miércoles, 17 de junio de 2009

El aire y la hierba

Buenos Aires, 2004.
Ediciones del valle.
Ilustración de Carlos Scannapieco.
Poesía.


Trémolo de la sombra

¿Qué se ha hecho de las almas grandes y tiernas?
Nietszche


Mi padre buscaba amparo en la quietud,
en el arpegio de la melancolía.
Cuando cobijaba la rosa ardida de rubor
el corazón de mi padre soñaba con una aurora.
Y su voz reclamaba la penumbra del alma,
tan bella como el mar o la fragua.
Confiaba su mirar al bosque de su infancia,
al constelado cielo que invade los recuerdos,
a los libros de la noche y del hábito.
Y su empuje furioso de latidos y bueyes,
en palidez incierta.
Cuando la soledad se hizo vidente
mi padre asomaba cierto pudor.
Un día invocó el instinto, la luz furtiva de la nada.
Ahora, como un aire nonato me visita.
Regresa con su sombrero gris,
con sus ojos de océano, invisible.
Es un padre que cavila
la sobriedad, la ternura, el fervor de los nietos.
Su palabra vela desde las crines de la pampa.
Llega para invocar el pulso,
el hirsuto monte sobre el viento.
Lo saludo junto a un ciprés que recobra la tarde.
La resurrección es devoción y bruma
sobre los ejidos del exilio.

Tres Arroyos, julio de 2003.

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Limay

Aquí estamos, padre,
Emiliano y yo convocados en tu sueño
a orillas del único río que amabas
sin consuelo. Hemos dejado atrás
la soledad y la congoja.
Debes estar en algún lado del misterio.
En la corriente desenvuelta y cautiva,
en el invierno áspero,
en la sequedad del polvo.
¡Oh, vientos del sur devorantes de noches!
Mi voz es sorda en estos arenales,
en esta mudanza errante
entre patos silvestres y árboles desnudos.
Mi voz es una ausencia de dolencias y ocios.


Pero es bella la tarde en esta orilla
de transparentes cielos y pastos amarillos.
El aire me enfría la cara y las manos.
Y la soledad es espléndida al lado de mi hijo.
Sobre pastizales, la aturdida planicie
de una luz ausente
en el milagro de pájaros alzados.
Vamos callados, sonrientes,
entre la tarde y la transparencia de Lisandro.
Hemos venido a encontrarnos
en esta morada sin ribera
donde el alma busca el desahogo.
A lo lejos un caballo, ovejas, la intemperie.
Aquí el río ascendente, perdurable
velando la llanura, la indolente memoria de la patria.
¡Y el aura helada del río entre nosotros!

Río Negro, junio de 2002

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De profundis

(¿Dónde estará el bosque,
que fue diáspora y epopeya y viento?
El bosque de los dioses, el que caminó aquel niño
junto a la elegía, el joven bosque
que asombró de laberintos mi infancia.)

Suavemente, una garúa cae sobre el desamparo de la aldea.
Han emigrado las almas con la tarde.
Un buen pastor guía sus vacas por la linde del sendero.
El viento sumerge entre los árboles
miradas de jóvenes enamorados.
Sobre el río es ligera la danza de los peces.
Medita la rama el rumor de ese río.

Las viejas campanas en el templo,
en el cementerio ruinoso del mirador,
sobre el quebrado muro de flores y plegarias.
Recuerdo la calma del abuelo
deteniendo la quietud de lo olvidado.
Escucho voces que honran nobleza y rectitud.
Atravieso días crecidos, manos que descifran el gozo,
mujeres que sufrieron y amaron el espíritu del poeta.
Aparece mi hermana, la melancolía de los ángeles;
los remos golpean suaves el otoño en los cuartos.

El aire del verdor roza el espejo.

Buenos Aires, julio de 1999

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Bajo estas nubes

I
Princesa, en esta orilla del alba,
mueves el viento y el ensueño
junto al temblor de la rosa invisible.
Apasionado, distante,
respirando el aliento de los pinos.
Con los párpados bajos
¡oh, corazón irremediable!
descendemos al jardín rebelde
en el desprendimiento del tumulto.

Transparente es el rojo atardecer
bajo estas nubes.

II
Cabellera y susurro en la noche.
Sutil, evocadora.
La mirada de la lluvia
en el aire.
Percibe sueño y secreto.
Frágil, serena. Por el aire.
Mirándola
en desvelo sosegado.
Como una brisa solitaria.
Trémula, cautiva.
Inesperada.

III
Tu sombra bebe la oración de la tierra.
Anuncia lo que se oculta en el destierro.
Desnuda es una esfera que me asiste:
esencia del misterio.
Toda luz regresa a su origen.
De la felicidad nace la mano protectora.

IV
Madre y padre
atravesaron el esplendor
del bosque.
Incalculable es el presentimiento
de la sangre.
Vida y dolor es la ofrenda del poema.

Bajo estas nubes
es transparente la oscura bruma de la sombra.

Buenos Aires, marzo de 2001

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