Hoy has venido a verme, madre.
Estaba leyendo cuando te sentaste
-decorosa, nobleza de desvelo-
en el antiguo sillón de roble.
Me pediste repetir aquella historia;
en mi niñez solía hacerte sonreír.
La urdí como sólo puede hacerlo un hombre
que ha dejado de creer en ciertas profecías,
cuando la piedad expulsó de fantasmas su reino.
Te dije, además, que a veces
durante la nostalgia de la tarde,
en el torrente de las sombras,
evocaba tu muerte como una lejanía.
Y también dije que lo peor
no era ese hilo sutil de la memoria
ni el desvelo del muro,
ni la eternidad o la debilidad del alma.
Lo peor, lo peor… madre,
(recuerdo que lo confesé balbuceando)
era que no podías pensar más en mi,
ahora era imposible tu vigilia.
Luego, acomodaste tu mantilla
y tus ojos se abismaron en los míos.
Carlos Penelas
Buenos Aires, enero de 2010
miércoles 3 de febrero de 2010
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