martes, 9 de junio de 2009

El jardín de Acracia

Buenos Aires, 1990.
Editorial Reconstruir.
Con viñetas del autor.
Poesía.


El jardín de acracia


Non saprò nulla della mia vita
Salvatore Quasimodo

Duélete de mi señora.
Señora, duélete de mi,
de mi duélete.
Anónimo siglo XVI

I

Como un dolor la sirena del puerto. Y el tumulto en el río de los desaparecidos en reflejo ascendente. (Amigos, ella viene de mayo, de proclamas.) Y el temblor del alma bilingüe con su andar fugitivo, solitario. Después, manifestaciones y fatiga. Una mutación oye el saludo, noches que acarician ausencia, voces lastimadas, ahogándose.
Y la pobreza penetrando arrabales en un destierro de tristeza y desencanto. Desnuda, la amada separa las ardeduras de mis labios.


II

Todo es lejano y brumoso, una inocencia última. Padre, te estoy nombrando. Soy una fuga de la memoria, o mejor dicho, la memoria más la herida que has dejado, el legado del poema dentro de mí. Pasan las fuentes, el sol, las sombras. Voy mirando los rostros de viejos campesinos, una fotografía de Durruti, el desconsuelo en el anfiteatro de los Valles Calchaquíes, la resurrección de la doble realidad, la copla milenaria y la luna reflejada en el fantasma de Juan Galo Lavalle, una embriaguez rapsódica. Lo que fue esa mañana y ya no es, el murmullo del mar en una playa, el aire que se desvanece, el rumor vigilante de la castidad y la ternura, la perdida aldea del príncipe desterrado. ¡Cuánto he destruido al escribir el poema, cuánto he destruido! “Tengan piedad de mí -dijo Henri Michaux- viajero de tantos viajes sin valija.”


III

Padre, ahora que necesito de tu voz has partido. Sólo desconcierto indolente. La amada me pide que te busque. Me dice que la ausencia desvela al corazón perdido. Dejaste la bruma, la soledad que cuida su secreto, el verso de amor y de experiencia. Un consuelo que transita dormido y ciñe el gozo en el orden de los días. ¿Qué hago, padre, ahora que tienes la cabeza reclinada, oculta en una barca fenicia, inmemorial, entre tanta hipocresía y palabras inútiles?


IV

Como aquel que atento a la lucidez buscó su soledad, la percepción del límite, la noche traza su frontera. Inacabable penetra el recuerdo, amanece y distrae mi aliento. Así se encuentra el extravío. La quilla sobre la amargura de la usurpación. Entonces alcanzo a comprender que no nos salva el amor ni la esperanza.


V

¿Quién mueve en nosotros mitos altivos, espléndidos, o éstos muslos que surcan oleajes y dioses precarios? ¿Quién se desliza en la lubricidad del mar? ¿Cuál es el nombre de la rosa inagotable? ¿De dónde ésta pasión que es ansiedad y aladares sueltos sobre la certidumbre del asombro? Y estas orillas ¿de qué anverso nacen? En la somnolencia del tacto arden tempestad y secreto.

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