jueves, 21 de enero de 2010

Pequeña oda al verano

El verano agita la incertidumbre sustentada
deslizándose sutil en las panaderías.
Restaura el desorden del gozo y de la fábula.
Apenas separada nombra la ausencia,
el olvido de la tarde aprisionado en el mirar,
perdido como un pájaro distraído.
El verano duerme su destierro,
la hartura consumida de una sombra.
Y un jacarandá llamando
debajo de grandes cielos azules
la frescura del aire y de la inmortalidad.
Un hálito apenas, un descuido estremecido
besando el rostro de la amada,
despertando la mano ritual entre las ropas,
las tibias riberas que devoran misterio.
Y la noche brilla en locas aluciones,
en la humedad del pubis
dejando párpados en su cabellera,
en delgados y melancólicos lechos
que levantan cuerpos sin desmayos,
escuchando los mundos en el recogimiento.
(Uno viaja sin moverse en un bosque flotante.)
Cuerpos con voces remotas en el mayor abandono
de la desmemoria, de la incansable belleza
mojando la luz y las nubes errantes.
Entrando, ¡oh, peregrino!
en la prisión airosa de la melancolía.

Carlos Penelas
Buenos Aires, enero de 2010

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