martes, 9 de junio de 2009

Poesía y ser

Buenos Aires, 1981.
Francisco Courbet / Ediciones de Poesía.
Ilustración de Rubén Rey.
Prosa.

De la biografía

a Pedro Penelas y Tomás Abad

Debo decir que mi primera niñez ha sido vital y llena de alegría. Que fui un adolescente díscolo, enamorado de aventuras literarias y muchachas hermosas. Que fui mal estudiante y tenaz lector, maravillado por el deporte y por el ocio. Que viví rodeado de amigos vagabundos y pendencieros, de generosos jóvenes en busca de su destino incierto y complejo, que sufrí la muerte de mi madre y el amor de una niña de ojos claros. Que soñé viajar en barcos, recorrer países inauditos, copular princesas, hacer estallar el Vaticano.

Mis abuelos fueron campesinos. Trabajaron la tierra de sus amos. Cosecharon el hambre y la humildad. Partieron de Galicia para encontrar la vida en estas tierras. Trabajaron los puertos, hombrearon el silencio y el salario. Conocieron las huelgas, las proclamas, el miedo. Se murieron sin saber el alfabeto, sin conocer las voces del destierro. Ese es mi linaje, mi abolengo, mi primitiva historia.

Mi padre trabajó en el campo desde los cinco años. A los nueve, en esta tierra, producía dividendos en una fábrica de vidrios. Doce horas por día y el jornal. Mis tías hilaron el infierno en las hilanderías. Mi madre era modista. Doce horas diarias de trabajo. Los domingos cantaban las canciones lejanas, las recordadas muñeiras. Y se iban muriendo de nostalgia, con la honestidad y la pobreza escondida en sus cuartos.

A los catorce años mi padre conoció a unos franceses socialistas. Allí empezó todo. Aprendió el castellano y el francés, recordó el gallego en otra latitud y en otra historia. Con su voluntad de hierro y su conducta comenzó con Zola, con Galdós, con quevedo. Luego llegaron Hugo, Cervantes, Shakespeare, Schopenhauer. Y los periódicos socialistas y anarquistas de la época. Y la Semana Trágica y la Patagonia. Allí comenzó todo. Las canciones ateas de la infancia, la ironía cotidiana a “la justicia”. El rechazo.

Rodeado de alegría y discusiones violentas, de fanatismos ciegos y de esperanza, poco a poco fui recorriendo el mundo. Odié la demagogia, el populismo, la actitud chabacana. Sin saber cómo fui republicano, defensor de Dreyfus, admirador de Castelao, enamorado de Dalí y de Picasso, apologista de Chaplin, lector de Rosalía, gustador de Falla y de Segovia, soñador de Salgari, cómplice de manifestaciones antitotalitarias, confidente de reuniones, marginado escolar, con la escarapela española en actos públicos, delirante y desobediente, expulsado de colegios por mi conducta, aburrido en las clases, prófugo en las canchas de fútbol y en las plazas. Sin un centavo; irreverente y vagabundo leía a Pratolini y a Fernández Moreno.

De niño me enseñaron la historia de España. Churruca, Lepanto, Agustina de Aragón, Escipión el Africano, eran nombres que mi imaginación y mi memoria recorrían con naturalidad. Heredé –años me costó superarlo– el odio a los franceses y a los ingleses. Sabía que había dos banderas españolas y que sólo una era legítima. Hasta los quince años ignoré por completo la literatura nacional. A los doce años ya sabía de memoria el inmortal poema de Jorge Manrique. Fuenteovejuna y Trafalgar eran temas de largas sobremesas. Mis hermanas hablaban de Machado y Benavente. Era la época en que yo estaba enamorado profundamente de Sarita Montiel.

En casa de mi tío Pedro sólo se bebía agua. “Hay que dar el ejemplo” escuchaba sin cesar. “Debemos ir a lo fundamental, a lo imprescindible” decía mi padre. “La humanidad está perdida, Manolo” argumentaba mi tío. “Huele a bosta” completaba mi padre. Estos recuerdos me llevan a regiones remotas, a una infancia donde la alegría y la exaltación, el furor y la risa se entretejían. Y así fui creciendo, caminando las calles del sur de la mano de mi padre. Lo recuerdo con su sobretodo gris y su sombrero una noche de invierno. Yo estaba refugiado en un zaguán. Él le hacía señas al tranvía.

“No debes comentar con nadie lo que escuchas hablar durante la cena”. Una vez más su voz grave, sus claros ojos, su mirada inquieta y fulgurante. En ese clima crecí. “Ten cuidado Manuel con lo que dices. Te van a detener”. Se hablaba de cinismo, de la delación, de la inmoralidad. La palabra pesquisa resonaba en los pasos. Mi madre me hablaba de decoro, con una sencillez y una claridad difícil de explicar. Una mujer traía todas las semanas un periódico y unas bolsas tejidas. Las bolsas, como otras chucherías, eran los trabajos de los presos. Mi padre las compraba. Siempre recordaré una bolsa azul que yo llevaba a la panadería, orgulloso y clandestino. Me llevó a ver el incendio de la Casa del Pueblo. “Para que nunca te olvides”. En su rostro la indignación y la impotencia.

Mi tío Pedro vivía en Villegas y Pavón. Era un hombre de una fuerza descomunal. Debía medir un poco más de un metro sesenta. Siempre me impresionaron su tórax, su cuello y su mandíbula. Los 1º de mayo y los 17 de octubre pasaban por la puerta de su casa cantidad de hombres con bombos y carteles. Mi tío les decía a sus hijos y a su mujer que se fueran a la cocina, que estaba al final de la galería. Él se dedicaba a insultar al líder, a la mujer del líder, a las consignas. Blasfemaba a la Virgen y a su madre. Recordaba el día en que nació y se mordía los labios mirando con un furor terrible. Por la noche su familia dormía en la casa de mi otra tía o en la última pieza. Sobre las paredes apoyaba colchones. En la terraza, parapetado con su escopeta, velaba durante dos o tres días. Mágicamente jamás le ocurrió nada.

Los sábados por la noche mi padre me llevaba a la casa de mi tío Pedro. Siempre lo recordaré con su boina negra, con su vela prendida (decía que la vela no dañaba la vista) y su Quijote. Allí se reunían a discutir hasta el insulto. Yo me asustaba de los gritos, de los golpes de puño sobre la mesa, de la violencia de sus rostros. Ambos eran socialistas ¿de qué discutían así? Ambos criticaban al clero y al militarismo. Jamás supe por qué. Pero todos los sábados, en aquella casa, en aquella cocina, mientras mi tía Isabel me daba turrón de Alicante y me contaba cuentos, ellos discutían. De todo y por todo.

Mi madre quería que fuera músico. Yo le decía que iba a ser torero. Ella me mostraba revistas donde estaba Manolete y me contaba historias y leyendas. Jamás vio una corrida pero me decía que eran hermosas. Me hablaba de los trajes de luces, de cómo se hacían, de sus telas. Mi madre aprendió a leer de grande, junto a mi padre. Tuvo cinco hijos. Lavaba, fregaba los pisos, planchaba por la noche mientras el sueño se adueñaba de la casa. Nunca tuvo tiempo. Pienso en eso y los ojos se me llenan de lágrimas. Grave, en los últimos meses de su vida, postrada en su lecho, pudo dedicarse a leer. Pocos días antes de su muerte había terminado el último tomo de Los Thibault.

Mi padre me hablaba del asesinato de Jaurés y también de Rosseau. Admirador de Pirandello y de Valle Inclán, conocía sus anécdotas y sus humoradas. Pero también me hablaba de la Naturaleza, de los pájaros, de la injusticia social. Me señalaba el escepticismo, el caos del mundo, la hipocresía de los gobiernos. Paseábamos en los tranvías, leíamos en los cafés uno frente al otro. Me hablaba del Buscón y del Licenciado Vidriera. Enamorado de los niños y del amor nunca supo hacer fortuna. “les dejo a mis hijos lo que muy pocos padres pueden dejar: una cultura y una conducta.”

Fui el menor de cinco hijos. Le debo a mis hermanos gran parte de mis virtudes y mis defectos. Así debe ser, por otra parte. La ira, la intolerancia, la generosidad, el desinterés por lo exterior, el individualismo como una exageración del amor propio, la libertad, el humor, la ironía, la voluntad, la polémica, la irracionalidad, el terror a las enfermedades y a la muerte, la compasión. Pero creo que he heredado de mi hermana Raquel lo mejor: no conozco la envidia.

Desde niño aprendí que el hombre era un trabajador ético y que él debía labrarse su destino. Y que ese destino debía tener una conducta, un claro sentido emancipador- Supe que poco o nada podía hacer el arte, que la moral correspondía a otra categoría, a un mundo más interno, más cercano del sueño y la aventura. Descubrí que no había profesión ni ideología que pudiera señalar el camino, que no existía religión ni filosofía que nos acercara a esa desesperada búsqueda. Y sentí, ya en mi madurez, que la bondad es lo más importante del hombre.

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De los signos

Recuerdo la ciudad con sus luces encendidas, sus plazas y sus tranvías. Desde la ventana miraba pasar los automóviles y me invadía una alegría elemental. Los carteles de los cines, los restaurantes iluminados, los quioscos con sus vendedores de diarios. Era un mundo que me aventuraba a recorrer maravillado por las criaturas y las cosas que me rodeaban. Partía con mis amigos a desafiarlo, a conquistar las historias secretas de la ciudad.

En las vacciones podía estar en contacto con la naturaleza. Pero nunca conocí en realidad el nombre de los pájaros o el de los árboles. Recuerdo las noches en Lomas de Zamora, las frutas que comíamos en los caminos alejados, las tardes soleadas a la sombra de la higuera. Recuerdo los barquitos que construíamos con madera de balsa, el descubrimiento inédito del sexo y del amor en los ojos verdes de una niña.

La Naturaleza fue atrapada en mí desde los libros, desde una realidad imprevisible y distante, guiado desde entonces por la fantasía y la ilusión, recorriendo desde las mesas de las bibliotecas públicas el universo y los rostros secretos, los desiertos y las humedecidas hierbas de los bosques.

Es sumamente difícil buscar los signos perdidos en el tiempo. La mirada divaga en la intimidad y en la complacencia de la palabra. Se busca romper la santificación que esos signos pueden llegar a ocasionar. Sé que el compromiso está en mi cuerpo y que todo lo demás puede ubicarse en la categoría de lo sagrado. No soy a través del poema un soporte de algo excepcional. Rechazo el sacerdocio del escritor, el onanismo espiritual, los mecanismos que nos inmovilizan.

Sé que ellos llegan con el vino y el amor, se sientan a la mesa, me muestran su afecto. Son los antiguos mitos de la infancia, los recordados rincones, los puentes que dividen nuestro mundo, el empedrado de los barrios con sus saludos y su familiaridad, con sus mercados y sus mujeres de busto opulento. Son las mesas de dominó y la cocina con su salero y sus cubiertos agrupando voces esotéricas, como ecos que invaden los sutiles hilos de la llama de la fuente.

Era el año 1955. Los peronistas habían incendiado las iglesias; un asesino era buscado por haber descuartizado a una mujer; en mi casa se hablaba de Churchill y de Stalin. Teníamos un campeón mundial de boxeo y otro de automovilismo. Pero para nosotros eso no contaba. Vivíamos nuestro mundo, nuestras escapadas a la plaza, nuestras recorridas por la calle de los cines y nuestras obsesiones. Leía, jugaba al fútbol y soñaba con los senos de Beba. El Destino no existía. Por las noches celebraba las novelas de Verne. Mi padre me hablaba de la masonería y de los carbonarios. En mi imaginación y mi soledad las banderas piratas luchaban en Borneo.

Hay señales secretas que nos quedan para siempre. Son como talismanes. Quizá –cargados de atavismos, de vivencias terribles o de voces violentas– fuimos recuperando los símbolos del recuerdo, en un pretérito diáfano, como un hábito invasor de ciertos anuncios.
Todo se fue configurando en idiomas arcanos, en códigos difíciles de expresar entre los compañeros del aula, en fabricaciones íntimas donde jugaba con Alertes o reproducía el asesinato de Julio César. Es por todo eso que la fidelidad con un pasado, lleno de vicisitudes y luchas, de exaltaciones desmesuradas o sentimientos nostálgicos, nos proyecta a un diálogo apasionado con los dioses del sudor y la esperanza.

Evocaba los trenes. Cuando iba al colegio hacía salir el aliento de mi boca y evocaba los trenes. Sentía el frío del invierno en mi cara. Llevaba una bufanda azul y unos guantes del mismo color. Un moño con lunares blancos y sobre el guardapolvo un cardigan que me había hecho mi madre. Recuerdo a ese niño con la capa gris y botas de goma. Lo recuerdo en la dirección esperando temeroso la llegada del padre. Y lo recuerdo haciendo los palotes y las orejas al cuaderno de clase. Lo veo maravillado, estático, a la orilla del mar. Me parece imposible que ese niño sea este hombre.

Las imágenes. Me persiguen en sueños y vigilia. Los potreros donde jugaba al fútbol, el pasaje La Paz donde recorría conventillos, espiaba la “pensión de las vírgenes”, creando fantasías por lugares leídos, hablando del cardenal Richelieu, observando desde el tranvía los árboles de los parques, las casas, los letreros de los negocios, la gente que subía con sombreros y guantes. A los ojos del mundo se oponía mi mundo.

Esperaba las vacaciones para ir a Lomas de Zamora, a la casa de unos amigos de mi hermana mayor. Jugaba con los perros, hacía barriletes y conocía la pequeña quinta con sus frutales y tomates. Perseguía gallinas y entonaba estribillos que me enseñaba el padre de Ricardo, mi amigo. Por las noches era la mascota de una murga y cantaba con picardía estrofas groseras mientras las mujeres y los hombres se desternillaban de risa. Pasaba luego con la gorra saltando, brincando, entusiasmado y hundido en el milagro.

Mi alivio era salir de casa. Me iba con los amigos por los bosques de Palermo o por el puerto. Mes escapaba sabiendo que la paliza tarde o temprano llegaría. Por esa misma razón siempre regresaba tarde. Sin un centavo las alternativas no eran muchas. Me encantaba repartir diarios, ayudar al hielero, tocar su caballo, usar el triciclo del almacén. Indócil y crédulo recorría la ciudad con el corazón ávido y jubiloso. A veces robábamos estampitas de la sacristía y las entregábamos a la puerta de la iglesia para que nos dieran dinero.

Cada día era un prodigio, al menos así lo creía, de legítimas aventuras donde la felicidad multiplicaba las esperanzas. Me fingía a mí mismo tener un porvenir. Las cosas sucedían. Eso era todo. No escuchaba el consejo de mis mayores, me aburría el colegio, las clases de inglés y los conciertos. Aislado en un mundo que iba creciendo se aproximaba el comienzo de la adolescencia; el entusiasmo y el derrumbe de otro mundo.

He perdido de vista a casi todos los amigos de la infancia. Algunos se hicieron feriantes, otros trabajan de mozos o de obreros. Los conventillos y la mayoría de aquellas casonas pobladas de gentes se convirtieron en edificios de propiedad horizontal o en playas de estacionamiento. Soy uno de los pocos que sigue viviendo en el barrio. Por las tardes la plaza Rodríguez Peña me trae ese clima tan cercano y sugerente. Es una de las plazas más hermosas de Buenos Aires.

Creo que a mí me salvaron los libros y desde luego ese clima intelectual que se vivía en casa. Presiento que es en esta realidad de sueño y de vigilia donde el poeta debe forjar su destino. Para enriquecer su vida en forma austera, pero esencial. De manera concreta, pero mágica.

1 comentario:

  1. Poesía y ser fue compuesto en Linotipia Chacabuco,yo participé de la corrección de tus textos y ya, en ese momento me deslumbró tu estilo. Mi viejo me enseñó a leerte, hoy lo disfruté de nuevo.
    Adriana do Amaral

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