martes, 21 de junio de 2011

"Calle de la flor alta", por María Adela Renard

A continuación, el texto completo que María Adela Renard preparó para la presentación de Calle de la flor alta, de Carlos Penelas.

Ese sueño fugaz, engarzado en el misterio de la vida, el don de percibir residuos emblemáticos de instantes plenos, conforma este nuevo libro de Carlos Penelas, “Un sueño sin retorno y sin recuerdo” como era el deseo de León Felipe, citado en el umbral de la edición que presentamos.

Un tramo más de reconocimiento en la palabra, de compromiso raigal con sus orígenes -asumidos plenamente- con las familias de procedencia y pertenencia, mujer e hijos. Inmerso en el bagaje cultural heredado, tan propio como consciente en la necesidad puntual e imperiosa de participación, difusión y diálogo. Enriquecido, en efecto, con el aporte creador personal que lo sitúa como valor en el contexto actual de la poesía en nuestro medio, pasando por alto dictámenes y/o tendencias circunstanciales, grupos y cofradías.

“Acaso la memoria nos vuelva a la lucha continua”, tal conclusión sella el poema “Homenaje a Vasco Pratolini”, incluido en este nuevo libro sobre un recuerdo fiel e incesante, fecundo al prodigarse, que se constituye y continúa haciéndose en la poesía de Carlos Penelas desde los albores de su escritura. Tan personal y singular como valiente y directo en la confesión -límpida siempre- de su intimidad. Intimidad en equilibrio que encuentra el cauce lírico e intelectual exacto para expresar gozo y dolor con sobria estética. Intimidad de la propia historia en el contexto de todos los protagonistas que no sólo le dejaron huellas profundas sino que integran su persona constituyéndolo sobre su reconocimiento de valores perdurables. La responsabilidad asumida de mantenerlos vivos y vigentes fuera de la tentación del desaliento. En cambio, desde la convicción que impide la derrota de la esperanza.

Calle de la flor alta es, qué duda cabe, un libro de poesía.

No obstante, su género no impide que sea, además, un exponente narrativo de claridad meridiana por cuanto cada poema puede devenir en texto narrativo gracias a sus atributos como materia de experiencia, pensamiento, reflexión y expresión. Los contenidos fragmentarios de la discontinuidad (enumeraciones, nombres propios) invitan a generar vías asociativas que establecen vínculos con el nivel hipertextual y el fluir temporal de la conciencia expresado después como collage. Esta nueva disposición significante crea una estructura libre otra, de presupuestos sintagmáticos y lineales, provista, en cambio, de imágenes dialécticas. Interrumpe el tiempo convencional y remite a un tiempo discontinuo que, tanto el creador como el lector perciben cual tiempo-ahora, estático y extático, como espacio atópico y metatópico, En suma, adviene o bien acontece una realidad autónoma en la realidad misma. Buenos ejemplos de esta característica son los poemas “La biblioteca”, “Cielo de Betanzos”, “El banco”, “Plaza Rodríguez Peña”, entre otros.

La unidad que conforma esta obra posee varios centros temáticos o, si se prefiere, de interés. Destacan como asuntos en sí mismos y a la vez configuran su tramado cual totalidad indisoluble: el origen (celta, gallego); los padres y abuelos, hermanos; la mujer y los hijos; la biblioteca y lecturas; la cultura en general; Buenos Aires; España; la identificación autobiográfica y ácrata en la composición del sí mismo y del ser que escribe.

En efecto, Carlos Penelas, hijo de inmigrantes reconoce la gravitación de esta identidad en la herencia ancestral gallega en términos de conocimiento, respeto, admiración y búsqueda. Asimismo como recuerdo y devoción permanentes que resguardan y alientan frente a la sostenida intemperie de nuestro entorno. Cito: “Aquí en este territorio donde habito/ se mezclan odios y ebriedad constante./ Hay muerte cotidiana,/ una desatada locura que asfixia/ desde una red sombría de desvelos./ Así el color pálido de la intemperie,/ yuyales, estambres hundidos/ sobre mesadas o túneles ciegos,/ una doliente historia de alfombras, de líderes,/ de soberbia, de bombos miserables./ Y de muerte y de desaparecidos./ Nos rodea la injuria y el hambre,/ la desnutrición, los espejos, los burócratas,/ una encadenada costumbre que reitera/ el extravío y el laberinto de cúpulas y torres./ Es difícil el silencio, la soledad, el crepúsculo./ Difícil la transparencia del poema,/ el cristal invisible de la infancia/ entre tanto quebranto aciago y mentira.”

En “Responso a una Patria” -poema cuya cita antecede- Carlos Penelas reflexiona en términos concretos sobre la situación patológica y dramática que padecemos. Las metáforas “río que llega hasta el ocaso/ como agua sonámbula de musgos”, “red sombría de desvelos”, “una doliente historia de alfombras, de líderes/ de soberbia, de bombos miserables”, “el extravío y el laberinto de cúpulas y torres”, entre otras, confieren al asunto en cuestión una jerarquía semántica objetiva que pareciera desprenderse de quien escribe denunciando, de esta manera, su carácter de testimonio sufriente.

La contrapartida es el registro de la ilusión de algunos, la evocación del “cristal invisible de la infancia”, la amistad, el amor, “el idioma extranjero de mis padres,/ las voces de mis hijos,/ el idealismo necesario y rebelde de la amada.”

Según Roland Barthes, la palabra vive sólo en función de su contexto. Éste es ilimitado puesto que comprende todo el sistema temático e ideológico del escritor más nuestra propia situación de lectores en toda su extensión y vulnerabilidad. Las palabras son funciones, sufren avatares, reencarnan.

Cuando Carlos califica el idioma de sus padres como extranjero plantea el problema de la diferencia social en el uso de la lengua. Antes el Pueblo no carecía de lengua -lo cual sería inconcebible- sino que la lengua del Pueblo (Michelet lo destaca con mayúscula), no estaba bajo la influencia de los medios de comunicación de masas ni de escuelas. Estaba, en cambio, situada al margen de la presión de medios burgueses y pequeño burgueses.

El Pueblo alcanzaba cierta espontaneidad, un estado extra-ideológico, claramente perceptible en sus modismos, refranes y canciones populares. Hoy, la lengua popular no es más que un lenguaje burgués degenerado, devastado, generalizado y vulgarizado envuelto en una especie de sentido común sui generis, del cual la prensa, la televisión, la radio, los celulares, la informática y las redes sociales son focos de imposición y difusión, que además, aglutinan a las clases sociales.

Carlos Penelas sostiene junto con Michelet la convicción del lenguaje-Pueblo cual tierra prometida. Sin olvidar, claro está, que la mediación entre el poder y el lenguaje no es de orden político sino cultural, que el discurso acrático se enuncia siempre contra la doxa.

Volviendo al comienzo, los centros temáticos que estructuran esta obra, son a nuestro entender: fervor ancestral por el origen que incluye la devoción por padres y abuelos, por España y lugares emblemáticos correspondientes, la mujer puntualmente evocada de modo galante rozando a veces el realismo, y los hijos. Mujer e hijos, referentes de una fe alentada en deseo de esperanza, bagaje cultural heredado y descubierto por sí mismo; figuras y personalidades admiradas, Buenos Aires, testimonios generacionales, conciencia de aislamiento y resistencia, espacio autobiográfico.

Estos centros remiten, en efecto, a “Liminar”, texto teórico inicial, en cuanto establecidos por la intuición de lo más íntimo del ser mediante la creación. Creación, travesía personal que el poeta comparte e invita a recrear. A partir de concentración y silencio, su apuesta es el re-nacimiento que trasciende la melancolía y el exilio. No en vano afirma en “Sombra del paraíso”, primer poema incluido en El Mirador de Espenuca (1994): “Tal vez la vida/ sea hallar esa mueca/ desde el fondo mismo de la desolación.” Mueca, contorsión o cambio en la dirección de la fuerza, hecha con la energía perdurable que describe en “Palabras” (pág.59) para atravesar y religar valores intergeneracionales, a pesar de todo inextinguibles:

“Amigos, observad estas palabras/ que caen en la noche. Apenas rozan la luz/ de una lámpara silenciosa y antigua./ Vienen de aquellos campesinos exiliados,/ llegan de agonías, de mujeres bellísimas,/ de caricias que sobreviven/ en talismanes o miradas melancólicas./ Observad un momento cómo llaman,/ cómo acarician frente y ternura,/ de qué manera nombran la insurrección.”

Sin embargo, el poeta afirma al final: “Nos cuesta sentir en nuestra piel/ tanta soledad y tanta urgencia.”

Dentro del sistema de imágenes dialécticas que ofrece esta obra, son constantes las atinentes a la evocación de los padres -particularmente al padre- apelativas por lo general, como refugio, pedido de amparo y sostén frente a la orfandad que el poeta sufre. En modo alguno podría interpretarse como duelo sin asumir. Por lo contrario, por tratarse de la pérdida irremediable de una instancia genuina en la cual imperaban valores éticos, interpersonales, culturales y estéticos heredados cuya vigencia fue desapareciendo durante el transcurso de varias décadas para sumirnos en un caos regido por códigos ajenos a su identidad, formación y convicciones. Y en este sentido, hasta los objetos son portadores emblemáticos que concentran luz.

En “La biblioteca”, por ejemplo, un candil inicial y final vela, enmarca recuerdos tangibles e intangibles diversos. “Hay fotografías, amuletos, leves recuerdos de la infancia recuperando claridad”, que Carlos ubica en un presente vivo. En “Canon”, otro ejemplo, “El cigarro del padre/ anunciaba el secreto de la honradez”, y cuando el poeta cierra los ojos “aparece la madre llevando/ una sombrilla blanca de encaje”, alusión junto con el peinado descripto, a la femineidad y delicadeza. En ambos casos, los objetos connotan cualidades, valores intangibles.

Por otra parte, “el banco de la cocina” es objeto -la redundancia vale- de ensimismamiento y extraña unión de dos tiempos. Síntesis de vida familiar en la misma casa y lugar, testigos silentes. En apretada y mínima síntesis final, la vivencia real está expresada como “abismo”, “maledicencia” y “congoja”, de los que huye.

Obligada, creemos, la referencia al poema “Evocaciones”, uno de los más extensos. Seres presentes y ausentes comparten, desde otra puesta un presente eterno, que lo vincula con el sentido expresado en “El banco”. En este caso, las enumeraciones, sin duda causales, van sucediéndose precedidas por un acápite que firma Arseni Tarkovski, y dice “Existe solamente la realidad y la luz”. La afirmación final del poeta, colocada en bastardilla es una declaración rigurosamente inapelable: “La muerte no existe en el mundo, todos son inmortales.”

Habría, por cierto, otros asuntos en los cuales detenerse y advertir sus enlaces con otros, como el diálogo intertextual de sus constantes. Las lecturas que depara este libro llevan además, puntualmente, hacia una instancia reiterada en toda la obra: el asombro o la perplejidad.
Actitud marcada a menudo e inspirada por la experiencia de vivir cuando prima la evocación en primer plano: “Sin ellos el mundo está sin límite/ Desde cada lugar solitario, los miro./ Los evoco sin fatiga, en terca plenitud./ En ellos la sombra que protegió mi infancia,/ esplendente libertad y fulgor. […] Permanezco continuo/ como una mano tangible. […] Así son los dioses terrenales;/ vuelan en entrenoches, sorpresivos. […] Vitales renacemos en sus voces./ Inseparables, desvelados, impávidos de cielo.” (“Elegía”, pág.14)

Este asombro o perplejidad, es una constante que genera una suerte de presente advertido desde el “cristal de la palabra” en el silencio que establece orden al pensamiento del poeta cuando dirige su mirada interior hacia el cielo de Betanzos, ápice del sentido -creemos- desplegado en todos y cada uno de los momentos o poemas que constituyen su obra. Imperioso en “Los altos cielos” (pág.39), atento a lo que pasa y lo que permanece en “la luz sucesiva de la ausencia”, consciente de “visiones y emblemas de una casa”. Aún en pasajes diluidos, como es el caso del poema “Tonos” (pág.42), donde “Oscila el pensamiento […] Asoma y desaparece la ausencia/ sin perfume ni voz/ entre las piedras pulidas de los cuartos.” hasta consolidarse cual presencia en una imagen ritual “La frutera es un altar en la mesa de la sala.”

Por último, la flor presente en el título de este libro, tomado del poema homónimo (pág.67), la flor alta es misterio que se eleva en la luz, el aire, el sueño,el amor y la piedad unidos en su trasfondo. Comparte también la soledad en “Una rosa ácrata para Anselme Bellagarrige” (pág.21) : “Aquí estoy, solo en la calle/ con una flor mirando en la noche las estrellas homéricas,/ avergonzado de tanta oscuridad y tanto gesto inútil.” Un tercer poema, “Rapsodia del secreto” (pág.40), en su parte II contiene a la flor bloqueando un espacio reservado a los hombres de bien, a la paz. Leemos: “Desde el aire/ un país de niebla y expedientes, de bombos, demagogia y murga,/ revuela la memoria./ Ya no quedan imágenes/ para odios y niños secuestrados./ […] Pero una flor en la alta calle,/ que no concibe la maldad de los hombres,/ vela el nombre del reino.”

María Adela Renard
Buenos Aires, 17 de junio de 2011



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