”–“Pero sé que eres mía, dulcísima, / en el desvelo del aire y del destierro.”

No falta tampoco en esta visión totalizadora del hombre y de su entorno el canto a la naturaleza: “El mar, embarcado en el bosque,/ atesora fábula de intimidad y de luz.”

Carlos Penelas (provincia de Buenos Aires, 1946) publicó más de treinta libros de poesía y prosa. Estos fueron ilustrados por consagrados artistas plásticos. Su vasta obra recibió elogios de prestigiosos escritores y de numerosas personalidades de la cultura (afirmó Syria Poletti: “Pintura, música y palabras se integran en imágenes que nacieron de una visión interior sostenida por una clara percepción del mundo y del arte.”) Colaboró en revistas literarias y condujo programas de radio. Actualmente escribe para varios sitios de internet.

Germán Cáceres

lunes, 7 de mayo de 2018

Presentación de Jorge da Fonseca

Carlos Penelas habló en la presentación del libro El tejido de la noche, de Jorge da Fonseca, que se realizó en la Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte el sábado 5 de mayo.


A sala llena, Penelas se refirió a la obra del poeta, narrador, crítico literario y periodista Jorge da Fonseca. Rocío Danussi leyó algunos relatos del libro, publicado por por Ediciones En Danza.





domingo, 6 de mayo de 2018

miércoles, 2 de mayo de 2018

Razón, dialéctica y memoria en Borges

Nuestra imaginación, nuestro sentir provienen del pensamiento y de la sensibilidad helénica. Homero, Heráclito, Aristóteles, Sócrates, Parménides, Esquilo... forman parte de nuestra visión, de nuestra búsqueda ética y estética. La mirada de estos dioses terrenales llevaron el fuego de la humanidad. Los poetas, el mundo mágico, la representación y lo utópico, la palabra refinada son ejemplos de ese universo único que nos llega y nos ayuda a la formación moral e intelectual.


La experiencia de la vida siempre condiciona al poeta. Hay un mundo que se crea ante la decadencia de todo lo que existe. Y debemos observar que la dualidad de la poesía frente al existir es sólo aparente.

Como toda obra de trascendencia la de Borges actúa en un ámbito literario universal. Sin duda hay otras convergencias, la hispanoamericana, la europea. En Argentina, durante décadas se la ha tildado de extranjerizante. Sin duda es argentina por la avidez cultural cosmopolita, ente otras cosas. En primer lugar – son varios los enfoques que intentaremos señalar de forma sintética – la insularidad de su prosa, la novedad de la prosa borgeana es una realización privilegiada de la tradición hispanoamericana. Pero en toda su obra admiramos la mirada de un escritor dotado para la especulación intelectual. Y hay, además, una reelaboración de nuestra realidad cultural. Recuperamos en sus páginas la complejidad de su mundo pero también nuestra propia invención del hecho creador.

Creemos oportuno recordar que muchos de sus detractores no vieron, o no quisieron ver, sus textos y sólo glosaron sus opiniones periodísticas. Allí está, como ejemplo, el poema Cristo en la cruz, perteneciente al libro Los conjurados. Este poema no puede ajustarse a un régimen fascista, se llame Pinochet o Videla. Ni al populismo que amenaza la soledad y la étcia. Escribió además: “…desconfiaríamos de la inteligencia de un Dios que mantuviera cielos e infiernos”.

La teología era para Borges lo más fascinante de la literatura fantástica. La particularidad de su poética está en haber interpretado el arte como continuidad y superación, más que como ruptura con la tradición. El poeta aspira a un arte intemporal desde una visión metafórica de su existencia. Su lírica significa un renovado lenguaje de condensación. Sus raíces son parte de la tradición de la poesía metafísica. Y fundamenta, a su vez, una ética no dogmática. En su temática encontramos los antepasados, la patria, la memoria y el olvido, el ejercicio de la literatura. La soledad y la muerte.

Es importante recordar ciertos hitos, ciertos contextos. Al leer Las ruinas circulares, tal vez uno de los mejores cuentos del autor, deberíamos releer La última visita del caballero enfermo de Giovanni Pappini. Obras que nos remiten a la creación más profunda, más íntima. También la lectura - son viajes, laberintos, espejos - de La fiesta del monstruo de H.Bustos Domecq (Borges-Bioy Casares), relato de 1947, que se inicia con unos versos de La Refalosa de Hilario Ascasubi y que tiene como fuente El Matadero de Esteban Echeverría, nos indica el pathos de lo oculto, una suerte de comprensión de nuestra naturaleza, de nuestro enigma. Luego El simulacro, publicado en El Hacedor (1960) con las representaciones y el luto universalmente impuesto en el país. Allí hablará Borges de "la fúnebre farsa" y de "la crasa mitología, temas que conviven en la decadencia de nuestro país.

La literatura argentina cuenta, después de Sarmiento, con escritores que tuvieron fama internacional: Lugones. Sábato, Cortázar y Borges. Y otros que formaron la frondosidad de la literatura nacional como Molinari, Franco, Mujica Láinez, Marechal, Martínez Estrada o Quiroga. Divergencias y convergencias, sin duda, pero estamos intentando hacer una lectura estilística. La estética de Borges es la de un creador de metáforas. Enfatiza la metáfora como núcleo del lenguaje literario.
Entre los símbolos más conocidos en su obra se encuentran el laberinto y el espejo. Símbolo de la prisión (real o imaginaria) el primero; revelación del propio ser, el segundo. Desde luego, hay otras interpretaciones. Estas son las más afines a nuestro sentir.

Para finalizar recordemos un juicio de Julio Ortega. “Como ocurre con Mallarmé y con Joyce, y también con Vallejo y Neruda, la crítica sobre Borges forma parte ya de la misma obra de Borges: no porque sea su paciente tributo, sino porque desarrolla su existencia intelectual, diseña el ámbito de su aventura creadora y, en fin, da cuenta de su radical renovación del acto literario”.

La excepcionalidad, no es un dato menor, se licua entre la multitud. La omnipotencia se transforma – de más está decir en estos tiempos – en carencia. La literatura un resquicio, en algunos casos una obstinada ostentación. La literatura edificante no se ha detenido, como sostiene David Viñas, en las sacristías ni en las congregaciones beatas.

La literatura -en una época de globalización, banalidad y decadencia generalizada - tiende a polarizarse, a esfumarse. Se hipertrofia la espiritualidad, se crea una escenografía en torno a lo inmediato. La creación necesita silencio, tiempo, maduración. Y advertimos que las contraposiciones resultan cada día más homogéneas. Sin pedestales, entonces. Sin apelaciones a lo sentimental.

Quien lea sus páginas encontrará a uno de los creadores más lúcidos y de inevitable pluralidad, una voz propia que pertenece al tiempo. Conforma una emoción intelectual, una pasión por el idioma, una búsqueda emotiva del símbolo, la integración equilibrada de lo nacional con lo universal. Eso es lo que hay, eso es lo que leemos. Su vigencia continuará dentro de un mundo cultural cada vez más asediado. Pero también necesitamos preguntarnos – sin ingenuidad, sin idealizaciones – quién lee en estos tiempos a Victor Hugo, a Pérez Galdós, a Rubén Darío. Si jóvenes universitarios desconocen la Guerra Civil Española o La Comuna de París, estudiantes de teatro ignoran a Meyerhold, jóvenes escritores no leyeron a Molinari o Góngora me es muy difícil hablar de su vigencia. El legado existe, está en su poesía y en su prosa. El resto forma parte de una sociedad hipócrita, rodeada de astucia y grosería. Quedan islas, sin duda. Lugares donde se crea, se trabaja y se siente lo utópico del hombre.

Entre las amenazadas virtudes nacionales la lectura de Sarmiento, Lugones, Franco o Borges comparten el cielo traslúcido de lo intemporal. Allí la poesía, el tiempo de la utopía. Volver a ellos -como a otros poetas de infinitud- nos da aliento en un territorio de ríos oscuros y soledad durísima. El lenguaje dialéctico entra en la mitología pública. De allí la lectura necesaria de los clásicos.

Carlos Penelas
Buenos Aires, mayo de 2018

Taller literario