viernes, 12 de junio de 2009

Canillita

Buenos Aires, 1998.
Ediciones del valle.
Plaqueta. Poesía.


Canillita

a don Héctor Somoza

En esta esquina se adueñó de la ochava.
Era el gorrión del tren, de la barrera.
Del envido, del acordeón,
de la copa de chianti en el estaño.
En alpargatas la estrella y la veleta
al saturar de risas los andamios.
Adoquinar el barrio para dormir la siesta.
Era de avellaneda,
del barrio de la mosca, malandrín de los chuenga.
Era rojo del alma, sin merienda.
Con pelota de trapo empotreraba el día.
De domingo, de chata, de vereda.

En esa esquina aún se tranca el silbido.
Quedaron los bizcochos sonámbulos de acera.
El codo, el antebrazo, la pebeta del gaita
que con sus ojos verdes empataba un golazo.
El almacén, la luna del crepúsculo, la bondiola.
Parloteaba vermú, hesperidina.
Ordenaba la muerte en el tranvía.
Cinematógrafo:
prensa al hombro, sopermi, bomboncito.
Se apropiaba de todo.
Del rex, de las cuartetas, el obelisco.
De la plaza britania al parque japonés.
Se metía en el billar, en el boliche.
Andaba de martona, de fangio, de de sica.
(Entre lluvias regresa,
calavera sin fin con brillantina.
Sellando la sonrisa de gambeta).

Particulares negros y fósforos de cera
con una actriz de hollywood.
Voceaba la quinta, la sexta. Voceaba crítica.
Huelga, almanaque, radowitzky.
Decía camarada, bohemio, cajetilla.
Colgaba a la merello junto al pueblo,
y a varela con boina desde el gráfico.
Vendía las crónicas del alba,
el talento de landrú, los cuadros de medrano.
Paturuzú y ricotipo leían el pif-paf.

(Ellos me hablan, señores, ellos me hablan.
El pan es duro y los dedos golpean
el hambre y la injusticia.
Las oscuras alcobas y el dolor y las velas.
Colito me habla, el que donaba sangre.
José Rivas, el portugués, el campeón
de las pistas que se entrenaba al alba.
Juan Carlos Ledesma, maratonista
de calles, de quintas, de caudillos.
Doña María y Ernesto Bianco
buscadores de sueños y riberas itálicas.
Oscar Zito, Constitución y la rayuela.
Ellos me hablan, señores.
Hirviéndoles la sangre,
diciendo El Porvenir, urbanidad, codillo).

Se colgaba del viento. Hastaluego.
Tenía un farol proletario en la parada.
Un luto por la vieja. A gardel sonriente
como un extra más de tantas extras.
Decía la patrona, percanta, don florencio.
Había marineros, artistas, votantes con corbatas.
Empleados inútiles, prolijos.
Anunciaba mitines, primaveras.
Suburbano de suela con bigote de espejo,
lápizdeoreja.

Llevaba al hombro necrológicas, sombreros.
Apellidos patricios, clasificados, besos.
Era fraternal, filósofo, poeta.
Así desde la infancia.
Guardapolvo y folletín y vino.
Despabiló al otario y a la hija del tordo.
Agigantó la mano con la rienda en el disco.
Apostó al organito, al pasador.
Decía costanera, yapa, buenosdías.

Después partieron todos.
El barsuárez, el sobrenombre, el peine del bolsillo.
La rubia de la cuadra y el hielero.
La generala, la voz del luna, la chirola.
Sensiblera la tarde se olvidó del torito.
Ayer de noche lo soñé sin parada.
En otra ochava espera el camión a chacarita.

Refuerza el corazón tanta elegía.

Carlos Penelas
Buenos Aires, noviembre de 1997

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