martes, 9 de junio de 2009

El corazón del bosque

Buenos Aires, 1992.
Torres Agüero Editor.
Poesía.

La luz helénica

La luz helénica desciende
en el límite del candor,
ensimismada
de férvidos vestigios.
Distante,
como aquellos vientos libertarios de mayo
viene tu sombra desterrada
despertando túnicas y sueños.
La tarde se obstina
al peso de las bellas ausencias,
en lejanos crepúsculos
de voces desoladas e insurrectas.

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Los sueños de Odiseo

Estas mujeres son parte de mi vida.
Vienen a mí
en la vigilia de la desventura.
En la mezquina gloria
que dioses y reyes impusieron
aspiro sus perfumes.
Miradas traspasadas de voces
proclaman la grandeza del amor.
Me ofrendan soledad y belleza.
Cabelleras desvalidas
sobre las túnicas que denotan los senos.
Nos ocultamos en la bruma dorada,
asombrados de los designios de la arena,
únicos ante el misterio.
Sólo la fugaz Nausícaa perdurará
entre tanto dolor y desprecio.
Como el soplo de la vida
en la mirada taciturna.

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La casa

Al hablar de esta casa
arcaicos campesinos se sientan a la mesa.
Me alimentan de lluvias,
de brumosos dólmenes,
de candiles que elevan escudillas.
Por sus pasillos de altas banderolas
soñaba epifanías,
revoluciones libertarias,
El tiempo de los bosques sin reyes.
Era la hora en que el caldero
llamaba en los relojes,
la hora en que mi padre partía el pan
para sus hijos.
Mi madre concebía bordados
en imágenes donde la luz era agua.
Las resurrecciones protegen
encinas y fuegos consagrados.

Estoy en donde estuve.
Mis hijos inscriben
las sombras de otras voces.
La palabra tamiza la dulzura
que engendraron los dioses.

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