jueves, 14 de marzo de 2013

Un extraño país

Hace décadas que digo, que reitero, que no es fácil ser argentino. Soy hijo del exilio, de una familia gallega que se vio obligada a partir por el hambre, por la injusticia, por el oprobio. Me formé rodeado de seres cálidos pero enérgicos, hombres y mujeres de trabajo pero también plenos de ensoñaciones. Junto a ellos, desde ellos, recorrí el honor, lo ético, el compromiso, la solidaridad, el esfuerzo, la cultura del trabajo y la superación. Normas elementales de convivencia, miradas interiores, silencios, discreción, humildad. Crecer en el estudio y en lo laboral. Ser cumplidor con la palabra, con la acción, con lo cotidiano.

En la escuela primaria, al salir del hogar, comencé a descubrir otro mundo. La demagogia, la persecución, el fraude, la politiquería. Un país donde me llegaron nombres inimaginables para otros lugares. Éramos, de pronto, el ombligo del mundo. Allí estaba Juan Manuel Fangio, cinco veces campeón del mundo. Y Carlitos Gardel -el único, el que cada día canta mejor - que era argentino, porteño y ganador. Y que supo retirarse a tiempo, como escribió un viejo amigo. Y los mejores hombres: Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi. Y la lista se fue ampliando con Leopoldo Lugones, Ché Guevara, Diego Armando Maradona, Lionel Messi, Nicolino Locche, Sergio “Maravilla” Martínez. Y Jorge Luis Borges, Daniel Barenboim o Martha Argerich. Y nuestro recordado y amado doctor René Favaloro, creador del bay-pass aorto-coronario. El hombre que cambió la cardiología en el mundo y que no pudo con este desdichado territorio. Y otros hombres que llevaron el nombre de Argentina por el cosmos representando las artes, la ciencia, el espíritu de libertad, de dignidad, de talento. Seres como Julio Bocca o Astor Piazzolla, Tato Bores o Niní Marshall. Estrellas de cine, bellas mujeres que dieron la vuelta al mundo como Mirtha Legrand, Libertad Lamarque o Mecha Ortiz. O actores como Pedro López Lagar, Arturo García Buhr, Héctor Alterio o Ricardo Darín. Y podemos recordar a Ernesto de la Cárcova, Lino Spilimbergo, Antonio Berni, Emilio Pettoruti…

Y cómo no evocar a Bernardo Houssay, Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1947, Luis Federico Leloir, Premio Nobel de Química en 1970, Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz en 1980, a César Milstein Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1984.

Todo esto y más en un territorio de montoneras, populismos, grosería, decadencia y bombos. De comités y aplausos y chorizan y barrabravas. En un territorio cargado de corrupción, de monólogos, de mutaciones y de mutilaciones. De diálogos belicosos, de complicidades, de gestos y fachadas, de conversos y folclore trasnochado. De entremeses, alfombras y paternalismos, de actuaciones execrables, de bomberos plutarquianos y damas con alusiones surrealistas, de escenografías y teorías redentoras.

Y ahora, Jorge Mario Bergoglio, a los 76 años, deja de ser arzobispo de Buenos Aires para transformarse en Francisco, en el primer papa de América. Un argentino dirigirá la Iglesia Católica, un hombre que llegó desde una ciudad marginal para ser papa. No salgo del asombro: un argentino es papa. Empezarán a cambiar – temblaron ventanales en el Vaticano y en estos lares en el momento de saludar – historias y mausoleos con su llegada. Algo más. Tuve de la fortuna de ver viajar como un ciudadano de a pie, hace tres meses, al argentino más importante de toda nuestra historia, el argentino más importante de todos los argentinos. Para ser más preciso: subte de la línea D, Catedral-Congreso de Tucumán.

No salgo de mi asombro. Muchos otros tampoco. No saben si buscar el rosario o algo para el insomnio.

Carlos Penelas
Buenos Aires, 14 de marzo de 2013

1 comentario:

  1. Carlos Penelas:
    Como siempre, en primer lugar está la libertad. Es por ello que merece mi respeto quien tiene fe en una creencia -sea religiosa o no- y además goza de la virtud, que se presenta como ética y moral.
    En este caso, quizá trascienda más la persona que su creencia y sus dones hagan escuela, sean motivo de emulación.
    No soy hombre de Fe, ser escéptico es normal en esta sociedad decadente; sin embargo, ser un poco optimista siempre ayuda.
    Ya que mencionó a Houssay, le comento que hay un libro muy interesante, se titula "La nuca de Houssay" y fue escrito por Marcelino Cereijido, en una edición de 1990 de Tusquets. Es difícil de hallar tal obra; pero, tal vez sus amigos le puedan ayudar a encontrarse con algún volumen usado.
    El texto es del tipo anecdótico y trata sobre sus días de juventud, previos a su ida a perfeccionarse en Harvard. Él estuvo en el equipo de investigación de Houssay, junto con otros profesionales de valía -Leloir entre ellos- que se movieron en un ambiente de excelencia y bajos presupuestos.
    Un abrazo.

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