martes, 23 de junio de 2015

Cánticos paternales

Buenos Aires, 2015
Editorial Dunken
Poesía / Antología


Elegía a mi padre 
Él habitaba el patio en la lectura. 
Exageraba el culto del amor y El Quijote
Era su voz precisa, irrevocable. 
En la mirada descifró la eternidad del lenguaje 
y de las cosas. 
Él me habló de Lepanto y de Numancia, 
del hebreo y del árabe. 
Me citaba a Galdós. 
la latitud exacta de su pueblo. 
Lo veo maldecir con amargura 
la delación y el miedo. 
Lo veo en la agonía 
que el cielo o el infierno agobió para siempre. 
Él me enseñó que el hombre 
está hecho de tiempo y de trabajo. 
Junto a él recorrí el destino de mi sangre, 
el verso castellano de Quevedo. 
Me señaló la castidad y el honor. 
Me salvó con el asombro y la ternura. 
Me otorgó como gracia la soledad. 
Y el soñado silencio de los sueños. 
Prolongué sus hábitos y sus errores. 
Aprendí a odiar la demagogia. 
Aprendí la ironía. Y el humor incesante 
que justifica un símbolo. 
Desconfié de la gloria, de la vanidad, 
de los terribles bronces de las plazas. 
Desconfié de los dioses y de las multitudes. 
Es parte de mi mito y de mi orgullo. 
Es la cotidiana historia de mi verso. 
Una elegía más que arrebató el misterio.

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Padre 
Padre, levanta la cabeza y mira los cipreses. 
Camina con tus honrados huesos campesinos 
hacia la luz de la nostalgia. 
Otra vez te esperan el combate y la derrota. 
Todas las noches vienes con tu voz 
a visitar los cuartos de esta casa, 
a decirme palabras que no entiendo. 
Padre, salúdame con tu sombrero en alto. 
Esta noche tu hijo ha soñado que has muerto

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