viernes, 19 de junio de 2009

Romancero de la melancolía

Buenos Aires, 2007.
Centro Betanzos Ediciones.
Ilustraciones de Juan Manuel Sánchez.
Prosa poética.

Vivamos atque amemos
Catullus

Oyes mi vida, errante, desde la lejanía. Voces entrelazadas crecen entre las ruinas del mundo y la pasión, en la primitiva inconsciencia, en los mitos lavados por los sueños. Escucha mi corazón en este oleaje de estrellas. Ce toit tranquille, oú marchent des colombes,/ Entre les pins palpite, entre les tombes… Soy el príncipe que rehace un viaje. Un príncipe perdido entre el afán y el recuerdo. Feliz de ver ondear el aire, el rostro de la amada en la ilusión del amor, libre la cabellera entre sus senos. “Serás el príncipe de este lugar olvidado del mundo. Desnacerás en otra tierra.” Acabo de nacer. Apenas fue la resonancia de una palabra. Fulguró por un instante y desapareció. Siguió durando en el silencio. El bosque llevaba el tono del invierno. Bajo hojas crepusculares él era el aire, los corzos, los jabalíes, el sol que hacía entrecerrar los párpados ahogados por el exilio y el amor. Se desbautizan el río, el horizonte. Este mirador quiere decirnos algo, inminencia de una revelación, un estado de felicidad, rostros trabajados por las mitologías.
¿De dónde viene este príncipe que se despierta en mí? ¿Este sueño que llamo mío es una ficción, una ausencia de otro, algo que nos ofrece la traducción de la noche?
Desde un aliento la memoria sube con dioses que agonizan los sucesivos abandonos. Veo el puente del umbral, el Mandeo, los hórreos abandonados, los coros en la bruma del alba. Hora tras hora llegan campanadas, esta piedad remota, inadvertida. Escucho mi sollozo, el desamparo y la banalidad que indaga la palabra. A tan alta va la luna.

Noi non sappiamo. He pensado por vos, he recordado por todos. Padre atento a los destellos, la bella Clizia me ha llevado a la erma a ver tu sombra. Escucha ahora, lector del sueño, este liquen, el triste hechizo del otoño, el roce del cabello cuando cubre la frente de la amada. Todo pasa dentro del corazón, en la niebla de la mirada, en la llovizna que cae sobre los muros de una casa abandonada. El peso de los antepasados nos condiciona en la noche, esta voz desterrada prueba ofrenda y abandono. Ahora sabemos qué trono hemos destruido, qué memoria dispersaron los mares. Esta inmovilidad unida al movimiento… Habito un país inexplicable, de oscura memoria y murmurantes aguas. Ahora la congoja sosiega mis palabras. La ciudad se oculta con estrías y pájaros inmóviles. Regreso para nombrarlos en la iniquidad, en las barcas de la diáspora. Veo a Diotima en los recodos de los sueños, pero nuestro linaje vaga en las tinieblas. No hay tiempo ni memoria. Un sanguinario dios nos devora día a día hasta ver la fugacidad de los cipreses en las estrellas. Nacen y mueren nuevas vidas en esta trama de vana agitación, en una alegría bastarda donde aún percibimos islas venturosas. (Cercana, protectora, con voluntad sobrante. Ascendiendo, Guiomar, ascendiendo.) La niebla rodea objetos y trastos que apenas existen. El reflejo de la infancia nos permite vivir en la demencia, esa luz obstinada donde nos refugiamos susurrantes, ese deslizarse entre hebras de lluvia antes de callar. Mientras dormimos o velamos se reúnen nuestros antepasados tendiendo manteles entre el desamor y el estremecimiento. Y vemos el cesto de mimbre con pan fresco, el lenguaje de los dioses en las horas aciagas. Todos los días se crucifica a un poeta.

Hechizado, camino por senderos sacralizados de un bosque, silencioso. Serenamente. Había dejado ciudades y villas. Olvidado arquitecturas románicas, espacios y voces familiares. Recordaba tumbas, monumentos funerarios, iglesias con testimonios piadosos, pórticos medievales. Estoy solo y cruzo un pequeño puente por el que podía pasar una yunta de bueyes. Soy parte del ensueño. Me acompaña una música dominante y la llovizna como un velo mágico. Pude lavar las furias, el cautiverio, los fracasos amordazados. Siento la nostalgia de los días sin objeto. La luz ofrenda el tiempo que labra árboles y piedras. El paso era de quien marcha solitario entre sombras, de quien habita la tierra. Un universo vibra la nostalgia. Gozo la hierba, imágenes que circundan ritos. El cielo azulísimo llevaba la inmovilidad de un viaje inconcluso. He aquí, me dije, signos, nieblas inaccesibles. De pronto una casa. Abandonada. Se abrió la puerta y una mujer me pregunta: "¿Qué buscas?". Busco a un niño que se perdió, le respondo. A un niño que creció entre el sollozo y la memoria de días descifrados. A un niño que creció del otro lado del mar y desea abrazar a su padre que vivió en esta casa, en esta perdida aldea de labradores. “–Pasa me dijo-. Otros han venido tras el aroma inmutable y no los dejé entrar. Allí está tu padre, con los zapatos embarrados, soñando desde el mirador que su hijo lo encontraría. Deja ya de vagar por la melancolía y la ansiedad de la noche."


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