viernes, 12 de junio de 2009

El exilio final

Buenos Aires, 1998.
Ediciones Botella al Mar.
Ilustración de Luis Seoane.
Plaqueta. Prosa.


El exilio final

Son las dos de la madrugada del viernes 7 de agosto de 1998. Ayer despedimos a Arturo Cuadrado. Estaban Paco Lores, el plástico Albino Fernández, el poeta Lucas Moreno, Alejandrina Devescovi de la editorial Botella al Mar, el cineasta Cánepa. y amigos, autoridades de distintos centros de la colectividad. Fue velado,en la Federación de Sociedades Gallegas. Poco pudimos hablar. El sollozo quebró nuestra voz.
El jueves 6 estaba Arturo en el geriátrico. Anochecía. Lo acompañaba un matrimonio. Hacía más de una hora que conversaban con lentitud, en profundidad íntima y secreta. Cerca de las nueve de la noche Cuadrado les dijo: "Por favor, retírense. Quiero morir solo". La mujer, titubeando, se acercó a la puerta de la habitación. "Por favor, váyanse. Quiero morir en soledad". El matrimonio, con pudor y extrañeza, se retiró. Cinco minutos después Arturo Cuadrado partía hacia la nada.
Fue poeta, conferencista, fabulador, militante, periodista. Tal vez, definiti­vamente, el último bohemio, una leyenda viva, un mito de la Guerra Civil, de los cenáculos literarios. Un personaje de Valle-Inclán.
Virtualmente fue creando un personaje inolvidable. Contradictorio, difícil, simulador, seductor, por momentos brillante. A veces sospecho que fue ateo, creyente, miliciano, revolucionario, charlista, amador incansable, inmortal. Pienso que fue eso. No claudicó con los burócratas -de aquí y de allá-, los oportunistas, los políticos. Presumo que siempre se burló de ellos. No conoció jamás el valor del dinero. La vida lo llevaba. Y él se dejaba llevar. Mar azul, cielo azul, blanca vela. (Oigo su voz: "¿Por qué los hombres matan a otros hombres?")
Estaba sereno en su ataúd. Parecía pensativo. La bandera republicana lo cubrió. Esa bandera, única bandera de mi infancia. Pertenezco a una raza de campesinos. Detesto las alfombras rojas, los genuflexos que se pavonean. Arturo Cuadrado escribió en el periódico Galicia una página cuando salió mi primer libro. Allí lo conocí. Corría el año 1970. Le acompañaban Xosé Conde y Manuel Fernández Valle. A partir de hoy estaré más solo. Espero que sea enterrado en Galicia. El lugar en que está es oscuro, un nicho para amanuenses. Arturo Cuadrado se merece la luz, la niebla, la lluvia, la voz de las gaitas. Que la nostalgia nos proteja de la mediocridad.

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