martes, 6 de octubre de 2009

Un tal Jacinto Penelas

Lector: perdóname; yo soy un pobre hombre que,
en los ratos de vanidad,
quiere aparentar que sabe algo,
pero que en realidad no sabe nada.
Azorín

Uno de los libros bellísimo que leí a los dieciocho años fue Cartas de mujeres. Había sido escrito en 1893. Poco tiempo después releo Los intereses creados, ya con otra mirada. Mi padre solía hablar de La malquerida. Con los años descubrí artículos periodísticos y numerosos pensamientos. Mi padre admiraba a don Jacinto Benavente, de él hablamos, caro lector. Le interesaba el conocimiento del idioma, las críticas hábiles y mordaces sobre el mal uso del idioma, la alteración de la sintaxis y lexicografía. En síntesis: su intelecto semántico. Veía en él al crítico implacable de una sociedad y al analista sutil de esa sociedad. Admiraba el oficio teatral aunque coincidía con Pérez Ayala al afirmar que su obra “se estancó en un canon naturalista cuando esa etapa ya estaba superada”. Eso mismo pude advertir en el Profesorado en Letras al descubrir la opinión de Torrente Ballester.

Su vida tuvo momentos interesantes dentro de una España clerical y reaccionaria. Homosexual no declarado, siempre ocultó esta situación. El Frente Popular lo homenajeó repetidas veces durante la Guerra Civil, tanto en Madrid como en Valencia. Una vez terminada la guerra se podían representar sus obras pero estaba prohibido el nombre del autor. Se decía por ejemplo: “el autor de La malquerida”. En la década del 40 fue censurado por la dictadura de Franco por su condición homosexual. En 1947 estuvo presente en una manifestación pro-franquista. El régimen le levantó la censura y se lo denominó “nuestro preclaro autor teatral”, “nuestro gran Premio Nobel”. Recordemos que lo obtuvo en 1922.

Fue conocedor de la obra de Ibsen y Shaw, de Oscar Wilde. Fue traductor de Shakespeare. Al principio golpeó sobre las clases aristocráticas y acomodadas, luego fue suavizando sus dardos hasta casi desvanecerse. En su teatro vemos una combinación de la commedia dell arte con otros que provienen del teatro clásico español. En su obra hay un escéptico que desconfía de la naturaleza humana y de la sociedad en su conjunto. En esta visualiza una hipocresía frívola que por momentos se transforma en cruel. Su teatro se burla de la clase adinerada y vacía, del aburrimiento y de la frivolidad de esos caballeros, pero en el fondo carece de grandes conflictos y termina siendo el autor preferido por la burguesía. “Yo quiero el arte libre de toda creencia sectaria”, dijo.

Unamuno, Antonio Machado, Valle-Inclán, Pío Baroja, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Benavente, llevaron el lenguaje literario español a una dimensión enorme de la literatura universal. Es la generación del 98.

Si bien su teatro fue envejeciendo alarmantemente, nos quedan obras significativas, pensamientos, búsquedas estéticas de una época. En Argentina su teatro causó furor.

Mi padre me contaba una anécdota de cuando don Jacinto Benavente regresó a España. Antes de partir del puerto de Buenos Aires un periodista le preguntó sobre la idiosincrasia de los argentinos. A punto de zarpar respondió: “Armen la única palabra posible con las letras que componen la palabra argentinos”.

Si hubiera sido por don Manuel me hubiera llamado Jacinto, Jacinto Penelas. Por varias razones. (Ya la imaginación corre desvariada. La diversidad y la oposición del lenguaje, la noción del tiempo y la del espacio.) Los libertarios ponían nombres emblemáticos: Aurora, Libertad, Armonía, Ariel, Liber. O de la naturaleza: Floreal, Rocío, Pradeal… Y de ciertos autores que admiraban. Mi madre, según la leyenda familiar, se negó. Por eso Carlos Tomás. Carloncho, para los íntimos.

Carlos Penelas
Buenos Aires, octubre de 2009

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