jueves, 3 de septiembre de 2009

Fotomontajes

Buenos Aires, 2009.
Editorial Dunken.
Prosa.


Qué leen cuando me leen

La necesidad de conocer y el deseo de rebelarse.
Bakunin

La idiotez es una enfermedad extraordinaria, no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás. Esto escribió Voltaire, anagrama de Arouet le jean, el célebre filósofo y escritor francés cuyo verdadero nombre era Francois Marie Arouet (1694-1778). Como se imaginaran, queridos y amables lectores, la cita no hace referencia a ustedes, que me sustentan con sus críticas, sus observaciones, sus afectos y sus esperanzas. Desde muchacho que leo y releo a los iluministas. De igual manera lo hago con los clásicos. La frecuentación es la base del aprendizaje, de la búsqueda de la sensibilidad, de la comprensión. La aproximación a la obra de arte es una sucesión de pasos, de miradas, de silencios.

Estoy recibiendo, por fortuna, diversos correos con dictámenes sobre mis últimos artículos publicados en diarios, revistas, blogs o ediciones electrónicas. O incluso en relación a mi libro, Crónicas del desorden. Algunos me dicen que soy nihilista, poco esperanzado o muy duro con la realidad. Otros comentan que la realidad es peor, que suelo suavizarla con estilo e ironía. Amigos feroces y vagabundos me inducen a que escriba notas con estos títulos De Hebert Read a Billy Cafaro o De Goethe a Cucurto.

Con candidez y lozanía una bella mujer me señala que hablo mal de los psicoanalistas, que no le parece justo. Me lo dice mirándome a los ojos con especial rubor. Otra me escribe para contarme que cerca de su casa unos cartoneros han levantado una cooperativa y funciona con mucha garra. Una amiga del alma manifiesta que no soy fotogénico, que no lee mi poesía y que el mundo es un horror. Un profesor de literatura, compañero de estudios, recuerda que la sociedad avanza, que mejora a pesar de los desencantos. Creo lo mismo, le digo, como creo en la humillación cotidiana e inconsciente. Una cosa es lo que vivimos y otra que la sociedad o el hombre deseen cambiar. Lo cierto, lo verdadero, es que las cosas van lentas, que el mundo es lo que es. Los procesos de globalización, de imbecilidad y de vacío son alarmantes, sobre todo si pensamos que estamos en el siglo XXI. Las discusiones políticas, el nivel de los supuestos intelectuales, de los creadores, el sarcasmo hiriente de los discursos, de los nuevos profesionales, de los docentes, de los alumnos, de los padres, de los hijos, de los albañiles, de los abuelos, de los mozos o mozas de los bares, de los jugadores de fútbol, de los travestis, de los drogadictos, de los corruptos, de las barrasbravas, en fin de toda una sociedad, es lamentable. (¿Recuerda a David José Kohon, sus críticas sobre cine? Las lee mi hijo; recomiendo su perspectiva, sus esquemas).

Frente al panorama desalentador, muchos prefieren la demagogia. La gran mayoría les cuesta ver, sentir, conmoverse. No lo soportan, intentan olvidar, hacer solitarios, pintarse las uñas mirando la pared, imaginarse una hembra mejor de la que tienen, encontrar belleza y seducción en una mazmorra o en los mamarrachos televisivos. O sonreír simbólicamente mirando las latas de basura de una instalación en este templo contemporáneo de hipocresía y narcisismo. Todo vale. El verdugo y el policía, la bufonada y los insumisos. Todo vale.

Se comprobó, algo que se viene diciendo desde lejos, que varias decenas de millones de marcos integrantes de fondos secretos sirvieron durante el gobierno social-demócrata de Helmut Schmidt (1974-1982) para acciones políticas en España y Portugal. Entre quince y veintiún millones de euros acabaron entre esos años en manos de diferentes partidos políticos. El dinero procedía del presupuesto del servicio de espionaje alemán. Tras la muerte del dictador Francisco Franco, los países occidentales temían la llegada del comunismo al poder. “Sostuvimos financieramente a los partidos de oposición de la época en España”, había reconocido en su oportunidad el antiguo canciller Helmut Schmidt. Pero todo estaba dentro de la ley. Hay más, hay más. Y todo dentro de la ley. La moral de la sociedad es impiadosa. El hombre y la mujer que se aman son esposos, había sentenciado Saint-Just.

Sigamos un poco más. Sepa soportarme. En 1952, Benjamín Péret escribió: “El poeta no debe alimentar en los otros una ilusoria esperanza humana o celeste, ni desarmar los espíritus insuflándoles una confianza sin límite en un padre o en un jefe contra el cual toda crítica se torna sacrílega. Muy por el contrario, a él le cabe pronunciar las palabras siempre sacrílegas y las blasfemias permanentes. El poeta debe, más que ninguna otra cosa, tomar conciencia de su naturaleza y de su lugar en el mundo”.

Hay más, pero dejemos por hoy. Espero, caro amici, vuestra palabra, vuestro silencio, vuestro afecto. De la amiga -como siempre- ternura, comprensión y renovada belleza.

Julio de 2007

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Onomasiología de la izquierda


“…no nos transformemos en jefes de una nueva intolerancia,
no nos situemos como apóstoles de una nueva religión,
aunque ésta sea la religión de la lógica.”

(carta de Pierre Joseph Proudhon a Carlos Marx)

Conocemos, qué duda cabe, el significado del fascismo, del franquismo, del nazismo. También hemos podido ver lo que representa el populismo o las ideologías redentoras confesionales. Lo conocemos y lo padecemos. Asimismo, después de mucho tiempo, intelectuales y militantes descubrían los crímenes del estalinismo y la pesadilla del totalitarismo soviético. Y descubrimos, con perplejidad, que permanentemente existirá un traductor de la historia dispuesto a hacer la tarea en humillantes condiciones. Hora a hora sentimos imbecilidad, prejuicio, silencios sistemáticos, desprecio, seres de cejas y zapatos de mayordomo, señoras neo-hegelianas encargados de generar enemistades imperecederas. Tal vez sea la visión elemental de un poeta, pero lo sabemos desde que décadas atrás, en mi primera juventud, me lo enseñaron los viejos libertarios. Y comenzaba a leer pensadores olvidados y negados.

Una vez más -ante las nuevas generaciones y ante el vacío ideológico, moral y de formación - debemos preguntarnos qué se entiende por izquierda, por progresismo, por proceso revolucionario. La izquierda vitorea líderes y denosta todo aquello que supuestamente no es revolucionario. De manera autoritaria y dogmática forma parte del ansia de poder, muchas veces mayor, que los gobiernos del resto del mundo. Aparecen en escena los intelectuales lúcidos, los artistas arribistas, los profesores esclarecidos recomendando el último libro de pensadores franceses, incomprensible y fatuo. Y, por lo general, justificando lo injustificable. Para luego entrar en la zona de sombras, de olvidos y de nuevos engaños. Rebelión en la granja es uno de los ejemplos brillantes de lo que hablo.

Apóstoles de iconografías y símbolos comparten la visión polarizada del Estado. Y escriben o vociferan pueblo en un proceso que pocas veces los tuvo en cuenta más que para hacer número. Además, desde un púlpito sacro, discuten la democracia, la burguesía, el liberalismo. Sin terminar de entender muy bien cada cosa. Confundiéndolo todo; a veces por ignorancia, otras por mala fe.

La historia, la sociedad, crece en términos de complejidad e incertidumbre. Baudelaire afirmaba que debíamos de ser sublimes sin interrupción. Difícil, pero utópico y poético.

Necesitamos deseducarnos para recuperar la espontaneidad. En lo cotidiano, en lo fraternal, en el amor, en la belleza, en la mirada del alba y de la noche. Habituados a un mundo de valores absolutos y palabras mayúsculas –por las cuales se cometieron crímenes, torturas y vejaciones- ese hombre supuestamente pensante vive enajenado. El hambre, la pobreza, la industria cultural, la falta de pasión, genera pedantería; devaneos y alardes. Inconstancia y frivolidad en la gran mayoría de los intelectuales.

Surge con mil variantes la nomenklatura, el mito del héroe mártir, los gestos vistosos y dramáticos, los textos canónicos, el culto idolátrico, la pedagogía del paredón. Nos alejamos de la ética, de la responsabilidad. Participamos en la ilusión constante en desacuerdo con la realidad. La idea del bien y del mal se transforma en coraje, en cobardía, en lealtad o traición. En “patria o muerte”, en “religión o muerte”. Y esa izquierda que generó campos de concentración, castigó a homosexuales, exilió rebeldes, ocultó fusilamientos, generó engaños y falsificaciones, levantando banderas, apoyando complots o regímenes reaccionarios, elevando fantasmas y leyendas, persiguiendo el pensamiento libertario en mujeres y jóvenes, prohibiendo películas de Orson Welles o el teatro de Ionesco, mutilando fotografías, historias, documentos, cambiando y olvidando sin pudor, esa izquierda que negocia, oculta y distorsiona, está entre nosotros.

El fascismo de derecha sabemos qué es, qué representa. Lo que nos negamos a ver es el fascismo de izquierda con sus poetas, artistas, profesores, intelectuales, doblando la espina dorsal sin pudor, con anhelos apocalípticos o rituales multitudinarios. Calladitos, tapaditos, grises. Pero siempre con el culto a la personalidad, deformando lo real con políticas maquiavélicas, creyendo -con un infantilismo ideológico impensable es este siglo- que si se rebela la miseria, el despojo del hombre, se logra la revolución.

Pues bien, estimado y polémico lector, le ofreceremos un extracto que publicó el gobierno chavista en un periódico, suplemento gratuito financiado por el gobierno de cobertura nacional, Vea. Y Últimas Noticias, el de mayor venta.

El anarquismo forma criolla del reformismo.
La Revolución Bolivariana debe estudiar muy bien al Anarquismo, ese es un enemigo principal, que mucho nos ha perjudicado, y si no se erradica mucho nos desgastará y, sin duda, nos puede llevar a la derrota.Si la lucha es contra el Estado burgués se ponen al lado de esa lucha y pasan por revolucionarios, pero si la lucha es contra el Estado Revolucionario, se colocan, objetivamente, al lado de los enemigos de la Revolución.

Los anarquistas viven un dilema existencial, para avanzar en sus ideas deben organizarse, al organizarse van contra su postulado de libertad irreal, prefiguran un Estado, se niegan, es por eso que nunca avanzan, no son buenos para construir, son agentes disgregadores de las luchas revolucionarias, funcionan como disolventes, frenos de los avances revolucionarios. En Venezuela, en la Revolución Bolivariana el enemigo de esta etapa es el anarquismo pequeño burgués en todas sus variantes.

Como podemos advertir hay cosas que parecen no querer cambiar. Lo irracional, la torpeza, la falta de información, el oportunismo, la ingenuidad típica del turista de izquierda, el modificar al mundo en un segundo, la izquierda ortodoxa y la otra, profetizan sobre nuevos mausoleos.

Esta tarde, ante tanta necedad y despropósito, necesito releer unas cartas de Tolstoi. En una de ellas escribe: “Hoy no fui lo suficientemente modesto.”

Marzo de 2009


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