martes, 9 de junio de 2009

Los dones furtivos

Buenos Aires, 1980.
Fundación Argentina para la Poesía.
Ilustración de Demetrio Urruchúa.
Poesía.


Los Penelas

Sé que mis mayores gravitan en mi sangre.
Sé que hay símbolos secretos en la ira.
Y rigores y olvidos.
Sé que las pesadillas
perpetúan familiares signos en mi rostro.
La adversidad y la pobreza
divulgaron sus hábitos y sus humillaciones.
Ellos tienen la imagen del desvelo.
Fatigaron la tierra.
Fatigaron los mares y los puertos.
Me concedieron la pasión, el lenguaje, la lucha.
No conocieron la avidez. No invocaron justicia.
Fraguaron el mundo en el cansancio.
Y en la alegría sencilla de los desheredados.
(Hoy solicito sus voces flageladas de olvido.)
Se afianzaron en la vida y en el sur.
Soñaron el recuerdo, la quietud,
la milagrosa sucesión de los días.
Trabajaron las fábricas, los muelles.
Trabajaron la muerte en el jornal.
Me rodean sus mitos, sus heridas.
Persisten en mi la sombra
como la intensidad y la ternura.
Para no forzar el llanto
siembro mi verso de silencio.

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Doña Pilar

La puerta de su casa nos invita a pasar.
La virtud y las manos son formas de Breogán.

La elemental cocina y el banco familiar
nos muestran el secreto de la cordialidad.

En ella hay siempre tiempo para estar y pensar.
Y una taza de caldo y un pedazo de pan.

Pilar nos comunica su alegría al contar
las cosas de la feria o el recuerdo del mar.

Nos acompaña el dulce, la galleta, la sal.
Y el rápido susurro, ardiente, de su andar.

(Desde el patio yo evoco a mi madre al soñar.
Es límpido el silencio de la voz al callar).

Aquí no existen libros ni cuadros que mirar.
Sólo la sabia vida que discurre. No más.

Por la tarde la Virgen tiene forma de hogar.
Con su sagrada sombra es vulgar la Piedad.

Yo quiero que mi verso así sea al cantar.
Profundo y transparente como su voz, Pilar.

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