martes, 9 de junio de 2009

El mirador de Espenuca

Buenos Aires, 1995.
Torres Agüero Editor.
Ilustraciones de Domingo Gatto.
Poesía.

Los trasterrados

A Pedro Penelas y Tomas Abad, mis abuelos

No preguntaron nada.
Vinieron en los barcos del hambre y la tristeza,
traían calderos, baúles, rezos.
Viajaron desde el bosque sobre el mar de la noche.
Campesinos absortos, insurrectos.
Eran hijos de viejos labradores,
de fraguas y neblinas,
de encinas que engendraron los dioses del destierro.
Cantaban en secreto un idioma de lluvias.
Venían con los ojos desplomados del alba,
con los oleos antiguos de los templos,
con las voces desnudas.
Sin capa, sin espada, sin gloria.
Llevaban la ceniza en pobres escudillas,
el luto por herencia, el olor de los huertos.
Y lunas que bordaron mujeres encorvadas
o señales intactas en perdidas aldeas.
Traían chaquetones, mantillas, linos, panas.
Recordaban las piedras de montes con olivos,
la brisa de los aparecidos,
el hechizo de las llamas en la piedad del lecho.
La cripta, el olor del mirto, la madera.
No preguntaron nada.
Abrían las ventanas, lavaban las cocinas,
renovaban coraje en sus fotografías.
No sabían escribir ni leer ni mentir.
Eran de un linaje misterioso, de un perfil delicado.
Ofrendaban soledad, inocencia, belleza.
No conocían museos ni héroes.
No sabían de libros, de patrias, de banderas.
Protegían sus santos con ajos y albahaca.
Se ocupaban de las cosas comunes:
del trabajo, del pan, de los hijos.
No expresaron fatiga ni dolor. Morían en silencio.
Llevaban en la sangre
el honor, la palabra, la brisca.
Bebían vino tinto. No reclamaron nada.
Caminaban el tiempo de otro tiempo.
Supieron comprobar lo efímero en miradas sagradas.
Fueron los reyes de mi infancia.
Sin mármoles ni bronces ni castillos.

Hoy evoco sus nombres, sus memorias, sus sueños.
No preguntaron nada. No pregunto nada. Camino.

Buenos Aires, enero de 1995.

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El mirador de Espenuca

Aquí estoy, padre,
mirando con tus ojos este lugar del mundo.
Las colinas esperan
tu transfiguración en la bruma del alba.
Es una humedad lejana que dibuja presencias
sobre la lumbre eterna.
Hora a hora llegan las campanadas
como llegaban los pastores en esta tierra de éxodo.
Desde un aliento inmenso tu voz sube
con dioses que agonizan las sucesivas muertes.
Sobrevivimos a la llovizna
entre almas suspendidas en este umbral de la ternura.
Aquí estoy, padre, cumpliendo mi promesa.
El pecho desolado
buscándote en este silencio iniciático
en la parroquia de Santa Eulalia.
Veo el puente de tu niñez, el Mandeo.
Y los robles y un hórreo abandonado
desbordado por la vivencia de la memoria antigua.
Es nuestro el gozo incomprensible y conmovido.
Nuestro el llanto, los coros invisibles,
las fábulas de la nostalgia y el aliento.
Has despertado, padre, de la muerte,
de los oscuros días que vagan por los bosques.
Otras sombras asedian el tiempo transcurrido,
la mezquina gloria que proponen los señores
del pazo Del Corral.
Desde aquí vislumbramos Santa María de Oís,
Los mirlos que otean el peligro,
este orden que restituye el honor y la pureza.
Juntos, en instante absoluto,
evocamos la pasión, el péndulo del sueño,
las voces sagradas de un tributo inasible.
Con lágrimas en los ojos percibo un clima irreal.
Ahora está el sol sobre el follaje,
la luz que alimenta el verdor y los frutos,
la vida sosteniendo desde lo más profundo
esta piedad remota, inadvertida.
Hora tras hora llegan las campanadas a este mirador
invadiendo mi frente con un temblor de siglos.
Escucho mi sollozo como un náufrago
que agoniza en la niñez ambigua.
Ahora, para siempre, ha callado tu voz.
Padre, aquí estoy,
en este mirador absorbente y profético
amando con mis ojos este solar del mundo.

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María Manuela

Aquí, en San Andrés de Rante
Nacieron los bisabuelos de mi madre.
En absoluta inocencia fue bautizada
En Santa Eufemia la Real del Norte.
He pisado esta igrexa del siglo XVI
He tocado su pila, sus muros, el silencio.
Desde una herida efímera
Solitario y perdido
En las Fontes das Burgas
Puse un exvoto en su memoria.
Un pasado de lluvias y vidas secretas
Me unen a la dulzura y a la destrucción.
Como un símbolo
En la rua de Lepamo dio a luz.
Hija de jornaleros
Conoció la fábrica en otra tierra.
Veo los enterramientos
Las estatuas que asedian las ofrendas,
Los suspiros que velan los mensajes del cielo.
Los señores de horca y cuchilla
Poseen sus pazos y sus topónimos
De esta profética leyenda
Íntima de dolor, fantasmagórica.

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