jueves, 18 de junio de 2009

Literatura argentina. Identidad y globalización.

Buenos Aires, 2005.
Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Conferencia dada en el Congreso de Escritores realizado por la Comisión de Cultura y Comunicación Social de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Prosa.


Hacia una estética anarquista

“La libertad, la moral y la dignidad humana del hombre consisten precisamente en esto, en que hace el bien no porque le es ordenado sino porque lo concibe, lo quiere y lo ama.”
Bakunin


“Nada está verdaderamente lejos”
Jules Supervielle


Resulta muy difícil persuadir a la gente de la necesidad de la existencia de Dios. De la misma manera, que exista el gobierno. Ninguna de ellas es evidente por sí misma. Alguien que cree en el socialismo libertario tiene la obligación permanente de elaborar una nueva visión integral del mundo y una nueva manera de acercarse a cada vivencia. Creo que hoy como ayer el intelectual, el creador, debe construir límites contra la expansión del autoritarismo, contra el Leviatán. También es natural y notorio que el pensamiento libertario disienta, pues no está formado por jerarquías y ortodoxias, por castigos y recompensas. No tiene líderes ni funcionarios. Su principio fundamental es el rechazo de la autoridad, por tal motivo tiende al disenso permanente. Pero hay en él un sentimiento ético, una conducta, una solidaridad. Con esta mirada, intentaremos desarrollar nuestra propuesta.

Nikolai Berdiaev escribió: “Las utopías son hoy mucho más realizables que en el pasado. Y nos encontramos enfrentados a un problema incomparablemente más angustioso: ¿cómo podemos impedir su consumación?”
Los anarquistas nunca le dieron importancia alguna a los retratos, a los mausoleos, a los homenajes. Ni a las biografías ni a los líderes. Todo lo miran desde otro ángulo. Y se equivocan poco. Sin patria, sin dioses, sin banderas. No son idólatras. Partidarios de la cremación o la dispersión de las cenizas (iconoclastas al fin) conllevan una tradición oral alejada de toda pompa. Fúnebre o de la otra. Hacedores del silencio y la memoria, evangélicos, rebeldes, solidarios.

Pertenecemos a una sociedad ferozmente competitiva e individualista, una sociedad que inventa hora a hora distinciones y borra viejas solidaridades. Una sociedad que habla de la patria, de la santísima trinidad, que atenta y misericordiosa vitorea a generales de la Nación, a obispos que bendicen picanas eléctricas, tachos submarinos, cárceles clandestinas, una sociedad con capellanes militares, médicos policiales, forenses paranoicos, señores de la vida y de la muerte, custodios de las instituciones de los hombres de bien, de burócratas y verdugos.
Umberto Eco define los procesos de mitificación como “productos de la simbolización inconsciente”. La mitificación de las imágenes, caracterizadas como sagradas no sólo fue un hecho inducido desde los cenáculos del poder religioso medieval. Freud ya había enseñado que es posible la existencia de una masa de dos: en el enamoramiento; un estado donde se mitifica la imagen del otro. La imagen idealizada fascina. Y toda idealización, afirma Freud, es un afán que falsea el juicio.

Vivimos una época cargada de neurosis, de alineación, de imbecilidad. Tal vez todas las fueron en mayor o menor medida.¿Quién recuerda El derecho a la pereza, de Paul Laforgue, a Hypatia , a La Boétie y El Discurso sobre la servidumbre? Pues bien, hemos perdido la memoria. Todo se ha vuelto rápidamente falaz, engañoso, capcioso. Son los tiempos del “gran juego” según Kipling. La memoria es parte de la historia, “una adquisición para siempre” al decir de nuestro buen amigo Tucídides.

La sociedad del espectáculo es una sociedad sin política, en la que los individuos se han visto desposeídos brutalmente de sus posibilidades y de los riesgos de la acción. Sufren las fluctuaciones ingobernables de un sistema absurdo y criminal. Los espectadores viven en la seguridad de una existencia tranquila, pacífica y administrada, o bien víctimas de la exclusión y de la precariedad, viven en la monotonía, el aburrimiento. El espectáculo es el nuevo opio del pueblo, nos dice, nos induce a pensar. Es la despolitización de la vida.
El espectáculo crea un presente perpetuo apoyado en el espejismo de la tecnología, en el que es posible la ocultación, el simulacro y la mentira. La ficción y la apariencia pasan por delante de la realidad.

No se puede hablar de arte en serio si no se conoce la literatura clásica. La globalización, entre otras cosas, destruyó una visión y una educación literaria que ahora es no sólo insuficiente sino ínfima. Vemos con estupor el éxito cinematográfico de “El señor de los anillos”, de Peter Jackson. Jóvenes y no tan jóvenes que desconocen a Eisestein, Welles, Truffaut o Visconti –y que en su mayoría jamás lo verán– admiran la técnica y un supuesto mundo mágico. Por supuesto, para ver “El señor de los anillos” no hace falta haber conocido la obra de los grandes maestros. Lo que estamos intentando decir es el peso de la industria cinematográfica que ahora descaradamente está insertada en la literatura. Profesores de literatura no leyeron a Bradbury o a Conrad. Por encima, muchos han leído a Cortázar sin saber ciertas fuentes o la obra de Ramón Sender. A Borges, desconociendo también a Marcel Snow. Y así podemos seguir hasta el cansancio. No estoy hablando del lector común, me estoy refiriendo a una supuesta crítica especializada, o a ciertos escritores “profesionales”. Ya lo hemos dicho en otras oportunidades, lo mismo ocurre con la música, la pintura y hasta el fútbol.

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