jueves, 18 de febrero de 2021

De la nimiedad y otras fruslerías

"Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar 
y qué puente hay que quemar"
Bertrand Russell


El ser humano parece no querer cambiar o teme enfrentarse a sí mismo. De otro modo: los cambios se realizan con una lentitud que enerva, desmoraliza. Parece ser que desde nuestro pasado - léase Formoso, Esteban VI, Mastro Titta o Pío V - el engaño, lo escandaloso y el fanatismo cubrieron la historia de leyendas, mitos y falsificaciones. En lo religioso, en lo político, en lo social, en lo ideológico. El poder vertical, con sus variantes, tiene su origen en el poder centralizado desde los faraones y más atrás. Luego es fácil, se sigue el mismo modelo con otras banderas. Ejemplos sobran: las quemas de brujas, el estalinismo, el nazismo, los movimientos populistas de izquierda o de derecha. Los que fueron detractores pueden convertirse en todo lo contrario. Y también lo opuesto. Se aplaude y se deja de aplaudir. Todo vale. El olvido y otras patrañas hacen el resto. Lo vemos con estupor, y no tanto, en Argentina.

¿Quién teme a Virgina Woolf?, de Edward Albee, cuando se estrenó en España en 1966, se anunciaba como “únicamente apta para espectadores de sólida formación”. La obra debutó en plena dictadura franquista. (En cine fue llevada en 1966 por Mike Nichols y protagonizada por Liz Taylor, Richard Burton, Sandy Dennos y George Segal. Inolvidable, desgarradora y trágica).

La obra de Albee, de corte naturalista, no pretende una enseñanza moral, trata el problema de la mentira, el derrumbe que se desencadena en un momento de una pareja – también de una sociedad – el significado de los sueños fallidos, el mundo de las derrotas, la impunidad, la hipocresía. En síntesis: lo que cada uno de nosotros vivimos de manera cotidiana y muchos se engañan, desconocen o prefieren seguir ocultando. Lo importante es figurar, el cuello blanco, la máscara. Disfrazarse de progresista o de plumero. La ofensa, el sarcasmo, la humillación cotidiana.

Es evidente que a Satanás no le conviene que desaparezca Dios. Si la divinidad se esfuma él no tiene sentido, él también desaparece. El poeta ataca la tiranía, no al tirano. El rebelde se levanta contra los excesos del poder. De lo contrario la rebeldía sería, paradójicamente, un homenaje a ese orden injusto. La insumisión, en muchos casos, es una querella íntima de la burguesía. El libertario reivindica la humanidad en cada uno de los seres, lucha porque se reconozca cada ser como parte constitutiva de la especie. De ahí que su rebelión es un proyecto universal. Esto, entre otras cosas, nos enseñó Camus. Muchos no quieren ni se atreven a ser libres, la gran mayoría. De ahí la farsa, la simulación. Un paraíso en el que no se cree, sea éste terrenal o celestial. Imposturas, teatralidad, escenografías frágiles. Pensar y escribir son actos, nunca forman parte de las ceremonias. Uno pone el cuerpo. Por eso miramos la historia como algo grotesco, entre la promiscuidad y la impotencia. Somos fragmentos errantes, desamparados en la sordera del mundo. Todo está ungido por la luz de la esperanza, por un pasatiempo anónimo, perverso.

Lo que es visible se lo ignora. O se lo modifica, no se lo interpreta. Por ignorancia, por imbecilidad, por mala fe. Intereses económicos, industrias, falta de formación, banalidad.

Nuestros pueblos llevan un chovinismo que da escalofrío. Masas de seres ciegos, sordos, necios y patrioteros. Imaginan la bandera como símbolo de una patria o nación, un himno como algo que nos unifica y nos hace sensatos, justos, inmortales. Y un equipo de fútbol donde lo circular rompe categorías, clases sociales, injusticias. El mundo hipócrita continúa con bombos, vinchas y platillos. Estimado lector, no soy un poeta de la devastación. En verdad, debo confesarlo, no sé quienes son mis lectores. Espero que tengan el espíritu abierto y puedan comprender.

Nuestro querido y admirado Sarkozy dijo hace años: “No soy un intelectual, soy alguien concreto”. Lo dice sin complejos, sin evocar a Descartes o a Sartre. Despreocupado, enamorado de Carla Bruni, lo veo en una fotografía junto a su amada en Egipto. Sobrevivimos en una sociedad donde se palpa la farándula, los bucaneros, la superficialidad. Todo se ha vuelto digesto, divertido, fugaz, sustituto. Las vacaciones, la telefonía celular, los empleos, la muerte. Todo es light, edulcorado, televisado. Nada es importante, nadie lee, nadie piensa. ¿Dios o Satán? Se degrada el lenguaje, el amor, la comunicación. Todo es telerealidad. Y el que no lo entienda así queda fosilizado. En nuestro país los ejemplos son cotidianos. Prefiero leer a Bocaccio o a Elliot.

Aquí políticos, intelectuales, empresarios, sindicalistas, lo hacen de modo exagerado, son obscenos. Nos terminan hastiando. A algunos…a todos no. Nuestra historia es un muestrario fascinante de delirios, marchas, imposturas, secuencias e incoherencias. Por eso me agrada Indiana Jones o el surrealismo. Como decía un poeta amigo "el realismo del sur".

Recuerdo un documental de hace años donde los investigadores de Johns Hopkins -gracias a la ingeniería genética- producen ratones esquizofrénicos. Se trata de ratones a los que se les ha inoculado el gen DISC1, el gen del sufrimiento humano. Por supuesto, hay otros temas: crímenes, violaciones, la vacuna rusa, las barras bravas, la droga, la impudicia de caballeros con honorabilidad, saqueos a pleno día, el delirio de un mundo con pandemia. Pero hoy me pareció saludable hablar de estas menudencias.

Carlos Penelas
Buenos Aires, febrero de 2021

miércoles, 10 de febrero de 2021

Traducción al latín

El poema "Galicia", de Carlos Penelas, fue traducido al latín en la última edición de la revista digital "Lusitania", dedicada a Portugal y Galicia. Acompañamos el poema con las palabras de Radulfus, responsable de la publicación y traducción.


 

Gallaecia

Amplam et nostalgicam tenere te
desideravi. In timore quaerere quaesivi
illud quod olim meum fuerat.
Saepe, per noctes,
in exstasi ambulans te contemplari possum.
Olfactu mare percipio et lucos
tacitumque muscum qui me commovet
et nebulosam villam domo petrea latentem…
meamque umbram quadam ecclesia volitantem.
Saepe in mea somnia ascendis.
Saepe tua pulchritudo me contristat.
Attamen scio te meam esse, dulcissima,
in aeris relegationisque vigilia.


Galicia

He deseado tenerte espaciosa, nostálgica.
He querido buscar en el temblor
aquello que fue mío.
A veces, por las noches,
al caminar extasiado logro verte.
Logro oler la mar, los bosques,
ese musgo callado que conmueve,
esa aldea de niebla en la casa de piedra.
Y mi sombra flotante en una iglesia.
A veces te me subes a mi sueño.
A veces, tu belleza acongoja.
Pero sé que eres mía, dulcísima,
en el desvelo del aire y del destierro.

Carlos Penelas


Agradezco a este conocido escritor argentino actual su permiso para reproducir aquí este bello poema. Aconsejo vivamente visitar su sitio en la Red. También hallará el lector allí una traducción al gallego. Me permito decir ahora lo que sobre muchos poemas suelo decir, repetidamente y hasta el cansancio: este poema me parece hecho para mí. Si bien mi ascendencia es totalmente italiana, desde que me pagué a mí mismo la deuda de conocer Galicia, en 2018, me concedí una suerte de ciudadanía espiritual gallega y casi no hay semana en que no lea algún pequeño texto en gallego. Y los versos de Penelas me devuelven precisamente a los días que pasé en Santiago de Compostela y a los paseos que hice, desde allí, a otros sitios. Y siempre recuerdo ese musgo tenaz (de esa tenaz humedad invernal), sus montañas, sus laboriosas ciudades, sus camelias y sus varias aguas, sus soportales, sus callejas, sus manjares. Dicen que en otros tiempos los emigrantes gallegos sentían la nostalgia de su amada Galicia. Pues bien, a la inversa, tengo yo hoy, desde estas lejanas pampas, el ansia de ese nostos, soñando siempre con el retorno a esa romana región. Me dice muy bien Penelas, hablándole a la nai terra, que tal belleza “acongoja.” Ante los males, hay que buscar remedios. Y mis humildes remedios están en la memoria, que me permite, a mi modo, volver a dar la vuelta completa a las murallas de Lugo y ver desde lejos la Torre de Hércules. En fin, te dejo de molestar, caro lector, y copio abajo mi intento de traducción al latín; a un latín trabajoso, pero que intenta ser también homenaje a la romanidad de España. [Radulfus]

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