martes, 9 de junio de 2009

El nombre en la luna

Buenos Aires, 1994.
Editorial La Encina.
Ilustración de María Gnecco.
Plaqueta. Prosa.


El nombre en la luna

La dolencia de amor no se cura, sino con la presencia y la figura.
San Juan de la Cruz

Todos saben que el tiempo guarda historias. Para algunos es algo mágico que vigila instantes, que se esconde o desaparece, que sueña en las noches. A veces atraviesa a caballo los bosques o viaja en gaviotas que perdieron la razón. Para otros el tiempo es la realidad de la ciudad, el fuego del trabajo cotidiano, el perdido recuerdo de la infancia. O el hambre, el dolor, la prepotencia del alcohol.

Aquí referiré algo que pasó antes que los corazones descubrieran la esencia de las piedras.
Quiero decirles que escribo esta leyenda (en verdad la reescribo) no desde la enfermedad o los viajes del exilio, sino rodeado del respeto que me merecen los campesinos del sur de nuestra tierra.

Hubo un hombre que viajó por el camino de la bondad y la ternura. Eso ocurrió en la estación de las lluvias, más allá del río Colorado. Usaba el poncho a la bandolera y fumaba cigarrillos negros mientras el viento soplaba sin cesar. Ese hombre -que fue mi padre- me contó cómo eran los lagos del sur, sus acequias, los pinos. Muchos años después recorrí esos parajes.

Allí sentí por vez primera la presencia del tiempo. Cuentan los luga­reños que un poeta leía debajo de los árboles hasta que la luz del día lo permitía. Solía andar solitario pero le gustaba conversar con la gente. Jamás bebía. Se lo veía caminar con aire ausente entre los frutales. Su mirada era suave como el trébol. Le gustaba hablar de los hipocampos, de las doncellas que aman a los príncipes, de duendes mensajeros.

Campesinos y chacareros tomaban mate con él alrededor del fogón. El participaba de sus recuerdos, de los amores que solían evocar, de sus íntimas alegrías o secretos rencores. De la sabiduría popular.

Un día partió sin que se supiera adonde. Esa noche un pájaro oculto cantó con la voz de un ruiseñor.

El tiempo toma rastros incomprensibles. Sólo atisbamos e intuimos por un instante. Al fin todo sucede como algo naturalmente previsto. Por eso, años después, los niños descubrieron que en los árboles en donde había leído el poeta, la sombra iba adquiriendo forma de libro durante los atardeceres y forma de corazón en el alba.

Se supo también que en la luna, desde esos árboles, se podía leer el nombre de una mujer.

Carlos Penelas
1994

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