domingo, 5 de junio de 2011

Homosexualidad, derechos humanos, revolución

Las únicas cosas que no tengo derecho de hacer
son aquellas que no hago con un espíritu libre
.

Max Stirner

Definitivamente estoy asqueado. Harto de engaños, distorsiones y proclamas. Vamos a ser breves, y, en lo posible, claros. Sabemos, de sobra lo sabemos, qué son las derechas. En qué consiste el pensamiento de derechas, diferente –por supuesto– al pensamiento liberal. Conocemos el fascismo, el nazismo, el nacionalismo y todos los ismos totalitarios de derechas. Conocemos el imperialismo yanqui, los bombardeos, la idea de libertad que suelen proclamar. Y las distorsiones permanentes. Vamos a ver, una vez más, las ideologías supuestamente de izquierdas. Que muchas veces se diferencian, poco y nada, de la derecha. Y que, además, nos quieren convencer que son progresistas, revolucionarias y hasta utópicas. Como si un campo de concentración estalinista fuera mejor que uno hitlerista. O si no hubieran perseguido judíos (olvidándose de Marx, de Engels o de Trosky) como los de raza aria.

Bien. Hay una posición que parece ser blindada. Hombres o mujeres que en algún momento de la historia tuvieron posiciones valientes, arrojadas y por supuesto libertadoras, por siempre – hagan lo que hagan – serán considerados héroes, patriotas o líderes para la eternidad. No importa las atrocidades que luego manifiesten, no importa los horrores que cometan, no importa si matan, roben, estafen o utilizan en nombre de los derechos humanos los más bajos negociados o traicione. No importa lo que digan o cómo se definan, tienen impunidad para amordazar, injuriar o distorsionar. Y todo surge, en gran medida, por poseer en el fondo de su conciencia, agazapado, el concepto de héroe, de patria, de líder. Son demagogos, populistas o seres de mala fe, de conciencia turbia con una encendida búsqueda de poder. No les interesa el modo, la forma ni las mutilaciones.

Se vive entre la ficción y la realidad. La Revolución Cubana, que derrota a Fulgencio Batista – seria largo enumerar circunstancias, historias, confabulaciones, complicidades – es recibida con fervor pues derrota a un tirano. Sí, desde luego, sostenido como tantos otros por los yanquis. Y amigo de líderes latinoamericanos que después no quisieron acordarse. Esa revolución, decimos, meterá en campos de concentración a homosexuales y drogadictos como una peste que asoma y no coincide con el cambio social y político. Treinta años después, cuando ya no pueden seguir sosteniendo ese absurdo, esa distorsión homofóbica y tan poco progresista, hablan de libertad sexual. Igual que cuando el jefe dejó el habano o cuando se lo juzgó a Heberto Padilla. O se lo acusó a Guillermo Cabrera Infante de agente de la CIA. Junto a ellos un coro de intelectuales, hombres de la cultura, pensadores del todo el mundo con una retórica lamentable llamaban a la unidad contra el imperialismo y la oligarquía en defensa de los avances revolucionarios, en contra de los agentes del imperialismo. En fin, otra vez más, patria o muerte. El pensamiento único llevaba a una formidable exclusión simbólica y política, una construcción imaginaria con premisas donde los “compañeros” tienen en sus manos la voluntad del pueblo y del Comité Central. El resultado de los sacrificios es para la eternidad, las modulaciones mesiánicas señala el avasallamiento. El tono épico y trágico continuará hasta que caiga el último burócrata. Y así, de señuelo en señuelo, engaño tras engaño, mistificación y aplausos. Soberbia e insaciable sed de poder. Acto de Ofrecimiento. Jacularorias. Trisagio Breve.

La izquierda clásica tiene como objetivo central el poder. De allí la diferencia con movimientos contra culturales o libertarios: éstas intentan formar un modo diferente de espiritualidad, de ética, de individuos. Con solidaridad, con búsquedas sin dogmas, sin ortodoxias partidarias. No son muchas las cosas que debemos saber para tener una posición contra el sistema. Basta estar contra el autoritarismo, las formas jerárquicas, vincularse en relaciones afines. De allí se parte. Ver luego la alienación existencial, todo un mundo – en algunos aspectos fundamentales no hay variantes entre finales del siglo XIX y comienzos del XXI - que son las faltas de libertades para realizarse desde un punto de vista antropológico. La hipocresía de la burguesía o la mediocridad continúan vigentes y solapadas. Aunque por momentos estén disfrazadas de progreso o envueltas en actitudes aparentemente libertarias. En el fondo de trata de un enfrentamiento cultural. Una cultura, la que propone el socialismo libertario, donde se intenta llevar a cabo un ideal de lucha por la bondad humana, un ideal de igualdad, una libertad personal en contra de leyes, cárceles ( de las del pueblo y de las otras) Estados y gobiernos que avanzan sin piedad. No es muy complejo entender esto.

Los gobiernos y los políticos tienen solución para todo. Por eso mienten. Discursos armados y montajes maliciosos, siempre. Usan al pueblo como propiedad privada, como parte de un partido, de un movimiento. Información fragmentada, mistificaciones continuadas. La gente debe reunirse y resolver qué desea, qué necesita, qué piensa. Por supuesto, antes debe aprender a desear, a pensar y a tener la necesidad de creación. Y a no temer estar solo. Por eso las revoluciones, tal como están planteadas, van al fracaso desde el inicio. No se quiere entender que los dinosaurios un día desaparecieron, como desapareció el Imperio Romano, la Inquisición o el franquismo. O como cayó el Muro de Berlín. Son distintas secuencias de una misma mirada. Ahí esta la clave: aprender a mirar, a ver, a distinguir. Aprender a aprender. Otra vez hablamos de jerarquías, de castas, de clases, de imposiciones, de ortodoxias. Debemos esperar, siempre debemos esperar. No importa las victorias, las proclamas ni los rituales. Hemos tenido, a lo largo de la historia, miles y miles de derrotas. Hablamos de moral, intentamos vivir con una ética en un mundo que la desconoce o la oculta. De crear una cultura desde otro lado. Sin autoritarismo, sin liderazgos, sin recursos escatológicos. Como escribió George Orwell: “Si la libertad significa algo, será sobre todo, el derecho de decirle a la gente aquello que no quiere oír.”

Carlos Penelas
Buenos Aires, junio de 2011

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