lunes, 18 de julio de 2011

La estupidez insiste siempre

Estoy caminando hacia Avenida de Mayo. Son esos paseos solitarios y profundos que suelo hacer. Cuando no voy a nadar camino por las calles de Buenos Aires. El circuito cambia, pero se repite. Puede ser Barracas, puede ser La Boca , puede ser Palermo. Lo cierto es que la zona, por lo general, ronda cerca de casa. Es un reconocimiento, un sentirse integrado, seguro. Me gusta la calle Alsina, cuando voy a la cancha, me gusta el viejo puente de Avellaneda en la madrugada, al regresar. Asomarme al riachuelo, ver esa suerte de desidia y destrucción con ojos infantiles.

Es mejor no recordar, caro lector. Es mejor olvidar nombres, circunstancias, principios. Se negocia todo, absolutamente todo. Se negocia la sangre, los nichos, las banderas, la tabla de lavar de la abuela. Mejor no recordar a Emma Goldman o a Belén de Sárraga. Ni a Virginia Bolten ni a Rosa Dubovsky, a quién tuve la fortuna de conocer. Mejor no compararlas con las damas actuales, con las progresistas actuales. Mejor olvidar, olvidar todo. Como hacen los poetas o los idiotas. De lo contrario se corre el riesgo que las embarren, que les hagan homenajes, que bauticen salas de la casa de gobierno con sus nombres. Lo ensucian todo, con perversidad, con ignorancia, con una malicia enquistada.

Mientras camino pienso en los textos de Berger, en los cuentos de Emilia Pardo Bazán (la mejor cuentista de España del siglo XIX), en unos escritos de Michel Houellebecq, en la pintura de Giotto, en la poesía de Enrique Banchs. Intento recordar imágenes, intento planificar ciertas clases, descubrir lo bello y lo crítico en autores que nos intranquilizan, independientemente a veces de su trascendencia.

Ahora estoy mirando un cartel en la esquina de Lima y Moreno. Pienso en la estupidez: siento que flota. Flota entre estudiantes, profesionales, docentes, políticos, intelectuales. Esta en el aire, se la respira; intoxica. Por momentos creo que la estupidez es una adicción. Se necesita de ella para mantener matrimonios, intendentes, fútbol, crucigramas, administrativos, funcionarios. Se mantienen banderas, se cantan himnos, se juegan mundiales.

Estoy releyendo Sobre lo espiritual en el arte de Vassily Kandinsky. Hay cosas que veo por primera vez, otras que sigo sin compartir. Pero qué interesante es ese mundo que propone. Días atrás una alumna me alcanzó un texto sobre Mahler, su vinculación con Freud. Pude hablarle de Mann y de Muerte en Venecia, de la Sinfonía N 1. Entonces vino el nombre de Celan. Y otra vez nuestra poética, los cambios en ese poeta enorme que es Girondo, la mirada de Juan Ramón, la prosa de Sarmiento. Y los cuentos de Lugones, naturalmente.

Recuerdo, mientras observo la vidriera de una librería, a Peter Handke, entre otras cosas guionista de Win Wenders, que refleja en su obra la angustia de la soledad y de la incomunicación. Ahora estoy parado frente a una disquería. Escucho la música de Gershwin, siempre me maravilló. Tengo en mi casa una bellísima versión de sus temas interpretados por Chick Corea. Pienso que siempre hay un cierto grado de complacencia cuando se acepta escribir de uno, una razón y un olvido para que el azar sea presentado como necesidad. Cuando se habla de los otros se habla de sí mismo. “La indigestión es la encargada de predicar la moral al estómago”, decía Víctor Hugo. Todo poeta es un ser desplazado sobre todo si su origen es humilde o campesino. La estupidez insiste siempre, escribió Camus. ¿Por qué me vienen estas citas a la memoria? ¿Tal vez sea la manera de pensar y de incorporar aquello que sentimos? “Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma”, señaló Cicerón. Me distrae el invierno, el sol, las mujeres hermosas. Buenos Aires tiene mujeres fascinantes. En Praga también observé hembras bellísimas. “Las mujeres demasiado bellas sorprenden menos al segundo día” me susurra al oído Stendhal. Lo miro con afecto a mi viejo amigo y le digo: “Tal vez tengas razón, pero una mujer hermosa es bella siempre, aunque al segundo día se nos presente el tedio.” No es buena la situación política y social, definitivamente es difícil. Hoy más que nunca recuerdo aquellas palabras de Simón Bolívar: “Aborrezco a las deudas más que a los españoles.” Bolívar junto con Artigas fueron tal vez los hombres más visionarios de nuestra América. No sólo eran cultos, además escribían admirablemente bien. “Cuando alguien pone el dedo en la llaga, sólo los necios piensan que lo importante es el dedo” leí de joven en Confucio y me quedó grabado para siempre.

Sigo caminando mientras pienso que el poeta lleva en sí una sutil predisposición a los matices, una helénica sospecha de que los contrarios suelen estar muy cerca del espejo. El libro de poemas ya sigue su camino. Es, aunque muchos no lleguen a entenderlo, un homenaje al niño que fui, a Carloncho, el hijo de don Manuel y doña María Manuela. Estuve en el acto que se realizó al hombre más íntegro que dio este país. Si, querido lector, me refiero al Dr. Esteban Laureano Maradona. Un ser abnegado, un hombre puro. Para mi es un asombro de solidaridad, un legado humanitario único. Me emocionaron chaqueños, formoseños, paraguayos. Seres humildes, abiertos de corazón. Estoy llegando a mi casa. Hace frío, hay poco gente en la calle. Es bueno ver la ciudad sin gente.

Carlos Penelas
Buenos Aires, julio de 2011

lunes, 11 de julio de 2011

Germán Cáceres comenta "Calle de la flor alta"

Reproducimos el comentario de Germán Cáceres sobre Calle de la flor alta, de Carlos Penelas, publicado en la página de la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte.

En el prólogo que tituló “Liminar”, Carlos Penelas da una suerte de enunciación de su poemario: “Hay, entonces, un laberinto de espejos, voces errantes, fragmentos que renacen, un vértigo secreto que predispone soledad”. O sea, apuesta por la sensibilidad, tan frágil y etérea como poderosa, ya que puede penetrar en los intersticios más insólitos de la aparentemente maciza realidad. Además, desfilan por sus poesías originales y refinadas imágenes que testimonian momentos de melancolía: en “Los altos cielos” exclama“¡Ay, si alguien pudiera detener la noche/ en esta soledad desvelada!”. Por su parte, “La biblioteca” patentiza un incondicional amor a los libros y a la literatura.

“Plaza Rodríguez Peña” es una emotiva evocación de una vida a través de los mínimos detalles que presenta una plaza de Buenos Aires (“Los fantasmas la habitan junto a los jacarandaes”).

Un entrañable soplo telúrico se encuentra en “Canon”, donde el registro poético de los sonidos, del silencio, del aroma de los frutos y de la tierra rememora a los amados ancestros, como si se operara un deslumbramiento ante las maravillas del mundo.

Penelas confiesa en “El banco” la intensa morriña que siente por la ausencia del padre muerto al sólo contemplar el modesto banco de la cocina.

Toda una contundente toma de posición política -expuesta con vigor y sentido épico- plantea “Una rosa ácrata para Anselme Bellegarrigue”: “Señalaste sarcófagos de bronce, lo abyecto de los templos, /locura de reyes, guerras, el oprobio del oro”.
Sumamente conmovedor es “Encuentro”, donde el poeta es visitado por su fallecida madre.

En “Variaciones de la hembra”, un resplandeciente poema amatorio, la enumeración de elogios a las cualidades femeninas parece ser infinito, como si el autor pudiera proseguir sin límites esta celebración. En la misma frecuencia se desarrollan “El príncipe del olvido”, “Jardín Botánico” y “Calle de la flor alta” (“Las cigüeñas recogen las sombras/ de la niebla. Del amor que en ti existe/ siento un halo. Y el mar, el mar...”).

Un aura romántica recorre su obra. En “El edén insurrecto” canta “Luchamos contra lo incomprensible,/ contra el ubicuo secreto del amor.” También afirma en.“Romance de los sueños” que éstos “tienen esas cosas, esos duendes/ que pueblan infancia y viejos relojes”.

El poeta no cesa de mencionar a personalidades por él admiradas, como Gonzalo de Berceo, León Felipe, Fray Luis de León, Cervantes, Shakespeare, Vasco Pratolini, Anselme Bellegarrigue, Mozart, Sarmiento, Lisandro de la Torre, Durruti, Pedro Salinas, Pavese, Dizzy Gillespie, Swift, Arseni Tarkovski, Harold Lloyd, Tennessee Williams, Wagner, Kandisky, y la lista de celebridades continúa.

Complementan el clima poético de Calle de la flor alta bellos dibujos del autor, que, con un gráfismo sintético, de simples líneas sin sombreado, traza sutiles rostros de mujeres, como si tributara un homenaje a Modigliani.

Germán Cáceres

lunes, 4 de julio de 2011

Homenaje al Doctor Esteban Laureano Maradona

Carlos Penelas fue uno de los oradores en el descubrimiento de la placa descubierta hoy en homenaje al Doctor Esteban Laureano Maradona, en la plazoleta que lleva su nombre, ubicada en avenida Córdoba y Darwin.

La placa fue colocada por iniciativa del diputado socialista Raúl Puy, y se descubrió el día del natalicio de quien fuera conocido como “el médico de los pobres”, designado como "Día del médico rural". Penelas había trabajado en su momento en el proyecto que designó con el nombre del Dr. Maradona al espacio verde ubicado en el paso a nivel del FFCC San Martín, en el barrio de Palermo.

Maradona se recibió en la Universidad de Buenos Aires con diploma de honor. Durante veinticinco años ejerció en el pueblo de Estanislao del Campo, en la provincia de Formosa, donde además de crear una colonia para enfermos de lepra fundó la primera escuela bilingüe del país, les enseñó el castellano a los lugareños, a leer y a escribir. Además, construyó, junto a ellos, casas de ladrillos.

El médico, fallecido en 1995, a la edad de 99 años, también fue propuesto para el Premio Nobel de la Paz y la Organización de las Naciones Unidas le entregó la Estrella de Medicina para la Paz.

viernes, 1 de julio de 2011

El globo rojo

Sí, es preferible conversar de cosas nobles, de cosas bellas. Es preferible leer, escuchar música o hablar con amigos en un café. El resto da asco. Volví a ver - por quinta o sexta vez - El globo rojo. O si usted lo prefiere Le ballon rouge. Siempre sostuve que si en literatura existía El Principito (Le Petit Prince) en cine -su equivalente, su par, su ejemplo- era El globo rojo. El libro, escrito por Antoine de Saint-Exupéry, fue publicado el 6 de abril de 1943. El film, de Albert Lamorisse, se estrenó en 1956. Evoco la primera vez que la ví. Tenía diez años y fue, lo recuerdo perfectamente, cómo lloré. Nunca me había pasado algo así. Mi padre me explicaba que vinieron mil globos para reemplazar al globo rojo, que el niño volaba por la ciudad, que era feliz…en fin, muchas cosas. Yo le decía que el globo rojo ya no estaba más, que era irremplazable, que era único. Con los años descubrí otras cosas de la película: el rechazo al poder, a la iglesia, a la educación. La brutalidad del populacho, el rencor, el resentimiento. El egoísmo y la envidia, una forma sin duda, de lo represivo. Y muchas cosas más. Un relato poético, un emblema. Allí siguen vivos la vitalidad, lo ético, lo libertario. En Crin blanca (1953), del mismo director, conserva también intacto su sello, su atmósfera en busca de la libertad y de la infancia. Cuentos morales, cuentos donde el amor al prójimo, al sueño, a lo fugaz, a lo imaginativo, nos ennoblece. Eran los años en los cuales pensaba que el mundo era mágico y puro.


Por esos años fui con mis padres a ver la versión cinematográfica de Juana de Arco (1948), de Víctor Fleming, con la actuación de Ingrid Bergman. Estuve tres días con fiebre y tenía pesadillas en las cuales ella moría en las llamas. Vino el médico de la familia, el doctor Lucas Benitez, y le recomendó a mi padre que no me llevase a ver esas películas, que era un niño inteligente y extremadamente sensible. Esa versión jamás quise volver a ver. ¿Curioso, no?

Fueron por esos años, hablamos de 1955 o 1956, cuando mis padres me llevaron a ver la versión cinematográfica de Don Quijote de la Mancha. Me refiero a la dirección de Rafael Gil, con Juan Calvo y Fernando Rey. Lloré sobre el final, con la muerte de ese hombre que tanto quise en mi vida. Esa versión volví a verla de adulto, y otras, naturalmente.

Para que el lector no entienda mal es fundamental contar que también me llevaban a ver zarzuelas al Teatro Avenida y ballet al Teatro Colón. Y por supuesto iba a nadar al club, a la cancha de Independiente y a ciertos actos callejeros donde había banderas rojas y señores con sombreros o gorras.

Esta es la razón por la cual cuando vemos en la televisión cómo proliferan los reality shows no debe extrañarnos los períodos de decadencia que venimos soportando, los ejemplos obscenos de programas que son una suerte de pornografía ideológica. En última instancia, es una situación que muestra lo corrupto y perverso de una sociedad en donde hubo desaparecidos, en donde hubo persecuciones, en donde la frivolidad permanece en el plano de la ficción. Los griegos solían decir que un esclavo es aquel que no puede decidir por él mismo. De pronto todo resulta ser escandalosamente divertido. Por eso el rating tiene más importancia que la ética o la solidaridad.

La educación estética entró en mí a través de los ojos más que de los oídos. Mi educación musical -debo confesarlo- es tardía y artificial. Descubrí en mi madurez que cada uno de nosotros somos muchos. Y que no podemos ser más que ese que somos. Tal vez de allí vino mi desmesura afectiva por Pirandello o esa inquietud por las máscaras de Pessoa, sus heterónimos, esos otros escritores de sí mismo.

Todo lo visual forma parte de mi historia. Quizá por ello intenté buscar un hipotético refugio en lo poético. Al poetizar, la más inocente de las ocupaciones según Hölderlin, protege el lenguaje y la ética. Después de muchas lecturas regreso a lo mismo, a dos preceptos del pensamiento griego: conócete a ti mismo y llega a ser el que eres. Ese es el ámbito de la Belleza, de la palabra, del silencio. Desde mi niñez y adolescencia viví rodeado de libros y conductas éticas. A veces pienso que El globo rojo fue la revelación, el secreto íntimo, lo esencial. Me conmueve cada vez que la veo. O cuando escucho la música de Maurice Leroux. Tanto como Le Petit Prince.

Carlos Penelas
Buenos Aires, julio de 2011

Taller literario