Calle de la flor alta

by - viernes, junio 03, 2011

Buenos Aires, 2011.
Editorial Dunken.
Con dibujos del autor.
Poesía.



 Elegía 

Sin ellos el mundo está sin límite. 
Desde cada lugar solitario, los miro. 
Los evoco sin fatiga, en terca plenitud. 
En ellos la sombra que protegió mi infancia, 
esplendente libertad y fulgor. 
Madre cruzando bandadas de pájaros, 
volando junto a nubes, deslizante. 
El hálito mágico del padre 
repartiendo dones, regresando en partidas. 
Permanezco continuo 
como una mano tangible. 
Me descubro colmando la mar 
y la certeza del pecho. 
Así son los dioses terrenales; 
vuelan en entrenoches, sorpresivos. 
En este sendero de ondas y alboradas 
aprisionan luz, aire, talones. 
Vitales renacemos en sus voces. 
Inseparables, desvelados, impávidos de cielo.

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La biblioteca 

Sobre el escritorio vela un candil. 
A mi espalda voces de héroes, 
dioses paganos, palabras proletarias, 
antiguos mármoles, música secreta. 
Hay también anfiteatros, muros, catedrales. 
Y museos, orillas sagradas con campesinos, 
proclamas insurrectas, 
la soledad del poema en las estrellas, 
una delicada imagen de un film. 
La plenitud de una escena, 
heridas de la locura o del hambre, 
una flauta implorante de bosques, 
aquella galería de estatuas derribadas en el tiempo. 
Hay fotografías, amuletos, leves recuerdos 
de la infancia recuperando claridad. 
Lenguas celtas, latinas, lagos interiores 
soñando por las noches lo errático 
del amor o la muerte. En cada página 
la belleza del cuerpo, el abismo del mar, 
el milagro del número, un misterio 
de ritos impasibles y espejos solitarios. 
En cada anaquel el fervor de los años, 
el insomnio, un destino con umbrales y puertas 
que ilumina lo invisible en caballeros medievales. 
Oigo la lluvia, suspiros de amantes, 
una transparencia de bestias fabulosas, 
la calidez de dioses vivientes. 
Sobre el escritorio vela un candil. 

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Responso a una patria 

Aún hay hombres que forjan ilusiones 
en este río que llega hasta el ocaso 
como agua sonámbula de musgos. 
Aquí, en este territorio donde habito 
se mezclan odios y ebriedad constante. 
Hay muerte cotidiana, 
una desatada locura que asfixia 
desde una red sombría de desvelos. 
Así, el color pálido de la intemperie, 
yuyales, estambres hundidos 
sobre mesadas o túneles ciegos, 
una doliente historia de alfombras, de líderes, 
de soberbia, de bombos miserables. 
Y de muerte y de desaparecidos. 
Nos rodea la injuria y el hambre, 
la desnutrición, los espejos, los burócratas, 
una encadenada costumbre que reitera 
el extravío y el laberinto de cúpulas y torres. 
Es difícil el silencio, la soledad, el crepúsculo. 
Difícil la transparencia del poema, 
el cristal invisible de la infancia 
entre tanto quebranto aciago y mentira. 
Entonces, los sueños llaman candelabros, 
otoños, risas libertarias, el desorden de las aves. 
Llegan en la soledad restituida 
a horcaduras de la lluvia, 
en ceremonias íntimas, amigos, 
en ceremonias íntimas con la certeza del amor. 
Tal vez el corazón 
sea una súbita mirada de arboledas y brumas, 
tal vez la verdad arrasada, el rencor sacrílego, 
la piedad del humilde 
sean la noche clara del indefenso. 
No lo sé, de verdad, no lo sé. 
Pero aquí estoy, perdido entre hombres heridos, 
entre ciegos y deformes 
que perecen en la calle y no lo saben. 
Estoy entre miles de ojos indecisos 
para evocar el idioma extranjero de mis padres, 
las voces de mis hijos, 
el idealismo necesario y rebelde de la amada. 

 Quizá todo sea una equivocada pasión de mi esperanza. 

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Cartas 

I 
Llevo la fidelidad de aquellas almas 
ilusorias, sensibles, 
sueños prodigiosos, palabras recónditas. 
Sin amparo, el hastío invade 
con humillación y maldad. 
Asciende a celebrar la muerte y la victoria. 
Lleva el poder de lo inhumano. 
Nos transformamos en estos seres ausentes, 
solitarios, sin caridad ni perdón 
perdidos en un amargo combate 
de azar y redes prefijadas. 

Una deidad extraña ama y destruye. 

II 
La vida es este sueño, anubado, 
que fatiga los ojos de los muertos. 
Una vivencia oculta de la infancia 
sobre la profecía de los padres. 

El eco de la piedra y de la sombra 
ciega la brevedad del día. 

III 
Recién ahora son visibles los relojes, 
las flores azures de la fatalidad, 
el claro cristal que atesora penumbra, 
la ficción que acuña tu destino. 
Pero también la ferocidad del odio, 
el abismo. Tarde descubrimos 
lo absurdo del ensueño, 
los hexámetros de amor, el abandono 
de una alcoba alucinada. 
Siento ahora el alivio que precede 
la lluvia en el verano. 
Y la furtiva presencia del mar 
en las estrellas.



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