martes, 9 de junio de 2009

Queimada

Buenos Aires, 1990.
Francisco Courbet / Ediciones de Poesía.
Ilustración de Ricardo Carpani.
Poesía.

Del mar y de la piedra

1.
Como en un cuento mis mayores escribieron
sobre la tierra de las lluvias
las leyes de la piedad y de la muerte.
Descubrieron el tacto que embriaga,
la lumbre de la alcoba,
versos apenas pronunciados
en la pulcritud de la cocina
para restituir el alimento de la infancia.

2.
Los espectros que santifican la ausencia me protegen del dolor.
Velan por mí
sobre la maldad y la destrucción que resplandece.
Creyeron en el hechizo de las llamas,
en la cosmogonía del mar y de la piedra.
Los observo en el destino del amor.

Aquí, los campesinos trasterrados.

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Mi mano tocaba la ausencia


a Rocío
Mi mano tocaba la ausencia de su cuerpo.
Y sus ojos, levísimos, insinuaban
la interminable tarde de los caballos blancos.
Recorrimos el sexo con la alegría
del animal insomne.
¡La muerte no existía!
Así te amé. En la urgencia de tu nombre.
Me aventuro
tras el temblor de la palabra. Distante.
Como un dios desterrado.
Era mayo de 1968
(Los sindicatos son burdeles.)
En la Sorbona, graffitis en los muros.
Bebimos las estrellas
como los centauros el agua.

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Padre

Padre, levanta la cabeza y mira los cipreses.
Camina con tus honrados huesos campesinos
hacia la luz de la nostalgia.
Otra vez te esperan el combate y la derrota.
Todas las noches vienes con tu voz
a visitar los cuartos de esta casa,
a decirme palabras que no entiendo.
Padre, salúdame con tu sombrero en alto.
Esta noche tu hijo ha soñado que has muerto.

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