lunes, 4 de enero de 2010

Una rosa ácrata para Anselme Bellegarrigue

Me abro a tu fervor junto al sol y a la luna,
hacia islas y tardes interiores
en la respiración intensa de la vida.

El odio y el amor se estrechan,
no hallan refugio en la desidia,
en esta brutalidad
donde un viaje de encendida llama
palpa el vigor del poseído.

El odio y el amor contagian virtud
como la palabra del príncipe Kropotkin
o una pintura de Courbet.

Vienes desde la soledad;
el corazón guiado de batallas
en la osadía del ánimo y la degradación.
Todos, alguna vez, elogiaron tu nombre o tu dolor,
tu entusiasmo. En lo más hondo
la ingenuidad era una goleta semihundida.

He llenado mi corazón con tus palabras:
rebeldía, gozo, egoísmo, libertad.
Explotación, codicia. He asentado tus dioses
en mis labios: pájaro,bondad, obrero, hembra.
Mostraste los cadáveres, la luz o la conciencia
de los hombres serviles.

La historia nació y murió en vos.
Señalaste sarcófagos de bronce, lo abyecto de los templos,
la locura de reyes, las guerras, el oprobio del oro.
Y las leyes celestiales del brebaje.

Aquí estoy. Solo junto al mar
mirando en la noche las estrellas homéricas,
avergonzado de tanta oscuridad y tanto gesto inútil.

Intentando escuchar el lenguaje insurrecto del poema.
En lo monstruoso y bello de la hondura.

Carlos Penelas
Buenos Aires, enero de 2010

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