sábado, 7 de noviembre de 2020

Seis poemas errantes

I


Tal vez no sepa gran cosa

de las vastas hojas balanceadas

o del horizonte arrebatado de la noche.

¿Me oyes, padre, sombra o misterio?

¿Éste asteroide, de dónde viene?

¿De qué cielo de hidrógeno?

Y los silicatos ¿qué migraciones buscan

en un mar de espejismo?

¿Y la luz que sube

desde la melancolía y la lluvia?

¿Y mi nombre, mis ojos o mis manos

a qué espacio o cosmos regresan?

¿A cuál nada solitaria, a qué barca?


II


Sólo mi voz recoge el aire

dejando un mundo que acosa y huye.

En la galaxia mi silencio,

el retiramiento, la oscuridad lenta,

pequeños talismanes, laberintos,

la imagen de antiguos cuartos,

los caballos criollos de unos gauchos,

aquella fina arenilla de una playa del sur,

beatitud del grillo, sutilísimo,

desabrimiento, luz mutable,

breve rosa del sueño.

¿De qué vale el poema o la estrella

que ascienden con denuedo

si el Destino ha de golpear mi rostro?


III


Heme aquí, ante un presagio

como un pájaro cárdeno,

en el cielo de una aldea del mundo.

Lo he visto en la mirada de una mujer,

en un mediodía al caminar por el parque

acompañando la desnudez áspera del viento.

Lo he atisbado en un bazar de Barracas al Sur

entre violines y fonógrafos.

Somos parte de una clepsidra

que suelta transparencia y ocio,

la intimidad vulnerada en un follaje.

Miro los astros desde un rumor oceánico,

el amanecer de dioses persistentes

en la ceremonia del asombro.


IV


La fugacidad toca el alba

junto a la brisa de relojes nocturnos.

Amigos, hay un temblor

de hilos en esta ebriedad de brújulas,

cierta insularidad que callamos,

momentos íntimos que parecen eternos.

Y no, tampoco es eso.

Es un leve temblor, una lámpara

temblorosa, frágil, sin alas.

O cierta mitología de la Plaza Rodríguez Peña.

¿Qué tiempo hemos descuidado,

qué soledad, qué escrupuloso julio?

Es un hálito de la vigilia,

apenas un latido que pasa.

Y no llegamos a verlo

en la desnudez que nos sorprende.


V


¿Qué harás de ti, ahora,

en esta lejanía que empuja la intemperie?

A veces creo que es un sueño

de las soledades, de la luna que abandona

el desvelo por tanta inmensidad

en el fulgor de una llanura.

Sé de guerras, de mutilaciones.

Y de horrores, vejámenes, exilios.

Sé de amantes, de cartas, de viajes.

Es cuando intento escribir

desde el vaho de la umbría

la leyenda apartada de la infancia.

Abierto, distraído, ausente.

Como un vagabundo

en una noche de verano, levísima.


VI


Las campanas del monasterio

invocan una belleza irrecuperable.

Ensordecen el manantial, el bosque.

Entonces descubrimos a la hembra

en gracia celeste, rodeada de otoño,

de claridad suspendida, anhelante.

¿Me oyes, madre, desde tu delicadeza?

¿Qué espero, de verdad?

¿Cómo es el hambre, el lúmpen,

el desandar de la pobreza en la ciudad?

¿Qué desasimiento o devoción

penetra la sombra del ocaso?

Es cuando anhelo ciertas tardes,

los baldosones rojos, esta biblioteca.

Y permanezco en el umbral, despojado.


Carlos Penelas

Buenos Aires, noviembre de 2020

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