jueves, 11 de junio de 2009

Anarquía y creación

Buenos Aires, 1997.
Torres Agüero Editor.
Prosa.


Fragilidad de lo visible

Somos polvo y sombra
Horacio

Desde adolescente me obsesionó conocer en qué va transformando la poesía a su hacedor. Hay una ascensión de la palabra poética, un designio que señala permanencia en el hombre primordial, en el habitante desposado de su territorio. Una cosmogonía que cobija los mudos testimonios, las nuevas creaciones en las arenas y los cielos.

Más allá de la belleza de un poema, de su estructura, exigimos de lo poético un ahondar en lo esencial del ser humano. La poesía es un camino, un reintegrarse en lo universal. En el acto poético hay incantación, mito y autenticidad; una búsqueda de lo absoluto.

Toda poética pertenece al ámbito de las intenciones, a la intimidad del poeta. La evocación y la memoria son tamizadas en una permanente ondulación, un tiempo desprotegido, un atributo de la intemperie y de la soledad.

El poeta no debe perder la infancia, el sentido del asombro, la mirada transparente de la niñez. El verdadero poeta crece como el campesino, entre mitos y certezas, junto a la humildad de la hierba, en un estado cercano a la pureza, desechando los bienes materiales, entre los vaivenes de la pasión y el esplendor de los frutos. En el instante está la insurrección, la verdad de la conciencia y de la tierra, las dimensiones del alba y del atardecer. El diálogo abisal entre el ser y la nada. He aquí la realidad palpable, insurrecta, deslumbrante.

La poesía no puede ser otra cosa que una reintegración al mundo clásico, un ingrediente activo de la vida, vital, irrenunciable. Por eso engendra emoción y deseo, ilumina la verdad en una imagen abisal entre la conducta práctica y las posibilidades móviles del hombre. Es el signo del diálogo interior, la insatisfacción permanente que se aleja de filosofías sistemáticas o ideologías redentoras. Desde el poema avanzamos en un terreno fatídico. El poeta debe tener valor, pues no responde a cánones terrestres o celestiales. En cada acto una desesperada tentativa de salvación que fuga y retrocede forjando palabras, cincelando un ser ético y físico. A través de la palabra descubre la intersección de la vida y la creación. Inmanencia y trascendencia sobre cada cosa, como una despedida del instante cenital, de cada insospechada refracción que toma una naturaleza y un don esencial. Exalta la belleza desde la expresión verbal llevando su existencia, su corporeidad en un acto de devoción por el mundo.

La poesía nos ofrece el ensueño de voces infantiles; no la nostalgia indiscutible que tiene todo ser humano, sino las estancias del ser, la sublimación de la luz que hipnotiza la soledad del cuarto. Por eso registramos el follaje, la rama sensible al viento, la vela blanca en la bruma del mar. El poeta se abandona a la intuición, a la contemplación, al espacio que estremece desde el silencio de una visión inmóvil. Crea su infinito desde el gozo secreto. Lo rodea la infamia, la corrupción, la demencia de hembras alucinadas por la frustración, la desvergüenza de hombres hastiados. Pero su poética nos envuelve en un universo claro, una convicción íntima que hace sensible la palabra, voces modeladas por una mitología del desorden. La inmensidad está en nosotros como la insumisión.

Por momentos asombra en la despersonalización del verso y paralelamente afirma su subjetividad. Destierra el vacío creando los enigmas de lo poético, concilia libertad y destino, azar y fidelidad. Cristaliza y vulnera al amor, halla la medida de sí mismo entre las contradicciones, entre los fragmentos de lo cotidiano. Ofrece su respuesta desde la desesperación y la esperanza. Extrañamente ambiguo, integra la plenitud y el caos.

Sin recompensas futuras se sumerge en la naturaleza tantálica, en la revelación de los vínculos y los afectos. Sugiere un simbolismo sexual en la mujer deseada, en oposiciones increíbles y ciertas, en un fuego sustancial y mágico. La palabra será siempre un vehículo de una vida en permanente cambio, de confidencias; un peregrinaje misterioso y traslúcido.

Todo y cada cosa es una amenaza de eternidad. El poeta siempre anima una dialéctica sutil, por momentos incomprensible. Anhela la solidaridad entre forma y existencia, sufre la imperiosa necesidad del instante, esa fugacidad que emerge y se define por sí misma. Hay plenitud en lo dramático, éxtasis y continuidad que le dan fuerzas para enfrentar un mundo absurdo.
Hace falta ingenuidad. El placer de admirar, de evocar. Todo se experimenta a partir de la infancia, a partir de lo lúdico. Desde la franqueza hallamos felicidad; contra todo dogma enfrentamos las moradas de la supervivencias. El verdadero poeta cree en lo inconmensurable, en la utopía, en la sagrada unidad del silencio y la fraternidad. Detesta las ciudades, los partidos políticos, las capillas literarias, los dioses y los amos. Al cincelar el verso ofrece belleza, no sólo cristalina, otorga un contenido moral.

El ideal se carga de rebeldía, lleva implícito un sentido estético y ético. Allí el instante trascendente, la visión del universo. Y en ese acto de dispersión la armonía de la unidad. El oleaje y el combate de un único fundamento: la vida.

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