lunes, 1 de febrero de 2010

El banco

Miro el banco de la cocina. En este banco se sentaba mi padre. Lo descubrí muchas veces por la mañana, en silencio. Fumaba su cigarrillo negro y observaba los canarios. Tomaba mate amargo; un hábito de El Bolsón y de la soledad. Cuando me despertaba hacía tiempo que ya estaba allí. En silencio, conversando, con sus fantasmas. Seguramente tenía imágenes de la procesión das Xás, de los nuberos, de los trasnos. Al verme se le iluminaban los ojos, dejaba la presencia de dioses paganos, el olvido, el insondable mar, la Cordillera de los Andes. Ahora me doy cuenta de ello. Recién ahora, cuando descubro el banco en el mismo lugar donde él se sentaba. Pasaron más de treinta años. Más. ¿Por qué hoy?, me pregunto. ¿Por qué? Entonces me citaba a Cervantes o a Shakespeare. A veces me preguntaba si quería almorzar unas lentejas o si el domingo veíamos a los Diablos Rojos, en la Visera. El banco está allí. De pie lo miro. Me parece escuchar una oración que no comprendo, fascinado por la menguada copa del alba y de la noche. Un apretado canto o himno surge de alguna parte. No sé si lo que evoco es real, si todo es sólo un viaje onírico. Si este hombre que está de pie, casado, con hijos, que regresó al principado de Espenuca, que escribe poemas, no huye del abismo, de la maledicencia y la congoja. A veces se queda ensimismado, como aquella perra fiel que miraba sus ojos.

Carlos Penelas
Buenos Aires, diciembre de 2009

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