martes, 27 de octubre de 2009

"Fotomontajes", por Jorge Sethson

Sigo, leo a Carlos desde que hacía plaquetas con sus poemas. Por ello, debo confesar que aún antes de tener el libro en mis manos sabía lo que iba a decir. Es decir, sabía parte de lo que iba a decir. Porque con Carlos nos conocemos desde los inicios de esta etapa felizmente consolidada de la democracia, cuando comenzó a hacer en radio Municipal una serie de programas que ya contenían ese estilo, esa manera de enfocar la vida que uno se encuentra viviendo, un estilo que fue elaborando para llegar, en su momento, a De Espenuca a Barracas al Sur y más tarde a Crónicas del desorden, un estilo ahora más elaborado aún, ahora, en Fotomontajes.

Digo que sabía parte porque si bien he ido leyendo sus trabajos en estos últimos años, a medida que iban apareciendo, una segunda lectura me permitió apreciar el conjunto, el significado de su tarea, la línea de preocupación de un poeta que vive aquí, ahora, y tiene conciencia de todo ello.

Como periodista, debo admitir en estas épocas la seriedad de esa boutade a que nos acostumbraba Borges cuando decía que no ocurrían todos los días cosas importantes como para que los diarios salieran todos los días. Es cierto. Cada mañana uno descubre su hartazgo ante las noticias que sólo son continuidad de las del día anterior, salvo algún que otro escándalo, ni siquiera una sorpresa. Por eso es bienvenido en un diario lo que nos habla de cosas más reflexivas, temas con otro enfoque, como lo hace Carlos. Ahora bien: escribe en diarios y trata sobre la actualidad, o la realidad, o las cosas que pasan o parece ser que pasan. ¿Son, entonces, crónicas? Creo que es difícil encasillarlo.

Quizás busqué definirlo porque en estos mismos días leía en el libro Ultimo Patio, de Abino Gómez, acerca de una definición de ensayo perteneciente a Liliana Weinberg, que dice que se trata de un género que une acontecimientos y sentido, espacio privado y espacio público, singularidad y universalidad, razonamiento y emoción, expresividad y conocimiento, desde un yo siempre puesto en juego que interpela constantemente al “nosotros”. Buena definición. Abarca mucho de lo que los textos de Fotomontajes exhiben. Pero me abstengo de aplicarla. Creo que estos textos son difíciles de encasillar, y más aún tengo la certeza de que todo encasillamiento provocará el rechazo del autor.

Ciertamente, Carlos navega por estos tiempos con absoluta libertad: puede iniciar un texto a partir de un momento de intimidad o de evocación; puede comenzar con una cita de uno o con el recuerdo de varios autores; puede plantarse frente a los edificios de Buenos Aires, puede acudir a Piolín de Macramé o a Frankestein, al fútbol o a la poesía, puede reconstruir un episodio de la vida cotidiana; recurrir a todo lo que nos rodea, en fin, para expresarnos y fundamentar su desacuerdo con lo que ve como una realidad a propósito fragmentada, su rechazo a una generalizada tendencia de vida que sucede sin necesidad de expectativas, sueños o proyectos: “Esa es nuestra vergüenza, dice, la realidad que vivimos por momentos parece grandiosa, inimaginable, pero la vida de nuestra imaginación es cruelmente mezquina”.

Fotomontajes, pese a la brevedad de cada texto, es un paseo intenso, comprometido, reflexivo, por las sensaciones y sentimientos con que se nos impone este presente, un paseo en el que vamos no sólo con Carlos sino también con sus lecturas –a las que nos induce a acompañarlo, generosamente, planteándonos que “la lectura puede ser un camino”-, y muchas veces con la presencia de sus maestros.

Carlos habla con su lector, a veces directamente, casi siempre por su tono, por una prosa que de tan cuidada es sencilla, con la que uno se siente incluido ni bien empieza a leerlo. “Nadie ignora, y usted menos que nadie (dice a su lector) que vivimos en una sociedad donde la banalidad y la superficialidad voluntaria da pánico”. Otras veces desconfía del lector, cuando se trata de un mero hojeador de páginas, sin sentido crítico, o se hermana con quien lee sus protestas: “créame, no nos es fácil, ni a usted ni a mí”. Poco después le advierte: “Caro amigo y crédulo lector: hay salida”, pero para ello lo exhorta a reconocer la realidad. Pero es en la estructura del artículo su estilo adquiere una relevancia peculiar, cuando tras tratar un tema y luego otro y otro, aparentemente sin vinculación, deja esa vinculación para su lector. A veces, con absoluta claridad, como en éste que termina diciendo “Penelas, ¿qué relación encuentra entre los crímenes del estalinismo, las invasiones de los marines o las lecturas de Fromm con lo que ocurre con la sexualidad en el mundo o en algún otro país? Ahora pregunto yo: Usted, ¿qué cree?

Tiene conciencia, por supuesto, de la incomodidad de sus insistencias. “Algunos me dicen que soy nihilista, poco esperanzado o muy duro con la realidad. Otros comentan que la realidad es peor, que suelo suavizarla con estilo e ironía”. Porque el tema de la banalidad y la superficialidad de estos tiempos es recurrente en este libro, y queda reflejado en un sinnúmero de manifestaciones, las más diversas. También, sin embargo, encontramos la constante referencia a la capacidad liberadora del pensamiento, de la lectura, de la poesía, del arte. “Intentamos, desde esta columna, dice, ejercer el pensamiento y una elocuencia para transmitirlo y encontrar el diálogo. Tender puentes entre campos culturales habitualmente disociados, que el lengaje se encuentre en el centro de las consideraciones. Y hacer lo imposible para que la palabra no se convierta en ceniza”.

Hay en Carlos mucha indignación, desagrado, frente a esto en que se transformó lo cotidiano (“nos convertimos en mediocres, pero también en cómplices”, dice); hay mucho respeto por la tarea creadora del hombre, mucho respeto y reconocimiento por quienes a través de su pensamiento han abierto horizontes, y es por ello que casi permanentemente está invitando a la lectura tanto de autores conocidos como de olvidados, cuya vigencia rescata. Y expresa así su convicción de que frente a lo que abunda hay también fuentes de dignidad y ejemplo.

Poeta al fin, en una de sus crónicas revela en pocas palabras lo que guía a esta, su escritura: “la desesperada y terca búsqueda de lo verdadero y de lo bello en una trama de mentiras”.

Jorge Sethson
Periodista y escritor, presentó Fotomontajes el jueves 22 de octubre, en Editorial Dunken.

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