martes, 16 de junio de 2009

Oda al deshabitado

Buenos Aires, 2003.
Ediciones del valle.
Ilustraciones de Juan Manuel Sánchez.
Plaqueta. Poesía.

Oda al deshabitado

Saliendo de las campanas o de las lluvias
Sólo puedo mirar ahora los cipreses.
Mirar las elegías ociosas de los muertos
Con el grave color de las velas hinchadas,
Navegando en sombras sin espumas
Hacia un puerto poblado de difuntos.

Sobre las voces la secreta belleza
Con los ojos abiertos,
Quemando la boca de la noche sin sábanas,
La costa roja como un suicidio a borbotones
Entre la ofrenda de la luz
Que sueña la mirada otoñal
El miedo, la súbita congoja.
Y los pájaros emigran de las islas,
Del fondo del bosque donde los druidas
Convocan al tacto y al silencio

Qué penetrante, qué pureza feroz
Es esta fuga desmedida en la locura de mi alma.
¡Oh dama sin abanicos ni duelos!
Trémula sobre el desorden y los libros,
Sobre el llanto, en los dormitorios,
Sobre las uvas húmedas de los cristales.
Impuro es el rito o el abismo
Que largamente recuerdan los retratos.

Y viene la ceniza, la nostalgia,
El viento libertario insurrecto de puños,
Las grandes desventuras, las separaciones,
Calendarios sin cornisas ni brindis ni responsos.
Así crecen la injuria, el alcohol, las heridas.
Los objetos que sin piedad nos llaman
Ciegos y confusos, debajo de los muebles,
En las ventanas sumergidas por el tedio,
Por la maldad de las viudas sin amantes,
En ferias de anticuarios, en viejos mercados.
Mientras, los hijos crecen radiantes
Protegido por huéspedes en almas nupciales,
Flotando, risueños, delirantes,
Hablando de la harina, del amaranto
De huracanadas hembras, de barrios góticos.

(Sé que algunos ángeles aprisionan mis cabellos
O el destino de la niebla en los manantiales.
Pero ahora vuelve la sutil ansiedad,
Las ráfagas melancólicas del sur,
La arena y los huesos con tristes decisiones,
El desierto acosante, el polvo que levanta la tarde
Devorando ausencias y llanuras.
Vuelven para angustiar mi duda,
Su mirada y sus senos, el hálito insomne del amor,
El pubis lleno de sollozos y días inmediatos.
¡La desnudez ahondo solitario
Perdido en el recuerdo trasluciente!)

Saliendo del sonido o del cielo
Entre el salitre, los párpados o el ajo
Cayendo interminablemente
Entre el amor y el odio como pobres burgueses,
Fatigado de nombres, de poemas, de hoteles,
Evocando el exilio, campesinos gallegos, plazas
La calle Viamonte, Montevideo o Edimburgo,
La pasión o el hambre
Evocando cartas, embarcaciones o follajes.
Vivimos la ternura, la eternidad del canto.
Y descubrimos ¡Oh fuego transparente del naufragio!
Que sólo la rosa se eleva a las estrellas.

Carlos Penelas
Buenos Aires, agosto de 2002

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